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viernes, 22 de mayo de 2015

Katherine Dunham y los percusionistas cubanos



No escondo mi admiración por esta mujer afroamericana, culta, inteligente, creativa, vanguardista, que pudo haber asumido por otros caminos más convencionales su inserción en el mundo de la danza, formada como estuvo en su temprana adolescencia en el mundo del ballet clásico y la danza contemporánea de la mano de sus maestros Ludmila Speranzeva y Mark Turbyfill. Eligió, por el contrario, ir de modo apasionado tras las huellas de sus ancestros e intentar desvelar más de un secreto, hasta comprobar lo mucho que les debía ella misma, pero mucho más, la cultura que representaba.

La rusa Speranzeva -en quien Katherine Dunham reconoció siempre su magisterio primordial- entendió al parecer la naturaleza inquieta y el espíritu de búsqueda de su pupila y le ofreció clases abarcadoras donde tuvieran presencia junto al ballet clásico y la danza moderna, los enfoques del teatro musical y las llamadas danzas étnicas, pero su alumna quería mucho más. En 1933 asume, casi por casualidad su primer rol principal en La Guiablesse, ante la indisposición de su propia creadora y única intérprete entonces, la coreógrafa y bailarina Ruth Page, pieza basada en una leyenda martiniqueña y que, de algún modo, constituyó una temprana premonición de las rutas que años más tarde seguiría en su camino de búsqueda y creación.

La Dunham acudía a la Universidad de Chicago para asignaturas generales, y ante la ausencia de un programa específico de danza en ese nivel, a sugerencia de un hermano, comenzó a asistir en 1936 a los cursos de antropología, sin dejar de bailar. Una influencia extraordinaria ejercieron en la Dunham las conferencias, teorías y trabajos de los antropólogos norteamericanos Robert Redfield y Melville Herskovits en pos de desvelar la importancia del legado de la diáspora africana para comprender la cultura afroamericana.

En 1935 gana la beca de la Fundación Rosenwald por el trabajo experimental en el que ya combinaba danza y antropología en el estudio de lo africano. Nótese que antes un trabajo similar sólo había sido realizado por las danzarinas Isadora Duncan y Ruth St. Denis en la exploración “de lo griego y lo oriental”, pero nunca nadie se había aventurado en el estudio de la rica y decisiva influencia africana en la cultura de su país, acrisolada por la multiculturalidad caribeña.

Esa beca trajo a Katherine Dunham en 1936 por primera vez a Cuba. Luego de su graduación, emprendió un viaje de año y medio por Jamaica, Trinidad, Martinica y Haití, país que le permite profundizar en la cultura y ritualidad del vudú. Llega también a la mayor de las Antillas y aquí se produciría su primer encuentro con Don Fernando Ortiz, gracias a la intermediación de su maestro Melville Herskovits, con quien el sabio cubano mantenía una provechosa conexión profesional.

Ortiz introdujo a Katherine Dunham en los entresijos de la percepción antropológica sobre la religiosidad cubana -a la que ella se aproximaba con interés profesional y creciente devoción personal- y le presentó a varios artistas y músicos que también eran practicantes de religiones y ritos afro-cubanos, según narró la Dunham en diversas entrevistas. Con Ortiz mantendría una comunicación fluída y un intercambio de información que puede apreciarse en las citas a su nombre que aparecen en diferentes obras de Don Fernando, por ejemplo, en Los instrumentos de la música afrocubana, en lo referente a las peculiaridades de tambores arará en Cuba y en Haití.

En una entrevista que concediera en el verano de 1994, la célebre coreógrafa apuntaba que incluso antes de aquel viaje a Cuba, había conocido en Nueva York, concretamente en el West Village, a un percusionista afro-cubano iniciado en la Regla de Ocha, cuyo nombre no mencionó. En su trabajo Orisa Devotion as World Religion: The Globalization of Yorúbá Religious Culture, Jacob Kehinde Olupona y Terry Rey remarcan que esta afirmación se recoge en una autobiografía hasta ese momento inédita de Katherine Dunham.

Acudiendo a sus recuerdos, la Dunham subrayaba después: “Encontré a Julio Méndez y a La Rosa Estrada, quienes han sido los percusionistas estrellas de la Compañía Dunham desde 1937 y 1938, y por los siguientes cincuenta años o más”. En su trabajo biográfico Katherine Dunham: dancing a life, la investigadora Joyce Aschenbrenner afirma que fue Don Fernando Ortiz quien presentó ante la Dunham a La Rosa Estrada y Julio Méndez, tamboreros y practicantes religiosos desde la tradición, lo que los hacía ante ella, además, cuerpos danzantes dotados de voces increíbles, capaz de exteriorizar sobre el escenrio la religiosidad que vivían.

Otras fuentes agregan que en el siguiente viaje a la Isla, Dunham visitó a las familias de Méndez y Estrada e interactuó con ellas, desde una óptica de aprendizaje, en las ceremonias de la santería. De cualquier manera, son ellos los primeros percusionistas cubanos en la compañía de la Dunham de que se tienen noticias, y como tal son reconocidos en las publicaciones relacionadas con la labor de la gran bailarina, coreógrafa y antropóloga.

Tras su regreso del periplo por el Caribe, Dunham se centró en reflejar, a través de la danza, todo lo que había aprendido en los sitios que visitó. La oportunidad surgió en 1940 cuando pudo presentarse en el New York’s Windsor Theatre en Tropics and Le Jazz Hot. Ella estremecería Manhattan durante trece semanas seguidas, lo que le valió para conquistar una excelente posición en ese momento. No renunció a la oportunidad de presentar su propio espectáculo, creado por ella, Tropic Revue, que devino un suceso sensacional. Esto preparó el terreno para lo que vendría después a consolidar la posición de la compañía de Katherine Dunham: el estreno en 1945 de Carib Song.

Ya para entonces, los jóvenes Méndez y Estrada estaban en la compañía y se desempeñarían no sólo como percusionistas, sino también como bailarines y cantantes, según los requerimientos escénicos, y tendrían roles determinantes en este show, creado por la Dunham con un sentido esencialmente antillano, y que subiría a la escena del Adelphi Theatre de Broadway el 27 de septiembre de 1945 y se mantendría por espacio de un mes. Aquí Dunham asumiría enteramente la coreografía y compartiría el crédito de dirección con Mary Hunter, mientras que la música sería encargada a Baldwin Bergersen. La coreografía ideada por Dunham para su Shangó inaugural en Carib Song incluía elementos de los cultos yorubas en Trinidad, el culto rada-dahomeyano de Haití y la santería de Cuba. La Rosa Estrada encarnaría The Shangó Priest en esta puesta en escena y junto a Julio Méndez serían presentados en programas y críticas con crédito aparte, como 'native drummers', remarcando, no sin cierto atrayente folklorismo, la autenticidad de sus interpretaciones.

En 1946, Dunham crea Bal Negre, espectáculo que tras una gira de nueve meses por varias ciudades de la Unión, tendría su estreno en Broadway el 7 de noviembre en el Belasco Theater. Ya para entonces, la Dunham había comprendido que la música debía mantener en sus espectáculos la preeminencia y autenticidad que ameritaban, y refuerza la presencia cubana al contratar a Gilberto Valdés, quien se destacaba ya en la Isla como director orquestal y compositor interesado en el componente africano de la cultura cubana, además de cercano colaborador del Dr. Fernando Ortiz en muchas de sus investigaciones de lo musical afro-cubano.

Valdés, quien permaneció cerca de diez años, hasta 1956, como director musical de la compañía de Katherine Dunham, con la que viajó en las giras por numerosos países, dirigía ahora la formación musical que sostenía el espectáculo Bal Negre, que incluía el tema Ylenke-Ylembe, de Valdés, y una suite denominada Motivos, que incorporaba rumba, son, cantos y danzas ñáñigas y el tema La Comparsa, de Ernesto Lecuona. La Rosa Estrada y Julio Méndez, junto al puertorriqueño Cándido Vicenty, fueron los percusionistas que tuvieron a su cargo los instrumentos y toques que identificaban el carácter de este show.

En Bal Negre, Dunham incluye además un cuadro donde por primera vez da avances de su famoso L’Ag’ya, representación de una leyenda martiniqueña del siglo XVIII, y que fue enriquecido posteriormente en una producción coreográfica específica. Bal Negre se mantuvo la escena del Belasco Theater hasta el 22 de diciembre de ese año, con una excelente acogida por el público y obtuvo positivas críticas, en particular de la revista Billboard, a pesar de la incomprensión evidenciada acerca de la autenticidad del cuadro Shangó -protagonizado por La Rosa Estrada-, al que la revista rotulaba como primitivo.

Tanto Julio Méndez, como La Rosa Estrada –cuyo nombre quizás no haya sido exactamente éste-, aparecen acreditados reiteradamente en los programas de mano, críticas, promociones y publicaciones relativos a los espectáculos de la compañía de Katherine Dunham a partir de 1946. Especialmente Estrada, dejaría quizás la más larga huella temporal junto a la Dunham y su labor directriz y coreográfica, como ella misma constatara. Sin embargo, en los fondos documentales del legado de la insigne coreógrafa que se conservan en la Southern Illinois University (Colección Especial de la Carbondale Morris Library), y en el Museo de la Fundación Katherine Dunham, poco hemos encontrado que nos ilustre qué fue de estos dos cubanos. Al parecer, Méndez se aleja de la compañía a mediados de la década de los 50, sin que se tengan más noticias.

Chano Pozo, el mito mayor de la percusión cubana también tocó por unas pocas semanas en la compañía de Katherine Dunham. Recién llegado a Nueva York en 1946 y por intermedio de su gran amigo Miguelito Valdés, conoce a La Rosa Estrada y Julio Méndez y, contratado temporalmente, se une a ellos en trío de tamboreros para tocar en la primera parte del espectáculo que la compañía Dunham presentaba por esos días en Nueva York. Y se dice que hasta bailó en algún que otro show junto a Cacha, su pareja de entonces. Sin embargo, quizás por su condición provisoria en el ensemble, Chano Pozo nunca apareció en créditos, hasta donde se sabe.

Otro Pozo cubano, el bongosero Francisco 'Chino' Pozo (sin parentesto con Chano) también alternó en ciertas suplencias con la compañía de la Dunham, en tiempos en que compartía su tiempo tocando en la orquesta de Tito Puente. En 1947, el sello discográfico Decca registra el sonido del Katherine Dunham Ensemble, en una colección especial de cuatro discos de 78 rpm con ocho temas, bajo el título Afro-Caribbean Songs and Rhythms.

La voz solista de Julio Méndez aparece en el canto ñáñigo Aferincomon, rotulado como afro-cuban cult chant (DECCA-73114), mientras que La Rosa Estrada protagoniza Toitica la negra que se inscribe como ritmo santo cubano cantado en español (DECCA-73107). Ambos temas fueron reeditados posteriormente por el sello Brunswick en un disco de 45 rpm bajo el título de Katherine Dunham y referencia 10 633.

En su tirada del 8 de marzo de 1947, la revista especializada Billboard incluye una reseña de este registro, resaltando el desempeño vocal de la Dunham -quien asume varios temas, incluída la guaracha Cállate, acompañada por un pequeño grupo en el que figuran el pianista Noro Morales y el tresero puertorriqueño Cándido Vicenty. La Dra. Marta Moreno Vega comenta que ese mismo año Katherine Dunham viajaría nuevamente a La Habana y hace alusión a una fotografía tomada en la capital cubana en la cual el famoso batalero Jesús Pérez muestra a la Dunham un set de tambores batá.

La coreógrafa afirmó siempre que había sido Fernando Ortiz quien le había presentado a Pérez. Inmersa como estaba ya en prácticas respetuosas de ciertas religiones afrocaribeñas, y para no romper la sacralidad de los tambores batás consagrados, Dunham encargó a Pérez la construcción de un set nuevo de estos instrumentos para su compañía. Las investigaciones realizadas por la Dra. Moreno Vega le han permitido afirmar que fueron éstos los primeros batás introducidos en Nueva York y que hoy se conservan en el Katherine Dunham Museum en St. Louis.

Probablemente en esa visita fue que Dunham vio a los tamboreros Francisco Aguabella y Julito Collazo, quienes, según Olupona y Rey, tocaban en el grupo que el Dr. Fernando Ortiz había organizado como parte de su labor de investigación y preservación de las tradiciones músico-religiosas africanas y la bien llamada por él transculturación de estas manifestaciones. Collazo había sido discípulo del mítico tamborero Pablo Roche.

Entre 1951 y 1952, el habanero cabaret Sans Souci presentaba Zunzundamba-é, la primera producción coreográfica de Roderico Neyra, Rodney, que reunía a Celia Cruz, Xiomara Alfaro y Merceditas Valdés, entre otras luminarias. Dunham viaja a La Habana en busca de tamboreros ante la proximidad de una gran gira europea y la imposibilidad de encontrarlos en Nueva York. Se reencuentra con Julito Collazo y Francisco Aguabella, que como músicos se presentaban en ese show del Sans Souci, y contrata a este último.

Más tarde, Collazo y Aguabella, que eran hermanos de religión, terminaron reencontrándose en los Estados Unidos. Julito Collazo, ya en Nueva York, se incorpora a la compañía de Katherine Dunham en la que permanece hasta el regreso de la troupe de la gira por Europa. Algunos estudiosos, como la Dra. Marta Moreno Vega y Umi Vaughan, por sólo citar algunos, acreditan a Julito Collazo, como instrumentista desde la compañía de la Dunham, haber sido el primer batalero en introducir en Nueva York la técnica de estos instrumentos, si bien muchos afirman que Collazo hasta mucho tiempo después, no transmitió sus conocimientos respecto a la tradición secular de estos instrumentos sacralizados.

Un momento muy especial vinculado a la presencia cubana en la compañía de Katherine Dunham es, sin duda, el filme Mambo, del realizador Robert Rossen, con la actriz italiana Silvana Mangano, en el rol protagónico, además de Shelley Winters y Vittorio Gassman, coreografías de Katherine Dunham, quien también actuó y cantó en la cinta, rodada en Italia y producido en 1954 por Carlo Ponti y Dino de Laurentis para la Paramount. La soprano cubana Xiomara Alfaro tiene una breve aparición en el cuadro inicial, donde también aparece la figura de Francisco Aguabella en el bongó, y cuyo nombre ha sido acreditado en los registros históricos del filme.

En 1955 el sello norteamericano Audio Fidelity publica el LP Katherine Dunham present the Singing Gods: Drum Rhythms of Haití, Cuba and Brazil (AFLP-1803), en el que ya participan y se acreditan los renombrados Aguabella y Collazo, en temas rituales yoruba y abakuá. Katherine Dunham diría de ellos: “Francisco y Julio se integraron con mucha firmeza en la Compañía Dunham. Sus nombres ya son reconocidos como capitales en ese mundo de la sutileza y precisión en el toque de sus tambores y de la intensidad de sus cantos y coros de santo y ñáñigo".

Joyce Aschenbrenner en su libro biográfico refrenda la cubanía del percusionista Joe Sircus, vinculado al ballet de Alvin Alley, que asistía regularmente a los seminarios que organizaba la Compañía de Katherine Dunham, y colaboró especialmente, junto a otro percusionista mexicano, en las clases sobre ritmos cubanos y brasileros. El vínculo de Katherine Dunham con Cuba fue más allá de la presencia de estos percusionistas.

La contribución de su legado y su influencia en el desarrollo de la danza contemporánea y folklórica en Cuba es incuestionable y ha sido reconocida por grandes nuestros como Ramiro Guerra -quien estuvo muy cerca de su magisterio- y merecen siempre la atención y estudio de los entendidos. Katherine Dunham fue mucho más que una bailarina: fue coreógrafa, antropóloga, actriz estrella, directora, productora, ensayista y también fundadora y supervisora de su propia escuela de danza, a la vez que pudo vanagloriarse de dejar un legado fonográfico específico y raro en la interpretación de cantos litúrgicos y folklóricos de las más diversas manifestaciones de lo africano en el crisol del Caribe. Siempre remarcó la impronta de lo cubano en el trabajo de su compañía y en el espíritu de su creación, empeñada como estaba en reconciliar la cultura de su país con la parte africana de sus ancestros, y su diáspora.

En cualquier caso, los músicos cubanos que trabajaron bajo su genial dirección crecieron a su lado y bajo su magisterio, supieron proyectar el modo de tocar y de decir, como algo raigal y abarcador, más allá de la ritualidad y la religiosidad, o más bien, como una externalización de aquéllas. Chano Pozo, el más grande, se hizo mito. Francisco Aguabella, fallecido el 10 de mayo de 2010 en Los Angeles, llegó a ser uno de los más grandes y famosos percusionistas en Estados Unidos.

Francisco 'Chino' Pozo figura entre los bongoseros más recordados y de más amplia hoja de vida profesional en ese país. Julito Collazo, batalero, tamborero, babalawo, tiene por derecho propio un lugar en la expansión de estos instrumentos y de la Regla de Ocha en el ámbito neoyorkino. La voz y el toque de Julio Méndez son parte del legado inicial cubano en la troupe de Katherine Dunham.

Y cuando el 15 de enero de 1979 se reunieron en el Carnegie Hall de Nueva York tres generaciones de bailarines y músicos que trabajaron con la Sra. Dunham, para rendirle tributo, cuenta la revista Performing Arts que allí apareció "el venerable La Rosa Estrada, uno de los percusionistas líderes de la compañía de Katherine Dunham”, casi cuarenta años después que el encuentro con la genial danzarina le cambiara la vida.

Rosa Marquetti Torres
Desmemoriados. Historias de la música cubana, 27 de marzo de 2014.

Foto: Katherine Dunham con percusionistas cubanos, tomada de Cuba Contemporánea.

Más fotos y datos en Desmemoriados.


miércoles, 20 de mayo de 2015

Cuando Sarah Vaughan cantó en La Habana



La descubrí tarde quizás, cuando cayó en mis manos ese disco insustuíble Songs of The Beatles. No bastó que me impresionara su personal versión de The fool on the hill, ni su irrepetible Yesterday.

Eso sólo fue el principio de una búsqueda que abarcó toda su discografía y el deseo de desentrañar las esencias que propiciaron el surgimiento y expansión de esa voz, esa sensibilidad y esa genialidad. La Vaughan es parte de mi banda sonora personal y por eso, me habría gustado vivir aquellos meses de enero y febrero de 1957. No me lo hubiera perdido por nada de la vida. Me habría encantado escucharla y verla aquí en La Habana, joven y aún no tan mundialmente famosa e imprescindible ícono, como lo llegó a ser poco después.

Esta historia, la de Sarah Vaughan en Cuba, tendrá necesariamente que ser muy interactiva, porque tendremos que escribirla entre todos los que sepan algo, tengan algún dato o incluso alguna vivencia. No encuentro nada que indique lo contrario: a pesar de la fama que le precedía los cronistas del espectáculo en los principales medios de prensa no se ocuparon mucho de ella, más bien prefirieron enfocarse, quizás en demasía, en la presencia de Nat King Cole en el cabaret Tropicana por segunda vez.

Para colmo, la revista Show que reflejaba los detalles del mundo del espectáculo en Cuba y de los artistas cubanos en el extranjero, era parca en sus ediciones de los primeros meses de 1957 en cuanto a las noticias sobre el cabaret Sans Souci, favoreciendo -obviamente por razones comerciales- a Tropicana y a veces, hasta a Montmartre, quienes tenían secciones casi fijas para anunciar las novedades en sus shows y hasta las contrataciones de figuras destacadas.

No he hallado en los medios cubanos de entonces ni una sola crítica o crónica que nos permita saber qué canciones cantó, cómo fue acogida por el público, cómo vestía. Ni una sola foto de Sara Vaughan en La Habana, salvo la que acompaña este artículo.

Había comenzado la guerra por la supremacía entre los tres cabarets más famosos: Tropicana, Montmartre y Sans Souci. Gracias a eso, figuras de renombre pasaron durante la década de los 50 por sus escenarios como invitados especiales en sus shows: Martín Fox, el dueño de Tropicana, trajo a Josephine Baker, Xavier Cugat, Maurice Chevalier, Pedro Vargas, Liberace, Woody Herman, Jack Prince; Montmartre, a Cab Calloway; pero Sans Souci, había sido enfática en los jazzistas y de algún modo iba a la cabeza de la contienda, contratando a Johnny Mathis, Tony Bennet, Dorothy Dandridge, Johnny Ray, Tommy Dorsey, June Christy...

Tropicana aceptó el reto y el jueves 1 de marzo de 1956 el ya muy famoso Nat King Cole debutaba en la pista del salón Bajo las Estrellas; quince días después lo haría el crooner Billy Daniels, también de moda, pero no a los niveles alcanzados por Cole entonces. A lo largo del año 1956 muchos músicos extranjeros se sucederían en los escenarios de estos tres centros nocturnos, pero muy cerca del inicio de 1957, ya arreciaba la contienda, cuando Martin Fox anuncia el regreso de Nat King Cole los primeros días de febrero de 1957, a poco más de un año de su debut cubano.

El Montmartre no se queda atrás y confirma la presencia en idénticas fechas de dos figuras capitales: la francesa Edith Piaf y la norteamericana Lena Horne, conocida en Cuba también por su filme Stormy Weather. ¡Y en esas mismas fechas, Sans Souci recibiría en su escenario nada más y nada menos que a Sarah Vaughan! Si la fama de Cole era ya un poco más universal por su perfil de crooner, el de Sarah Vaughan era ya un nombre establecido en los predios del jazz, y particularmente conocida y admirada por músicos cubanos y amantes del género en la Isla, que distinguían su voz grave, de contralto, su extraordinaria versatilidad y amplia tesitura y su inimitable scat, cualidades que le aseguraron, entre otras, el lugar que ocupa para siempre en la santísima trinidad del jazz vocal femenino, junto a Ella Fitzgerald y Billie Holiday.

Ya Sarah era Sarah. Muchos años habían pasado desde que ganara aquel concurso de aficionados en el Apollo Theater y fuera contratada por Earl Fatha Hines como cantante de su big band; ya había trabajado con su gran amigo Billy Eckstine, con quien registró sus primeros discos y en cuya banda tuvo el lujo de compartir y también grabar registros inmortales con Charlie Parker y Dizzy Gillespie. Ya habían llegado a Cuba sus antológicas grabaciones de A night in Tunisia, Tenderly, It’s Magic, If You Could See Me Now y muchas otras. Sarah llegaría a La Habana acompañada por un trío integrado por el piainsta James 'Jimmy' Jones, Richard Davis en el contrabajo y Roy Haynes en la batería.

Para Leonardo Acosta, saxofonista y relevante musicólogo y ensayista, testigo privilegiado de la presencia de la Vaughan en Cuba y de su actuación en Sans Souci, los músicos que acompañaban a la cantante era “el mejor trío que tuvo en todos los tiempos”, y para la propia Sarah, Jimmy Jones era “el mejor pianista acompañante del mundo”. Con él y su banda -un octeto que incluyó a Miles Davis- la Vaughan había grabado en mayo de 1950 algunos temas que se convertirían en clásicos.

Los músicos cubanos amantes del jazz, muy enterados de la vida musical de sus ídolos en cada instrumento y también de la salud del género inventado en el Norte, sabían que si podían llegar, pagar y entrar, disfrutarían, en vivo y en directo, de una de las voces más espectaculares jamás escuchadas. A partir del domingo 27 de enero, la empresa del cabaret hizo publicar anuncios especiales a casi un cuarto de página en los rotativos Diario de la Marina y El Mundo. Este último consignaba en su edición del martes 29: “Sarah Vaughan, la estrella de la canción que sólamente actuará hasta el domingo en Sans Souci, se hospeda en el Hotel Presidente y desde el mismo día de su llegada fue fácil encontrarla en la piscina de Calzada y G".

En efecto, esta vez el emblemático Hotel Nacional no podrá ufanarse de haber acogido a esta diva, monumental donde las haya. ¿Eligió la gerencia del Sans Souci el hotel donde alojarla? ¿O la del Nacional no consideró oportuno tenerla entre sus huéspedes? Parece que lo mismo ocurrió con su coterráneo Cole. ¿Qué creen?

Subió a la pista del Sans Souci por primera vez el martes 29 de enero, ante un público que abarrotó el lugar. Según cuenta el músico y cantante Gilberto Valdés Zequeira, testigo presencial, los que acudieron eran conocedores y adeptos del jazz, muy pocos cubanos cuyos recursos se lo permitieron, y norteamericanos que residían en Cuba o se encontraban ocasionalmente.

El 2 de febrero, el Diario de la Marina calificaba a Sarah Vaughan como “la más destacada intérprete del jazz, cuya actuación está constituyendo la máxima atracción de la temporada invernal en Cuba”. Y subrayaba “las fastuosas producciones de Alberto Alonso, Endoki y Sueño en Bagdad, a las 10.30 pm y 1.30 am respectivamente. Sarah será la atracción principal, como también lo serían la bailarina Lolita Monreal, el Cuarteto de Aida, el conjunto vocal de Cuca Rivero, Sonia Calero y Víctor Alvarez, pareja de bailes, el compositor Frank Domínguez y las vedettes Raquel Mata y María Magdalena.

Según el mismo diario, en el Nevada Cocktail Loung -el bar del Sans Souci-, alternaban Frank Domínguez y su conjunto, César Portillo de la Luz, Pepe Reyes, Dandy Crawford y también el Cuarteto D’Aida. Al parecer, en algunos temas Sarah se hizo acompañar por la orquesta de planta del Sans Souci, dirigida entonces por Rafael Ortega, en cuyo scrap book personal, decía la revista Show, quedó constancia del agradecimiento de la diva, con un escueto "Muchas gracias, Rafael, por su gran acompañamiento."

Cincuenta y ocho años después, Josefina Barreto y Gilberto Valdés Zequeira recuerdan que Sarah cantó cerca de una hora, un repertorio integrado por los temas de mayor popularidad. Josefina, quien también cantaba, era seguidora incondicional de la Vaughan y aún hoy, a sus 80 años, recuerda aquel Over the rainbow que cantó la diva aquella noche en que su novio Giraldo Piloto la llevara a Sans Souci a cumplir un sueño.

Cuenta Leonardo Acosta que “a diferencia de Nat King Cole, Sarah compartió con músicos y cantantes cubanos en distintos jam sessions". Acosta rememora la descarga que protagonizara la Vaughan en el club Las Vegas, de Infanta y 25, como “la más estelar a la que asistieron sus músicos y la mayoría de los jazzistas cubanos, incluyendo a Bebo Valdés, Guillermo Barreto y El Negro Vivar, que no eran habituales a las descargas de Las Vegas, así como integrantes del feeling como Elena Burke, José Antonio Méndez y Omara Portuondo".

El actual cabaret Las Vegas, enclavado en el límite entre Centro Habana y El Vedado, curiosamente ha resistido el paso del tiempo y sigue ahí, aunque distinto, frente al edificio de Radio Progreso, que también ha resistido desafiante y señero, recordándonos cuánta historia musical se grabó y se aplaudió en sus estudios.

Sin embargo, en 1957 Las Vegas era un club, cuyo dueño, además de las habilidades para insertarse y ser aceptado en los más disímiles ambientes, era un amante declarado del jazz, lo que propició que el sitio se convirtiera en punto de encuentro de jazzistas y adeptos al género y, en definitiva, en uno de los sitios más populares de descargas y jam sessions de aquellos años.

Una de esas noches de aquella semana de 1957, al concluír el segundo show, se produjo otra descarga, espontánea, en el bar del Sans Souci, donde Sarah y sus músicos interactuaron con sus colegas cubanos. El recuerdo de Leonardo Acosta es, quizás, lo único que ha quedado escrito como testimonio de esas memorables horas:

“La sesión comenzó con un trío integrado por Bebo Valdés (piano), Papito Hernández (contrabajo) y Guillermo Barreto (batería); luego tocó el trío de Sarah, que comenzó con un fenomenal But not for me donde sobresalió la maestría pianística de Jimmy Jones. Sarah se sumó cantando varios números, entre ellos un How High the Moon con improvisaciones en scat y también inventando nuevos textos. Al final compartimos músicos cubanos y norteamericanos: Pedro Chao y Leonardo Acosta (saxos tenores), Frank Emilio (piano), Richard Davis (bajo) y alternando Walfredo de los Reyes y Roy Haynes en la batería. En cierto momento le pedimos a Richard Davis que tocara un tema de su preferencia como único solista, sugirió The Nearness of You y le preguntó a Frank Emilio si lo conocía. Frank respondió con otra pregunta, habitual en él: “¿En qué tono, mulato?”.

El solo de contrabajo de Richard fue sensacional. Acosta sigue hablando sobre la visita de Sarah Vaughan a La Habana:

“Otra descarga “monstruo” fue celebrada en una casa particular en la zona del Country Club (hoy Cubanacán), junto a una piscina, a la cual asistieron cerca de veinte músicos de jazz cubanos, Sarah y su trío, y también los integrantes del trío de Nat King Cole: John Collins, Richie Harvest y Lee Young, pero Nat King brilló por su ausencia. Pero entre los cubanos se hallaba Chico O’Farrill, recién llegado de Estados Unidos, quien tocó el piano en el estilo típico de los arreglistas. Lo primero que hizo al llegar fue preguntarme por Jimmy Jones, el hombre a quien Sarah Vaughan calificó como “el mejor acompañante del mundo”.

Josefina Barreto también estuvo en esa descarga junto con Giraldo Piloto y recuerda que se trataba de la residencia del reconocido arquitecto cubano Félix Cabarrocas y entre los asistentes asegura que estuvieron también Guillermo Barreto y Merceditas Valdés, entre otros.

Todo parece indicar que los días y horas habaneras de la gran diva del jazz transcurrieron en varios sitios, más allá del cabaret Sans Souci. A diferencia de su coterráneo Nat King Cole, Sarah tenía vivo interés en tan breve tiempo, relacionarse con los músicos cubanos y adentrarse en lo posible en la experiencia de conocer la música cubana y sus raíces. Juan Picasso, uno de los legendarios bailadores de la Esquina del Jazz, en el reparto habanero de Santa Amalia, apasionado del swing y habitual de cabarets y sociedades entonces llamadas “de color”, cuenta que una noche llegó a una fiesta de santo y allí se la encontró a Sarah Vaughan bailando y cantando. Quiero imaginarla muy diferente a las divas rosadas de sonrisa hierática y pose gélida, que nos devuelven las revistas de entonces. La veo desandando las calles de Cayo Hueso o Pueblo Nuevo, la Habana Vieja o El Vedado, como una más.

El lunes 4 de febrero de 1957, Sarah Vaughan y sus maravillosos músicos abordarían en el aeropuerto de Rancho Boyeros abordarían el vuelo 550 de National Airlines, con destino al aeropuerto de Idlewild, New York (actual John F. Kennedy), después de su primera y única incursión en tierras cubanas de que se tenga noticia.

Rosa Marquetti Torres
Desmemoriados. Historias de la música cubana, 27 de marzo de 2015.

Video: Al no existir una grabación de Sarah Vaughn durante su estancia en Cuba, hemos escogida una actuación de los inicios de su carrera, interpretando Over The Rainbow, uno de los temas que cantó en La Habana de 1957. Over The Rainbow fue compuesta en 1939 para el filme El Mago de Oz y ganó un Oscar como mejor canción original. La música es de Harold Arlen y la letra de Yip Harburg. Es una de las canciones más interpretadas en todo el mundo, aunque ninguna como la de Judy Garland en El Mago de Oz.

Ver fotos y datos en Desmemoriados.

Escuchar a Sarah Vaughan en The Nearness of You; Fly Me to the Moon; Dream; Stardust; María; Perdido y Triste, del brasileño Antonio Carlos Jobim.

lunes, 18 de mayo de 2015

Cuando Billy Joel levantó tres días el embargo a Cuba



Tenía entonces 14 años y estudiaba en la secundaria. Al igual que otros adolescentes me enteré. Pero ni soñar en poder asistir. Aunque el gobierno lo mantuvo en secreto y muy controlado, por La Víbora, mi barrio, corrió el rumor de que músicos americanos iban a actuar en La Habana.

Y actuaron. Del 2 al 4 de marzo de 1979, durante el Encuentro Cuba-USA, también conocido por Havana Jam. En el teatro Karl Marx, en ese momento sede de más actos politicos que culturales.

A los americanos los hospedaron en Marazul, un hotel a pie de playa, a unos 20 kilómetros del centro de la ciudad. Todo envuelto en un manto de misterio, como años después han contado músicos cubanos en un video.

"Yo tuve la suerte de conseguir invitaciones. El teatro estuvo lleno con la 'crema' de la sociedad de aquel entonces, es decir, los hijos e hijas de comandantes y 'pinchos' (dirigentes)... Hubo frío esos tres días y la mayoría de la gente fue vestida con lo mejor que tenía", recuerda una persona que se identifica con el seudónimo Quang.

El Havana Jam tuvo un trasfondo político. En 1977, los presidentes Jimmy Carter y Fidel Castro, habían comenzado a rebajar tensiones. Se abrieron las Secciones de Intereses en La Habana y Washington. Castro y Carter aspiraban a la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos y la eliminación del embargo.

En ese contexto, en 1978 el director de la CBS Records, Bruce Lundvall, y el presidente de la Fania Records, Jerry Masucci, decidieron abrir una ventana musical. La parte cubana estuvo presidida por el ministro de Cultura, el insípido Armando Hart.

Por Estados Unidos, los músicos participantes fueron Billy Joel, Rita Coolidge, Kris Kristofferson, Billy Swan, Mike Finnegan, Bonnie Bramlett, Stephen Stills, The Trio of Doom (John McLaughlin, Jaco Pastorius y Tony Williams), Weather Report, CBS Jazz All-Stars, con Stan Getz, Dexter Gordon y Woody Shaw, y Fania All-Stars con Rubén Blades, entre otros.

Por Cuba, Pablo Milanés, Elena Burke, Juan Pablo Torres, Sara González, Frank Emilio, Zaida Arrate, Tata Güines, Pacho Alonso, Los Papines, Manguaré, Orquesta de Santiago de Cuba, Conjunto Yaguarimú, Cuban Percussion Ensemble, Orquesta Aragón e Irakere, con Chucho Valdés, Paquito D'Rivera y Arturo Sandoval, entre otros.

Billy Joel actuó el último día, el 4 de marzo. Debe haber interpretado Rosalinda's Eyes que en una estrofa dice: Oh Havana I've been searching for you everywhere/ And though I'll never be there/ I can always find my Cuban skies/ In Rosalinda's eyes.

Pero no quedó constancia. Billy Joel no quiso recibir dinero por participar en el Havana Jam y no permitió que grabaran su actuación. También, dijo, porque los cubanos eran pobres y no podrían comprar el disco.

El cantante, pianista y compositor niuyorkino tenía una motivación extra para viajar a la isla. En esa época, su padre, Howard Joel, se encontraba viviendo en Cuba.

Billy Joel tuvo ocasión de hablar con jóvenes cubanos por la playa de Santa María, donde radica el hotel Marazul. Quedó muy sorprendido cuando supo que estaban al tanto de su música. Ellos le dijeron que se enteraban por emisoras de onda corta. Esos días cogió tanto sol que parecía un mulato de ojos azules.

En su edición del 19 de marzo de 1979, la revista People le dedicó la portada y un reportaje titulado Billy Joel Rocks Cuba. De tanto sol que cogió, regresó a Estados Unidos convertido en un 'mulato' de ojos azules.



Del Cuba-USA'79 quedaron dos discos: Havana Jam I y Havana Jam II. Y la esperanza de que no haya que esperar 31 años, para que músicos cubanos y estadounidenses de altos quilates vuelvan a actuar juntos. En Washington o en La Habana.

Iván García
El Mundo, 30 de agosto de 2010.
Fotos: Billy Joel en la Plaza de la Catedral de La Habana en 1979, fotografiado por Tom Zito, y fumando un tabaco en las arenas de la playa de Santa María, al este de La Habana, de Corbis Images.

viernes, 15 de mayo de 2015

La sangre cubana de Rubén Blades

"Asere, ¿es verdad que la madre de Rubén Blades era cubana?", me pregunta incrédulo Arián, estudiante de 16 años. "Cubana y habanera", le respondo.

Y es que en la isla, los jóvenes saben quién es Rubén Blades, conocen sus canciones y bailan con su música. Pero muchos desconocen que su progenitora, Anoland Bellido de Luna-Caramés y Pérez, nació en 1927 en Regla, pueblo situado al otro lado de la bahía de La Habana.

Al ser tan largos sus apellidos, adoptó el nombre artístico de Anoland Díaz. Además de cantante y pianista, trabajó en radionovelas. Myriam Acevedo, destacada actriz de teatro en Cuba, en su infancia conoció a Anoland.

"Anoland era también una niña excepcional. Desde pequeña tocaba el piano de afición como una verdadera profesional. Ella cantaba con voz de soprano y yo de contralto infantil. Al dueño de la CMQ (la principal emisora del país) se le ocurrió que nuestras dos voces podían hacer un dúo, y así fue. Se llamó Myriam y Anoland, el dúo perfecto, recuerda Myriam, quien desde 1968 vive en Italia.

Anoland era muy joven cuando en los años 40 se fue a Panamá. Una noche, mientras cantaba en un night club, la cubana se fijó en el hombre que tocaba el bongó en la orquesta que la acompañaba. Era Rubén Darío Blades Bósquez, panameño de origen colombiano y ascendencia inglesa. Su labor como detective de la policía no le impedía compartir su pasión por la música y la percusión. El matrimonio tuvo cinco hijos, el segundo de ellos, Rubén Blades Bellido de Luna, vino al mundo el 16 de julio de 1948 en el barrio San Felipe de la capital panameña.

Si el abuelo paterno de su natal isla de Santa Lucía se había ido a trabajar al Canal de Panamá, el materno, Joseph Louis Bellido de Luna Reinee, de Nueva Orleans marchó a Cuba, a luchar en la Guerra Hispano-Cubana-Americana. Le gustó el país y decidió quedarse, casándose en terceras nupcias con Carmen Caramés, natural de Galicia y con quien tendría 22 hijos, entre ellos, Anoland, fallecida en 1991.

El escritor cubano Leonardo Padura asegura que Rubén Blades llega a la música a través de Benny Moré, uno de los más grandes músicos que ha dado Cuba. El propio Blades lo confirma:

-Tenía 10 años cuando mi padre me llevó a ver a Benny Moré, de gira por Panamá. Lo hizo como quien va a ver el edificio más alto del mundo, porque Benny Moré era un inalcanzable. Después del bloqueo (de Estados Unidos a Cuba), me encontré con proposiciones más revolucionarias como Juan Formell con Los Van Van, Adalberto y su Son, Gonzalito Rubalcaba en la línea del jazz afrocubano (latin jazz). Me doy cuenta que en Cuba se estaba desarrollando una música novedosa y tremenda. Y entonces se produce un reencuentro con la música cubana actual, sobre todo a partir de que grabo con Juan Formell y Los Van Van la canción Muévete.

En casa de los Blades se escuchaba también a Pérez Prado y la Orquesta Casino de la Playa, fundada en 1937 y considerada la primera big band cubana. En 1990, para celebrar los 45 años de su fundación, el grupo Clave y Guaguancó, que junto a los Muñequitos de Matanzas y Yoruba Andabó tocan la rumba más auténtica, le dedicó a Rubén Blades el disco Dime si te gustó, que incluye tres números del panameño: Para ser rumbero, Tiburón y Te están buscando.

Cuando Rubén Blades cantó en La Habana con la Fania All-Stars, en marzo de 1979, estuvo en Regla, patria chica de su madre. Lo cuenta en este video.

Su familia materna le inyectó en las venas lo mejor de la música cubana, y de la paterna recibió lecciones de vida, en especial de su abuela, la panameña Emma Bósquez de Laurenza. "Mi abuela Emma era del carajo. Siempre me decía que la peor pobreza era la espiritual. Era maestra, escritora, pintaba, defendió los derechos de la mujer, fue rosacruz, espiritista y vegetariana en la década de los 30. Ella fue quien me enseñó a leer y escribir, a los cuatro años", confiesa.

Abogado de profesión, la carrera de Rubén Blades ha estado tan vinculada a la música como a la política. En 1993, en carta abierta a Fidel Castro, protestó por el arresto de la poetisa cubana María Elena Cruz Varela y criticó la larga permanencia de Castro en el poder. Y en abril de 2010 dijo que el gobierno de Cuba “sigue exhibiendo un nivel de intolerancia, intransigencia y temor que resulta contradictorio a su mil veces expresada convicción de que la abrumadora mayoría del país apoya el marxismo-leninismo”.

Iván García
Blog Desde La Habana, 13 de septiembre de 2010.
Video: Vida, de Rubén Blades, es una de las 14 canciones del disco titulado Tiempos, lanzado por la Sony en 1999. Las otras son: Sicarios, Aguaceros, Viento y Madera, Tú y mi ciudad, Creencia, Puente del mundo, 20 de diciembre, Hipocresía, Encrucijada, Ilusiones, Día a día y Tiempos.

Nota.- El 31 de enero de 2011, Melanie, hija de Rubén Blades, dejó este comentario:

Mi mamá, Anoland (Q.E.P.D.), no utilizó su verdadero nombre, no porque era “muy largo”, como usted dice, sino porque en esos tiempos, no era considerado correcto que una joven dama se dedicara a la vida artística. Mi mamá se escondía de su madre, mi abuela Carmen, por eso utilizó el nombre Anoland Díaz.


Mi mamá y mi papá tuvieron cuatro hijos, no cinco como usted menciona en su artículo. Mi hermano mayor, Luis Alberto, es del primer matrimonio de mi mamá y fue adoptado por mi papá cuando mis padres contrajeron matrimonio. Mi hermano Rubén no nació en “San Felipe”, nació en el Hospital Santo Tomás de Ciudad Panamá. El lugar donde ellos vivían en ése entonces es San Felipe. Eso de ‘su familia materna le inyectó en las venas lo mejor de la música cubana” es falso. En casa crecimos escuchando música del mundo entero, fuese de Méjico, de España, de Brasil, de Cuba, de Puerto Rico, de Nueva York o de Europa. Igualmente, crecimos escuchando música clásica, fuese Wagner, o Mozart, o Beethoven, o Chopin, o Verdi, o Strauss, o Tchaichovsky, Debussy, y otros más; Escuchábamos Ópera, y todos los musicales de Broadway…


Mi mamá y mi papá siempre tuvieron gustos musicales muy diferentes, y por eso tuvimos la gran suerte de haber sido expuestos, desde siempre, a una increíble variedad de música. Y algo más: Mi abuela se llamaba Emma Bosquez Aizpuru, su nombre de soltera. “Laurenza” era el apellido de su primer esposo…


Atentamente,


Melanie Blades

Me faltó esto:


Otros errores en su artículo conciernen a mi abuelo materno, Joseph Louis Bellido De Luna Reinée, que nació en Nueva Orleans.


Los Bellido De Luna han tenido una larga presencia en Cuba, presencia que antecede el nacimiento de mi abuelo. La familia Bellido De Luna ya estaba establecida plenamente en Cuba mucho antes del tiempo que usted menciona. Eso de “marchó a Cuba a luchar en la Guerra Hispano/Cubana/Americana y le gustó el país y decidió quedarse” no es correcto. Un poquito de investigación sobre los Bellido de Luna le brindaría más datos sobre los Bellido De Luna de Cuba.


Y mi abuelo paterno, Rubén, no fué a Panamá “a trabajar en el Canal”. Él trabajaba para la compañía United Fruit Company, y era Contador Público. Era de ascendencia Inglesa/Escocés (por su padre) y Francés (por su madre). Vivió y murió en Bocas del Toro.


Atentamente,


Melanie Blades (Bellido De Luna) (pongo mi segundo apellido para que conste)

Con fecha 1 de febrero de 2011 dejé la siguiente respuesta:

Gracias, Melanie, por tus valiosas aclaraciones.


Iván, como la inmensa mayoría de los cubanos residentes en la isla, no tiene internet en su casa ni puede conectarse gratuitamente a la red desde un cibercafé o una biblioteca, como yo puedo hacer cuando se rompe mi computadora (desde noviembre de 2003 vivo como refugiada política en Lucerna, Suiza).


Iván suele enviar sus trabajos una vez por semana y cuando le sobran algunos minutos de la tarjeta (dos horas cuestan 15 cuc, más que el salario de cualquier cubano, le ayudo para que pueda comprar esas carísimas tarjetas), aprovecha y busca datos en internet sobre el tema del cual esté escribiendo o tenga pensado escribir.


Iván estuvo mucho tiempo indagando sobre tu hermano Rubén Blades y su familia. Cuando me envió el trabajo, me pidió que si encontraba algún dato interesante se lo añadiera. Recuerdo que en un foro de internatuas encontré una información que tú dabas sobre el abuelo Bellido de Luna, originario de Nueva Orleans.


A pesar de yo tener adsl las 24 horas, tampoco me resultó fácil, sobre todo porque no siempre en internet las informaciones son correctas y fiables. Por ejemplo, me llevó bastante tiempo verificar que esa abuela a la que estuvo tan apegado era la paterna. Lo verifiqué en una entrevista que Rubén dio al periódico español El País.


Por una entrevista que en 2008 hice a Myriam Acevedo, actriz cubana radicada en Italia desde los 60, Iván sabía de vuestra madre, Anoland Díaz. Y la conclusión de que adoptó un nombre artístico más corto es lógica, al ser tan largos sus apellidos.


Pese a esas imprecisiones, que no son graves, creo que “La sangre cubana de Rubén Blades” es un trabajo respetuoso. Hacia Rubén Blades y hacia su familia, tú incluída.


Más tiempo de lo previsto también le llevó el dedicado a Eusebio Delfín, autor de “Y tu qué has hecho”, canción más conocida como En el tronco de un árbol. Delfín nació en Palmira, Cienfuegos, el pueblo de mi padre y mi familia paterna. Y por ello Iván siempre quiso escribir una nota sobre el compositor más famoso de Palmira.


Después que me envió el trabajo, donde decía como en todas partes dice, Wikipedia incluída, que Delfin se casó con una hija de Emilio Bacardí. No te imaginas, Melanie, lo que demoré para encontrar con cuál de las hijas de Emilio Bacardí y Moreau se casó Delfín, porque el hijo de Don Facundo Bacardí, catalán fundador de la Casa Bacardí en Santiago de Cuba, tuvo una decena de hijos, entre ellos varias hijas, con dos esposas distintas. Lo otro que Iván me pidió y no logré encontrar, es acerca de los hijos que el matrimonio Delfín-Bacardí hubiera tenido.


Más sencillo le resultó a Iván escribir sobre Antonio Machín. Gracias a los españoles y en particular a los andaluces, que han escrito y dejado muchas vivencias y recuerdos sobre el Señor Bolero, como le decían.


Pese a las limitaciones que Iván tiene en La Habana y aunque yo no siempre tengo demasiado tiempo para investigar, una de las cosas que tanto a él como a mí nos gusta, y en 2011 quisiéramos escribir más, es sobre músicos y compositores cubanos, sobre todo aquellos olvidados, que son unos cuantos, lamentablemente.


Tres años después de haber escrito en mi blog sobre Lino Frías, todavía me duele no haber podido encontrar fotos suyas de los últimos años de su vida, ni tampoco rastros de su familia, en Estados Unidos y Cuba. Para quien no lo sepa, Lino Frías fue un gran pianista y compositor cubano, durante muchos años tocó y acompañó a Celia Cruz con la Sonora Matancera y compuso una de las más canciones cubanas más famosas: Matasiguaraya.


En mi blog, Melanie, he publicado muchos posts musicales. Entre mis preferidos se encuentran los dedicados a Benny Moré, Damas de la canción cubana y Clase de piano.


Si alguna vez quisieras publicar algo sobre ti y los tuyos en un blog cubano, puedes hacerlo en éste o en el mío (http://taniaquintero@blogspot.com).


Gracias de nuevo. Cordialmente, Tania Quintero

miércoles, 13 de mayo de 2015

Estados Unidos: famosos con raíces cubanas*



Los más informados en la isla conocen que Jeff Bezos, director ejecutivo de Amazon y dueño del diario Washington Post, tuvo un padrastro nacido en Santiago de Cuba. Que la madre del nadador Ryan Lochte es habanera. Y que Alberto Salazar, el entrenador de Mo Farah, nació el 7 de agosto de 1958 en La Habana.

O que Isabel Toledo, diseñadora del vestido que Michelle Obama se puso en enero de 2009, en la primera investidura presidencial de su esposo, es oriunda de Las Villas, donde en 1961 nació. Y que la Primera Dama ha estrenado modelos de Narciso Rodríguez, hijo de inmigrantes cubanos que en los años 50 llegaron a Nueva Jersey. Narciso creció en el seno de una familia muy apegada a sus orígenes.

Por no tener pleno acceso a internet ni a revistas y periódicos extranjeros, muchos en la isla se sorprenderían al descubrir que Dudley, el abuelo del actor Cuba Gooding Jr., era natural de Barbados y en 1936 viajó a la isla y allí se enamoró y casó con una cubana. Después que ella falleciera, Dudley quiso recordar la patria de su amada poniéndole Cuba al hijo que ambos tuvieron, quien a su vez quiso seguir la tradición poniéndole Cuba a su primer descendiente.

Otro actor, Steven Bauer, ex marido de Melanie Griffith, nació en La Habana en 1956 y su verdadero nombre es Esteban Echevarría. Marcia Presman, socialité de Miami, es la madre del director de cine y productor musical Brett Ratner. Ella nació en Cuba, en el seno de una familia judía que en los 60 emigró a Estados Unidos. El famoso bloguero Pérez Hilton (Mario Armando Lavandeira) igualmente tiene raíces cubanas.

Los fanáticos al béisbol siguen las noticias del quehacer de peloteros formados en Cuba que decidieron competir y ganar salarios de seis ceros en la MLB (Major League Baseball), como Yasiel Puig, Kendrys Morales, Yoennis Céspedes o Aroldis Chapman.

Pero no todos conocen que el puertorriqueño Jorge Posada, ex jugador de los Yankees, es hijo de un cubano y una dominicana. El lanzador Gio González es hijo de dos cubanos muy aficionados a la pelota. Jon Jay, jardinero central de los Cardenales de San Luis, nació en Miami, de padre santiaguero y madre matancera. Como su nombre y apellido se prestan a confusión, ha dicho: "Sí, soy cubano. De arroz con frijoles, bistec de palomilla y café con leche". Tal vez Justo Jay, el padre de Jon, tenga algún vínculo familiar con Ruperto Jay Matamoros (Santiago de Cuba 1912-La Habana 2008), el mayor exponente de la pintura naif en Cuba.

Los cubanos saben que Celia Cruz, el saxofonista Paquito D'Rivera y el trompetista Arturo Sandoval, nacieron en la isla, igual que Israel Cachao López, Patato Valdés, Chico O'Farrill, Francisco Aguabella y Chocolate Armenteros, entre otros muchos músicos. Y que Andy García vino al mundo en Bejucal, un pueblo a 26 kilómetros al sur de La Habana. Que Eva Mendes (Miami, 1975) es la menor de cuatro hermanos, todos hijos de inmigrantes cubanos. Y que Cameron Díaz (California, 1972) es hija de la estadounidense Billy Early y de Emilio Díaz, ya fallecido, exitoso empresario cuyos padres cubanos se habían establecido en Tampa.

También que Carlos León, el padre de Lourdes María, la hija de Madonna, nació en Cuba en 1966. Armando Christian Pérez, alias Pitbull, hijo de cubanos que emigraron a la Florida, se escucha entre toques de santo, ron blanco y porros de marihuana, en las barriadas pobres y mayoritariamente negras de la capital.

Willy Chirino (Pinar del Río, 1947) es casi un 'asere' del vecindario. Su hit, Nuestro día ya viene llegando, se ha convertido en un himno en Cuba. La gente alquila revistas del corazón para leer sobre el modelo y actor William Levy, nacido en La Habana en 1980. O sobre Gloria Estefan (La Habana, 1957) y su esposo Emilio (Santiago de Cuba, 1953).

En la isla hay quienes creen que el compositor cubanoamericano Jorge Luis Piloto está emparentado con el binomio autoral Piloto y Vera. Eso no impide que en El Pilar, el barrio donde en los años 70, vivió en la capital, conozcan la letra de canciones suyas como Mi Mundo interpretada por el nicaragüense Luis Enrique.

El 17 de diciembre de 2014, la revista Time publicaba una lista de 15 famosos de origen cubano, entre los cuales mencionaban a los actores Desi Arnaz, César Romero y Rosario Dawson, la periodista Soledad O'Brien, el pelotero José Canseco, el jugador de baloncesto Gilbert Arenas y el cantante Sammy Davis Jr, hijo del bailarín afroamericano Sammy Davis Sr. y de la cubana, también bailarina, Elvira Sánchez y a quien el viernes 8 de mayo dedicamos un post en este blog.

Según Is it Hollywood or Little Havana? son de origen cubano: Laz Alonso, Bobby Cannavale, Irene Cara, Néstor Carbonell, Eddie Cibrián, Guillermo Díaz, Raúl Esparza, Mel Ferrer, Daisy Fuentes, Melissa Fumero, David Callagher, Jo Anna García Swisher, Jorge García, Oscar Isaac, Faizon Love, Christina Milián, Enrique Murciano, Oscar Núñez, Danny Pino, Tony Plana, Adam Rodríguez, Mercedes Ruehl, Gina Torres y la actriz Elizabeth Peña, fallecida en 2014. En otro sitio leí que Jorge Ferragut y Jordi Vilasuso igualmente tienen padres o abuelos cubanos.

El régimen, en su campaña por desacreditar a los cubanos en el exilio y sus descendientes, oculta sus triunfos en Estados Unidos. Cuando mencionan al que fuera presidente de The Coca-Cola Company, Roberto Goizueta (La Habana 1931-Atlanta 1997); a la familia Bacardí o a los Fanjul, los vinculan con la otrora burguesía nacional o el dictador Fulgencio Batista.

Los políticos de origen cubano que pululan en alcaldías e instituciones en la Florida u otros Estados o en el Congreso estadounidense, son blanco de críticas del régimen. Despectivamente les llaman la 'mafia de Miami'.

Se puede entender el mensaje. Desde 1959, cuando Fidel Castro tomó el poder y fue armando la más eficaz autocracia del continente, los emigrantes se consideran enemigos. Aquéllos que decidían huir del manicomio ideológico tuvieron que soportar humillaciones, dilaciones en sus trámites migratorios, trabajar en la agricultura o soportar insultos y huevos en bárbaros actos de repudio.

Cincuenta y seis años después, el gobierno de los Castro intenta maquillar su trato con el exilio, esgrimiendo un discurso inclusivo y moderado. Lo necesitan. Es una parte importante de su soporte económico. Un millón 785 mil 547 cubanos, el 0,6% de la población de Estados Unidos, según el censo de 2010, genera diez veces más riquezas que el paupérrimo PIB de Cuba con alrededor de 11 millones habitantes. Una estadística incontrastable.

Iván García y Tania Quintero

*Versión actualizada de trabajo publicado con el mismo título en el blog Desde La Habana en noviembre de 2013.

Foto: La actriz Rosario Dawson (Nueva York 1979) caminando con su madre Isis Celeste, que tiene el biotipo de la mujer cubana. Tomada de Daily Mail. El pasado mes de marzo, la Dawson hizo una sesión de fotos de moda en La Habana para la edición de abril de la revista de Oprah Winfrey.

lunes, 11 de mayo de 2015

De una dama habanera y su familia



Revisando los archivos fotográficos de Life en internet, encontré una veintena de imágenes de Alina Johnson de Menocal, realizadas en 1945 por Nina Leen y clasificadas bajo el rótulo "Havana Glamour Girl". Pero cuando uno las revisa, se percata de que la etiqueta no se corresponde con la realidad: además de una dama de la alta sociedad cubana de entonces, la señora Johnson, al menos en ese momento, era madre de dos hijos, como en las dos fotos a continuación se puede apreciar.



Pensé que se trataba de la esposa de Raúl García-Menocal, alcalde de La Habana en los años 40 e hijo del tercer presidente que tuvo Cuba en su etapa republicana, Mario García Menocal. Para cerciorarme, continué buscando en internet.


Y descubrí que fue esposa de Luis García-Menocal Nadal, quien debe haber estado emparentado con los García Menocal, una de las familias con un árbol genealógico de profundas raíces en la Isla.

Con él, Aline tuvo tres hijos: Teodoro, Alina y Luis, los tres apellidados García-Menocal Johnson. Éste último, Luis, se casó con Kathy Barnwell y tuvo dos hijos: Carlos García-Menocal Johnson y Emilia Elena García-Menocal Johnson, quien se casaría con Eduardo Beruff García-Beltrán y con él tuvo tres hijos: Jorge Alejandro, Luis Eduardo y Alina, con un mismo apellido los tres: Beruff García-Menocal.


El nombre completo de la "Havana Glamour Girl" era Alina Johnson Aguilera y sus padres fueron Teodoro Johnson Anglada y Emilia Aguilera Sánchez.

Son fotos y nombres de cuando La Habana era una de las ciudades más cosmopolitas del hemisferio americano, a la altura de Nueva York, París y Londres. La capital de una república que por su posición geográfica la llamaban La Llave del Golfo. Y por su esplendor, La Perla de las Antillas.

Texto: Tania Quintero
Fotos: Nina Leen, Life
Nota.- Este post se publicó el 20 de febrero de 2010 en el blog Desde La Habana y tuvo más de veinte comentarios, el último, el 26 de febrero de 2015. A continuación pueden leerlo, también mi respuesta.

Gracias, Tania por estas preciosas fotos que realzan la elegancia de nosotros, todos los cubanos de cualquier clase, raza o procedencia que tenemos buen gusto y formación. Veo que algunos que opinan son de tendencia comunista y con desánimo me doy cuenta de que a pesar de que éstos son más abusados y muchísimo más mal pagados por tales gobiernos, siguen con la misma temática y metodología cansona y ya ridícula. Será que todavía albergan una envidia y un odio incontrolable hacia aquello que ellos por sí mismos no han podido lograr? Por qué esa gente piensa que todo el que tiene nombre, alcurnia o fortuna lo ha obtenido de mala forma o con abusos a los menos afortunados? Por qué generalizan sin conocer o investigar?

Yo he conocido a personas ricas muy buenas y a otras no tanto, pero también he conocido personas pobres que pudiesen ser los peores de los verdugos si tuviesen la oportunidad. El ser rico o el ser pobre no garantiza la bondad de un ser humano y a muchos de estos comunistas por los poros se le sale la bilis, la maldad y su forma de crianza vulgar, simplona y elemental. En vez de tratar de subir las escalas sociales hasta donde puedan llegar, resienten a los que pudieron o pueden y se regocijan cuando éstos son rebajados a sus ínfimos niveles por estos gobiernos que se convierten en el peor y más vil de los latifundistas, pero sin clase ni elegancia ninguna.
Tome usted de ejemplo a la Condesa Revilla de Camargo, patrona de las artes y la caridad, quien ayudó a triunfar a tantas de nuestras lumbreras cubanas en las artes, la cantidad de poetas y pintores españoles y mexicanos que esta mujer mantuvo económicamente en infinidad de ocasiones sin preguntar su afiliación política, como hacen los gobiernos comunistas. Dígame usted si esa actitud no es mil veces peor que el club privado más exclusivista que existiese en La Habana. Si no hubiese sido por ella, Cuba y el mundo tuviese muchisimos menos poetas, pintores y escultores, todo ese talento se hubiese perdido.
Otro ejemplo es el Sr. Julio Lobo, uno de los hombres más ricos del mundo en su época. Muchas cosas se han escrito sobre él: el poderoso siempre está en la mirilla del que critica, pero por experiencia personal sé que fue un hombre justo con sus trabajadores que ciertamente lo querían, respetaban y admiraban, un hombre que ayudaba a que sus empleados en toda Cuba tuviesen sus propias casas con todos los adelantos y comodidades de la época e ingresaran en las filas de las clases medias del país. Apoyó la revolución y para que estos que tienen el cerebro lavado acaben de enterarse, la revolución nunca fue una lucha de clases. Cuando ésta triunfó, específicamente en el Central Tinguaro de su propiedad, muchos de sus empleados con los cantos de sirena de los comunistas le dieron la espalda. Julio Lobo se marchó el mismo día del incidente y jamás regresó al lugar, hoy en ruinas y todas las casas que él ayudó a construir fueron desahuciadas, sus moradores y antiguos empleados en la más austera pobreza.
Como ése, podría mencionar miles de familias cubanas que eran benefactores y hacían que el país funcionase sin tener que vender el alma al diablo, pero no hay tiempo y espacio para ello. Para terminar, en mi casa el servicio era como parte de la familia, si alguno de ellos necesitaba algo, mi padre se lo proporcionaba, eran bien pagados, mucho más que lo que el gobierno de Cuba le paga hoy en día a un médico o abogado. Una vez colocaron a una muchacha del campo como niñera y al poco tiempo quedó embarazada, mis padres se ocuparon de los gastos de médicos y hospitales, mi padre buscó al muchacho que la embarazó y tuvo que casarse, yo soy el padrino del niño. El chofer de mi padre y su esposa vacacionaban junto a nosotros, hoy en día sus hijas están entre mis mejores amigas.
Con ninguno de los empleados de mis abuelos y de mi padre en sus empresas, de mis tíos en las suyas y de mis tías que eran abogadas bien pagadas, se abusó y jamás tuvieron motivos de quejas, eran amigos de mi familia, a la cual ayudaron a enriquecer mientras ellos se ganaban sus sueldos y aguinaldos de acuerdo a la capacidad de cada uno. Sueldos que mantenían a muchos hogares de forma aceptable para unos y muy holgada para otros. Cuando hemos visitado Cuba, a la cual pensamos regresar algún día, muchos de los antiguos empleados y miembros del servicio nos visitan, nos acogen y nos recuerdan con mucho cariño.
Habiendo dicho esto, debo recordar a estos señores comunistas que las divisiones de clases ya sean sociales o políticas siempre existirán, todavía existen en Cuba y mucho más marcadas que en el pasado. Así que verdaderamente no entiendo lo que abogan o critican. Me parece que estos individuos practican la filosofía del escorpión, que mata a quien puede salvarlo, está en su naturaleza (los que odian y destruyen).
Armando Ruiz

Mi respuesta:

Gracias, Armando, por tu comentario. Nací en La Habana en 1942, no solo en el seno de una familia humilde y trabajadora, si no también mestiza y, además, ligada al Partido Socialista Popular, el partido de los comunistas cubanos antes de 1959.
Mi padre fue guardaespalda de Blas Roca, pero a diferencia de muchos de los comunistas-fidelistas, los que conocí y con los cuales en 1959 trabajé, eran respetuosos con los sectores de la burguesía nacional, casi todos dueños de fábricas, centrales, tiendas…
Alfredo Hornedo conversaba con Blas Roca, Juan Marinello y Salvador García Agüero, que quienes sepan un poco de historia, deben saber que los tres fueron constituyentes, trabajaron en la redacción de la Constitución de 1940, la más avanzada que ha tenido Cuba.
Mi tía Cuca, una mulata alta y gorda, era modista de alta costura, ella vivía en 21 entre F y E, y al lado de su edificio, el Alaska (ahora a punto de derrumbarse, como toda la ciudad) vivía una familia adinerada a quien ella le cosía y siempre la trataron con gran respeto.
En 1961-63 fui maestra en una escuela nocturna de superación para la mujer, la mayoría de las alumnas habían sido criadas, casi todas eran negras y no sé si ellas tuvieron suerte, pero ninguna hablaba mal de las familias donde servían, limpiando, lavando y planchando, cocinando o cuidando niños.
Hace cinco años que se publicó este fotorreportaje y no esperaba que tuviera tanta repercusión. Ojalá encontrara más fotos de mujeres y familias que vivieron en una de las capitales más cosmopolitas de América. A todos los comentaristas, a favor o en contra, gracias. Saludos, Tania Quintero


viernes, 8 de mayo de 2015

La familia cubana de Sammy Davis Jr.



En su edición del 17 de diciembre de 2007, la revista Time en un listado de 15 famosos de Estados Unidos de ascendencia cubana, incluía al multifacético Sammy Davis Jr. Sorprendida, por el descubrimiento decidí rastrear por internet.

Así supe que su madre, que en casi todos los sitios en Estados Unidos escriben Elvera, pero que debe ser Elvira Sánchez, nació en 1905 en Nueva York, de padres de origen cubano. Ella murió en el 2000, a los 95 años. Vivió más que Sammy Davis Jr., quien falleció de cáncer en la garganta en 1990, a los 65.

Davis Jr. Pudo haber vivido más, pero tuvo una vida de excesos y desequilibrios emocionales. Sufrió el racismo en carne propia y en 1954, cuando estuvo a punto de morir por un accidente que le hiciera perder un ojo, se convirtió al judaísmo, decisión que no fue bien vista por la comunidad negra estadounidense.

Elvira comenzó a bailar a los 16 años en el Harlem Lafayette Theater, de ahí el apodo con el cual sería conocida: 'Baby' Sanchez. Fue bailarina, pero no de música cubana, si no de claqué o tap. Según Wkipedia, el tap se origina a partir de la fusión de las danzas de zapateo en Irlanda, el norte de Inglaterra y Escocia, combinado con los bailes practicados en Estados Unidos por los afroamericanos, como la juba, entre el siglo XVII y el XVIII.

En 1739 a los esclavos negros se les prohibió que utilizaran instrumentos de percusión, lo que motivó que realizaran la percusión con los pies y las manos. Después de la Guerra de Secesión, los bailarines, inmigrantes de diversos grupos, se reunían para competir y demostrar sus cualidades y movimientos. De esta manera, mientras las danzas se mezclaban, un nuevo estilo de baile nacía: el tap americano. Los bailarines relajaron las posturas rígidas irlandesas, usaron brazos y hombros para marcar y añadieron nuevos pasos.

Tras su auge en las décadas 1930-1940, cuando consiguió gran popularidad por su presencia en diversos filmes musicales de Hollywood, con artistas como Fred Astaire, el tap se alejó de los escenarios hasta resurgir en los años 70 y 80, gracias a películas como The Cotton Club. El 25 de mayo se festeja el día internacional del tap, una celebración que fue promovida por Elvira Sánchez, a través de un comité especialmente creado en Nueva York.

En 1923, mientras actuaba en el show Holiday in Dixie, Elvira conoció a Sammy George Davis (1900-1988), también bailarín de tap. Se casaron en 1923 y dos años después, en 1925, nació el único hijo de la pareja. Cuando el pequeño Sammy tenía tres años se divorciaron y el niño quedó a cargo del padre, que se lo llevaba en sus giras por todo el país. A los 10 años, el pequeño ya era un prodigio bailando tap. Entonces le llamaban "el hijo de Baby Sanchez". Pronto debutaría con su padre y un tío, con el Will Mastin Trio.

Durante seis años Elvira bailó tap en el Apollo Theater de Nueva York. Después continúa bailando por su cuenta y en 1938 participa en Swing, filme musical dirigido por Oscar Micheaux. Ya retirada del baile, se convierte en una celebridad trabajando como camarera en el Grace's Little Belmont, popular bar de la Kentucky Avenue en Atlantic City.

Además de bailarín, su hijo Sammy Davis Jr. fue cantante, músico (tocaba vibráfono, trompeta y batería), actor y comediante. En vida no le dieron ningún premio, pero once años después de su muerte, en 2001, le otorgaron un Grammy Lifetime Achievement Award. Su escaso atractivo físico no le impidió tener éxito entre las mujeres. Se casó tres veces: con Loray White (1958-59), la actriz sueca May Britt (1960-68) y la bailarina inglesa Altovise Davis (1970-90). Tuvo cuatro hijos varones: Mark (1960), Tracey (1961), Jeff (1964) y Manny (1988).

En la biografía In Black and White, publicada en 2003 por Will Haygood, el autor escribe que Sammy Davis Jr. decía que su madre era puertorriqueña, por temor a que la reacción de los anticastristas afectaran las ventas de sus discos. De ahí que en Boricuas de lujo, y en otros sitios de Puerto Rico, afirmen que "Sammy Davis Sánchez Jr. es hijo de una puertorriqueña que emigró a principios de los años 1920 a los Estados Unidos donde se casó con un norteamericano".

En Wikipedia dicen que "se cree que su madre era una bailarina de Puerto Rico con ascendentes cubanos". Los datos más fiables sobre Elvira Sánchez se localizan en Geni.

La abuela materna de Sammy Davis Jr., Luisa Valentina Aguiar, vino al mundo en Manhattan el 14 de febrero de 1884 y por ser día de San Valentín, sus padres, Enrique Aguiar, nacido en Cuba, e Ida Henderson, natural de Connecticut, decidieron ponerle también Valentina. Aguiar siempre tuvo la ilusión de viajar a su tierra natal con su familia. Pero Ida murió en el parto. El 21 de abril de 1898 Estados Unidos le declara la guerra a Cuba y el presidente William Mc Kinley hace un llamado a la nación, para enviar voluntarios a la Isla.

Enrique Aguiar, el bisabuelo de Sammy Davis Jr., se ve ante el dilema de escoger entre quedarse con su hija de 14 años o irse a combatir a su patria. Y decide formar parte de los 125 mil voluntarios enviados por Estados Unidos a Cuba. Jamás volvió de la Guerra Hispano-Americana. Hasta 1996, cuando falleció a la edad de 112 años, Luisa Valentina no perdió la esperanza de saber el destino de su padre.

Sin nadie en Nueva York, Luisa Valentina, una bella mulata de piel clara, encontraría apoyo y afecto en Marco Sánchez, vendedor de tabacos también de origen cubano. No fue feliz: a Sánchez le gustaba beber. Tuvo cuatro hijos, pero solo sobrevivieron dos: Julia, nacida en 1899, y Elvira, en 1905. La cirrosis hepática se llevó a su marido, y pasó a ser una joven viuda con dos hijas pequeñas.

Los alquileres en Harlem eran más baratos que en Manhattan, y aunque no le gustaba el roce con los negros, en 1915 se muda con las niñas para Harlem. Consigue trabajo como criada y vestidora de Laurette Taylor, actriz de Broadway. Por su buen desempeño, la Taylor la lleva en sus viajes y la invita a cenar con ella en restaurantes, lo cual le traería problemas, pues en algunos se negaban a servirle a 'negros y puertorriqueños'. En una ocasión, Luisa Valentina no se dio por aludida, dijo que no hablabla inglés y respondió que era cubana.

Hará cinco años, en la red leí que en la década de 1950, Sammy Davis Jr. y Frank Sinatra viajaron a Cuba. Por falta de tiempo no lo he podido verificar, pero no lo dudo, porque en la capital cubana actuaban grandes figuras, como Ella Fitzgerald, Cab Calloway, Eartha Kitt, Sara Vaughn, Nat King Cole y Johny Mathis, entre otros. Es que entonces La Habana era una ciudad cosmopolita.

Tania Quintero

Foto: Sammy Davis Jr. y su madre Elvira Sánchez. Tomada de Tumblr.


miércoles, 6 de mayo de 2015

Recuerdos de mi familia



Alejandrina del Carmen Antúnez Aragón era el nombre completo de mi madre, pero como odiaba el Alejandrina que le encasquetaron, se quedó con Carmen. Nació el 24 de marzo de 1915 en Sancti Spiritus y murió en La Habana el 15 de abril de 2001, a los 86 años, pese a haber fumado desde la adolescencia.

Cuando nací, el 10 de noviembre de 1942, ya Luis Antúnez, mi abuelo materno, había fallecido. A mi abuela sí la conocí, se llamaba Francisca Aragón, le decíamos Pancha. No recuerdo cuándo quedó tuerta de un ojo, pero sí que tenía el pelo largo y se hacía una trenza. Antes de dormir rezaba y en su cuarto había imágenes de santos.

Su religiosidad no le impidió estar al tanto de las cuestiones políticas. Es que hasta poco antes de su muerte, abuela Pancha siempre vivió en casa de mi tía Dulce Antúnez y de su esposo, Blas Roca, durante años secretario general del Partido Socialista Popular (PSP). Y por eso fue testigo de registros policiales antes de 1959, aunque a ella la respetaron y a su cuarto nunca entraron. Abuela Pancha supo de la llegada al poder de Fidel Castro, pero como el barbudo no era santo de su predilección, prefirió irse pronto, el 10 de octubre de 1959. Fue velada en la funeraria de Santiago de Vegas y enterrada en el cementerio de Calabazar.

Luis y Pancha, mis abuelos maternos, tuvieron ocho hijos, cinco hembras y tres varones: María Luisa, Dulce María, Cándida Rosa, Alejandrina del Carmen, Teresa de Jesús, Avelino, Mario y Luis, el único que aún vive, con 92 años. La tía que murió más joven fue Teresa, a las 82 años, y el de más edad, Avelino con casi 100 años. Todos nacieron en Sancti Spiritus, lo que no sé si en la finca que tenía el abuelo Luis en Tuinicú llamada Sebastopol. Puede que el nombre guardara relación con la ciudad rusa o por la frase "Me cago en Sebastopol", como antes decían.

Tras la muerte del abuelo Luis, alrededor de la década 1920-1930, mis tíos hicieron sus matules y emigraron a La Habana, el declive de la finca había comenzado. Al estar ociosa, fue confiscada por la revolución (aunque también confiscaron tierras productivas en toda la isla). Los únicos que se quedaron en Sancti Spiritus fueron Avelino y Mario. La tía Teresa alternaba la capital con Cabaiguán y otros pueblos espirituanos.

El tío que tuvo más hijos fue Mario, ocho, todos con Caridad; Dulce, cuatro, con Blas; María, dos, con Catalino; Teresa, dos, de dos maridos distintos; Cándida, uno, de un hombre que no conocí, y Carmen, mi mamá, a mi sola, con mi padre, José Manuel Quintero Suárez, nacido el 21 de diciembre de 1909 en Palmira, Cienfuegos. Mi tío Avelino, el guajiro de la familia, nunca se casó y si tuvo algún hijo regado por las lomas del Escambray, donde vivió, no nos enteramos. Luis se casó ya mayor y no tuvo hijos con La Mora, su esposa.

Esa foto es de 1945, mi madre tenía 30 años y yo tres. Soy la del globo, a la izquierda. Fue hecha en el balcón interior, en el segundo piso del edificio donde vivíamos en Romay 67 entre Monte y Zequeira, Cerro. La vivienda había sido sede de la Asociación Nacional de Campesinos, que pertenecía al PSP y era dirigida por Romárico Cordero. Cuando la Asociación se mudó a otro local, el PSP decidió que tres familias compartiéramos la casa, bastante grande y con dos baños.

Una de esas familias fue la de Gilberto del Pino, líder campesino camagüeyano, su mujer Nicolina y su hija Tamila, la niña que aparece conmigo en la foto y de mi misma edad. Gilberto formó parte de la delegación cubana que en 1949, presidida por Juan Marinello, asistió al primer Congreso Mundial por la Paz, en la Sala Pleyel de París. De ese viaje me trajo una pequeña Torre Eiffel.

Gilberto y Nicolina ocuparon la parte final de la casa. La primera parte la ocupó Dubouchet, cuyo nombre he olvidado, su mujer, Amelia, y dos sobrinos jóvenes que ellos criaban, Bebo y Ricardito. La parte del medio se la dieron a mi padre, quien alternaba la labor de guardaespaldas de Blas Roca con el oficio de barbero ambulante. Mis padres sabían leer, escribir y sacar cuentas, pero ninguno de los dos terminó la escuela primaria. Mi madre siempre fue ama de casa. Cuando nací, mis padres compartían una vieja casona con otras familias, en el reparto Naranjito. En 1944 se mudaron para Romay, yo tenía dos años y con nosotros vino a vivir mi tío Luis y mi prima Teresita, la hija mayor de mi tía Maria, solteros los dos.

Las doce personas de las tres familias convivimos juntas y en armonía hasta 1959, cuando Gilberto decidió regresar a Camagüey con su mujer e hija. Y a los Dubouchet les dieron una casa en el reparto Santa Amalia. Nosotros nos quedamos con toda la casa: recibidor, sala, comedor, tres cuartos, dos baños, cocina y un cuartico pequeño.

En 1960-61 mi tío Luis y mi prima Teresita se casaron y se fueron a vivir con sus respectivas parejas. Pero como mi familia materna siempre tuvo alma 'hotelera' y acostumbraba acoger a parientes del campo que venían a la capital y no tenían dónde quedarse, con nosotros vino a vivir mi primo Moisés, hijo de mi tía Teresa.

La construcción del edificio databa de la década 1930-1940, pero la fuerte explosión de La Coubre, el 4 marzo de 1960, en un muelle de Atarés, barriada colindante con la nuestra, El Pilar, relativamente cerca de nuestro domicilio, agrietó el edificio. Cada vez que anunciaban un ciclón teníamos que irnos.

Una gran grieta que la explosión provocó en nuestra cocina, se fue ensanchando como consecuencia de que a menudo las guaguas, camiones y autos que transitaban por el tramo de la calle San Joaquín, los desviaban por la calle Romay. A veces era un desvío de horas o días, otras de semanas o meses. En el segundo piso, donde vivíamos, sentíamos cómo se estremecía la casa cuando pasaban aquellas rutas 10, 37 y 68 repletas de pasajeros. A media cuadra, por Monte, pasaban las rutas 2, 15 y 20.

En 1964, a mi padre le pronosticaron dos años de vida. A eso había que añadir que el motor del agua estaba más tiempo roto que funcionando y vivíamos cargando cubos de agua, que a mi madre le provocaron hernias y tres veces tuvo que ser operada de urgencia. Por si no bastara, ella se negaba a cocinar con luz brillante y seguía aferrada al carbón, que costaba dios y ayuda conseguirlo en La Habana.

Después que logramos que el edificio fuera inspeccionado por técnicos y arquitectos, y éstos certificaran que debido al mal estado del inmueble en cualquier momento se podía derrumbar, empecé a hacer gestiones en la Reforma Urbana. Mi padre estaba ya muy enfermo y no le dije que intentaba conseguir una vivienda, para que no se fuera con la preocupación de que dejaba a su mujer, única hija y dos nietos en una casa en muy mal estado.

Mi padre falleció el 7 de octubre de 1966, a los 57 años. En sus últimos meses, su entretenimiento eran su nieta Tamila, de dos años, y su nieto Iván, de un año; las visitas de amigos y escuchar la pelota en el viejo RCA Victor. Televisor no teníamos, lo tuvimos el 31 de diciembre de 1977, un Krim ruso en blanco y negro.

En aquella época, para comprar un televisor, refrigerador o ventilador, después de haberte destacado en tu trabajo, tenías que concurrir a una asamblea donde los asistentes decidían si debían dártelo a ti o a otro trabajador. Si votaban por ti, el del sindicato te daba un cupón, debidamente firmado y acuñado y con él ibas a la tienda donde vendieran electrodomésticos, que entonces no habían muchas en La Habana. Lo podías comprar al contado o a plazos (creo que el Krim me costó unos 200 pesos). No olvido la fecha porque coincidió con el fallecimiento del padre de mis hijos, del cual me había divorciado en 1970.

Por fin, en febrero de 1979, trece años después de la muerte de mi padre, nos dieron un apartamento de tres cuartos en un edificio de La Víbora. No era nada del otro mundo, pero tenía gas de la calle y teléfono. Y si el motor se rompía, no eran muchos los escalones a subir con cubos de agua. Todo un lujo, sobre todo para mi madre, quien a sus 64 años pudo vivir un poco mejor.

El edificio de Romay, donde vivimos 35 años, se fue cayendo a pedazos, varios inquilinos fueron albergados, entre ellos mi primo Moisés, y finalmente fue demolido en 2014. Recogidos los escombros, quedan los recuerdos.

Tania Quintero


lunes, 4 de mayo de 2015

No podemos ni debemos olvidar



Del lunes 30 de marzo, hasta hoy, lunes 4 de mayo, en el blog he recordado a las primeras presas políticas. Probablemente fueron más de 200 las mujeres que entre 1959 y 1976 integraron el presidio político cubano de la era castrista. Muchas ya han muerto.

En 16 posts no es posible recordarlas a todas. Faltaron nombres y anécdotas. Espero que los familiares de las fallecidas y las supervivientes lo entiendan y me disculpen. Los he preparado con respeto y cariño.

Aquellas mujeres hicieron posible que en Cuba surgiera una disidencia pacífica y un movimiento de denuncia a las violaciones de los derechos humanos.

No podemos ni debemos olvidarlas. Tampoco a los cientos de hombres que fundaron el presidio político de la era castrista y sobre todo a los fusilados, muchos sin siquiera haber sido enjuiciados o sin suficientes pruebas para ajusticiarlos. Es cierto que a algunos les ocuparon armas y otros se alzaron en las lomas. Pero Fidel Castro hizo lo mismo y solo estuvo 22 meses en prisión. A cuerpo de rey.

Tania Quintero

Foto: La Dra. Ana Lázara Rodríguez en septiembre de 2012. El 26 de febrero de 1961, cuando tenía 23 años y cursaba el tercer año de la carrera de Medicina en la Universidad de La Habana, fue arrestada por el G-2, como era conocido el órgano represor que después sería el Departamento de Seguridad del Estado.

Ana Lázara fue juzgada el 11 de abril de 1961 y condenada a 30 años de privación de libertad y 30 años de prisión domiciliaria. Excarcelada el 14 de noviembre de 1979, marchó al exilio, primero a República Dominicana y después a Estados Unidos. En colaboración con el escritor y periodista Glenn Garvin, en junio de 1995 publicó el libro Diary of a Survivor: Nineteen years in a Cuban Women's Prison. Tomada del blog Peace Corps Honduras.

Más sobre Ana Lázara Rodríguez en este video y en este trabajo.

Leer también:











viernes, 1 de mayo de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (XV y final) Gisela Sánchez y Melba de Feria



Gisela Sánchez y Melba de Feria

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Fue en 1976 que arrestaron a Gisela Sánchez y a su tía Melba de Feria. Ya habían pasado más de quince años de haber sido institucionalizados la tortura y el terror como sistema del tenebroso Departamento de Seguridad del Estado, primero en Quinta Avenida y 14, Miramar, y después en Villa Marista, en el Reparto Sevillano.

Gisela cursaba la escuela primaria en un convento de monjas en Antilla, Oriente, y vivía en casa de sus abuelos. Las hordas castristas habían arrasado con todas las propiedades de la familia, entre ellas las fincas dedicadas a la ganadería, cría de puercos, cañaverales y cosecha de frutas. En su casa existía una oposición abierta contra el gobierno, pero no fue hasta que Gisela comenzó en la secundaria básica, cuando ella pudo comprobar cuánta razón tenía su familia. El adoctrinamiento que ella recibía, debía impartirlo a otros estudiantes. Además, estaba el programa obligatorio conocido como 'la escuela al campo': niños y jóvenes de los dos sexos eran trasladados a vivir en rústicos albergues campestres, aislados de sus padres y familiares.

Gisela apenas tenía 16 años cuando pasó a estudiar al preuniversitario en Holguín y comenzó a trabajar con la CIA, para ayudar a derrocar al infame gobierno. Su tía Melba encabezaba uno de estos grupos, pero era a otro jefe a quien Gisela pasaba datos sobre la escuela al campo y la carga que entraba y salía del puerto de Antilla. Al finalizar el preuniversitario, Gisela se mudó para el domicilio de sus tías Melba y Esther en La Habana. Al no pertenecer a organizaciones juveniles comunistas ni a comités de defensa de la revolución ni a federaciones femeninas, fue declarada 'antisocial' y no le permitieron seguir estudiando. El grupo con el que trabajaba mayormente se componía de jóvenes católicos, pero a veces se incorporaba alguien de quien se desconfiaba.

Durante uno de los frecuentes viajes a Oriente, en busca de información, a Gisela le avisan de Inmigración que tenía aprobada la salida para España. Decide regresar a La Habana y cuando aborda el avión, la Seguridad del Estado le ordena desembarcar, argumentando que su puesto es para una emergencia. Aquello fue un aviso de que debía andar con cautela. Sus cuidados no le valieron de mucho. Se encontraba acostada, con pijama y bata de casa, debido a una fuerte gripe y fiebre de 40 grados, cuando de pronto se vio rodeada por un grupo de milicianos negros, que habían subido hasta su cuarto como si persiguieran a un criminal. Sin dejarla preguntar y ni siquiera vestirse, el jefe del grupo le puso el revólver al pecho y le dijo que no podía moverse. Molesta, de un empujón, Gisela se quitó aquella mano de encima, provocando que la agarraran con más fuerza y se la llevaran sin despedirse de sus tías.

Meses más tarde, se enteraría que después de un exhaustivo registro, a su tía Melba también se la habían llevado detenida. Fueron incontables los esfuerzos de la Seguridad del Estado para convencer a Gisela de que cooperara con ellos. Su hermano estaba integrado a la revolución y a él le encomendaron reclutarla. Querían que trabajara para la Seguridad en Cuba o en Estados Unidos.

Durante semanas, permaneció en Villa Marista con la misma pijama y bata de casa con la que fue arrestada, sin darle oportunidad de asearse. La comida solía ser un perro caliente con moho en los extremos, unos espaguettis secos o un pedazo de pan duro. Una vez al día, en un vasito le servían dos dedos de agua. Con un alambrito, sacado del bastidor donde dormía, iba rayando en la pared lo que ella calculaba era el final de cada día. A veces durante los interrogatorios, sobre la mesa del teniente Briera, lograba ver un almanaque que la orientaba con respecto a las semanas transcurridas.

Aún hoy (recordar que el libro se publicó en 1995), Gisela es una mujer de llamativa belleza. Alta, rubia, tez muy blanca y enigmática sonrisa. Afirma que nunca la tocaron, pero cuando la guiaban en la oscuridad le murmuraban 'aquí estás sola y no te puedes defender, te podemos hacer lo que queramos', amenazándola con violarla y abusar de ella si no cooperaba con sus captores. Un día, angustiada por no poder comunicarse con su tía Melba, cuyos pasos sentía cuando la llevaban por el pasillo, con una cuchara decidió rayar una bandeja y puso: 'Tía, estoy bien, preocupada por ti', esperanzada en que un día la bandeja llegara a la celda de Melba, como en efecto ocurrió. El castigo no se hizo esperar, Gisela fue llevada a una celda helada. Creyó que iba a morir congelada, la sacaron en un estado tal que no podía mover la mandíbula, ni hablar y los pies y las manos tan entumecidos que estaban insensibles al tacto. Gracias a ese castigo supo que su mensaje le había llegado a su tía.

Sorpresivamente, le permitieron recibir ropa interior, un pantalón y una blusa para sustituir la pijama y la bata de casa. La ducha a la que tuvo acceso era un tubo por el que salía un chorrito de agua que cuando apenas comenzaba a salir, la cerraban. Cuando trataba de dormir, venían a decirle que la iban a entrevistar y se volvían a ir. Al poco rato volvían de nuevo. Según Gisela, las custodias mujeres eran peores que los hombres, las vejaban e insultaban con las peores obscenidades. Después de tormentosos meses en Villa Marista, aún sin juicio, le dijeron que la iban a sacar de ahí. Varios después, la llevaron para la granja América Libre, en El Cano, en las afueras de La Habana.

"Me trasladaron en una jaula, yo sola, encerrada por completo. Llegué a las 12 de la noche, me dieron un uniforme de presa, un par de tenis tres números mayores que el mío y un colchoncito enrollado. Me llevaron para el pabellón de las presas comunes y allí me dejaron nueve interminables meses, como castigo por mi actitud en Villa Marista. Antes de entrar, desde el segundo piso, donde estaban las criminales y las lesbianas, me gritaban: 'Carne fresca, carne fresca'. Estaba entrando en un mundo donde una siente que está cayendo en un abismo infinito, como hundirte en el vacío. Al llegar al pabellón, la combatiente me dijo: 'Tu vas a dormir aquí'. El lugar estaba lleno de mujeres negras, la única blanca era yo. En un pasillo había decenas de mujeres tiradas sobre el piso, porque no había camas, solo literas y colchones malolientes. Todo estaba sucio, el mal olor era insoportable. Y aquella cantidad de mujeres alrededor tuyo, mirándote, gritándote, era horrible. Agarré mi colchón y sin zafarlo lo tiré al piso para sentarme. Así pasé la noche. Por la mañana vino otra militar para llevarme a un lugar donde podría dormir.

"Ese lugar era más infernal aún que la Seguridad del Estado: allí te torturan sicológicamente, pero sabes donde estás, qué te rodea. Aquí no. Te rodea un mundo del que no sabes qué te puede pasar. En la oficina se encargaron de explicarme todo lo que me podía pasar. Y en más de una ocasión tuvo que venir una guarnición para controlar a las homosexuales, que querían picarme la cara. Aquellas mujeres me hicieron pasar momentos muy difíciles, porque querían violarme, eran unas salvajes, aunque en las comunes y las militares no todas eran tan malas.

"Cinco meses más tarde llegó mi tía Melba al pabellón de las comunes. No la reconocí, mi espanto al verla fue tal que solo atinaba a gritar insultos: 'Nunca los voy a perdonar, ustedes son unos asesinos'. Pesaba solo 90 libras, el pelo larguísimo y desaliñado, con muy mal color en la piel y una expresión que parecía un fantasma, como si hubiera salido de un electroshock. La habían destruido. Asela Pelayo, una negrita flaquita que era malísima, se portó de lo mejor, le cedió su cama y no permitió que yo le dejara mi cama a mi tía. Regalándoles cigarros y comida que mandaban de casa, mi tía logró granjearse la amistad de algunas en aquel vendaval de presas extrañas. Llegaron inclusive a alertarla cuando iban a usar drogas: 'Tía, esta noche no baje, porque tenemos un toque'.

"Mientras, el teniente Lester Rodríguez seguía presionándome, él o a través de mi hermano, para que colaborara con ellos. Fueron nueve meses infernales, con unos baños asquerosos y oscuros que no te dejaban ver ni lo que ibas a pisar. Cuando ponían el agua, tenías que bañarte con los zapatos puestos. La droga estaba a la orden del día, la tomaban, la olían, se tomaban los desodorantes con benadrilina. La guarnición tenía que venir, esas mujeres acababan con cualquiera, hasta las camas las tiraban. Ni dormir podías, con un ojo cerrado y el otro abierto, siempre a la defensiva, para que no te roben, no te piquen, no te maten. Estás en la cama y se te tiran encima, te rompen la ropa, te golpean, te halan el pelo, te cortan con las cucharas afiladas que tienen. Entre ellas, todos los días había sangre, por robo, por droga. Pasé dos sustos grandes, pero gracias a Dios, nunca llegaron a cortarme.

"Logré unirme a un grupo de comunes presas por robo, mujeres que eran administradoras de mercados que habían desfalcado o robaban para revender y ganarse unos pesos en la calle. Así no estaba tan sola y lograba cierta protección contra las otras. Finalmente, a los nueve meses y aún sin juicio, a tía Melba y a mí nos llevaron con las presas políticas. El cambio fue un bálsamo. Un año más tarde nos llevaron a juicio. Un juicio muy singular, porque no puedes hablar. Y te endilgan 25 años y no puedes objetar nada. Después de la sentencia, me siguieron hostigando y amenazando con mi familia. Me ayudó mucho una presa, Onelia Izquierdo, una bellísima persona. Era una presa de años y me dio consejos que nunca he podido olvidar.

"Tuve experiencias contrastantes. Una reeducadora, Modesta Hernández, es echó a llorar cuando le hablé de verdad, al corazón. Era una buena mujer. Pero otra militar negra, Angela Caly, que parecía un hombre, te insultaba y te trataba como un perro. Para hacer una requisa, te sacaba al patio, al sol hirviendo y te dejaba allí a su gusto, sin agua, varias horas. Al regresar, te lo habían destruido todo, solo por maldad. Ya en el exilio, vine a saber que Ana Lázara y otras dos estuvieron cinco años en celdas tapiadas. Cuando nosotras llegamos, ya no existía el plan de las plantadas y fuimos a reeducación. Creo que solo quedaban 15 o 20 plantadas, no recuerdo todos los nombres: Polita Grau, Georgina Cid, Aleja Sánchez, América Quesada y la Niña del Escambray, con quien pude hablar. Recuerdo su retraimiento, siempre silente, su cara triste, la volvieron loca para el resto de su vida. Pobrecita, pobrecita.

"En diciembre de 1978 fue el primer indulto, el segundo en enero de 1979 y el tercero en marzo del 79. En este último nos liberaron a mi tía y a mí, el 13 de marzo de 1979, con la condición de que teníamos que irnos del país. Tan pronto salimos de la cárcel, yo me casé con mi novio de entonces, que me visitaba en la cárcel y cargó conmigo la cruz de mi encierro. Años después nos separaríamos".

Es ahora Melba de Feria quien tercia en la conversación. Con setenta y pico de años, apenas cinco pies de estatura y frágil apariencia, no es precisamente el prototipo de una desafiante. Pero vibra en ella la sangre mambisa de su padre y con firmeza añade:

"Jamás hubo en Cuba un presidio político de mujeres tan grande y tan abusivo. A mí me negaban la comida y me interrogaban hasta casi matarme, porque como jefa de grupo, yo sabía lo que no sabía mi sobrina. Pero la conciencia de estar cumpliendo con un deber, te mantiene en pie. Un día, el teniente me dijo: 'Tu padre se hubiera abochornado de ti'. Y le riposté: 'No, mi padre hubiera estado orgulloso de mí, porque yo estoy presa por luchar contra los comunistas como él luchó contra los españoles'.

Leer también: Segunda parte de la serie Cuba: enfrentando la autocracia verde olivo, dedicada a Martha Frayde, ex prisionera política, fundadora del movimiento cubano de los derechos humanos y una mujer que al igual que las primeras presas políticas, también todo lo dio por Cuba. Martha falleció a los 93 años, el 4 de diciembre de 2013 en Madrid.