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miércoles, 16 de abril de 2014

Desempolvando archivos (VII): Treinta años atrás



La Heineken sobraba en aquellas tardes sabatinas de 1984 en casa del embajador de los Países Bajos en La Habana. El Sr. Kuhn no solo ponía a disposición de sus amigos cubanos cajas de la famosa cerveza, sino que su empleomanía se esmeraba en preparar y ofrecer platos típicos, donde no faltaban los tostones.

No sé si en otros países los diplomáticos holandeses eran igual de generosos, pero en Cuba lo eran. De los convites en las residencias de embajadores capitalistas a los cuales en la década de 1980 asistí, los holandeses, eran los mejores. Los austríacos también, aunque no tanto. Y con los españoles se podía comer y beber mejor los 12 de octubre, día de su fiesta nacional, pero ellos no solían abrir las puertas de sus residencias como lo hacía el Sr. Kuhn.

En 1990, coincidiendo con la implantación del "período especial en tiempos de paz" comenzó el boom de las bicicletas chinas en Cuba. En ese momento era una de las realizadoras del programa televisivo Puntos de Vista, basado en entrevistas y encuestas callejeras, y se me ocurrió hacer uno dedicado al tema.

No se puede hablar de bicicletas sin mencionar a Holanda. Cogí el directorio diplomático y llamé a la residencia del embajador. Una semana después, lo estaba entrevistando en su casa. El programa salió con el embajador hablando de bicicletas mientras imágenes de un documental holandés las calzaba.

En los planos finales quería insertar el audio de una canción Joan Manuel Serrat, pero eran muy pocos los segundos de la estrofa donde menciona una bicicleta y los planos que teníamos no jugaban con la melodía.

Uno de esos 'dolores de cabeza' que suelen producirse en los cubículos de edición y que lograba superar gracias a los excelentes editores que siempre tuve en los 14 años que trabajé en los servicios informativos del Instituto Cubano de Radio y TV.

Uno de esos editores, Jorge Olivera Castillo, después se hizo periodista independiente y en la dura vida represiva que llevábamos, a menudo coincidimos.

Olivera fue apresado el 18 de marzo de 2003 y condenado a 18 años de prisión, por suerte fue excarcelado a fines de 2004. Quiera Dios que el gobierno cubano lo deje salir y pueda viajar con su mujer e hijos a Estados Unidos, donde tienen familia.

Durante los años que trabajé en la televisión, mi vínculo con Brasil se mantuvo. A los Festivales Internacionales del Nuevo Cine Latinoamericano acudían muchos brasileños y tuve oportunidad de entrevistar a escritores de la talla de Jorge Amado y cineastas como Nelson Pereira dos Santos, de quien guardo la siguiente anécdota.

Como todos los invitados extranjeros, Pereira se hospedaba en el Hotel Nacional. La noche del estreno de su filme Memorias de la Cárcel (1984), me lo encuentro nervioso, a la entrada del hotel, tratando de conseguir un taxi. Lo acompañaba Elena, una amiga brasileña. Entonces, casi todos los taxis eran rusos, de la marca Volga.

Salí a buscar uno y enseguida logré parar un Volga que venía por la calle 21. Cuando disminuyó la marcha en la esquina del Monseñor (bar-restaurante donde tocaba Bola de Nieve), para doblar por la calle O, en busca de 23, le hice señas, paró y le dije que necesitaba recoger a dos personas en la entrada del Nacional.

Me monté en el asiento delantero, en el de atrás los dos brasileños. Nos dejó en la misma puerta del cine, ya repleto de gente. Pereira fue a pagar y le dije "No, pago yo, ustedes son mis invitados". Del Nacional al Chaplin el taxista me pidió 3 pesos. Le di un billete de 5 y que se quedara con el vuelto.

Dos pesos de propina en aquellos tiempos era una barbaridad. Pero, ¿acaso la ocasión no lo merecía?

Aquella noche de 1984 disfruté por la película (ganó el premio Gran Coral al mejor filme) y también por haber propiciado que Nelson Pereira dos Santos, uno de los más importantes cineastas brasileños, llegara a tiempo a la premier de su película.

Hoy me duele pensar lo poco que vale el peso cubano y lo poco que valen los cubanos: cada vez menos pueden invitar y pagar con su moneda.

Tania Quintero
Lucerna, 12 de mayo de 2005
Foto: Nelson Pereira dos Santos cuenta a periodistas de Alagoas que lo entrevistaron en enero de 2010, las dificultades que en 1963 pasó por esa zona para rodar Vidas secas, filme basado en el libro homónimo del escritor brasileño Graciliano Ramos (1892-1953) y que en el Festival de Cannes de 1964 obtuviera la Palma de Oro. Tomada del blog Registros da Realidades, del fotorreportero Edison da Silva.

lunes, 14 de abril de 2014

Desempolvando archivos (VI): Retrospectiva



A mi padre, viejo comunista, no le importaba que oyera Divorciadas, novela radial de gran audiencia femenina en los años 50. Ni tampoco que leyera las novelitas de Corín Tellado en la revista Vanidades.

Tampoco consideraba "diversionista" mi preferencia por las películas de James Dean y Marlon Brando o por las canciones de Nat King Cole y Frank Sinatra. No le preocupaba que acompañara a mis amiguitas católicas a la Iglesia del Pilar o a las creyentes de la santería a comer chivo en una fiesta de santo.

Mis padres no me bautizaron ni me inculcaron ninguna religión. Es más, si en los primeros años de mi juventud creí que el socialismo era bueno, fue precisamente porque nadie trató de imponérmelo.

Por ello, rechazo todo tipo de adoctrinamientos. Las ideas no se obligan a seguirlas. Es peligrosísimo. La insistencia se convierte en un boomerang.

Puede que el sistema educacional antes de 1959 no fuera perfecto, pero era infinitamente superior al implantado después de la llegada de los barbudos. El primer gran disparate fue nombrar ministro de educación a un abogado llamado Armando Hart. ¿Por qué Fidel Castro no nombró a Salvador García Agüero o a cualquiera de los muchos pedagogos de renombre que estaban ejerciendo cuando él llegó al poder?

El problema es que, salvo excepciones, casi ninguno poseía curriculum revolucionario. Pero a diferencia de Hart, eran maestros de verdad . Ahora me percato por qué, al imaginar la debacle que se avecinaba, muchos profesores prefirieron irse de Cuba. De quedarse, nada hubieran podido hacer ante la nueva ola de improvisados.

Aceptemos por buenas las intenciones de los guerrilleros del Ejército Rebelde, pero tratando de acabar con lo que ellos consideraban malo y negativo, terminaron acabando con Cuba.

Y hoy no solamente es un desastre la educación, sino que la han convertido en un apéndice del "trabajo político-ideológico", rebautizado "batalla de ideas" a partir del 2000, cuando el culebrón de Elián, el niño balsero. Desastre es también la agricultura. Y desastroso el estado de la capital.

Baste caminar por la ciudad de La Habana y se tendrá real visión de cuánto hemos perdido los cubanos en medio siglo de totalitarismo.

Los sitios pintados e iluminados son para turistas o cubanos con "moneda dura". Es dolorosamente cierto: La Habana, la ciudad donde nací, no aguanta más. Está a punto de derrumbarse. O de estallar.

Tania Quintero
Lucerna, 8 de mayo de 2005
Foto: Tomada del blog de Angélica Mora.

viernes, 11 de abril de 2014

Desempolvando archivos (V): De las matrioshkas a los culebrones

)

A partir de 1983, con el estreno en la televisión cubana del serial Malú Mulher, protagonizado por Regina Duarte, el vicio de las telenovelas hizo su entrada en la isla del doctor Castro.

Todavía no se avizoraba la caída del Muro de Berlín y la URSS parecía ser la gran superpotencia rival de Estados Unidos. Veinte años llevábamos los cubanos al son de la balalaika, tomando té con azucar prieta en samovares traídos de Moscú, colocando retratos de Lenin entre Fidel y el Che (mientras la imagen del Sagrado Corazón permanecía oculta en una puerta del escaparate), sin poder poner arbolitos de Navidad y adornando las casas con matrioshkas y pomos vacíos de fragancias rusas.

Los niños cubanos se divertían con Espera que ya verás, dibujo animado soviético y con el húngaro Gustavo. Filmes de Polonia, Checoslovaquia y la RDA formaban parte de las programaciones de nuestros cines, de oriente a occidente. Nos encantaban los jugos búlgaros, las sardinas de Albania, las blusas rumanas y para construir edificios, nada mejor que el sistema yugoslavo.

Por supuesto, también gustaba todo lo procedente del socialismo asiático: Mongolia, China, Vietnam, Laos, Cambodia o Corea del Norte, de donde importamos el gusto de Kim Il Sung por los grandes espacios expositores (un ejemplo, Expocuba, en las afueras de La Habana).

En eso estábamos cuando en 1983 llegó Malú Mulher. Y detrás, verdaderos culebrones como La Esclava (A Escrava Isaura en portugués) interpretada por Lucélia Santos, que contribuyó a idiotizar a tres cuartas partes de la población.

El furor desatado en Cuba por las telenovelas brasileñas fue un 'remake' de los años 40, cuando la isla toda lloriqueó con la trama de El Derecho de Nacer, de Félix B. Caignet (Santiago de Cuba 1892, La Habana 1976).

A La Esclava le siguió otro arrollador folletín: Doña Beija, con la bonitilla de Maité Proença en el rol central. En cualquier país, las novelas exitosas contribuyen al aumento de la teleaudiencia.

Pero en Cuba, con solo dos canales en esa época, el boom de los culebrones brasileños representó mucho más que un alza en los ratings: reuniones y eventos se adelantaban o posponían, para no coincidir con el horario de las telenovelas. Y los sábados se dedicaba un espacio para su retrasmisión, destinado a quienes no pudieron ver los capítulos programados en la semana.

El colmo del furor llegó hasta el mismísimo Fidel Castro: hizo huecos en su agenda y en su despacho del Palacio de la Revolución, en distintas fechas, recibió a las actrices Regina Duarte y Lucélia Santos.

Como en Cuba no existen paparazzis y la prensa del corazón está prohibida, la gente no podía enterarse de lo hablado en tan sui géneris encuentros.

La desinformación daba pie a toda clase de rumores y se llegó a especular acerca de un supuesto romance entre Lucélia Santos y el Comandante.

Tania Quintero
Lucerna, 8 de mayo de 2005

miércoles, 9 de abril de 2014

Desempolvando archivos (IV): El príncipe azul

)

En 1986, debo aclarar, el "jineterismo" había comenzado a coger fuerza. Pero los que proliferaban en ese ambiente eran hombres, no tan dedicados al proxenetismo sino a la caza de dólares a través de negocios turbios y cambalaches con turistas y extranjeros residentes en Cuba.

El despegue del turismo vino en el 90, con la llegada del llamado "período especial en tiempos de paz". Fue cuando las "jineteras" dijeron AQUÍ ESTAMOS. Y a base de sexo se impusieron y desplazaron a los hombres. Después de todo, la cara y el cuerpo de ellas era más propicio para la búsqueda de "fulas".

El espíritu de Yarini había resurgido y el proxenetismo socialista está aún por escribir. La espinosa realidad era -y es- pasada por alto por la prensa oficial.

Entonces no se vislumbraba el nacimiento de un periodismo independiente. En el exterior el tema tampoco acaparaba espacio. Mas yo tuve la oportunidad de hablarlo personalmente con Fidel Castro. Y también de percatarme de que el "jineterismo" había llegado para quedarse.

No fue casual que la primera crónica que escribiera como periodista independiente, el 12 de octubre de 1995, fuera sobre una "jinetera". Se titulaba El príncipe azul. Estaba basada en un caso real.

Ése fue el primer texto mío que leyó Raúl Rivero, quien unos dias antes, el 23 de septiembre, había fundado Cuba Press, la más profesional de las agencias de periodismo independiente que hasta la fecha han surgido en la isla.

Con Fidel Castro había hablado brevemente en 1960, en la tribuna de un acto de recibimiento a maestros voluntarios en Ciudad Libertad:

-Fidel, dice Lalo Carrasco que nunca le pagaste los libros de marxismo que te llevaste fiado.

-¿Y Lalo todavía se acuerda de eso?, me respondió.

Lalo Carrasco, viejo comunista como mi padre, tenía una librería en Carlos III y Marqués González, en el centro de La Habana. Entre 1959 y 1961 trabajé como mecanógrafa y bibliotecaria en las oficinas del comité nacional del Partido Socialista Popular y la librería de Lalo Carrasco la conocía bien: quedaba enfrente.

En esa época, no podía imaginar que en Cuba iba a un surgir un fenómeno social llamado "jineterismo".

Tania Quintero
Lucerna, 9 de mayo de 2005
Video: Fragmento de La bella durmiente, cinta infantil realizada en 1959 por Walt Disney Pictures. Está nspirada en cuentos de hadas escritos por el francés Charles Perrault y los hermanos alemanes Jacob y Wilhelm Grimm.

lunes, 7 de abril de 2014

Desempolvando archivos (III): Turismo imposible

)

Cuando en 1985 el gobierno cubano decidió apostar por el desarrollo del turismo, tropezó con una piedra: el jineterismo. La iniciativa marginal de buscarse la vida en el entorno turístico en veinte años se convirtió en un fenómeno social.

El reinado de los jineteros duró poco: en menos de una década fueron destronados por mujeres. Las jineteras se percataron del filón propiciado por turistas ávidos de sexo, se quitaron los delantales y se fueron a "hacer el pan" (ganarse el sustento).

Algunos de los precursores del jineterismo se transformaron en proxenetas o se "especializaron" como vendedores de cajas de tabaco y obras de arte. Otros prefirieron crear una red de "relaciones públicas" integrada por particulares que alquilaban habitaciones en sus domicilios, hacían viajes en sus autos y reservaban mesas en "paladares" (pequeños restaurantes privados).

Los más avezados extendieron sus dominios a porteros, maleteros, cajeros, dependientes, choferes y taxistas estatales. El jineterismo, improvisado y ocasional, comenzó en la ciudad de La Habana en los 80 y diez años después ya se había extendido a todo el país y convertido en un medio de vida para miles de mujeres y hombres de todas las razas, edades y preferencias sexuales.

El jineterismo, un concepto más amplio que la prostitución, ha contribuido a fortalecer ese monstruo de siete cabezas que es la economía subterránea cubana. En 2005 se calculaba que en el sector turístico laboraban unas 200 mil personas.

Buena parte de su empleomanía está formada por maestros, médicos, abogados, ingenieros y otros profesionales que dejaron sus malremunerados puestos de trabajo en busca de la "gallina de los huevos de oro" del turismo. Han emigrado a un sector que no era el suyo en busca de las imprescindibles divisas para sobrevivir.

La situación de extrema escasez vivida por los cubanos ha llevado a delinquir a padres de familia y también a sus hijos, quienes prefieren dejar los estudios y ganarse en la cama los 'fulas' difíciles de encontrar en otro sitio, a no ser que se tengan parientes en el exterior.

No se le pueden pedir peras al olmo. Si la mujer de la limpieza en un hotel no tiene jabón en su casa, sin el menor remordimiento se lo llevará de los baños. Igual hará el cocinero o un camarero: buscarán la manera de llevarse un poco de comida sobrante.

Ellos no se sienten culpables cuando entre sus pertenencias, envuelto en un nailon, se llevan un muslo de pollo o un pedazo de queso. No lo dicen, pero lo piensan: la culpa la tiene el gobierno, pues ha sido incapaz de garantizarle a la población no ya una vivienda y una muda de ropa decentes, sino algo mucho más sencillo y vital: un desayuno y dos comidas calientes diarias (desde marzo de 1962, los cubanos padecen el sistema de racionamiento de alimentos más duradero del mundo).

A diferencia de otros puestos laborales en otras ramas de la economía, en el turismo un empleado es un verdadero "privilegiado": puede obtener moneda dura, conseguir articulos de primera necesidad, pedirle cosas a los turistas y hasta encontrar pareja.

Tania Quintero
Lucerna, 28 de febrero de 2005
Video: La jinetera es una de las canciones más conocidas del compositor cubanoamericano Willy Chirino.

viernes, 4 de abril de 2014

Desempolvando archivos (II): Las "otras almas" cubanas

)

No había transcurrido demasiado tiempo de su llegada al poder en enero de 1959, cuando Fidel Castro la emprendió contra los turistas procedentes de Estados Unidos.

A los americanos se les acusó de distorsionar la imagen de Cuba, presentándola como un paraíso de rumberas y prostitutas al alcance de la mano.

Varias décadas después, el rostro de aquel turismo de sexo y maracas es retomado por los propagandistas del régimen, utilizando los mismos estereotipos, con la intención de promover un turismo lejano e ingenuo.

Europeos despistados que se creen lo que pregonan los folletos turísticos y se van a la isla del doctor Castro, a aliviar el stress viendo menear fondillos de las cubanas, haciendo el amor por unos pocos "fulas", soltando el pellejo bajo el sol y moviéndose al compás de la timba y el reggaeton.

Fotos, charlas, filmes y música sirvieron a la Embajada de Cuba en Suiza para promocionar, del 21 de enero al 20 de marzo de 2005, una exposición titulada El otro lado del alma y en la cual los visitantes podían ver una isla irreal, donde negros y mulatos viven felices, bailando salsa, practicando la santeria y tomando ron.

En la muestra cinematográfica figuraron La muerte de un burócrata, Hello Hemingway, Soy Cuba, Guantanamera, Lista de espera, Suite Habana y Cuba feliz, cinta de 96 minutos de duración realizada en el 2000 por Karim Dridi.

Pero el mayor atractivo serán las "noches cubanas" de música salsa, rueda de casino, son y rumba a cargo de músicos y grupos muy conocidos en su casa. Y no donde faltarán mojitos y cubalibres (la firma Havana Club copatrocina la jornada).

Desde hace unos años, el gobierno cubano se ha percatado que "lo negro" vende. Y a su antojo manipula el folclor, la religión y cultura afrocubanos, para atraer turistas hacia un país donde, supuestamente, los negros y mestizos no solo son los principales protagonistas, sino que gran parte de su tiempo lo dedicarían a cantar, bailar y venerar a sus orishas.

La culpa no es solo del régimen y sus voceros: casi todos los documentales y reportajes realizados en Europa, utilizan como cliché a la todavía discriminada y marginada población negra cubana. A veces de un modo excesivo, dando la impresion de que en Cuba los únicos blancos son los gobernantes.

Es cierto que el porcentaje de negros involucrados en la música popular y en el credo yoruba es bastante alto. Pero esa realidad ha ido variando en la misma medida en que la revolución que le prometió villas y castillos a los negros, en la práctica los ha mantenido como ciudadanos de segunda y tercera categoría.

Un ejemplo del protagonismo que por su cuenta y riesgo ha ido asumiendo una parte de la población negra, es el incremento de su participación en las filas de la disidencia y el periodismo independiente.

La lista es larga: Jorge Luis García Pérez (Antúnez), Oscar Elías Biscet, Arnaldo Ramos, Angel Moya, Omar Pernet, Iván Hernández Carrillo, Miguel Valdés Tamayo, Berta Antúnez, Alejandro García, Maria Elena Alpízar, Jorge Olivera y Félix Bonne Carcassés, entre otros que me vienen a la mente.

No me opongo a que suizos y europeos viajen a Cuba a disfrutar de sus playas y sus ritmos. Si quieren hacerse santo, que se lo hagan y si desean probar el sexo con un nacional, que lo prueben.

Pero que sepan que Cuba tiene 'otras almas'. Y no precisamente festivas: desde la escasez de alimentos, transporte, viviendas y medicamentos hasta la ausencia de libertades.

Tania Quintero
Versión de trabajo publicado en enero de 2005 en Cubaencuentro.

miércoles, 2 de abril de 2014

Desempolvando archivos (I): El sonido del silencio

)

El silencio es muerte. Y la palabra es vida. Por ello los tres Pen Club existentes en Suiza homenajearon en Zürich, Ginebra y Lugano al poeta, escritor y periodista cubano Raúl Rivero, condenado por Fidel Castro a 20 años de cárcel.

Presidido por el escritor y periodista noruego Eugène Schoulgin, presidente del Comité de Escritores en Prisión del Pen Club Internacional y por la novelista suiza Kristin T. Schnider, directora del Centro Pen de la parte alemana de la Confederación Helvética, en la noche del 12 de noviembre de 2004 en la Literaturhaus de Zürich, tuvo lugar el primero de los tres homenajes a Raúl Rivero en Suiza.

El Comité de Escritores en Prisión, con sede en Londres, se estableció en 1960 y en 2004 monitoreaba 900 casos en todo el mundo de escritores amenazados, encarcelados, torturados, desaparecidos y asesinados por ejercer libre y pacíficamente su profesión.

En la agenda de Eugène Schoulgin figuran visitas a países de diversos continentes que tienen escritores tras las rejas. En algunas naciones ha logrado su liberación después de gestiones a los más altos niveles. Pero hay países donde su estilo persuasivo y diplomático es nulo.

Es el caso de Cuba: en la isla-prisión las puertas están cerradas a cal y canto para interlocutores identificados con la promoción de las libertades y los derechos humanos.

Zürich es uno de los cantones donde más suena la salsa y los ritmos latinos se disfrutan en innumerables clubes y discotecas. Pero la noche del viernes 12 de noviembre fue muy distinta. En la Literaturhaus, la única música que se escuchó fue el danzón utilizado de fondo en el documental Noticias desde la cárcel de Fidel, de los periodistas suizos Beat Bieri y Ruedi Leuthold, allí presentes.

La literatura cubana estuvo representada por la lectura de fragmentos de la obra de Raúl Rivero, Jesús Díaz, José Lizama Lima, Gustavo Pérez-Firmat, Carilda Oliver y Angela Martínez, en las voces de la escritora mexicana Marta Elizondo y del actor suizo Daniel Rohr. Dos mesas con libros de autores cubanos, en alemán y español, pudieron ser adquiridos gracias a las librerías El Cóndor y Buch&Wein.

Fue una noche por y para Raúl Rivero, quien el 23 de noviembre, por segundo año consecutivo, pasaría su cumpleaños en prisión. Tahar Djaout, escritor argelino asesinado en 1993, dijo: "El silencio es muerte. Si tu callas mueres. Y si tú hablas mueres. Entonces habla y muere". Simon & Garfunkel  descubrieron el sonido del silencio.

Tania Quintero
Versión del trabajo publicado en Cubaencuentro el 26 de noviembre de 2004 con el título El silencio es muerte.
Video: The Sounds of Silence, posteriormente The Sound of Silence, es una canción popularizada en la década de los 60 por Simon & Garfunkel, dúo estadounidense de música folk. Fue escrita por Paul Simon el 19 de febrero de 1964, tres meses después del asesinato en Dallas de John F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963. En el primer disco aparecía con el nombre The Sounds of Silence, pero a partir de su aparición en el álbum Sound of Silence lo cambiaron por The Sound of Silence. Ambas formas, en singular y plural, aparecen a lo largo de la letra de la canción.
La canción forma parte de las bandas sonoras de las películas El graduado (1968), Bobby (2005) y Watchmen (2009). La melodía es de clara inspiración sudamericana y concretamente andina, influencia que se observa también en otros temas del dúo y, en general, en la música folk de la época. The Sound of Silence ocupa el puesto 156 en la lista de las 500 mejores canciones de todos los tiempos hecha por la revista Rolling Stone.

lunes, 31 de marzo de 2014

Moda y realidad



Si usted, como Yoan, 22 años, considera una prioridad vestir al estilo de un modelo internacional y esculpir su cuerpo con horas extras en un gimnasio, entonces la factura puede desbordar sus ingresos monetarios.

Yoan mantiene un estilo de vida similar a cualquier chico de clase media de una nación del primer mundo gracias a su familia de la Florida.

Una novia europea y un amante canadiense le permiten darse ciertos caprichos y refinamientos. Almuerza con frecuencia en buenas paladares y bebe mojitos en bares exclusivos.

Se precia de ser un jinetero de lujo, bisexual y discreto. No cobra por horas como un gigoló profesional ni tiene un Hummer aparcado en el garaje. Aunque ése es su sueño.

Posee un closet repleto de jeans caros, mocasines italianos y zapatillas deportivas. No le faltan Chanel número 5, jabones Heno de Pravia y pasta Colgate made in USA, adquirida a casi seis dólares en una boutique de la calle Obispo.

Le gusta comprar ropa de marca en tiendas selectas de Miramar o el Hotel Saratoga, que venden a precios de Manhattan. Ahora mismo, compró un jean Diesel en 120 cuc, un par de Nike en 127 y un pulóver Puma en 93 cuc.

Se gastó 340 cuc, el salario de año y medio de un profesional en la isla. Y créanme, su historia no es un cuadro surrealista en esta Habana del siglo 21. Yoan no es hijo de esa casta privilegiada de la élite del buró político del partido comunista. No.

Existe en Cuba una franja de jóvenes, de uno y otro sexo, que puede vestir a la moda y pulir su físico con las ganancias que obtienen vendiendo su cuerpo a turistas extranjeros.

También un segmento de artistas exitosos, empresarios de verde olivo y zánganos mantenidos por una tubería de dólares girados por sus parientes desde Miami, pueden mantener actualizado su ropero. Pero son los menos.

La mayoría de las familias cubanas intenta comprar en rebaja la ropa y el calzado. El Estado no les da muchas opciones. Cuando Fidel Castro se instaló en el poder, en marzo de 1962 implantó dos cartillas de racionamiento, una de alimentos y otra de productos industriales. Cada cubano podía adquirir al año un par de zapatos, una saya o pantalón y dos camisas o blusas de tela ordinaria. Los modelos se planificaban por decreto. Sin originalidad ni calidad.

Era la época de la igualdad social y la uniformidad. Esa pobreza socialista trajo a Cuba refrigeradores Minsk, lavadoras Aurika, radios Selena y autos Lada, procedentes de las antiguas repúblicas soviéticas. Y mercaderías fabricadas en Checoslovaquia, Alemania oriental, Bulgaria, Polonia, Hungría o Albania.

A fines de los años 70, la comunidad cubana exiliada en Estados Unidos comenzó a viajar a Cuba, y en su equipaje cargaban con jeans, camisetas y tenis, cosas que resultaban novedosas en la isla de los Castro.

Siempre en el mercado subterráneo el tráfico de prendas de vestir fue un buen negocio. En los 80 se creó una red de especuladores que de manera ilegal compraban dólares -estaba prohibida la tenencia de divisas- y luego adquirían pacotillas textiles en tiendas destinadas a diplomáticos y técnicos extranjeros.

Los precios eran caros. En esa etapa, el salario mínimo no superaba los 120 pesos. Sin embargo, un vaquero pirata costaba 150 pesos. Unas zapatillas Cast 120. Y una camisa ‘bacteria’ rondaba los 130 pesos.

Después de 1959, vestir a la moda en Cuba fue una pretensión que no se podía sufragar con el salario mensual. A partir de 1993, con la despenalización del dólar, se abrieron 'shoppings' con ropa comprada al bulto en zonas francas del Caribe y China.

Un segmento de alto poder adquisitivo tiene a su disposición boutiques con precios de infarto, como Mango, Zara, Dolce & Gabbana y, riéndose del embargo, jeans Guess y artículos Nike, Reebok o New Balance.

El cubano promedio suele hurgar en tiendas recaudadoras de divisas donde el régimen vende ropa de tercera categoría a precio de primera.

Un pantalón, una camisa y un par de zapatos de dudosa calidad, en su conjunto, cuesta 60 pesos convertibles, el salario de tres meses de un obrero. Las ahora perseguidas tiendas callejeras de ropa fueron un alivio. El segmento de cubanos con familiares en el exterior sigue beneficiándose del envío de paquetes con artículos de primera necesidad, entre ellos zapatos.

Los cubanos cuidan el calzado como si fuese una joya de valor. Y es que los zapatos son caros. Cuando se rompen, la gente acude a zapateros remendones. En cualquier barrio, encuentras personas dedicadas a reciclar y recuperar calzado que en otro país se tirarían a la basura. Las zapatillas deportivas tienen una vida útil que jamás pensaron sus diseñadores.

Se reparan varias veces y suelen ser utilizadas por niños, adolescentes y jóvenes que juegan béisbol o fútbol en las calles. El jinetero Yoan lo sabe. Por eso cuando renueva su calzado, a los vecinos más necesitados les da los viejos.

Es que en Cuba, excepto la aristocracia revolucionaria que reside en barriadas selectas, en una misma cuadra pueden vivir jineteras, proxenetas, policías, médicos, cuentapropistas, opositores o agentes de la Seguridad del Estado. Y todos, de primera mano, conocen lo costoso que resulta vestirse decentemente.

Iván García
Foto: Tomada de En busca del fashion cubano.

viernes, 28 de marzo de 2014

La chusmería, hija bastarda de la revolución



La Habana despierta temprano y antes de las 8 de la mañana es un hervidero de voces y movimiento. Trepidan los viejos autos y ómnibus por la ciudad, la gente se aglomera en las paradas y en los contenes, bulle la nueva jornada de supervivencia.

Apenas a una cuadra de la céntrica avenida de Carlos III, decenas de adolescentes se apiñan en los alrededores de la secundaria básica Protesta de Baraguá dilatando todo lo posible el momento de entrar al matutino. Con independencia de géneros, vivaces, altaneros, irreverentes, casi todos hablan en voz muy alta, gesticulan, gritan de unos grupos a otros, de una a otra acera.

Una estudiante pulcramente vestida y bellamente peinada, se empina sobre sus pies mientras se coloca las manos a ambos lados de la boca, a manera de bocina:

-¡Dayáááán, Dayáááán! ¡Oye mi’jo, no te hagas el loco! Contigo mismo es, ¿qué bolá, qué pinga te pasa?

El interpelado, a media cuadra de distancia, se vuelve hacia la muchacha y echa a reír:

-Eh, Carla, ¿se te pegó el picadillo? ¿Yandi no te quita la picazón y te hace falta que yo te arrasque?

-¡Ayyyy, papi, ya quisieras, tú no tienes pa'eso!

El breve diálogo va acompañado de una gestualidad exagerada, procaz.

Dayán se acerca y ambos se saludan con un amigable beso y mucho manoseo. Se integran a un grupo cercano de condiscípulos que parlotean entre sí. Cada tanto, las palabras fuertes vuelan, como los gorriones matinales de los árboles cercanos. Observo atenta el panorama general. El saludo entre estos jóvenes puede ser una nalgada, un beso o una frase gruesa digna de una taberna de bucaneros, dicha con la naturalidad que imprime la costumbre.

Me acerco al grupo y me identifico como reportera. Quiero hacerles unas preguntas rápidas y sencillas antes de que tengan que traspasar la cerca de entrada de la escuela, les aclaro que no necesito nombres, que no los voy a grabar y que no les haré fotos si no lo desean. Algunos se alejan un poco, por si acaso, pero quedan lo suficientemente cerca como para escucharlo todo. Ninguno quiso ser fotografiado.

¿Dónde aprendieron a expresarte así?, ¿sus mayores se lo permiten en casa y los maestros en la escuela?, ¿han crecido en un medio familiar violento?, ¿qué entenderían ustedes como groserías, o malas palabras?, ¿cómo definirían el lenguaje que utilizan?, ¿en alguno de sus libros de literatura o lengua española encuentran ese vocabulario?

Tras algunos titubeos, es el propio Dayán quien rompe el hielo. “Na, mi tía, normal. Todo el mundo habla así y todo el mundo sabe lo que quieren decir esas palabras. En la casa hay que tener cuidado porque los padres se ponen 'muñecones' si uno dice muchas malas palabras, pero ellos sí las dicen como si ná. Los maestros casi nunca se meten. Eso no tiene nada de malo. Mire, en mi casa no hay violencia de esa. A mí nunca me han dado golpes. Bueno, algún pescozón cuando era chiquito y hacía algo malo, pero normal, como a todo el mundo”.

Enseguida los demás se atropellan para decir y opinar, interrumpiéndose unos a otros. Todos coinciden en que lo que pasa es que en “mi época” no se hablaba así porque había mucho atraso, menos libertad, pero “eso era antes”. Decir palabrotas ahora es “normal” (todo un adelanto, diríase). Es verdad que en sus libros no hay ese vocabulario, pero los libros son una cosa y la vida real otra. Lo mismo pasa, por ejemplo, en la televisión. Indago un poco más y descubro que ninguno de ellos se ha leído jamás una novela. Menos aún conocen de poesía. En resumen, la vulgaridad no es tal para ellos, sino que las expresiones más ordinarias son la norma.

El timbre de la escuela avisa que va a empezar el matutino y los muchachos se empujan para entrar mientras ríen divertidos. Yo, obviamente, soy una “temba chea”, una especie de anacronismo pasajero de ese día. Algunos, muy pocos, se despiden de mí antes de darme la espalda y alejarse.

Pero así como no todos los jóvenes son vulgares, tampoco todos los vulgares son jóvenes. La epidemia de grosería, que se ha tornado endémica, no es un fenómeno generacional sino sistémico.

Por la tarde salgo a la avenida cercana y bordeo el portal lateral del Mercado de Carlos III, por la calle Árbol Seco, donde diariamente los taxistas se agrupan para sus cotilleos entre un cliente y otro. En una ventanita de ventas toman café o se compran alguna bebida para refrescar las abusadas gargantas.

A cada momento las groserías salpican las charlas, en especial en las amigables discusiones a toda voz sobre la serie nacional de béisbol o los precios de los automóviles, cuya venta comenzó por el Estado. La adolescencia ha quedado muy atrás entre ellos, muchos peinan canas y otros ya no conservan siquiera canas que peinar.

Le pregunto a un parqueador septuagenario que cubre el área si esos habituales del portal siempre dicen palabrotas tan gruesas o es solo por la emoción del momento. “Eso es normal aquí. Siempre dicen malas palabras, aunque haya cerca mujeres y niños. Ya no hay respeto. Y si les dices algo es peor, así que mejor quédate calladita la boca”. Le aclaro que no pienso decirles nada.

En realidad, si fuera a reprender a todos los que se expresan con groserías tendría que pasar cada día completo regañando y hubiese recibido más de un gaznatón. En Cuba, hoy por hoy, la corrección de las maneras y del lenguaje se consideran una gazmoñería injustificable: impera el aserismo. Pero, ¿cómo y cuándo comenzó todo?

Cierto que siempre han existido personas ordinarias y mal educadas, solo que en la actualidad la grosería ha invadido la sociedad cubana, al punto que ya no es posible sustraerse de ella. A contrapelo del discurso oficial, la vulgaridad -como forma particular de violencia- parece haber llegado para quedarse entre nosotros. Desde las palabrotas más gruesas hasta la impudicia masculinísima de orinar en la vía pública y a plena luz del día, la cotidianidad es cada vez más agresiva.

Si fuésemos a explicar la historia del imperio de la vulgaridad en la Isla, utilizando algunos de los vocablos prosaicos que se han ido incorporando al habla cotidiana en diferentes épocas de estos 55 años, a partir del igualitarismo ramplón impuesto como política de estado, probablemente solo un cubano crecido en este ambiente podría entender algo del léxico. Quizás el recuento podría sintetizarse así, y perdonen los lectores, solo pretendo ilustrar el caso:

En un principio fue un asere, que asaltó un cuartel con un grupo de ecobios, aunque él salió en pira cuando empezó la balacera. Aquello se puso malito y falto’e frío y los que se salvaron fueron pa’l tanque. Pero como eran unos locotes pinguses, al final ellos y otros moninas que se les pegaron por el camino cogieron el mazo aquí, por sus cojones, le dieron el bueno envenena’o a Batista, que era un punto, y ahí empezó la burumba ésta. Se acabaron la fineza y la blandenguería, que aquí todo el mundo es la misma salsa, así que al que le pique que se arrasque, y si no, “tunturuntun”, ¡qué bolá!, ¡y quimba pa’ que suene! ¿Cuál e’?

La generalización del mal hablar y la pérdida de las buenas maneras es ya un rasgo distintivo de la sociedad cubana de estos tiempos, al punto que el propio general-presidente, Castro II, ha manifestado públicamente su alarma por tanta chabacanería. La vulgaridad social, esa suerte de hija bastarda que ahora el régimen se niega a reconocer como propia, ha traspasado los límites del populacho y ha llegado a los umbrales sagrados de sus padres. Y los asusta. ¿Qué tal si un día tanta ordinariez descontrolada se convierte en violencia contra el trono?

Los diligentes pregoneros, por su parte, han respondido de inmediato al silbato del amo. Lenguaje, ¿las buenas formas se fueron de viaje?, es un artículo donde la periodista oficial María Elena Balán Sainz, tras lamentarse de las malas formas del habla y de los modales que rigen actualmente en Cuba, en especial entre los más jóvenes, se adentra en un análisis sobre el origen del español hablado en la Isla y su parentesco léxico con otros países de la región, sobre la teoría evolucionista del lenguaje, su importancia en la comunicación humana y de su cuidado, por lo que insiste en que “aunque aparentemente caiga en saco roto, no podemos dejar la batalla por el uso correcto de nuestra lengua, aunque existan tendencias marcadas en los últimos tiempos al lenguaje popular chabacano, en ocasiones con ingredientes vulgares.”

Ella misma no pudo sustraerse a los lugares comunes que en Cuba hacen de cada cuestión una “batalla” y donde toda “estrategia oficial” naufraga en estériles campañas, aunque hay que reconocer las buenas intenciones de su artículo. Sin embargo, de su texto parece inferirse que la chabacanería y la vulgaridad surgieron súbita y espontáneamente entre nosotros, sin motivo ni razón alguna, con la misma naturalidad que si fuesen hongos sobre heces de animales en un potrero.

Ni una sola vez, Balán Saínz menciona la rusticidad soez de las consignas revolucionarias, las palabrotas de los mítines de repudio, la vulgaridad de agredir y golpear a los que no piensan como indica el credo verde olivo, la grosería estimulada y arropada desde el poder para tratar de anular moralmente al diferente.

Utilizando ahora mis propias palabras para el recuento, diría que en un principio fue la violencia de una revolución social que alcanzó el poder por las armas; que expropió; que expulsó; que sembró las exclusiones por cuestiones políticas, de credo religioso, de preferencias sexuales; que impuso el igualitarismo, condenó las tradiciones, separó a los hijos del hogar de sus padres para adoctrinarlos, fracturó las familias, condenó la prosperidad, secuestró las libertades, sofocó las capacidades creativas y la independencia de los individuos, estandarizó la pobreza, empujó a una emigración infinita que nos asuela y mutila. No puedo imaginar mayor vulgaridad.

Ahora, cuando ya Cuba parece una tierra arrasada, su economía arruinada y los valores extraviados entre las viejas consignas y las constantes decepciones, el régimen se perturba por la grosería y pobreza del lenguaje, que avanzan proporcionalmente con la crisis general del sistema.

Pero en algo tiene razón Balán Sainz, cuando nos recuerda que el léxico es reflejo de la realidad social. A un país empobrecido donde cada día se palpan con mayor acento la frustración, las precariedades de la supervivencia y la tendencia a la violencia, le corresponde un lenguaje pobre, vulgar y violento. Es parte del daño antropológico, tan magistralmente definido por Dagoberto Valdés.

¿Habrá soluciones? Por supuesto, pero tampoco serán espontáneas. Solo el final de la grosera dictadura castrista podría marcar el principio del fin del aserismo en Cuba.

Miriam Celaya
Cubanet, 19 de enero de 2014.
Foto: Uno de los muchos actos de repudio que le han dado a las Damas de Blanco frente a su sede, en la calle Neptuno, Centro Habana. En los linchamientos verbales que desde 1980 lleva a cabo el régimen cubano, toda clase de insultos, improperios, descalificaciones y malas palabras tienen cabida.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Kfé Mezclado


Fundada en Cienfuegos en 2009, la agrupación Kfé Mezclado, ha logrado satisfacer a jóvenes y mayores que prefieren la música cubana con sabor campesino. Como la que aún sigue ofreciendo el programa Palmas y Cañas, donde habitualmente actúa Kfé Mezclado.

Tania Quintero