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jueves, 1 de junio de 2017

Los Zafiros, una historia familiar


“Miguelito, hay unos extranjeros que quieren hacer un documental de nosotros”, le dice un día Eduardo Hernández, El Chino de Los Zafiros, a Miguel Cancio. Poco tiempo después, la televisión cubana exhibía un documental que contaba cómo Ignacio Elejalde había muerto en 1981 de una hemorragia cerebral, El Chino vivía alcoholizado en La Habana y el otro sobreviviente había emigrado de Cuba en 1993. Era el documental Herido de sombras.

“Para mi padre fue muy doloroso ese material –dice Hugo Cancio, el mayor de los cuatro hijos de Miguel– sobre todo porque cuando El Chino le dijo aquello, él pensó que le estaba mintiendo, que eran delirios de su embriaguez. Se sintió muy mal también porque el documental no le hacía justicia a la carrera de Los Zafiros. Recuerdo que le dije: No te preocupes, yo iré a Cuba y haré un documental que muestre la otra cara de la moneda”.

Ése fue el inicio de Zafiros, locura azul (1ra.  y 2da. parte). La película que evolucionó luego a un largometraje con actores dirigidos por Manuel Herrera comenzó como un compromiso de Hugo con su padre por reseñar la historia de un fenómeno musical arrasador en la Cuba de los 60: Los Zafiros.

Estrenado en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana en 1997, el filme fue un suceso de taquilla ese año. Ganó el premio de la popularidad del evento y se mantuvo durante ocho meses en cartelera.

Al cabo de décadas, resonaban las canciones de aquel cuarteto vocal y un guitarrista que irrumpieron en la escena cubana dos años después del triunfo revolucionario, mezclando bolero, doo wop, bossa nova y rock, con influencia de grupos estadounidenses como The Platters.

A 20 años de la película y 56 de la fundación del grupo, Miguel Cancio, el único integrante vivo del grupo, radicado en Miami desde 1993, cuenta emocionado la historia de Los Zafiros, sus aciertos y lo que terminó con ellos.

¿Cómo se conocieron Kike, Miguel, Ignacio y El Chino? ¿Y cómo llegan a ser Los Zafiros?

-Yo conocía a Kike, el tío de Hugo por parte materna, y sabía de sus dotes musicales. A veces nos reuníamos y hacíamos nuestras descargas. Un día me llama para que escuchara una voz por teléfono. Del otro lado cantaba Ignacio y me quedé fascinado. Entonces fui enseguida hacia donde estaban. Le pregunté si tenía algún otro amigo que cantara y me habló del Chino. Al día siguiente se apareció con él y me impresionó muchísimo también cuando lo oí. Recuerdo que el tema de prueba fue Herido de sombras, de Pedro Vega.

-Luego vino la cuestión de qué nombre ponerle al grupo. Nos reunimos para pensar en eso en un bar que yo frecuentaba mucho, al costado del cine Astral. No recuerdo si fue Kike o Ignacio quien propuso Los Faquires. A mí me pareció ilógica la idea de cuatro mulatos con turbantes en el Trópico. Pensamos también en gemas pero casi todas estaban cogidas por cuartetos y grupos como Los diamantes. Entonces yo llevaba puesta una sortija y El Chino me pregunta de pronto qué piedra era. Le dije: un zafiro, ¿por qué? A todos nos gustó el nombre. Y así comenzamos a llamarnos.

Luego de tantos años de popularidad en Cuba y el extranjero, ¿qué provocó la disolución del grupo en 1975?

-En primer lugar éramos cuatro personas con caracteres diferentes, lo cual afectaba en ocasiones, aunque no tan gravemente como para que el grupo se disolviera. Siempre superábamos esas situaciones. Éramos personas muy alegres y humildes, a pesar de la popularidad que alcanzamos. Nosotros cantábamos lo mismo en un solar que en un cabaret. Salimos de los barrios y allí siempre volvíamos. Creo que, aparte de que gustáramos por el trabajo vocal, la gente nos seguía por nuestra forma de ser.

-Uno de los hechos que más influyeron en el declive del grupo fue la cancelación de una segunda gira que teníamos por la antigua Unión Soviética. Eran cuatro meses con actuaciones junto a Los Papines, Rosita Fornés y otros artistas, en Polonia, Checoslovaquia, Bulgaria, Hungría y Alemania. Consideramos que iba a ser muy fatigoso para nosotros y renunciamos a continuar aquel tour.

-Inmediatamente nos mandaron para La Habana y cuando llegamos al aeropuerto nadie nos esperaba. Ahí vino la debacle, el tranque en la televisión y en la radio. Durante mucho tiempo nos 'cortaron la luz'. Eso creó descontento y decepción entre nosotros. Y el recurso que apareció fue el alcohol, el único vicio de mis compañeros.

-Después tuvimos otro período de actuaciones en cabarets, hasta que Manuel Galbán, el guitarrista y director musical entonces, decidió abandonar el grupo. Yo quedé otra vez como director, pero después lo dejé también porque ya las cosas no funcionaban como antes. Ellos siguieron cantando y yo pasé a trabajar al Centro de Contrataciones Artísticas. Luego me fui a cantar a Camagüey como solista hasta que en el 80 tuve que abandonar la música.

Ese año, Miguel autoriza a sus dos hijos mayores a salir por el puente marítimo del Mariel. Después de eso lo expulsaron del trabajo y quedó desvinculado de la institucionalidad cultural. Cuando ya ambos vivían en Estados Unidos, en una carta le escribe a Hugo: “No te preocupes, hijo, podrán haberme expulsado de la cultura, pero nadie me quitará el sentir de artista. Estoy poniendo ladrillos y me voy a trabajar todos los días con mi traje de tres piezas”.


No es hasta 2001 que Miguel Cancio regresa a Cuba para la grabación del documental Los Zafiros: Music from the edge of time, de Lorenzo DeStefano, donde se interpretan más de cuarenta canciones. La idea era que los únicos dos integrantes vivos contaran en La Habana la historia del grupo: un testimonio a dos voces entre Cancio y Manuel Galbán.

-Ese reencuentro con Cuba fue más emocionante que la película y que el mismo documental. La acogida de las personas en el barrio de Cayo Hueso y en todos los lugares por donde pasamos fue fantástica. Ninguno de nosotros pensó jamás que tendríamos esa repercusión tan grande en el corazón de nuestro pueblo.

-Existían también en Cuba los nuevos Zafiros. Allá en el Parque Trillo compartimos con ellos y cantamos Un nombre de mujer, más conocida como Ofelia. De ese viaje fue muy emocionante también la visita al cementerio y a la tumba de mis compañeros. Quizás algunos hayan tomado la explosión de la botella como un agravio, pero fue un impulso mío por el dolor y la rabia que sentía por la bebida que había acabado con las vidas de Kike y El Chino.

Los Zafiros fueron una historia familiar. La del padre de Hugo Cancio y su tío Leoncio Morúa, Kike, el hermano de su mamá. Y es también la de su abuelo materno, pagando los primeros vestuarios del cuarteto y llevándolos a cantar al Hotel Oasis de Varadero. “Los Zafiros surgieron en mi casa, cuenta Hugo, presidente de Fuego Enterprises y fundador de OnCuba Magazine. Es una historia muy personal”.

¿Cómo ha sido ser hijo de un Zafiro y crecer con toda esa influencia musical?, le pregunto a Miguel.

-No fue una relación normal padre e hijo. Tengo recuerdos de mi padre preparándose para ir al cabaret con Los Zafiros. Por mi casa en Varadero pasaban los grandes artistas cubanos cuando iban de visita y terminaban allá las descargas. Después de la separación con mi madre, recuerdo que él iba todos los meses a Varadero a vernos y también porque Los Zafiros tenían un espectáculo en el Hotel Internacional de Varadero, llamado Me caso con una sirena, con Armando Bianchi y Rosita Fornés. Tengo esos recuerdos muy vivos.

-Vengo de una familia musical. Mi madre canta, mi tío Lázaro Morúa estaba en los Van Van. Por el lado materno mi abuela tuvo siete hijos. Todos le prometieron ser médicos y todos dejaron sus carreras universitarias para incursionar en la música. Entonces, a pesar de que desde los 8 años leo música y toco percusión (ya se me olvidó leer música), nunca me dediqué a la música por esos curiosos consejos de mi abuela, que me decía todas las mañanas cuando me llevaba a la escuela: “Estudia para que no tengas que ser artista”.

¿Cómo acompañó luego tu vida la música de Los Zafiros?

-La verdad es que durante mi juventud yo era alérgico a la música cubana, con excepción de Los Zafiros. Crecí en Varadero con toda esa influencia del turismo donde se escuchaba la televisión y las estaciones de Estados Unidos en la casa, así que estaba muy permeado por Los Bee Gees, Los Beatles, Donna Summer y toda aquella música de mediados y finales de los 70. Yo era un pepillo, como se diría en aquel entonces, con un diversionismo ideológico tremendo desde el punto de vista cultural.

-Entonces la música cubana no era parte de mi día a día. Sin embargo, Los Zafiros siempre estuvieron ahí. Mi inclinación por la música cubana surge después de mi partida y la primera vez que regresé a Cuba. Mi vida dio un giro de 180 grados y desde ese momento Cuba se convirtió en prioridad. Comencé a promoverla como país, destino, potencia cultural; gestión que aún continúa.


¿Cómo llegas a producir un filme sobre Los Zafiros? ¿Y cuán difícil fue lograr eso para un cubanoamericano en el contexto político de los años 90?

-Empecé a venir a Cuba a buscar material sobre Los Zafiros en la televisión cubana para hacer un documental. Un incidente hizo que la obra pasara a ser una película. Después de algún tiempo de recopilación de información, llegué nuevamente a Cuba y prácticamente me expulsaron del ICRT. Me dijeron que Enrique Román ya no era el presidente, el nuevo directivo había decidido que Los Zafiros eran patrimonio nacional y yo no tenía nada que buscar allí.

-Ya existía la Dirección de Asuntos Consulares y Cubanos Residentes en el Exterior cuyo director era José Ramón Cabañas. Me presenté ante el Ministro de Relaciones Exteriores, Roberto Robaina, y le comenté la idea de hacer una película –y usé la palabra película en lugar de documental– sobre la historia de Los Zafiros. Entonces me conectaron con el ICAIC, con el Ministerio de Cultura y se fue repitiendo en esos lugares el término película hasta que terminamos haciendo eso: un filme que me costó casi un millón de dólares.

-No me arrepiento de ese gasto a pesar de que nunca la comercialicé. Jamás salió en video ni se exhibió en ninguna sala de cine de forma comercial. El valor sentimental que le puse a ese proyecto me impidió vender sus derechos. Era una época difícil donde no existía intercambio entre Cuba y Estados Unidos. Lo que hicimos fue una combinación de riesgo premeditado y total ingenuidad.

-Dije: lo voy a hacer porque tengo el derecho, es mi país, mi cultura, la historia de mi padre, y con esa convicción continuamos el proyecto. Fue la primera película realizada de manera independiente al ICAIC. Los acuerdos se hicieron con RTV Comercial que estaba recién creado y al ICAIC se le compraron servicios.

¿Cómo fue la premier del filme en La Habana? ¿Sintieron que Los Zafiros todavía eran parte del imaginario de los cubanos?

-Siempre pensé que la película sería un fracaso en Cuba, porque la gente no se acordaba de Los Zafiros, los jóvenes escuchaban otra música. Y me emocionó tanto llegar al cine Payret aquella tarde para la primera presentación de la película y ver diez o doce cuadras de cola, que me eché a llorar como un niño. Fue un fenómeno inesperado, de pronto los niños en las calles empezaban a hacer las coreografías de Los Zafiros. Entramos al cine y, como hicimos después durante dos años presentándola en diversos festivales del mundo, nos sentamos al final para ver la reacción del público.

-Sin duda es uno de los proyectos más hermosos que he hecho en mi vida. Ganamos el premio de la popularidad ese año en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana y también muchos otros en el extranjero. Es una obra de mi propiedad, cien por ciento independiente, pero a petición de las autoridades cubanas después doné los derechos de distribución de la película en el territorio nacional.

-Eso fue increíble. En aquel entonces una de las películas más taquilleras en la historia de Cuba.

Le pregunto a Miguel qué significa todavía hoy Locura azul para él: “Esa película para mí representó mucho, por supuesto. Son recuerdos muy importantes, porque mis compañeros eran para mí como hermanos. Creo que nosotros nacimos para cantar y la vida nos unió. Eso estaba escrito. No nos conocíamos y cuando nos encontramos fue una conexión inmediata. El filme logró resumir el espíritu del grupo y eso es lo más importante”.

¿Cuál es la parte que más te emociona?

-El arreglo del número Habana que aparece al final con imágenes de El Morro es impresionante. Si lo veo otra vez, se me salen las lágrimas.


Leyda Machado
On Cuba Magazine, 30 de marzo de 2017.

Ver fotos en el texto original.

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