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jueves, 8 de junio de 2017

Manuel Corona, el compositor que más canciones le dedicó a la mujer


Manuel Corona Raimundo nació en Caibarién, antigua provincia de Las Villas, el 17 de junio de 1880, aunque algunas fuentes indican 1887 como el año de su nacimiento. A inicios de la década de 1890 se trasladó a La Habana con parte de su familia.

En su primera juventud se ganó la vida como tabaquero. A inicios del siglo XX viajó a Santiago de Cuba, donde estableció relación con un grupo de trovadores que por entonces se llamaban 'boleristas': el bolero era el género de moda.

Hacia 1902, se reúne en el Hotel Colón, en la capital santiaguera, con los guitarristas, cantantes y compositores Pepe Sánchez, considerado el padre del bolero, Pepe Bandera y Manuelico Delgado, conocido como Dos Cabezas, entre otros. La primera composición de Corona, el bolero Doble inconsciencia -conocido en Yucatán y otras regiones del Caribe con el nombre de Falsaria- pronto adquirió popularidad.

Se popularizaron otras creaciones suyas en la primera década del siglo, entre ellas Mercedes, con la cual debutó en público la legendaria trovadora María Teresa Vera en 1911. Esta canción, fechada en 1908, fue la primera de una serie a la cual pertenecen Reverso de Mercedes, No es Mercedes y Última palabra a Mercedes, que partían de la letra de la original -en realidad eran sagas-, y fueron conocidas como “contestaciones”, práctica que inició Corona y que muy pronto siguieron otros creadores de la época.


Un ejemplo: Corona escribió Yoya y Contestación a Yoya. Y su canción La rosa negra, es la “contestación” de su famosa Longina, en la cual desdice con mano recia el apasionado retrato que antes había hecho de la “mujer virginal” que comparaba “con una santa diosa”. Las “contestaciones” a veces las escribía otro autor, como fue el caso de Merceditas, que a partir de la canción de Corona compuso Sindo Garay. Por su parte, Corona escribió “contestaciones” a Adiós a La Habana de Sindo y a Timidez, de Patricio Ballagas, entre muchas otras.

Durante décadas el ambiente de la trova cubana se dividió en dos grandes bandos: los partidarios de Corona y los de Sindo. Esta rivalidad artística –a veces muy enconada por la fogosidad de sus parciales– si bien produjo ataques y controversias, sobre todo dejó buenas canciones cubanas.

Hacia 1916, como guitarrista y voz prima, Corona fue integrante de un sexteto con Alfredo Boloña (marímbula y director) y la cantante Hortensia Valerón. Al parecer, fue el primero de los grupos soneros de este formato que realizó grabaciones fonográficas. Aparecen en catálogos de la firma Columbia aunque, según algunos estudiosos de la música popular cubana, hasta la fecha no se han localizado grabaciones.

Obras suyas formaron parte del repertorio de la mayoría de 'cantadores' y 'tocadores' que grabaron discos hasta entrados los años 20, cuando se implantó el sistema eléctrico de grabación. En el temprano 1913, Floro Zorrilla graba Mercedes, Fela, y La Adriana, entre otras obras de Corona, y en 1915, Tu pecho y mi alma, Las flores del Edén, y Amparo. En el mismo año, Juan de la Cruz grabó Santa Cecilia, un clásico del cancionero popular cubano.


Desde los albores de la fonografía comercial en Cuba, Manuel Corona comenzó a tomar parte en grabaciones fonográficas como guitarrista acompañante, y en menor medida, como cantante. Curiosamente, ya fuera como intérprete o como autor, grabó mayor cantidad de guarachas y rumbas que piezas sentimentales.

Entre sus primeras obras registradas fonográficamente a partir de 1917 se encuentran Dónde está el dinero, Lo jugué, Arrollar en carnaval, Qué malas son las mujeres, Capricho de Corona y Linda Mulata. Por esos años grabó con Armando Viañez, Pancho Majagua y José Castillo. En aquellos años, Corona mandó a imprimir un folleto (cancionero) con un grupo de sus obras más gustadas con la ayuda de un músico amigo que las llevó al pentagrama: este cuaderno contribuyó notablemente a la difusión de sus canciones dentro y fuera de Cuba.

Señalan algunos estudiosos que su estilo de componer estuvo influenciado por Patricio Ballagas, uno de los más injustamente olvidados creadores musicales cubanos, al que se atribuye el haber transformado el estilo de la trova, dotándolo de riqueza armónica e introduciendo recursos contrapuntísticos.

Su intérprete más fiel y constante fue María Teresa Vera, quien a partir de 1916, cuando grabó Popurrí de los vendedores, con Rafael Zequeira, no sólo llevó al disco canciones y guarachas de Corona, sino que logró que éste participara en varios de ellos. En la larga lista de las creaciones de Corona que grabaron María Teresa y Zequeira destacan Longina, El 10 de Octubre, La aurora, Animada, Mis lamentos a mi guitarra, Doble inconsciencia, Contestación a timidez, Mis lágrimas,, Tu alma y la mía, Las glorias de mi vida, Acuérdate de mí, Déjame tranquilo, Amelia y Rayos de plata (contestación a Rayos de oro, de Sindo Garay).

En algunas etiquetas de sus discos, su crédito, de autor, voz o guitarrista, aparece con el nombre José Corona o J. Corona, lo cual se atribuye a que había firmado contrato de exclusividad con otra firma discográfica.

Aunque cantaba tanto voz prima como voz segunda –el característico dúo interpretativo de la canción cubana de la época– sus contemporáneos apreciaban en especial la originalidad de su voz segunda, que exige un cabal dominio de la armonía al escoger los acordes más apropiados para acompañar la voz prima, responsable de conducir la melodía.

En el repertorio de Corona destaca la acertada relación entre las melodías ricamente armonizadas con las letras de sus canciones, algunas escritas por poetas muy populares de la época como Hilarión Cabrisas. Fue el caso de Para que te recuerdes de mí, aunque la mayoría suelen atribuírsele al compositor.

Es el autor de la trova cubana que mayor cantidad de canciones llevan nombre de mujer: un total de ochenta.


Unos de sus boleros más conocidos, Aurora –combinado con el estribillo sonero "Cabo de la guardia siento un tiro"– fue uno de los primeros grandes éxitos del Sexteto Habanero en 1925, cuando comenzaban a hacer furor los discos de este grupo en Cuba y otros países del área del Caribe.

En la década de 1930, Manuel Corona fue el compositor cubano más prolífico, sólo comparable a Alberto Villalón. Su amplísimo catálogo es pródigo en guarachas de corte costumbrista en las cuales se comentan sucesos de actualidad de manera jocosa y se retratan tipos populares con trazos pícaros, como Aguanta un poco, Pobre Liborio, El servicio obligatorio, Record de un año, Acelera, Ñico, acelera, El volumen de Carlota, Las envanecidas, Mis viajes a Pogolotti, Quedan las butifarras, Debajo de la cama hay gente, Nicanor en lata, Cantor de bohemia, Ay, motorista, qué horror, Parte el alma, Se rompió la máquina, Se acabó la choricera, Bartolomé y la viuda, El güin de Serafín y Las mulatas de Bombay.

A finales de los años 20, en una riña callejera, Corona se había lesionado la mano izquierda y desde entonces sus recursos como ejecutante de la guitarra se vieron limitados. Con la decadencia en la popularidad de los trovadores –primero por el auge alcanzado por los sextetos y septetos, las jazz bands y luego los conjuntos–, desaparecieron muchas posibilidades de trabajo para los cultores de la canción cubana tradicional, salvo contadas excepciones.

La mayoría de los trovadores, aún los que gozaban notoriedad, desempeñaban diversos oficios para ganarse la vida (Rosendo Ruíz y Pepe Sánchez eran sastres y tenían la música como una ocupación secundaria). Corona era un bohemio impenitente. Desde su juventud había decidido dedicarse a la música exclusivamente con el constante acarreo de múltiples dificultades.

La penuria económica lo acechó siempre de muy cerca. Mientras pudo, actuó en cafés, bodegas, fiestas y reuniones en casas particulares que apenas le proporcionaban para comer. Su salud se deterioró y dependía cada vez más de la ayuda de algunos amigos. En una entrevista con el musicólogo Odilio Urfé confesó que a lo largo de toda su vida sólo había ganado unos doscientos dólares por concepto de derecho de autor pues su música se encontraba sin registrar editorialmente.

El 9 de enero de 1950 Manuel Corona fallecía en una caseta situada tras el bar Jaruquito, un tugurio de la playa de Marianao donde lo habían acogido por caridad. Poco antes, el gobierno le había conferido, junto con una medalla de reconocimiento por su obra, una pequeña pensión. Corona no logró asistir a la ceremonia de otorgamiento en el Palacio Presidencial por haberse detenido y puesto a beber en una barra cercana. Su sepelio corrió a cargo de un grupo de compositores cubanos.

Con Sindo Garay, Alberto Villalón y Rosendo Ruíz, Corona integra el grupo de los Cuatro Grandes de la Trova Cubana.

Las Hermanas Martí –Berta y Amelia, dúo de voces y guitarras especializadas durante muchos años en la canción tradicional– a inicios de 1970 le dedicaron un disco, Antología a Manuel Corona (LP Areito 3343).

Otros intérpretes destacados de sus canciones han sido Barbarito Diez y la orquesta de Antonio María Romeu, María Teresa Vera con Rafael Zequeira o Lorenzo Hierrezuelo, Abelardo Barroso y la orquesta Sensación, Pablo Milanés y El Albino, Beatriz Márquez, y Kike Corona con el CD Corona canta a Corona que ha sido remasterizado.

Tomado de En Caribe, enciclopedia de historia y cultura del Caribe.

Aclaración: En You Tube apenas se localizan videos con calidad de imagen y audio, de cantantes cubanos o extranjeros, interpretando temas de Manuel Corona. De los pocos encontrados, seleccioné cuatro: el primero con Ivet Curbelo en Longina; el segundo con Norge Batista en Mercedes; el tercero con Pablo Milanés y Silvio Rodríguez en Santa Cecilia y el cuarto y último con Ismael de la Torre en Aurora (Tania Quintero).



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