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jueves, 17 de mayo de 2018

La sinfonía de los sonidos de La Habana



Justo antes de Año Nuevo, mi esposa y yo dejamos a nuestros dos hijos en casa con sus abuelos y nos escapamos a La Habana para disfrutar de unas breves vacaciones. Tal vez estén familiarizados con esta sensación sorprendente de estar sin sus hijos, que es como si se estuvieran saliendo con la suya en algo temerario y posiblemente ilegal. Más de una vez, sentí como si hubiésemos descubierto un código secreto que abre un portal hacia un universo paralelo.

De repente, nos dimos el lujo de tomar un trago y nos dimos el lujo de saborearlo poco a poco. Podíamos leer más de una página de un libro a la vez. Podíamos disfrutar nuestros alimentos sin tener que limpiar el yogur del techo.

Sin embargo, esta extraña sensación de haberle ganado la batalla al tiempo y al espacio se debió principalmente a nuestro destino: Cuba. La compleja identidad del país está vinculada de manera inherente a la dualidad, su capacidad de sentirse tan lejos y tan cerca al mismo tiempo.

Nuestra visita se dio en un momento extraño, ya que el país languidece en un periodo de incertidumbre después de Fidel y de la visita del expresidente estadounidense Barack Obama, que muchos cubanos con los que hablamos ven como un momento crucial, un primer paso crítico en la normalización de las relaciones entre los dos países.

No obstante, dicho optimismo se ha convertido en un limbo de incertidumbre, en el que hay más preguntas que respuestas: ¿el repentino auge de los negocios privados (como Airbnb) en la isla es un signo de lo que está por venir o solamente es una fachada de lo que queda de un régimen totalitario? ¿Qué ocurrirá cuando Raúl Castro por fin deje el cargo? En la era de Trump, ¿se les permitirá a los estadounidenses volver a Cuba? Y si, de hecho, uno va a Cuba, ¿se hará trizas nuestra mente capitalista?

Al igual que a muchos otros, los informes de que los diplomáticos estadounidenses habían padecido una serie de síntomas misteriosos (náuseas, pérdida de audición, mareos, pérdida de memoria e incluso daño cerebral) me habían interesado especialmente. Tanto los medios como el Departamento de Estado estadounidense señalaron como explicación que el ataque se había debido a un 'arma sónica', que parecía ser el último aliento tóxico de las artimañas que se habían usado en la Guerra Fría.

Entonces, ¿por qué ir a Cuba y ponerse en el punto de mira de la incertidumbre diplomática y acústica? Porque por eso viajamos. Como alguna vez escribió José Martí, el poeta y filósofo nacional que se ha vuelto emblemático en Cuba: “En tiempos de crisis, los pueblos del mundo que van a luchar juntos deben apresurarse a conocerse”. Nadie puede predecir qué ocurrirá con Cuba en los próximos años y es por eso que debemos apresurarnos a visitar ese destino en este momento: literalmente, en este momento. Visitarla es ser testigo de cómo un ave exótica está a punto de salir volando de su jaula.

Nuestro chofer en La Habana había heredado su Buick Invicta convertible 1959 color cereza de su padre, quien a su vez lo había heredado de su padre. El motor era original. Pregunté cuál era el kilometraje del automóvil. “No se puede medir”, respondió.

Hay muchas cosas en Cuba que no se dejan medir. El tiempo se vuelve un enigma. Cuando nos llevó a la ciudad desde el Aeropuerto Internacional José Martí, de inmediato nos sumergimos en un remolino de historia fantasmagórica: Plymouths estadounidenses de la década de los cincuenta, Ladas soviéticos de los setenta, Polski Fiats de los ochenta, carretas jaladas por caballos y el extraño Peugeot. Era como si cada momento del pasado se hiciera presente ante nosotros.

Los cubanos tienen una relación complicada con el tiempo. El sistema socialista exige que uno se rinda ante el tiempo; el tiempo, como casi todo lo demás, es un bien compartido. Por ende, la gente se acostumbra a esperar en fila a que toque su turno para recibir un servicio.

Están tan acostumbrados a esperar en fila que ya nadie hace una. Solo hay un grupo de personas que viven la vida, conversan, y que casualmente esperan afuera de un banco o en la parada del autobús mientras tanto. Cuando llega una persona más, pregunta: “¿Quién es el último?” y un dedo se levanta. Sin mayor alarde, una persona más se suma a la fila y así pasa el tiempo. Uno de los jóvenes cubanos con los que hablamos mientras hacíamos fila solo se encogió de hombros ante este inconveniente. “Sí, hay escasez de productos. No, no es lo ideal. Las empresas privadas son importantes. Pero no queremos simplemente copiar el sistema estadounidense, sin ofender, en el que todo tiene que ver con el dinero”, dijo.

Uno de los grandes regalos de nuestro corto tiempo en La Habana fue el tiempo mismo. En específico, no tener acceso constante al internet. La Habana acaba de permitir que haya wifi público, pero solo en ciertos parques y esquinas. Hay que comprar una tarjeta para adquirir tiempo en línea y de ese modo nos unimos llenos de culpa a las masas nocturnas que se dan cita en el Parque John Lennon, cautivados por el brillo de nuestros teléfonos inteligentes. Los parques públicos se han vuelto a llenar de adictos, salvo que la naturaleza de la droga ha cambiado. ¿Será aquí donde comenzará la nueva revolución? ¿Acaso esta revolución tendrá su propio emoticono?

Deambulábamos por parques oscuros por las noches porque, en su mayor parte, Cuba es un lugar totalmente seguro. No hay delincuencia conocida, o al menos eso es lo que dice el gobierno cubano. Como suele suceder, cuando uno indaga un poco más, nada es lo que parece: Cuba ocupa el séptimo lugar en el índice de encarcelamiento global (Estados Unidos ocupa el segundo lugar).

Si no hay delincuencia, ¿cómo es que hay tantos delincuentes? ¿O será que no hay delincuencia porque todos los criminales están encerrados? Cuando le pregunté a nuestro conductor, me contestó con indiferencia. “Un viejo chiste dice que hay once millones de cubanos, de los cuales cinco millones son policías”, dijo

No seré el primero en decirles que las calles de La Habana son adictivas. La ciudad es tremendamente fotogénica y no necesita filtros. Nuestro Airbnb se encontraba en El Vedado, un barrio residencial engañosamente tranquilo de mansiones avejentadas que también tiene algunos de los pocos centros nocturnos más bulliciosos y la Fábrica de Arte Cubano, una vieja fábrica de aceite de cocina que se ha convertido en un complejo en expansión de artes multidisciplinarias con un excelente restaurante, El Cocinero, en el techo. La noche en la que lo visitamos había un desfile de modas, un concierto y la inauguración de una galería, todo en el mismo lugar. Los cubanos son ingeniosos cuando se trata de adaptar lo que ya existe para convertirlo en algo más maravilloso que la suma de sus partes.

Caminamos desde El Vedado. Caminamos por el malecón, donde los jóvenes salen a ver y ser vistos mientras las olas rompen contra el espolón de la ciudad. Caminamos por la parte ruinosa del centro, “la verdadera Habana”, como mucha gente dice. Todos estaban en casa por las vacaciones; el ambiente era de fiesta. Logramos esquivar el agua que arrojaban de los balcones. Había hombres que arreglaban autos. Autos que arreglaban hombres. Paseamos por el callejón de Hamel, un callejón convertido en capas de códices de arte urbano afrocubano de Salvador González, en el que se pueden ver bañeras con inscripciones incrustadas en los muros, coloridos murales dedicados a la danza.

Pasamos junto a la aglomeración jubilosa de un festival callejero de rumba. ¿Acaso se celebra un festival de rumba todos los días? No me sorprendería. De hecho, los habaneros son de las personas más animadas que he conocido. Los ciudadanos de muchos de los países socialistas y postsocialistas que he visitado suelen irradiar un cinismo cuidadosamente perfeccionado (basta ver el perfecto ceño fruncido de la empleada de la escalera mecánica en el Metro de Moscú).

Los cubanos son todo lo contrario. No es que se cieguen ante los problemas de su país, pero no hay tiempo de deprimirse porque… ¡hay un festival callejero de rumba! (y un auto que arreglar, un apartamento que rentar, hay que conseguir huevos).

Hasta Jesús sabe de qué se trata. El Cristo de La Habana es una estatua que mide 20 metros de alto, en mármol de Carrara, que mira la ciudad desde la cima de una colina al otro lado de la bahía. “En Río, su Jesús es así”, dijo nuestro guía, levantando los brazos. “En Cuba es más bien así, con un mojito y un puro”. La bendición cubana.

Todo el tiempo había gente que no conocíamos que iniciaba conversaciones con nosotros: “¿De dónde vienen?”. La gente sonreía cuando les decíamos. “Por favor, díganles a todos que Cuba es hermosa. Sin mafias ni guerra. Solo mojitos y salsa para bailar”. Llevándose la mano al estómago, nos daban una muestra de baile, con el dedo del pie dibujando remolinos con pericia sobre el suelo.

Como visitante en esta isla maravillosa, seguimos el ejemplo del Cristo de La Habana y tomamos nuestra cuota de mojitos que pasaban por nuestra garganta como agua. La comida fue poco memorable, casi en su totalidad, pero no es por eso por lo que uno viaja a Cuba. Uno viene para que lo transporten a otra era. Para bailar, dibujar remolinos con los dedos de los pies sobre el suelo. Para echarse un clavado en la mezcolanza de arquitectura colonial y art decó, reflexionar sobre los murales callejeros tristes y ajenos de Yulier Rodríguez, escuchar historias sobre un mundo paralelo, un mundo que comienza lentamente a fundirse con el propio. También se viene a la isla por los sonidos.

La Habana es la tierra de los sonidos. Nunca había ido a un lugar cuya identidad estuviera tan entretejida con su huella auditiva. El pum-pum gutural de los Cadillacs de ocho cilindros construidos antes de que mi padre naciera; el océano que se alza y la olas que rompen en el malecón como el llanto de un recién nacido; el compás de los timbales que se deja oír en el bar del otro lado de la calle, tin-tin, tin-tin-tin; los pies que se arrastran en el suelo del hombre que te enseña a bailar salsa en la banqueta; el arañazo monótono de una escoba en un umbral; el estallido seco de los cañones ceremoniales que se disparan cada tarde desde la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña; el dulce tintineo de los hielos en el mojito de piña más delicioso que hayas probado.

No pude evitar pensar: “¿Podría esta combinación de reverberaciones ser en realidad el sitio de esos ataques sónicos?”. Antes de partir hacia Cuba había escuchado una breve grabación de audio de lo que esos diplomáticos supuestamente escucharon. Era un tormento para el oído, como una nube de cigarras drogadas. Un campo minado acústico de un aleteo agudo. Me atravesó la conciencia, aplastó mi espíritu, cerró en mí toda posibilidad. El sonido puede ser terrorífico.

También puede ser hermoso. Nuestra última noche en La Habana fuimos a ver al eterno Roberto Fonseca y su banda Temperamento en el famoso club de jazz La Zorra y El Cuervo. Para entrar, hay que esperar en fila antes de descender a través de la réplica de una cabina telefónica roja británica hacia un pequeño sótano.

Fonseca y los miembros de su banda llegaron despacio, uno por uno, saludándose entre sí, probaron sus instrumentos, los aires y la atmósfera. No había prisa. La música no comenzó sino hasta pasadas las once de la noche. Sin embargo, cuando la primera nota se escuchó, todo pareció desvanecerse: la ciudad, la isla, el mar, el mundo. Estábamos flotando. El baterista era humilde, incorruptible, generoso. Iba y venía dejándose llevar enteramente por Fonseca, quien tocaba todos los acordes de su teclado como una gacela. El percusionista de la conga, cuando por fin llegó su turno, dejó escapar una avalancha de ritmos tan espectacular que los átomos en la habitación comenzaron a estremecerse y se separaron. Díganme, ¿hay algún instrumento más estático que la conga?

El jazz, cuando es bueno, hace que todas las posibilidades parezcan posibles. Es así como cualquier cosa que se interprete en ese momento se siente perfecta, intensamente verdadera. Es tal como se suponía que debía ser. Cuando la canción llegó a su fin, el mundo se apresuró a volver, cambiado e intacto. Estábamos en Cuba… todavía.

Dejamos escapar un suspiro y comenzamos a aplaudir.

The New York Times en Español, 17 de marzo de 2018.

Foto: El centro de La Habana al atardecer. Tomada del texto original, donde se pueden ver más fotos de la capital cubana.


lunes, 14 de mayo de 2018

SOS Calzada de Diez de Octubre


Está entre las más transitadas del país y cruza uno de los territorios más densamente poblados de la isla. Se calcula que a diario la atraviesen más de 20 mil vehículos automotores y un promedio de 200 mil personas. Estrecha, mal pavimentada, oscura en las noches y plagada de obstáculos para choferes y peatones, la Calzada de Diez de Octubre, otrora de Jesús del Monte, debido al deterioro extremo que la afecta, hoy representa un peligro para habitantes y transeúntes.

Aunque se estima que una de cada tres edificaciones del municipio presenta algún problema constructivo importante y que casi un 30 por ciento de las viviendas han sido consideradas inhabitables, este tramo vial es una muestra de que las cosas son mucho más trágicas de lo que expresan las estadísticas.

A diario ocurren accidentes de todo tipo, relacionados con el abandono que sufre la localidad habanera desde hace décadas por causa de la despreocupación de los organismos de Gobierno e instituciones estatales que debieran encargarse de encontrar soluciones. Según vecinos de una de las decenas de cuarterías en peligro de derrumbe que existen en la calzada, las quejas expresadas a las autoridades de Gobierno durante décadas han caído en saco roto.

“Nadie pasa por aquí. Damos quejas y nada. Suba para que vea cómo están esos techos. Un día alguien va a morir aplastado y creo que ni así harán nada”, denuncia Maritza, vecina del número 1063, frente al Pío Pío. Está tan enojada que afirma haber perdido el miedo a enfrentar las consecuencias por no quedarse callada en un país donde hablar a un medio de prensa independiente suele conllevar a un castigo.

“Los techos se caen. Trozos que pueden matar a cualquiera. Las personas mayores ya ni podemos caminar por las aceras. Es que no hay. Lo único que hace el Gobierno es trasladar las paradas de guagua para otro lugar o poner multas a los vecinos cuando no tiran abajo los techos en mal estado, es decir, que la responsabilidad es de uno cuando los techos de los portales están en área común, eso debería ser responsabilidad del Gobierno”, opina Daura, vecina del número 1065, un solar donde habitan unas veinte familias, hacinadas en cuartuchos oscuros, húmedos, mal ventilados.

Aunque ninguno de los funcionarios del gobierno municipal convidados a dar su opinión quiso ofrecer declaraciones, se sabe que la única acción realizada por estos para evitar accidentes por la caída de escombros en los portales que dan a la calzada ha sido la imposición de multas a quienes se niegan a demoler los techos, una tarea cuyos gastos, elevadísimos, debe correr por los habitantes de la vivienda, posean o no recursos para emprenderla.

“No existen empresas (estatales) donde un ciudadano pueda contratar los servicios de demolición”, explica Ricardo Peláez, responsable de una brigada de albañilería “por cuenta propia”: “Un trabajo de demolición es caro porque no solo es dar mandarria, es cortar las vigas de acero, poner los andamios, llevarse el escombro porque está en plena calzada, tienes que hacerlo de noche porque te ponen una multa. La mayoría de la gente que vive en esos lugares no tiene dinero. Si no pueden pagar una simple multa, imposible que puedan pagar un albañil”, opina Peláez.

Aunque el gobierno se escuda en la entrega de créditos por parte de la banca nacional y en la venta de materiales de la construcción a precios subsidiados, las “soluciones” no pasan de ser una broma diabólica cuando se analiza que el costo de la restauración de cualquiera de las edificaciones de la calzada, la mayoría antiguos caserones construidos entre los años 20 y 50 del siglo XX puede sobrepasar los 100 mil pesos, una cifra que no representa ni el 10 por ciento del mayor crédito bancario al que puede aspirar un ciudadano cubano que viva de un salario estatal.

Hasta la fecha, no existe un plan reconstructivo para la Calzada de Diez de Octubre ni siquiera cuando se sabe que el descontento popular cada día va en ascenso y que, de continuar las cosas como están, los estallidos de protestas podrían superar aquellos reclamos de agua y electricidad tras el paso del huracán Irma. Al ritmo que lleva esta tragedia cotidiana y bajo el anuncio de que este año 2018 el gobierno cubano solo atenderá “las prioridades dentro de las prioridades”, lo que significa que muchas cosas quedarán desatendidas, la Calzada de Diez de Octubre se convertirá en nuestro primer desierto urbano, un paisaje que quizás pueda interesar como atractivo turístico.

Ernesto Pérez Chang
Cubanet, 15 de febrero de 2018.
Foto: Tomada de Cubanet, donde pueden ver más fotos de la desastrosa situación en que se encuentra la Calazada de Diez de Octubre.

jueves, 10 de mayo de 2018

La Habana antes de Fidel (II y final)


Actualmente, cuando gran parte de las casas y edificios de La Habana, y de muchas otras ciudades, materialmente se están cayendo por falta de mantenimiento, y el déficit habitacional es pavoroso, Castro sigue ordenando: round up the usual suspects: “75.4% del fondo habitacional se construyó después de 1959; 84% de los cubanos son propietarios de su vivienda (aunque no la pueden vender); 2 millones 200 mil personas pagaban alquiler antes de 1959, por un monto de hasta 50% de los ingresos familiares” (Reforma, 07/6/2010). Son tres afirmaciones falsas.

Si el 75.4% de las viviendas en Cuba se construyeron después de 1959 y actualmente sufren una pavorosa carencia, significa que el castrismo las dejó de construir y de dar mantenimiento. Además, si fuera cierto el dicho oficial, en 1958 millones de cubanos tendrían que haber vivido en las banquetas. “El 84% de cubanos son propietarios de su vivienda.” Es una declaración cínica: el castrismo festina el regalo a terceros de propiedades que no eran suyas. Pero había que llenar la Plaza de la Revolución, que construyó Batista.

Según Castro, en 1959 más de dos millones de personas pagaban de renta “hasta el 50% del ingreso familiar”. Es totalmente falso. En el Censo de 1953 están los datos, actualizados en 1957 por el Instituto Nacional de Reforma Económica: ese año, el sector que pagaba el porcentaje más alto de renta era el de 'ingreso extraordinario', como lo llama el documento: pagaban el 17.3% de su ingreso total. El segmento de la población de 'escasos recursos' pagaba de renta el 11.7% de su ingreso total; el sector medio, 15.5%. Gracias a una ley de 1952, con antecedentes en los años 40, que obligó al Buró Nacional de Economía a limitar el costo de los arrendamientos inclusive por abajo del costo de la vida.

Ahora respondamos, con datos del mismo Censo de 1953, esta pregunta: ¿todos vivían bajo techo? En 1953, el total de apartamentos y casas-habitación en Cuba era de 1,250,641 y vivía un promedio de 4.62 personas por casa; en La Habana el índice era de 3.8. Una simple operación aritmética nos indica que en ese momento vivían bajo techo 5,265,198 personas, casi la totalidad de la población, que era de 5,829,000. Pero hace falta llegar a 1958: de 1955 a 1958 (no se incluye el año 1954 por falta de datos), únicamente en La Habana se construyeron, 1,425,820 metros cuadrados de viviendas. Por supuesto, no había aún suficientes viviendas de las hoy llamadas 'de interés social', que hacían falta, y la demanda principal provenía de las clases media y alta. Pero el déficit habitacional no era, ni con mucho, un problema nacional; y lo que había no se estaba cayendo. No existían en las ciudades cubanas las hoy llamadas favelas, barriadas marginales. (Todos los datos posteriores a 1953, que desde luego no contiene el Censo, provienen del Colegio de Arquitectos de La Habana, recopilados en A study on Cuba).

Las cifras socioeconómicas de los años 50 para Cuba, frente a la guerra política y violenta contra Batista, y terrorista, que sufrió la población desde 1953 en diferentes frentes y medidas, promovida por diversos grupos, incluido el ejército y los partidos políticos, plantean una paradoja: Cuba era un país democrático con un nivel y calidad de vida muy superior a casi todos los países de Latinoamérica. La crisis era política y no se solucionó en ese terreno. Cuba no era el paraíso terrenal en 1958, por supuesto que no. Había corrupción, desigualdad, discriminación, prostitución. Eso no ha cambiado, y se agravó con Castro.

Entonces había gente pobre: hoy todos los cubanos son pobres. El desempleo en 1958 era del 11.8%, alto frente a países desarrollados como Alemania (10.2%), Dinamarca (8.7%) o Estados Unidos (5.0%). No obstante, los números para Cuba en casi todos los rubros de la socioeconomía eran superiores frente a Latinoamérica. No fue una crisis socioeconómica lo que alteró el orden social, fue el rompimiento del orden constitucional y democrático.

Cuba estrenó una Constitución política en 1940 (que otorgó el voto a la mujer, seguridad social para los trabajadores y estableció en ocho años la educación mínima obligatoria) y vivió democráticamente hasta 1952, cuando Fulgencio Batista, entonces aspirante por segunda vez, no consecutiva, a la presidencia de la república, prefirió dar un golpe de Estado, con el apoyo del ejército, meses antes de que el presidente Prío Socarrás terminara su gestión. Fidel Castro competía entonces para diputado por el Partido del Pueblo Cubano (autodenominados Ortodoxos) quien buscó, personalmente, una alianza con Batista. Afirman los autores de A study on Cuba: “El gobierno de Prío Socarrás (1948-1952) se caracterizó, igual que el anterior, por su respeto a las libertades públicas, aunque tuvo una excesiva tolerancia que creó una crisis de autoridad.” Esto último fue el pretexto de Batista para romper el orden constitucional.

El caso de Cuba contradice por completo la funesta tradición violenta de ciertas revoluciones que justifican sus acciones sangrientas con la desigualdad socioeconómica y la tiranía del gobernante en turno. En Cuba, en 1959, un tirano encabezaba el gobierno, es cierto, pero Cuba era uno de los países más ricos de Latinoamérica que vivió de 1940 a 1952 en plena democracia. De aquel año, hasta 1958, sin merma de la productividad y la libertad de expresión, la crisis política se fue agravando hasta que la oposición (con ayuda de la prensa más influyente) logró el estallido social que acabó con todo. En primer término con la democracia.

¿Qué logró enajenar a los opositores a Batista y optar, en amplios y diversos sectores sociales y políticos, por la vía violenta para resolver un problema democrático, pese a que en 1956 se realizó una importante cumbre entre la oposición y el gobierno para encontrar una salida democrática? La miopía de los actores y partidos políticos que no fueron capaces de abandonar sus posiciones particulares a favor de Cuba, fue quizá el factor principal. Miguel Ángel Quevedo, dueño de la revista Bohemia, sin duda el medio impreso más influyente en la sociedad cubana de la época, afirma que aquel llamado Diálogo Cívico de 1956 fracasó gracias a los infiltrados de Fidel Castro en el Partido Socialista Popular, que 'reventaron' el diálogo. Como haya sido, el hecho es que fracasó, y por allí escapó para Cuba la oportunidad de continuar el impresionante desarrollo socioeconómico y democrático que sostenía desde los años 40.

La responsabilidad histórica recae otra vez en sus dirigentes políticos, quienes, una vez derrocado Batista, fueron incapaces de retomar el gobierno y reorientar la vida de la sociedad cubana por la vía democrática. Castro se adelantó a todos y por la vía del terror totalitario hizo lo que ya sabemos. Pese a que el apoyo de la sociedad al PSP (los comunistas) fue, históricamente, insignificante. Pero fueron ellos quienes se hicieron del poder y lo demás es historia: de siete a diez mil fusilamientos en los primeros diez años; unos treinta y cinco mil presos políticos han pasado por las cárceles y los campos de concentración, o Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP).

La primera medida que tomaron en 1959 fue cancelar la autonomía universitaria. Revisemos, para terminar, cuál era la condición de la prensa en Cuba en 1959, el apoyo que ofreció Bohemia a la propuesta violenta de Fidel Castro y la suerte que corrió su dueño.

En Cuba, en 1958, se publicaban 58 periódicos y, aunque el tiraje total era superado por Argentina y Brasil (Cuba ocupaba el tercer sitio), el número de ejemplares impresos por cada mil habitantes (129) solo era superado por Argentina y Uruguay (180). Más de medio siglo después en realidad soólo circula el Granma, vocero del Partido Comunista y de los gobernantes, cuyo contenido repiten obsesivamente los deplorables medios electrónicos. La revista Bohemia, fundada en 1908, tiró el 6 de febrero de 1958 503,000 ejemplares, cifra que hasta hoy jamás ha alcanzado en México, ni creemos que alcance en los próximos años, y quizá en toda Latinoamérica, ningún medio de comunicación impreso.

Hemos tenido en nuestras manos un ejemplar de esta edición histórica: destinaron a la circulación internacional 103,000 ejemplares. En los años 50, la revista Bohemia se vendía semanalmente en pueblos de México tan alejados del centro como Tapachula -la distribuía el padre del escritor Marco Aurelio Carballo. Se afirma que Bohemia tiró la segunda semana de enero de 1959 un millón de ejemplares -aunque no hemos localizado ninguno-, una cifra que, en tal caso, está solo en las alucinaciones editoriales de cualquier revista hispanoamericana. Es ampliamente demostrable con los ejemplares anteriores a esa fecha que su dueño, Miguel Ángel Quevedo, apoyaba abiertamente, sin reservas ni censura, a la oposición y a Fidel Castro: le hacían reportajes en la Sierra Maestra, publicaban noticias sobre el Movimiento 26 de Julio, le dedicaban editoriales.

En el número del 9 de marzo de 1958 publicaron un amplio reportaje sobre Fidel Castro que titularon “Misión Sierra Maestra”, que escribió Enrique Meneses Jr. Esto solo pudo suceder en una sociedad democrática y culta. Batista fue un sátrapa irresponsable que rompió en 1952 el orden constitucional, establecido desde 1940, pero nunca se propuso aniquilar la libertad de prensa y las libertades individuales. 1957 es el año de mayor crecimiento económico en la historia de Cuba. Luego del golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, Batista convocó a elecciones, las cuales se realizaron dos años después, y él ganó. De hecho, terminó su gestión en 1958 y, de no escapar, habría entregado el poder a principios de 59, a uno de los suyos. Como hizo Fidel con su hermano Raúl en 2008, aunque en ese caso sin elecciones. Por irregulares que hayan sido, hubo elecciones en 1958, y Batista no fue candidato.

Cuando Castro se hizo del poder, el dueño de la revista Bohemia, Miguel Ángel Quevedo, todavía creía (como millones de cubanos) que Fidel Castro restablecería y respetaría el orden constitucional y la democracia, como lo había prometido reiteradamente. Castro engañó a todos. Cinco meses después, Quevedo recibió a cambio de su apoyo la expropiación de la revista Bohemia y sus talleres. Miguel Ángel Quevedo se exilió en Venezuela y se suicidó en 1969. Agobiado por los remordimientos de su trabajo periodístico, que ayudó mucho a la llegada de Castro al poder, antes de suicidarse escribió una carta de despedida a su amigo y colega Ernesto Montaner:

"Sé que después de muerto llevarán sobre mi tumba montañas de inculpaciones. Querrán presentarme como 'el único culpable' de la desgracia de Cuba. Y no niego mis errores ni mi culpabilidad (pero) culpables fuimos todos, en mayor o menor grado de responsabilidad. Los periodistas que llenaban mi mesa de artículos demoledores, arremetiendo contra todos los gobernantes. Buscadores de aplausos que, por satisfacer el morbo infecundo y brutal de la multitud, por sentirse halagados por la aprobación de la plebe, vestían el odioso uniforme que no se quitaban nunca.

"No importa quién fuera el presidente. Ni las cosas buenas que estuviese realizando a favor de Cuba. Había que atacarlos, y había que destruirlos. El mismo pueblo que los elegía, pedía a gritos sus cabezas en la plaza pública. Fidel no es más que el resultado del estallido de la demagogia y de la insensatez. Todos contribuimos a crearlo. Y todos, por resentidos, por demagogos, por estúpidos o por malvados, somos culpables de que llegara al poder. Los periodistas que conociendo la hoja de Fidel, su participación en el Bogotazo Comunista, el asesinato de Manolo Castro y su conducta gangsteril en la Universidad de la Habana, pedíamos una amnistía para él y sus cómplices en el asalto al Cuartel Moncada, cuando se encontraba en prisión.

"Aquella calle contaminada por el odio que aplaudió a Bohemia cuando inventó 'los veinte mil muertos' (que supuestamente había asesinado Batista). Invención diabólica del dipsómano Enriquito de la Osa (a la sazón director de la revista), que sabía que Bohemia era un eco de la calle, pero que también la calle se hacía eco de lo que publicaba Bohemia.

"Ojalá mi muerte sea fecunda. Y obligue a la meditación. Para que los que pueden aprendan la lección. Y los periódicos y los periodistas no vuelvan a decir jamás lo que las turbas incultas y desenfrenadas quieran que ellos digan. Para que la prensa no sea más un eco de la calle, sino un faro de orientación para esa propia calle (...) Para que los anunciantes no llenen de poderío con sus anuncios a publicaciones tendenciosas, sembradoras de odio y de infamia (...) Dile a todos mis compatriotas que yo perdono con los brazos en cruz sobre mi pecho, para que me perdonen todo el mal que he hecho. En el ya lejano 1958, la belleza arquitectónica de La Habana, con su malecón junto al azul turquesa del mar Caribe la hacía, acaso con Buenos Aires, la ciudad más bella de Latinoamérica: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/ campos de soledad, mustio collado,/ fueron un tiempo Itálica famosa...”

Víctor Manuel Camposeco
Letras Libres, 31 de enero de 2011.

Agradecemos al staff de la Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami su apoyo para nuestra investigación.

Nota bibliográfica

Todos los datos estadísticos y las cifras cuya fuente no se señala en el texto provienen del Anuario Estadístico de Cuba (1956); del Censo de 1953; de América en cifras (Unión Panamericana/Instituto Interamericano de Estadística, Washington, D.C., 1960); de A study on Cuba (Cuban Economic Research Project/University of Miami, 1965); y de Cuba: a handbook of historical statistics, de Susan Schroeder (G. K. Hall & Co., 1982). Como también de los artículos: “More on the statistical comparison of Cuban socioeconomic development”, de Jorge Luis Romeu (Institute for Cuban & Cuban-American Studies of the University of Miami, 1995); “Análisis socioeconómico de la situación cubana”, de Manuel Sánchez Herrero y Arnaldo Ramos Lauzurique (La Habana, Instituto de Economistas Independientes, 1998); “Desempeño y estructura de las ventas agrícolas estadounidenses a Cuba”, de Mario A. González Corzo (Facultad de Economía de la Universidad de Nueva York, 2009); y “Renaissance and decay: a comparison of socioeconomic indicators in pre-Castro and current-day Cuba”, de Kirby Smith y Hugo Llorens (Institute for Cuban & Cuban-American Studies, University of Miami, 1998).


lunes, 7 de mayo de 2018

La Habana antes de Fidel (I)


Hace algún tiempo, en Cuernavaca, mientras acompañábamos la sobremesa con un aromático café cubano, le pregunté al abuelo de mis hijos: ¿Cómo era Cuba antes de Castro? Se le quebró la voz mientras empezó a recordar el poema de Rodrigo Caro: “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora/ campos de soledad, mustio collado,/ fueron un tiempo Itálica famosa.” Falleció poco después, a los 84 años, soñando con volver a Cuba. Decidí investigar por mi cuenta aquella pregunta, que nunca antes me había formulado. Me sorprendió lo que encontré. Con las limitaciones del caso, reconstruyo algo de aquella Itálica famosa: economía, salud, educación y vivienda. Agregamos un apunte sobre la prensa y la política en Cuba, en 1958, porque el binomio prensa-oposición se convirtió en su talón de Aquiles y terminó así aquel meritorio pasado.

Alguna marcha celebratoria salió a la calle el 26 de julio. Las consabidas imágenes icónicas, los vivas. Cincuenta años de propaganda castrista lograron hacer un axioma de la perversa propuesta teórica de Goebbels: no obstante el ostensible fracaso del experimento comunista cubano el cada día más reducido coro de compañeros de viaje celebra, y defiende, religiosamente, un triunfo que solo ellos ven. No tienen ojos para ver la insaciable violación a los derechos humanos y a las libertades individuales; el desastre económico y social; el feroz y cotidiano ataque a la democracia. Lo dice bien José Woldenberg: “El fanático ve lo que quiere ver.” Si no fuera porque es una desgracia, diríamos que la paradoja es fascinante.

Una de la causas de este fenómeno típicamente goebbelsiano, que a base de repetición termina por validar como cierta una proposición falsa, es la explicable dificultad de conocer las condiciones políticas y socioeconómicas de Cuba antes del castrismo. Peor aún para las generaciones más jóvenes que habitan la isla. A la pregunta de: ¿Cómo era Cuba en 1958?, la respuesta casi siempre será: “Era un país pobre, atrasado, en condiciones socioeconómicas terribles. Los cubanos sufrían una dictadura”.

Es difícil enterarse de cuáles eran las condiciones reales de Cuba en 1958 porque, en primer lugar, el gobierno de Castro removió de las bibliotecas públicas periódicos, revistas y cualquier otro documento que pueda contradecir el discurso oficial. No se pueden consultar libremente ni siquiera periódicos de los primeros años del castrismo, como lo constató el escritor español Miguel Barroso y lo consigna en su libro Un asunto sensible (Barcelona, Mondadori, 2009). Se necesita un permiso especial del Consejo de Estado. Revisar ciertas publicaciones oficiales puede comprometer al investigador porque contienen información que desdice la realidad presente y son por tanto material peligroso de conocer.

Le sucedió a los economistas independientes Martha Beatriz Roque Cabello y Arnaldo Ramos Lauzurique. Ambos hicieron en 1997 una investigación sobre el PIB cubano, que naturalmente arrojó resultados ingratos para un gobierno cuyo discurso oficial está saturado de “logros”. Dicho estudio circuló en Cuba de mano en mano hasta que fue interceptado por la seguridad del Estado. Pero el documento ya se conocía fuera de Cuba. En 2003 fueron arrestados y condenados a 20 y 18 años de cárcel, respectivamente, acusados “de colaborar con el enemigo”.

Ambos economistas habían utilizado para su investigación, únicamente, información de la ONU, la OMS, el Anuario Estadístico de Cuba y “algunas revistas que ya pasaron por las manos del censor y que entonces estaban en las bibliotecas”, dice Ramos Lauzurique. Pero no es permisible consultar ciertos documentos porque pueden desvelar una realidad incómoda: se encontrará la explicación de fondo de “un logro” que parecía casi milagroso; un compromiso que no se cumplió; una promesa que se contradijo, y luego otra y otra más, y así durante más de medio siglo. “Me cortaré las barbas cuando cumpla mi promesa de un buen gobierno”, le dijo Fidel Castro al periodista estadounidense Edward R. Murrow en 1959. Todo indica que Fidel Castro morirá barbudo.

Tales políticas relacionadas con la investigación documental nos recuerdan al emperador chino Shih Huang Ti, quien, en el año 213 a. C., mandó quemar todos los libros que le precedían: la Historia empezaba con él. En el caso de Cuba, a la sistemática desaparición de periódicos y revistas precastristas y documentos inconvenientes (aun los propios), le sigue el trabajo del agitprop, y su incesante afán por demostrar que Goebbels tenía razón y hacer el denuesto de la vida en Cuba antes de Castro.

Y enseguida viene el coro de compañeros de viaje o tontos útiles, como dice la leyenda que les llamaron Trotski y Lenin a quienes escuchaban alguna frase hecha del comunismo y sin más la repetían sin saber realmente lo que decían. Y hasta colaboran con argumentos propios. Algunos miembros del coro son de lujo, como Gabriel García Márquez, que con la suficiente ligereza justificó el castrismo desde el primer día. En los años 60 lo hizo con un argumento que hoy es una perla: “Había en Cuba 482,560 automóviles, 343,300 refrigeradores, 54,700 radios, 303,500 televisores, 352,900 planchas eléctricas, 286,400 ventiladores, 41,800 lavadoras, 3,510,000 relojes de pulsera, 63 locomotoras y 12 navíos mercantiles. Salvo los relojes suizos, todo lo demás estaba fabricado en Estados Unidos y dependía de sus repuestos.”

Además de que era una mentira porque en Cuba, en 1958, había mucho más que eso para una población de seis millones de habitantes, lo que había de cosas materiales les sirvió a sus dueños durante décadas (algunos de aquellos automóviles siguen circulando por las avenidas semivacías de La Habana). Pero faltaba lo peor: conforme fueron terminando su vida útil los aparatos domésticos y casi todos los vehículos, ahora a fortiori, fueron sustituidos por armatostes soviéticos de la peor calidad. Y no había refacciones, mucho menos ahora. Ya quisieran hoy los ciudadanos cubanos tener cuando menos una parte de aquello que quiso ser una bufonada enumerativa de García Márquez. Si algo hubiera sabido de Cuba, habría dicho que el conflicto real era la exigencia de volver al orden constitucional y a la democracia que vivían desde 1940. García Márquez debe estar hoy muy entretenido contabilizando los productos chinos de todo el planeta; a ver qué gracejada se le ocurre, ahora contra los chinos.

Si el entonces joven periodista filocastrista que en 1961 hacía su tarea en Nueva York al frente de Prensa Latina (fachada del agitprop cubano) -que salió huyendo hacia México al primer disparo de Bahía de Cochinos, qué tal y gana la oposición-, si entonces, decíamos, García Márquez le hubiera preguntado a su camarada Carlos Rafael Rodríguez cómo era Cuba en 1958, se habría ahorrado la ocurrencia aritmética. Carlos Rafael Rodríguez le habría dicho que cinco años antes de que Fidel Castro se hiciera del poder, en 1953, Cuba tenía un 23.6% de analfabetos -en las zonas urbanas el índice era de 11.57%-, entre las personas mayores de 10 años de edad. Si los datos se ajustan para personas mayores de 15 años de edad, el índice de analfabetos bajaba a 22.1%. En Latinoamérica, solo Argentina, Chile y Costa Rica tenían mejores números que Cuba. Le seguía Colombia, con 37.7% de analfabetos y luego México, con 40%. El Censo Poblacional de Cuba de 1970 registra aún el 12.9% de analfabetismo. No obstante, falazmente el coro repetía: “En Cuba todo mundo sabe leer y escribir”.

El comandante Rodríguez también le habría podido decir a Gabriel García Márquez que en Cuba, en 1958, el 62% de los ingenios azucareros eran propiedad de ciudadanos cubanos; el 37% de consorcios estadounidenses y el 1% restante, de españoles y franceses; y que la zafra de 1952 fue de más de 7 millones de toneladas de azúcar (en 2010 apenas alcanzó 1.1, se anunció en mayo). Durante los años 50, Cuba llegó a aportar el 21.37% de la producción mundial de azúcar con un territorio del tamaño de la península de Baja California. Carlos Rafael Rodríguez le habría dicho que en salud, educación, transporte, telefonía, ferrocarriles, radio y televisión, y por supuesto, en producción azucarera y tabacalera, Cuba era entonces y en casi todo, uno de los dos, a veces el tercero y a menudo el primer país de Latinoamérica, en esos rubros y algunos más.

Cuba era autosuficiente en el consumo de azúcar, leche, café, tabaco, frutas tropicales y carne de res (desde 1940); y prácticamente autosuficiente en productos del mar, carne de cerdo, tubérculos, hortalizas, avícolas, huevo y producción de calzado. Cuando Fidel Castro se hizo del poder en Cuba, había 6,325,000 cabezas de ganado, de las cuales 940,000 eran vacas lecheras (quinto productor de la región, según la ONU), para una población de seis millones (los datos son de 1961, publicados por el Instituto de la Reforma Agraria). Para el período 1986-1989, ellos mismos reportaron que la producción per cápita de carne vacuna había caído a la mitad respecto del nivel de 1958.

El año 2000 es punto menos que desastroso: hay menos cabezas de ganado que en 1946: 4,110,200 -la cifra incluye el ganado lechero, si lo hay. Para una población 2.5 veces mayor. Las cifras son del Anuario Estadístico de Cuba, reportado por Oscar Espinosa Chepe (Cuba / Revolución o involución, Madrid, Aduana Vieja, 2007). El autor es economista, periodista independiente, ex funcionario del Banco Nacional de Cuba, ex diplomático; encarcelado en 2003. Todo indica que la mayor parte de la población vacuna ya pasó por las carnicerías: para 2010, al menos el 80% de los alimentos que se consumen en Cuba son importados, de Estados Unidos: pollo, maíz, trigo, soya y leche en polvo. Mientras los quince países de mayor producción lechera de Latinoamérica incrementaron su producción en 228% durante el período 1958-1996, la Cuba castrista aumentó su producción lechera en un 11%. A pesar de que en la Cuba castrista solo toman leche los menores de siete y los mayores de 65 años, es necesario importar leche.

En 1958 Cuba también era autosuficiente en el consumo de leche evaporada y condensada. Es evidente que hoy hasta las vacas lecheras terminaron en la carnicería. Los autores de A study on Cuba (University of Miami, 1965) consignan que la importación de carne, proveniente de Canadá y Estados Unidos, se inició en 1960, cuando, increíblemente, dicen los autores, se mandó a los mataderos a sementales, ante la inminente carestía. En cambio en la Cuba precastrista la importación de carne vacuna fresca se suspendió en 1940, año en que se alcanzó la autosuficiencia y se inició la exportación (nunca hubo fiebre aftosa en Cuba). Desde los años 40 hasta 1958, el kilo de carne de res costó en promedio 51.5 centavos y el consumo anual era de 112.4 libras per cápita. En esa época, los cubanos tenían la más alta ingesta de proteína en Latinoamérica, después de Argentina y Uruguay: más del 80% de la ganadería era de ciudadanos cubanos.

En 1962, con libreta de racionamiento, las tiendas del Estado castrista vendían anualmente, per cápita, un tercio de aquella cantidad (puerco y res, combinadas). En 1958, el consumo anual de arroz, por persona, básico en la dieta cubana, era altísimo: 110 libras, diez veces el de Estados Unidos. A pesar de que la producción nacional era abundante y de buena calidad (cuarto productor del continente, hoy es el duodécimo, debajo de Bolivia, según datos de la FAO), había que importar arroz de Asia y de Latinoamérica frijol, maíz y otros granos. Pero Cuba tenía dinero para importar lo que necesitaba: la balanza comercial de Cuba fue positiva desde 1902 hasta 1957; con excepción de 1921. Pocos países en el mundo deben tener un récord similar.

En cambio, en la Cuba castrista el crecimiento del volumen de las exportaciones fue, hasta finales del siglo XX, de los más bajos de Latinoamérica, por detrás de Haití. Con todo y la notable diferencia en territorio y población, en 1958 México y Cuba tenían el mismo volumen de exportaciones; hacia el final del siglo XX las exportaciones mexicanas habían crecido 130 veces mientras las cubanas apenas se duplicaron. El estancamiento de las exportaciones cubanas es abismal. En 1958, solo Venezuela (por el petróleo) y Brasil tenían mayor volumen de exportaciones que Cuba. Ello explica que en 1958 Cuba tuviera la tercera mayor reserva internacional de divisas de Latinoamérica: 19 mil millones de dólares, a precios actuales. Explicablemente, en 1958 Cuba tenía el tercer ingreso anual per cápita (356 dólares), después de Uruguay (365) y Venezuela (857); México (263) estaba en octavo lugar (son datos de A study on Cuba, del Boletín Mensual de Estadísticas de Estados Unidos de 1961 y del FMI).

En 1958 Cuba tenía un sólido sistema de salud pública y alcanzó entonces el índice de mortalidad infantil más bajo de Latinoamérica (33.4 fallecimientos, durante el primer año de vida, por cada mil niños nacidos vivos); lejos, le seguía Argentina (61.1), y aún más lejos estaba Costa Rica (89.0), México (80.8) y Chile, en donde era altísimo: 126.8. No obstante, en 1990, Cuba, Costa Rica y Chile tenían prácticamente el mismo índice de mortalidad infantil: 15, 16 y 18, respectivamente. México seguía teniendo un alto índice: 41. Los datos para Cuba son del Anuario Estadístico de Cuba de 1974, y los demás de América en cifras, del Instituto Interamericano de Estadística, Washington, D.C. (IIE) y la ONU. Durante el período 1950-1954, en Cuba, la relación de un médico por cada mil habitantes también era la más alta de Latinoamérica. México tenía un médico por cada 2,400 habitantes, Cuba uno por cada 960. Son datos de la OMS. Cuba estaba por arriba de algunos países europeos como Inglaterra, Francia, Suecia y España.

Los datos en salud y educación de Cuba, para el período que va de la década de 1940 a 1958, son congruentes: en Cuba los estudios del área de la salud siempre tuvieron muy alta población estudiantil: en 1934, el 75% de todos los graduados universitarios egresaron de esa área: médicos, odontólogos, enfermeras, parteras, farmacéuticos. En 1943 fue el 50%, pues creció la matrícula en otras áreas. El siguiente índice lo ocuparon los pedagogos y luego los abogados. La seguridad social en Cuba, desde los años 40, aunque no universal todavía, muy probablemente era la mejor de Latinoamérica: en 1958 el 90% de los trabajadores gozaba de seguridad social.

Desde los inicios de los 40 y hasta 1958, en Cuba, el presupuesto anual de egresos dedicado a la educación fue superior al 20% del total. En 1958 fue el más alto de Latinoamérica: 23% (sin incluir la construcción de escuelas). Le seguía Argentina con 19.6% y luego Costa Rica con el 20%; México dedicó el 14% de su presupuesto a la educación (según datos históricos de Ministerio de Hacienda de Cuba, el IIE y la UNESCO). En 1958, Cuba tenía una universidad por cada 750 mil habitantes; México, veinte años después, en 1978, tenía una por cada millón 700 mil habitantes. La proporción es abrumadora. El número de bibliotecas que tenía Cuba en 1958 solo era superado por Argentina y Brasil.

El prestigio de la medicina y la educación cubana tiene profundas raíces en la primera mitad del siglo XX, no es producto del comunismo castrista. La tan publicitada campaña alfabetizadora de 1961, que encubrió otros fines, duró sólo ese año porque no hacía falta: en 1958 había en Cuba más escuelas primarias rurales que urbanas: 4,889 y 2,678, respectivamente. 'El gran avance de la medicina cubana comunista', así como la alfabetización, fueron más un falaz montaje publicitario que realizaciones concretas: ya estaba hecho casi todo. Lejos de reconocer en su justa proporción los avances anteriores, Castro difundió falsedades estadísticas desde el primer día, como el mito del “40% de analfabetismo en 1959”.

El régimen castrista cosechó y publicitó, ad nauseam, lo que otras generaciones de cubanos habían sembrado mucho antes que él. No obstante, se adjudicó la autoría. Y luego dilapidó el patrimonio. Un nieto del Che Guevara, Canek Sánchez Guevara, estudiante de diseño en la Universidad de La Habana, le hizo a Andrés Oppenheimer (Reforma, 15/12/2008) un buen resumen de las condiciones de la educación en 1991: “No hay papel, ni lápices, ni interés de parte de los profesores en hacer nada. Y si te gradúas no hay trabajo. Aquí no hay futuro.”

¿Por qué García Márquez tendría que haberle preguntado a su camarada Carlos Rafael Rodríguez cómo era Cuba en 1958? ¿Por qué precisamente a Carlos Rafael Rodríguez? Porque ese personaje (1913-1997), aunque militante desde muy joven del Partido Socialista Popular (PSP), obcecado estalinista cuando compartió el poder con Castro, fue antes ministro sin cartera de Fulgencio Batista durante su primera gestión (1940-1944), y después, como representante del PSP, fue miembro del Consejo Nacional del Censo de 1953 (su integración era pluripartidista), por lo que también conoció el Anuario Estadístico de 1956, donde junto con el Censo de 1953, está toda la información que García Márquez ignora.

Como una revancha del destino, el ejemplar del Censo de 1953 donde aparece enlistado Carlos Rafael Rodríguez como flamante miembro del Consejo Nacional del Censo es un ejemplar de la biblioteca personal de Batista, que su hijo Jorge donó y dedicó con su puño y letra a la Cuban Heritage Collection.

Víctor Manuel Camposeco
Letras Libres, 31 de enero de 2011.

jueves, 3 de mayo de 2018

Belkys Ayón, artista cubana inspirada por Abakuá



El 8 de marzo de 2018, la edición en español del New York Times publicaba "Belkis Ayón, la artista cubana inspirada por Abakuá, una sociedad secreta para hombres", título que acortamos para el blog. Al inicio, Sandra E. García, asistente en la oficina de Express del NYT, escribía: Este obituario forma parte de Overlooked un proyecto de The New York Times que busca destacar las vidas de aquellas personas que dejaron marcas indelebles en la historia pero fueron desatendidas en nuestras páginas al fallecer.



En 1993, la grabadora cubana Belkis Ayón, conocida por su estilo característico basado en el collage y una obra que refleja la religión afrocubana abakuá, fue invitada a exponer en la Bienal de Venecia, en Italia. Y estaba decidida a presentarse ahí, a pesar de los obstáculos en su país natal. Cuba atravesaba una depresión económica, era una época oscura e incierta, con una fuerte escasez de alimentos y de combustible.

Ella y su padre, sin otra manera de llegar al aeropuerto -que estaba a 32 kilómetros de su casa en La Habana-, se montaron en sus bicicletas y comenzaron a pedalear. Ayón se adelantó a su padre, quien llevaba las obras de la artista amarradas a la bicicleta; ella logró llegar al aeropuerto a tiempo de abordar, pero su padre no ni tampoco su obra (aunque ésta al final sí logró hacer el viaje).

Para Belkis Ayón, quien nació el 23 de enero de 1967 en La Habana, el arte era su forma de comunicarse. “Es la vía, la manera, la solución que encontré para decir lo que quería”, dijo en una entrevista publicada en la revista Revolución y Cultura en febrero de 1999.

De pequeña, la abundante energía de Ayón dejaba exhausta a su madre. Cuando tenía 5 años, su madre la inscribió en un programa de arte en la biblioteca Máximo Gómez. Belkis floreció y comenzó a participar en concursos nacionales e internacionales, en las que ganó premios y reconocimientos. En 1976, un trabajo suyo fue presentado en un concurso de pintura infantil en Hyvinkää, Finlandia. Fue la única niña en ganar un premio, el segundo lugar, dijo su hermana Katia en una entrevista.

Su uso de la colografía, un método de impresión gráfica que implica la aplicación de materiales sobre una placa en lugar de tallar su superficie, llevó a la artista por todo el mundo. Sin embargo, aun cuando viajaba, “a Belkis le gustaba divertirse y salir con sus amigos de la escuela. Era suficientemente madura para poder hacer ambas cosas, y todos nos maravillábamos ante su habilidad. Le seguía gustando pasar tiempo con sus amigos en casa. Le gustaba cocinarles su plato favorito, espaguetis con jamón y queso", recordó su hermana.

A los 19 años, Ayón comenzó a estudiar en el Instituto Superior de Arte. Cuando se graduó, se volvió parte del profesorado. A los cubanos rara vez se les otorgaban permisos para viajar, pero Ayón pudo hacerlo gracias a su obra. Al regresar, llevaba consigo materiales y revistas para sus estudiantes. Les obsequiaba cosas que no se podían encontrar fácilmente en Cuba, una muestra de su calidez y generosidad.

Su arte era estoico, menos colorido -trabajaba casi exclusivamente en tonalidades de negro, blanco y gris-, pero no por ello menos impresionante. Su obra se centraba en Abakuá, una fraternidad religiosa secreta.

Los personajes femeninos en la obra gráfica de Ayón no tienen boca, a fin de representar la ausencia de mujeres en la religión Abakuá. A las mujeres no se les permite participar en esa sociedad, pero para la artista, no dejaban de estar presentes. Dijo que su obsesión con Abakuá fue producto de la curiosidad. Para ella, el tema tenía “más que ver con la vida que con la religión”, según dijo en 1999. “Me interesa sobre todo el cuestionamiento de lo humano, ese sentimiento fugaz, lo espiritual”.

Cristina Vives, curadora cubana y amiga de Ayón, conjuró Nkame, una retrospectiva de Belkis Ayón  en el Museo Kemper en Kansas City, Misuri. Vives dijo que Ayón era “una maestra de la colografía”.

“Las texturas que logró eran de una variedad increíble; las sutilezas en la degradación de tintas en toda la gama de negros a grises; la limpieza de los espacios en blanco era exquisita”, comentó la curadora.

Ayón creía que los ojos en sus obras eran la parte más cautivadora de sus piezas, algunas de las cuales son de tamaño mural. La blancura de los ojos crea un fuerte contraste con los negros y los grises que inundan su obra. “En realidad, los ojos en mi obra son lo que impresiona a la gente, lo que les intriga, porque son ojos que te miran muy directamente”, mencionó Ayón en su entrevista de febrero de 1999 en Revolución y Cultura. “Entonces creo que no te puedes esconder, dondequiera que te muevas ellos están ahí siempre mirándote, están ahí haciéndote cómplice de lo que estás viendo”.

Según Cristina Vives, la obra de Ayón “trascendió la bidimensionalidad y la escala cuasidoméstica de la colografía tradicional, al crear una instalación tridimensional”.

El crítico de arte del Times, Holland Cotter, hizo una reseña de NKame”en 2017 cuando se presentó en el El Museo del Barrio de Manhattan. Comentó que, durante un tiempo, los grabados de la artista se “insertaron en una categoría ‘latinoamericana’, que limitaba su alcance”. No obstante, agregó: “Si se trata de Ayón, lo mejor es ser cauteloso con la interpretación. No hay nada simple en su arte y la investigación respectiva apenas comienza”.

El gobierno cubano era receloso del arte religioso aunque, según su hermana, la obra gráfica de Ayón nunca fue blanco de ataques, y eso no cambió los sentimientos que Ayón profesaba hacia Cuba. “Se sentía muy orgullosa de ser cubana”, declaró Katia.

Vives resultó ser la salvadora de la presentación de Ayón en la Bienal. Cuando se enteró de que la obra de su amiga no había llegado a Italia, buscó quien la trasladara: encontró a una mujer italiana que iba a viajar de Cuba a Milán y se lo pidió. Dos días más tarde, el cuadro Pa'que me quieras por siempre, llegó a la Bienal. Esa pieza es parte de la exposición Nkame, y Vives se refiere a ella como la gema de la muestra.

Belkis Ayón se suicidó en su casa el 11 de septiembre de 1999, a los 32 años. Su familia y amigos desconocen el motivo. Equiparan su grandeza como artista con su vulnerabilidad.

Es posible que la vastedad de su obra pueda llenar algunos huecos. “Son cosas que tengo dentro y que echo para afuera porque son cargas con las que no se puede vivir ni se pueden arrastrar”, dijo de su arte el año en que murió. “Quizás sea eso la obra. Al cabo de tantos años me doy cuenta del desasosiego”.

Sandra E. García
The New York Times en Español, 8 de marzo de 2018.
Fotos: Belkis Ayón en 1998, en la galería Couturier en Los Ángeles, frente a su obra Perfidia, que hanía terminado ese año. Cuadro La cena, donde Ayón hizo una reinterpretación de la última cena bíblica con la princesa Sikán en el papel de Jesucristo. Tomadas del texto original.

Nota de Tania Quintero

En 2002, mi hijo Iván García y yo redactamos a cuatro manos un trabajo sobre el racismo en Cuba, lo titulamos Quimera negra. Cuando el 18 de marzo de 2003, Fidel Castro puso en marcha la mayor oleada represiva hasta ese momento llevada a cabo en la isla, y que encarceló a un centenar de disidentes y periodistas independientes (después la cifra bajaría a 75), ante las dificultades para seguir reportando y escribiendo normalmente y para poder mantener el espacio que la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) le había dado en su web a Cuba Press y a su director Raúl Rivero (en ese momento preso en la cárcel de Canaleta, Ciego de Ávila), Iván y yo decidimos dividir en dos el extenso texto y enviarlo a la SIP. El suyo se tituló Prisioneros de su raza, y el mío, A flor de piel, que inicié con esta dedicatoria:

A Belkis Ayón, donde quiere que su espíritu esté.

Cuando aquel día de 1999 Belkis Ayón, 32, se suicidó de un tiro, Cuba no sólo perdió a uno de sus valores más consagrados en las artes plásticas: las mujeres negras de la isla perdimos a una de las nuestras que a base de talento, no de sexo, había logrado llegar a imponerse. Además de joven, Belkis era hermosa, alegre, sociable, optimista y desprendida. Y vivía orgullosa de su raza.

A la nieta de Felito Ayón (hombre que mucho tuvo que ver con el nacimiento del feeling en la cancionística nacional) no la conocí personalmente, sino a través de sus apariciones en la prensa. Su obra tuve oportunidad de conocerla en la segunda planta del Museo Nacional de Bellas Artes.

Nuestra isla está llena de morenas talentosas como Belkis Ayón. A simple vista, volibolistas y atletas, cantantes y bailarinas, artistas y músicas. Sin publicidad, hay infinidad de médicas, enfermeras, ingenieras, abogadas, técnicas, trabajadoras, secretarias, profesoras de niveles superiores, maestras de primaria, auxiliares pedagógicas y educadoras de círculos infantiles.

Negras como el azabache o jabás, colorás o chichiricús, moras, indiadas o achinadas, resultado de un cruzamiento de razas aún inconcluso. Cubanas todas de cualquier tonalidad que pudieran ocupar sitiales altos en la economía y la política si la sociedad se desprendiera de las costras de machismo y prejuicios a flor de piel.

En 2012, en El blog de Iván García y sus amigos en varias partes, se reprodujo A flor de piel, con este título La mujer negra cubana: prejuicios a flor de piel y Prisioneros de su raza. En la década de 1960 conocí a Felito Ayón, el abuelo de Belkis. Era íntimo amigo del abogado Rafael García Himely, quien fuera mi esposo y padre de mis dos hijos, Iván y Tamila García Quintero.

lunes, 30 de abril de 2018

"Me llamo Emma González, tengo 18 años, soy cubana y bisexual"


“Seis minutos y unos 20 segundos”. Con esta frase empezaba Emma Gónzalez su discurso en la marcha contra las armas que se celebró el 24 de marzo en la capital de los Estados Unidos. La joven de 18 años, superviviente del tiroteo de Florida, hacía referencia así al tiempo que tardaron en ser asesinados sus compañeros de clase y profesores en la escuela secundaria de Parkland.

Después entonó los nombres de las víctimas y, con la voz quebrada y las lágrimas recorriendo su rostro, guardó silencio. Mientras permanecía callada, los asistentes a la Marcha por Nuestras Vidas (March for Our Lives) coreaban su nombre y repetían consignas como ‘nunca más’. La alarma de su móvil ponía fin a su poderoso mutismo: “Desde que salí aquí, han pasado seis minutos y veinte segundos”, lo mismo que el atacante tardó acabar con la vida de 17 personas y causar 15 heridos. “Luchad por vuestras vidas”, terminó la estudiante. Los aplausos estallaron igual que ocurrió cuando, dos días después del tiroteo, González empuñó un micrófono y, visiblemente emocionada, iniciaba el debate sobre la necesidad del control de armas en Estados Unidos.

Frases tan potentes como “Trump, ¿cuánto cobras de la Asociación del Rifle?” o “es el momento de que las víctimas se conviertan en el cambio que necesitamos ver” hicieron viral su discurso al instante. Una desconocida adolescente de un metro sesenta (se subió a unas cajas para pronunciar su alegato) y cabeza rapada, acaparaba titulares sin descanso en los medios de todo el mundo y se convertía en el rostro visible del movimiento antiarmas en Estados Unidos.

Un mes después de aquello, Emma González ha escrito ensayos al respecto en numerosas publicaciones, ha visitado el plató de Ellen Degeneres, ha protagonizado la portada de la revista Time junto a otros compañeros y acumula casi un millón y medio de seguidores en Twitter, más del doble que la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés). Pero más allá de su presencia pública, González convocó la Marcha por nuestras vidas’ (celebrities como Jennifer Lopez, Gal Gadot o Jimmy Fallon costearon los autobuses para que la gente pudiera sumarse a la protesta) y se ha reunido con políticos estadounidenses para convertir el hashtag #NeverAgain (Nunca Más) en hechos palpables.

Gracias a su activismo y al de sus compañeros muchas empresas se han desvinculado del NRA y firmas de lujo como Gucci ha donado 500 mil dólares a su campaña. Hija de un abogado cubano que buscó refugio del régimen de Fidel Castro en Estados Unidos y una profesora estadounidense de matemáticas, Emma es la menor de tres hermanos.

Confesó públicamente su bisexualidad en las páginas de la edición estadounidense de Harper’s Baazar y preside, desde hace tres años, la asociación de alianza gay-heterosexual de su instituto. El republicano Leslie Gibson retiró su candidatura de Maine después de llamarla “lesbiana cabeza rapada”. Lo hizo tras la avalancha de críticas recibidas tanto por ese tuit como por otro en el que se refería como “idiota” y “mentiroso descarado” a David Hogg, compañero de González y también activista.



Hogg, de 17 años, es uno de los jóvenes que aparece en la portada de Time junto a González, Cameron Kasky, Alex Wind y Jaclyn Corin, líderes del movimiento. Bajo el lema Enough (suficiente), los estudiantes piden el fin de los tiroteos escolares. La portada ha revolucionado las redes sociales y rostros tan famosos como Natalie Portman o Jessica Alba se han hecho eco en sus cuentas de Instagram. Su lucha pretende acabar con unas leyes que permiten que un chico de su misma edad pueda comprar un fusil de asalto (el que se usó en la matanza de Las Vegas y en muchos tiroteos similares) en un país en el que, paradójicamente, es ilegal comprar bebidas alcohólicas hasta los 21. La campaña iniciada en Go Fund Me por González y sus compañeros ya ha recaudado tres millones de dólares.

“Hartos de la indiferencia que impregna este país, nos dimos cuenta de que no necesitamos esperar a que nuestras voces se escuchen o a que alguien más haga cambios: nosotros tenemos que ser el cambio que necesitamos”, escribía la joven en un largo texto publicado en Teen Vogue, que dedicaba su portada digital a dar voz a la lucha juvenil contra las armas. En él, González critica la propuesta de armar a los profesores ideada por Trump y asegura que, tanto ella como sus compañeros, usarán sus voces para que las generaciones venideras no sufran una tragedia como la que golpeó Florida y el mundo entero el pasado 14 de febrero.

En la sesión de fotos para el reportaje publicado en la revista, la joven rompía un póster con la característica diana que se usa en las pruebas de tiro. Un montaje que sustituía la diana por un pliego de la Constitución de Estados Unidos y oscurecía su mirada, ha empezado a circular en las redes sociales para desacreditarla. Según el New York Times su origen no está claro, pero podría haber sido distribuida por grupos de ultraderecha. Ni la imagen manipulada ni los comentarios racistas y homófobos que la persiguen las últimas semanas lograrán pararla.

“Esta es la realidad a la que nos enfrentamos los jóvenes de los Estados Unidos hoy en día: el temor constante de ser asesinados a tiros en los lugares en los que deberíamos sentirnos más seguros. Hemos crecido en este país y hemos sido testigos de la violencia sin fin. Hemos visto cómo las personas con el poder y la autoridad para hacer cambios no los han hecho”, afirmaba la joven en Teen Vogue. “Por eso damos un paso adelante. Algunos de nosotros somos nuevos en esta lucha, pero en todo Estados Unidos hay personas, jóvenes y mayores, que han estado luchando por la seguridad de las armas y el fin de la violencia armada de todo tipo”. Ella es el nuevo rostro que lidera el cambio: 6 minutos y 20 segundos virales para que ningún adolescente más pierda la vida en el mismo tiempo que dura su silencio.

Clara Ferrero
El País, 27 marzo de 2018.
Video inicial tomado de The Guardian.
Leer también: Se llama Emma González; Dardos al aire; Emma, la abanderada; Ola de ataques personales contra Emma González; Bandera cubana no expresa apoyo a la dictadura; Olvídese de la chaqueta verde olivo; De armas, lemas e imágenes; Gloria Estefan enciende las redes sociales; Carta abierta a Steven KingEmma González también impacta en Cuba y Los que atacan a Emma González son los verdaderos comunistas.

jueves, 26 de abril de 2018

A Morón no vuelvo más



Los mejores artistas y agrupaciones de Cuba visitaban con frecuencia Ciego de Ávila y Morón, plazas fuertes del interior de la Isla. Hasta allí llegaron artistas como Arsenio Rodríguez (Matanzas 1911-Los Ángeles 1970), el ciego maravilloso.

De las dos ciudades, sin embargo, Ciego en un principio contó con mejores vías de comunicación, pues le atravesaba el Ferrocarril y la Carretera Central. Morón, más desfavorecida entonces, tenía como vía de acceso idónea el Ferrocarril de la Trocha, inicialmente, y luego el denominado Ferrocarril del Norte de Cuba.

A pesar de esta limitación, Morón se esmeraba por llevar artistas de puntería, ya sea para que actuaran en sus buenos teatros San Carlos y Apolo, y antes el Reguero, o para amenizar fiestas en las sociedades de instrucción y recreo. Con esta idea, en la década de 1940, contrataron el celebérrimo Conjunto de Arsenio Rodríguez, una de las joyas de la música popular cubana de todos los tiempos.

Arsenio tuvo una exitosa carrera en Cuba y en el extranjero, principalmente en Estados Unidos, y es el autor de piezas antológicas como los sones Dile a Catalina, Fuego en el 23, 72 hacheros para un palo, o del clásico bolero La vida es un sueño. La impronta de este talentoso músico matancero fue tal, por su originalidad y creatividad, que según Tony Pinelli, estudioso de la música popular cubana, en Nueva York una calle lleva su nombre.

Por su parte, el investigador Radamés Giró agrega que el formato instrumental de su Conjunto “inició la era de los conjuntos y una nueva etapa en la sonoridad e interpretación del son cubano, con mayor riquezas sonora y armónica”.

El Conjunto de Arsenio Rodríguez arribó a Ciego de Ávila, y de allí partió hacia Morón, pero el trayecto se hizo a través del terraplén que unía ambas poblaciones, pues el viejo anhelo de moronenses y avileños de una carretera con todas las de la ley no se había consumado todavía por desidia oficial. Este camino era una auténtica odisea: en la época de lluvias parecía una ciénaga, y en la de seca un desierto del Far West.

Al grupo musical le tocó el recorrido en esta última etapa del año, y se dice que llegaron todos a Morón cubiertos de polvo, y al arribar al hospedaje convenido, Arsenio pidió, perentorio, que le habilitaran baños para él y su tropa. Luego cumplió su compromiso contractual, pero la polvorosa experiencia le inspiró para componer un sabroso son que tituló No vuelvo a Morón, y que en la letra decía: “A Morón no vuelvo más hasta que no haya carretera”.

Arsenio no pudo regresar nunca a Morón, porque la tan ansiada carretera se inauguró el 21 de diciembre de 1951, bajo el gobierno de Carlos Prío Socarrás, y ya para esa fecha estaba radicado en Estados Unidos, a donde emigró con la esperanza de recobrar la vista, lo que no pudo lograr y amargó el final de su existencia.

Ha quedado, empero, esta composición como testimonio de una etapa añeja en el devenir de la atractiva villa del Gallo de Morón.

José G. Quintas
On Cuba Magazine, 25 de febrero de 2018.
Leer también: Arsenio Rodríguez, el ciego maravilloso, primera y segunda parte.

lunes, 23 de abril de 2018

Baño ecológico sobre ruedas



“Cada vez que salía con mi familia a la calle y sentíamos la necesidad de usar un baño, me preguntaba a mí mismo ¿por qué no existen servicios sanitarios en la calle? Fue cuando se me ocurrió la idea de construir un baño móvil con mis propias manos”, recuerda Juan Reyes.

Antes de viajar a La Habana y probar suerte con su baño sobre ruedas, Juan vivía en una provincia oriental. Siempre se dedicó a la albañilería y otros oficios. Pero desde que construyó el baño no ha hecho otra cosa que reparar y mejorar su “revolucionario invento”.

Reyes trata de instalarse en lugares concurridos, casi siempre donde haya actividades públicas, de forma tal que la mayor cantidad de personas usen un servicio que no lo ha tenido fácil para sacarlo adelante.

“No todos reaccionan de la misma manera cuando ven el baño. Algunos se alegran de que haya este tipo de servicio, pero hubo quien informó a las autoridades, para que que investigaran la procedencia de los materiales usados para su construcción. Pero todo lo hice con chatarra que encontré en los basureros, así que no tengo delito. Y mira lo bien que quedó, imagínate si lo hubiera hecho con materiales nuevos”, dice orgulloso.

El baño cuenta con ocho inodoros, dos duchas y un lavamanos, así como una cama en la parte trasera. Tiene un tanque de agua en el techo que abastece a los equipos sanitarios. Los desechos se van por un tubo que va enganchado al primer registro que se encuentre cerca. Reyes siempre busca un lugar estratégico donde disponga de electricidad para la iluminación en la noche.

“Los delegados del Poder Popular de muchas barriadas nos llaman para que vayamos a prestar servicio. Ellos prefieren que los borrachos hagan sus necesidades aquí antes que en un parque. Las personas nos dicen que este baño está más limpio que el de cualquier institución. Cobro a dos pesos la entrada,” cuenta Reyes.

Al preguntarle por qué en un costado dice Baño ecológico, explica que “a diferencia de cualquier baño público este es limpio, tiene un tanque de agua en el techo para limpiar los inodoros y además cuenta con una ducha”.

En un costado del baño móvil, puso un cartel que dice Se vende. "Una vez me ofrecieron más de 4 mil dólares" y Reyes está pensando dejar el negocio por problemas de salud. Pero si mejora, construiría otro baño ecológico.

Texto y foto: Pablo González
Cubanet, 23 de febrero de 2018.

jueves, 19 de abril de 2018

A más de 25 años del período especial, las bicicletas siguen rodando



"Me gané mi bicicleta en el año 1993 por ser ‘vanguardia’ en mi centro laboral. Soy profesor de Física y recuerdo muy bien todos los requisitos que había que cumplir para que te premiaran con una bicicleta.

"En aquellos días, lo único que me importaba era no tener ausencias, participar en todos los actos políticos, trabajos voluntarios y ser un excelente trabajador. Nos ponían a competir con nuestros propios compañeros de trabajo y amigos para ganar la bicicleta. En ese momento el ‘período especial’ era muy duro y para mí fue un gran alivio cuando la gané, era como sacarse la lotería, porque resolvía el transporte. Pedalear era lo de menos”, confiesa Ángel González, a quien como a muchos cubanos, una bicicleta le cambió la vida en la década de 1990.

“Recuerdo haber llevado a mi hijo a sentarse en el malecón el primer día. Los 30 kilómetros pedaleando ni me los sentí porque era tanta la necesidad y estaba tan malo el transporte que esa era la única opción. La cara de felicidad de mi hijo de 11 años ese día jamás la olvidaré”, cuenta Ángel, que 25 años después conserva la misma Flying Pigeon, aunque ya no la usa para recorrer largas distancias porque el transporte ha mejorado y ya no tiene juventud para pedalear tantos kilómetros.

Las mismas bicicletas de aquella época e incluso algunas que se remontan a los años 50 todavía ruedan en las calles cubanas y tienen más valor que las actuales por ser más duraderas

“Ya pocas piezas son chinas, la biela tiene una adaptación donde se eliminan las piezas originales y se monta en caja de bolas. Los conos delanteros y traseros y las tuercas son fabricados por torneros con cabillas gruesas, las gomas y las cámaras también son fabricadas artesanalmente. Los pedales se hacen de madera y duran más que los originales. Los asientos son elaborados también de forma artesanal. En fin, que solo el cuadro, el timón y el tenedor son los que vinieron originalmente con la bicicleta”, explica Ángel.

Toda una industria y su mercado giran alrededor de los repuestos para bicis. Los neumáticos, fabricados de manera artesanal y fundidos usando viejas gomas, se venden por el precio de 8 cuc, las cámaras también son artesanales y tienen un valor de 4 cuc.

Los 'poncheros', trabajadores por cuenta propia que se dedican a reparar los pinchazos de los neumáticos, casi siempre comercializan todos estos productos de fabricación artesanal. Adrián, propietario de un taller particular, explicó cómo funciona su negocio:

“Primero monté la ponchera, tenía trabajadores que se dedicaban solo a coger los pinchazos; luego me percaté que también los repuestos eran un buen negocio y monté entonces un taller de reparaciones y venta de accesorios. Algunas piezas, como los ejes delanteros y traseros, conos y tuercas, los fabrican los torneros usando cabillas y hierros viejos. Otras, como las gomas y las cámaras las obtengo también de talleres particulares. Solamente revendo estas piezas y pongo la mano de obra para cambiarlas en caso que el cliente lo pida, con eso me da para vivir. Las bicicletas ruedan en Cuba hoy por todos esos inventos, ya que las piezas originales casi no se encuentran en las tiendas del Estado y cuando entran, los revendedores las acaparan enseguida, es mucha la demanda”.

Felipe es tornero hace más de 30 años y ha encontrado una fuente de ingresos fabricando repuestos para bicicletas. “Me percaté de la gran demanda que tienen los repuestos de bicicletas y comencé a fabricar tuercas, conos y ejes para todos los modelos existentes en la isla. Aunque la mayoría son bicicletas chinas que entraron al país en la década de los 90, también fabrico piezas para las bicicletas rusas, que son más viejas, pero más resistentes: se encuentran rodando desde la década de 1970”.

En la red de tiendas estatales el precio de una bicicleta supera los 120 cuc, el equivalente a varios meses de trabajo de un cubano promedio. Recientemente fueron retiradas las bicicletas de casi todas las tiendas estatales. Jorge Medina, gerente de una de una tienda ubicada en Boyeros, explica: “Teníamos varios modelos a diferentes precios que oscilaban entre los 110 y los 240 cuc, pero el mes pasado vinieron en un camión perteneciente a TRD y se las llevaron todas y no nos dieron explicación. En la red de tiendas por divisas de La Habana existen muy pocas ofertas de ciclos y los precios se han elevado considerablemente".

A más de 25 años del llamado “período especial”, las bicicletas siguen siendo fundamentales en Cuba.

Texto y foto: Orlando González
Cubanet, 20 de febrero de 2018.

lunes, 16 de abril de 2018

1968, el año del acabóse


El 13 de marzo de 1968, cuando Fidel Castro pronunció aquel discurso en la escalinata de la Universidad de La Habana, y que marcó el inicio de la llamada Ofensiva Revolucionaria, yo tenía 25 años, trabajaba como maestra, estaba casada y era madre de dos hijos, de 3 y 4 años.

Como en 1967 habían asesinado al Che en Bolivia, a 1968 le pusieron Año del Guerrillero Heroico. En enero, La Habana había sido sede de un congreso cultural, con la participación de más de 500 intelectuales y artistas, cubanos y extranjeros. En 1968, Cuba despedía a dos grandes de la cultura nacional: el 8 de abril a la pintora y escultora Amelia Peláez y el 17 de julio al músico y compositor Sindo Garay. El 19 de agosto, el ICAIC estrenaba Memorias del subdesarrollo, del cineasta Tomás Guitérrez Alea.

Menos 'cinematográfico' fue el informe que en enero de 1968, Raúl Castro había leído ante las cámaras de televisión.

A los implicados en el proceso denominado 'la microfracción' se les acusaba de ser "agentes de la CIA" y de llevar a cabo una campaña sistemática de calumnias y difamaciones contra el Partido Comunista de Cuba y en particular contra los hermanos Castro Ruz.

La purga política había comenzado el 1 de octubre de 1967, con detenciones, juicios sumarios y elevadas condenas a militantes del Partido Socialista Popular (PSP). El supuesto 'cabecilla', Aníbal Escalante Dellundé, fue sentenciado a 15 años de privación de libertad. A numerosos ex militantes del PSP se les impusieron penas de 3 a 12 años de prisión. Otros fueron expulsados de sus puestos de trabajo y enviados a laborar en la agricultura.

Las tétricas UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) dejan de existir. Surge la canción protesta y el Movimiento de la Nueva Trova. Uno de sus integrantes, Pablo Milanés, había sido 'huesped' de uno de los campos de concentración que las UMAP tuvieron en Camagüey. Es época de máxima alerta y represión contra "toda manifestación de diversionismo ideológico": cabellos largos en los hombres, pantalones de pata ancha, oyentes de jazz y rock por emisoras onda corta y seguidores de los Beatles.

A la Ofensiva Revolucionaria del 13 de marzo de 1968, le había precedido otra 'ofensiva', esta vez en los campos. Cinco meses antes, el 27 de octubre de 1967, Fidel Castro le dio el pistoletazo de salida a la Brigada Invasora Che Guevara, que causaría graves daños al medio ambiente, la fauna y la flora. Medio siglo más tarde, muchas frutas siguen ausentes en las mesas cubanas.

Entre los negocios privados que todavía quedaban en La Habana de 1968, se encontraba la bodega de Leopoldo, uno de los dos hijos de los españoles que vivían al lado de nuestro edificio, en Romay entre Monte y Zequeira. Leopoldito, como le decían, y su mujer, eran dueños de una bodega cerca del Estadio del Cerro. Después que en 1968 la intervinieron, decidieron marcharse a Estados Unidos. Posteriormente se iría su hermano Manolito y su familia.

Desde marzo de 1962, en Cuba se habían implantado dos libretas de racionamiento: una de abastecimientos (alimentos) y otra de productos industriales (ropa y calzado, entre otros). Y si más o menos la gente había podido ir tirando, gracias a la existencia de comercios particulares (fondas, cafetines, puestos de fritas y timbiriches de café, entre otros). Con 0.40 centavos podías comer un pan con tortilla y tomar un batido de trigo.

A partir de 1968 todo se volvió mucho más difícil, sobre todo para las amas de casa, madres y abuelas. Los contactos con familiares y amigos en el extranjero estaban prohibidos. Era casi un delito, al estar ellos oficialmente catalogados de "traidores y desertores". De afuera, si acaso, lo que algún viajero procedente del campo socialista te trajera o vendiera o lo que con un marino mercante pudieras conseguir, aunque éstos solían traer artículos innecesarios como pañuelos de cabeza de nailon y gafas de sol. Hasta que los descubrieron, parientes de Miami en cartas y postales dentro de sobres, incluían cuchillas de afeitar, cadenitas, cositas livianas.

Vestir y calzar a un niño se convirtió en un verdadero dolor de cabeza (en 2018 todavía lo sigue siendo). Por suerte, quedaban algunas costureras. Le llevabas un vestido tuyo, ella lo descosía y de ahí sacaba una batica o una camisita. Las que sabían tejer a crochet eran muy solicitadas, porque tejían medias para niños, más baratas si le llevabas el hilo, más caras si ella lo tenía que poner. Cuando a mis hijos les quitaba los zapatos -botas negras y duras para ir al círculo infantil y 'kikos' plásticos para salir-, en los pies les quedaba incrustado el tejido a crochet.

Luego del machetazo de Fidel en el 68, de mi cuadra en el barrio El Pilar, no solo se fueron los hijos de nuestros vecinos españoles, también el asturiano Fermín tuvo que cerrar su carbonería, en Romay y Zequeira (una gran pérdida para mi madre, que aún cocinaba con carbón). Delia, la portuguesa, residente en la primera planta de nuestro edificio y que una de las cuatro habitaciones que tenía el piso la alquilaba por horas a parejas adúlteras, en lo adelante arrendaría solo a familias. Los dos negocios chinos dijeron adiós: el tren de lavado (así le decían a las lavanderías y tintorerías que los chinos montaban en muchas barriadas y que por sus módicos precios, las amas de casa llevaban sábanas, frazadas, manteles), y el puesto frente a la carbonería, donde podías comprar viandas, helados naturales de coco, mamey u orejones (frutas secas), frituras, mariquitas, majúas y chicharrones de viento o de tripitas.

La carnicería y las dos bodegas que teníamos en la cuadra dejaron de ser administradas por sus dueños. La peletería y las cinco tiendas que había en el tramo comprendido entre Monte y Fernandina, con la salida de sus propietarios comenzaron a caer en el desabastecimiento y el abandono. De aquellas tiendas, recuerdo la de un polaco que tenía una tiendecita dedicada a la venta de tejidos, quedaba al lado de un solar que aún existe y donde vive el abogado independiente Julio Ferrer Tamayo. También la quincalla de Chela, de origen libanés, donde yo solía comprar material escolar. Uno de los establecimientos más grandes era La Casa Mimbre, mueblería situada en Monte entre Romay y San Joaquín. Después, en el amplio local, venderían cualquier cosa. En 1977, allí adquirí el primer televisor que tuvimos, un Krim-218 soviético, en blanco y negro. Lo pude comprar gracias a un bono que me gané en mi trabajo y que te daba la facilidad de pagarlo a plazos. El banco que quedaba en la esquina de Monte y Romay de la noche a la mañana fue desmontado y en su lugar pusieron un taller de artesanía. La quincalla al doblar igualmente se esfumó.

No recuerdo la fecha, pero cuando al cine Roosevelt, en Monte y Fernandina, decidieron ponerle Guisa tuve una corazonada: de que con el cambio del nombre se iría todo lo que había a su alrededor. Y así pasó: fueron desapareciendo las dos cafeterías, la panadería-dulcería, el puesto de fritas y hasta una casona que vendía máquinas de coser Singer. El cine de mi infancia ya no existe: se fue cayendo a pedazos, como casi toda la ciudad donde nací el 10 de noviembre de 1942. En la Esquina de Tejas, a dos cuadras de nuestra casa, quedaba el cine Valentino, que los miércoles ofrecía tandas a diez centavos. Junto con el Valentino a bolina se fueron la valla de gallos, tres vidrieras-quincalla y los dos bares existentes en una las esquinas habaneras más famosas y donde por 0.50 centavos podías comer un sandwich de pan fresco de flauta con jamón, pierna asada y queso, o por 0.35, una medianoche de pan suave.

En El día que Fidel Castro eliminó las empresas privadas, publicado en CubaNet en 2014, el economista venezolano Baldomero Vásquez Soto escribió: "Una encuesta del Partido Comunista sobre las pequeñas empresas en La Habana, arrojó datos sobre la legalidad y condiciones higiénicas de los negocios, pero también de sus propietarios: cuántos tenían solicitud de salida del país y cuántos atendían directamente sus empresas. Los datos no avalaban la expropiación salvaje que se hizo de todos los negocios: 72% actuaba legalmente, 50% estaba en buenas condiciones higiénicas, solo 5.8% había solicitado permiso de salida del país y el 88% de los propietarios trabajaban en su negocio. Pero nada de eso importaba porque la decisión del 'Dueño de Cuba' estaba tomada.

"Esta razzia comercial ha sido la principal causante de la pauperización que el pueblo vive hasta hoy y no el famoso embargo del 'imperialismo yanqui', como manipuladamente denuncia la propaganda castrista. El 13 de marzo de 1968 representó el despegue definitivo del trágico viaje, sin boleto de retorno, que llevaría a los cubanos hacia el totalitarismo socialista, hacia el infierno de miseria y opresión en la que hasta hoy viven. Durante décadas, también se harían sentir las catastróficas consecuencias sobre la economía nacional de las medidas que aquel día anunciara e implementara Fidel Castro y que arrasaron con el tejido productivo de la pequeña propiedad urbana en toda la Isla".

En 1968, por suerte, ya teníamos refrigerador. Mi padre lo había comprado de uso por 100 pesos. Era de la marca Frigidaire y estuvo funcionando hasta el 2000. Terrible hubiera sido que en el 68 tuviéramos que seguir comprando a diario una piedra de hielo, que Andrés, empleado de la nevería situada en Infanta casi esquina a Zequeira, repartía a domicilio, a 5 centavos la piedra de hielo pequeña y 10 centavos la mayor. Ya bastante duro había sido para mi madre haber tenido que dejar de cocinar con carbón, cuando Fermín tuvo que cerrar la carbonería y empezar a hacerlo con luz brillante (kerosene), combustible dañino para la salud y que todo lo tizna de negro.

En 1968, cuando Fidel Castro acabó con la quinta y con los mangos (bueno, en realidad ya para esa fecha miles de matas de mangos, aguacates, guayabas, naranjas, chirimoyas, guanábanas, anones, tamarindos... habían sido derribadas por la Brigada Invasora Che Guevara), Cuba entró en un estado de coma que se agravó con el disparate de la Zafra de los Diez Millones en 1970, que si algo dejó que valga la pena recordar fue la creación de Los Van Van en 1969 por Juan Formell. En 2011, tres años antes de su fallecimiento, Formell aclaraba que cogieron el nombre de la consigna "de que van, van", porque era corto y pegadizo, pero no en apoyo de la fracasada zafra.

Hacia 1980, con el surgimiento de un incipiente cuentapropismo en los sectores agropecuarios y artesanales así como la creación del Mercado Paralelo, una red de establecimientos que vendía productos por la libre a un precio superior a los distribuidos por la libreta de racionamiento, parecía que marcarían el inicio de una etapa menos angustiosa para las familias cubanas, en particular las habaneras. Pero la mejoría en alimentos, ropa y calzado no duró demasiado.

A partir de 1990, con el desmoronamiento de la Unión Soviética, llegaría el Período Especial en Tiempos de Paz, igual o peor que la Ofensiva Revolucionaria de 1968. De modo que los nacidos en los 60, como mis hijos Iván y Tamila, quienes de niños habían padecido las consecuencias de aquella etapa (aunque no la recordaran porque era muy pequeños), en los 90, ya jóvenes, les tocaría vivir un nuevo desastre de una revolución incapaz de alimentar a su población, por su incapacidad -valga la redundancia- para desarrollar con eficiencia la agricultura, ganadería y pesca, tres ramas fundamentales de la economía en una isla tropical como Cuba.

Tania Quintero

Foto: Es de 1967 y la hizo en La Habana el fotógrafo suizo Luc Chessex (Lausana, 1936), para quien Cuba fue el país de sus sueños.