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jueves, 27 de abril de 2017

La Marquesa de Campo Florido es cubana



María Elena de Cárdenas y González tiene en una de las entradas de su residencia en Coral Gables, Miami, un escudo de la República de Cuba. En el interior de la casa pueden retratos de distinguidos antepasados que pertenecieron a la nobleza criolla cubana. Hacendados y militares que conservaron el apego a las tradiciones y honraron los títulos nobiliarios otogados por la monarquía española en reconocimiento por sus méritos y servicios.

Uno de esos títulos era el Marquesado de Campo Florido, otorgado por el rey Fernando VII, el 6 de mayo de 1826, a Miguel de Cárdenas y Peñalver, antepasado de María Elena, quien lo acaba de recuperar luego de una batalla legal que ganó a una de las familias más ricas de España, los Koplowitz.

Desde 2003, Alicia Alcocer Koplowitz, hija de Alberto Escocer y Esther Koplowitz y Alberto Alcocer, ostentaba el Marquesado de Campo Florido, según informa el periodico El Mundo. Alicia es la presidenta no ejecutiva de Cementos Portland Valderrivas, filial de una empresa de construcción que preside su hermana Esther, ambas sobrinas de la importante empresaria Alicia Koplowitz, que a su vez es poseedora del Marquesado de Bellavista, también reclamado por la cubana.

“La Sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid de 1 de febrero de 2017, declara el mejor derecho de doña María Elena de Cárdenas y González, frente a doña Alicia Alcocer Koplowitz, al título nobiliario de Marqués de Campo Florido”, dijo en entrevista con El Nuevo Herald el hijo de María Elena, Luis de la Vega y de Cárdenas, empresario y presidente de junta de la compañía de traducción e interpretación ProTraslating, con sede en Miami.

“Mi abuelo, Luis de Cárdenas y Cárdenas, apreciaba y respetaba mucho las tradiciones, tanto las cubanas como las de la Madre Patria. Para mi madre esta sentencia es de gran emoción, pues su padre tenía el mejor derecho al título cuando los tíos de Esther Koplowitz rehabilitaron varios títulos nobiliarios de la familia en los años 60. Pero en eso vino el exilio, así que ahora el Marquesado de Campo Florido regresa de España a América”, dijo De la Vega.

La familia De la Vega y De Cárdenas salió de Cuba en 1960, después de la llegada de Fidel Castro, dejando atrás una extensa pinacoteca y objetos valiosos de los cuales pudieron sacar muy poco al exilio, entre ellos algunos platos que habían pertenecido a otro de sus antepasados, el Marqués de Almendares, Ignacio Herrera y O’Farrill, que en 1845 mandó hacer esa vajilla en China.

Miguel de Cárdenas y Peñalver recibió el Marquesado de Campo Florido por sus constantes servicios y lealtad al Rey de España, según un Real Despacho de 1826. “Éste a su vez era nieto del primer Marqués de Cárdenas de Montehermoso, sexto abuelo de mi madre”, aclaró De la Vega.

De Cárdenas y Peñalver fundó en 1850 el poblado de Campo Florido, en la provincia de La Habana, a 5 kilómetros de Guanabo y a 16 de Guanabacoa, y lo nombró así en honor del marquesado. Campo Florido fue centro de comercio entre los dos ingenios existentes en la zona, el San José de Miraflores y el San Francisco,

“Otro hijo del primer Marqués de Campo Florido fue Gabriel de Cárdenas y de Cárdenas, a quien el Rey Amadeo I (Rey de España entre 1871 y 1873) el 16 de agosto de 1871, le otorgó el marquesado de Bellavista. Este marquesado está también pleiteándose en los tribunales de Madrid, y mi madre es de nuevo la demandante, esta vez contra Alicia Koplowitz, empresaria de una de las compañías constructoras más grandes de España, tía de la que acaba de perder Campo Florido en la Audiencia Provincial de Madrid. El caso está en espera de sentencia”, informó De la Vega.

María Elena de Cárdenas y González, nacida en La Habana en 1919, es una mujer sencilla y optimista que disfruta alimentar a los peces del estanque y los pájaros que llegan al jardín estilo andaluz que su hijo mandó a construir en el patio de la casa, para celebrar el 80 cumpleaños de su madre.

“Ella ha vivido dedicada a su familia, a sus hijos y nietos. Fue una gran viajera y le encantaba ir a Europa para estar cerca de sus raíces”, dice De la Vega, indicando que su madre es apasionada a la ópera y todas las mañana toca el piano.

Sarah Moreno
El Nuevo Herald, 14 de febrero de 2017.

Foto: María de Elena de Cárdenas y González, marquesa de Campo Florido, en su casa de Coral Gables, Miami. Detrás, el retrato de Ignacio Herrera y Pedroso, Chacón y Zayas-Bazán, bisnieto del Marqués de Casa-Torres, fundador de la Real Maestranza de Caballería de La Habana. Tomada de El Nuevo Herald.

Nota.- En el pasado, Campo Florido formaba parte de Guanabacoa, pero actualmente pertenece al municipio Habana del Este. Ver el fotorreportaje Una visita a Campo Florido.

lunes, 24 de abril de 2017

Historia de una familia vasca expoliada por la revolución cubana


Alrededor de 400 familias españolas esperan que algún día el gobierno de Cuba les devuelva sus propiedades, valoradas en miles de millones de dólares. Dice la letra de una canción de Luis Aguilé, "cuando salí de Cuba, dejé mi vida, deje mi amor". Pero también muchos españoles dejaron casas, empresas, fábricas y dinero.

Tras la entrada de Fidel Castro y sus barbudos en La Habana, en enero de 1959, los primeros expropiados fueron los partidarios del dictador Fulgencio Batista, después las propiedades estadounidenses y por último le tocó el turno a los otros que los comunistas consideraban ricos. Sus negocios fueron 'nacionalizados' en nombre de la revolución.

La isla de Cuba siempre fue objetivo y deseo de muchos emigrantes españoles, como los gallegos: la primera asociación gallega en Cuba se creó en el año 1871. Se calcula que unos 100 mil asturianos abandonaron el Principado de Asturias en la segunda mitad del siglo XIX y emigraron a América.

Todos los españoles iban en busca de trabajo, mejorar sus vidas, huir del servicio militar y de las guerras. Goletas, corbetas, bergantines, se hacían a la mar desde los puertos de Barcelona, Málaga,Cádiz, Santander, Gijón y La Coruña, entre otros. Iban en dirección a los puertos cubanos de La Habana o Matanzas. La travesía duraba de 40 a 50 días, si las condiciones de navegación eran buenas. De esos y otros puertos españoles, dos veces al mes salían distintos tipos de embarcaciones, llevando correspondencia, mercancías y pasajeros.

En1842 salió de Falmouth, Cornwall, Inglaterra un paquebote a vapor que hizo escala en La Coruña, Madeira, las Antillas y llegó hasta el Golfo de México. En1857 un buque de primera clase llamado Próspero salió del puerto de Bayona, Francia y surcó las aguas del Atlántico. Los pasajeros viajaban con gran comodidad y se les trató con decoro. Ese barco hizo la ruta de Montevideo y Buenos Aires.

Los vascos también tuvieron su presencia en Cuba. No era un grupo tan numeroso como el de los gallegos, asturianos y andaluces, pero cualitativamente superior. Principalmente se asentaron en La Habana y Cienfuegos y se dedicaron a la industria azucarera. Apellidos como Illarreta, Sotero, Escarza, Urioste, Arruebarrena y Barrayarza se hicieron conocidos en la isla.

Uno de los vascos más conocidos más conocido fue Agustín Goytisolo Lezarzaburu, bautizado el 17 de Julio de 1811 en Lekeitio, actualmente un municipio de la provincia de Vizcaya, País Vasco. Su padre procedía de Ea y su madre, Magdalena Lezarzaburu había nacido en Lekeitio. Agustín llegó a Cuba a los 19 años, buscando trabajo y formar una familia.

El 23 de Febrero de 1844, Goytisolo se casó con Estanislá Digat, cubana oriunda de Trinidad, hoy un municipio de la provincia Sancti Spiritus. Se estableció en Cienfuegos y tras años inciertos y duros, compró un ingenio azucarero llamado Simpatía. Comenzó a prosperar, compró nuevas fincas destinadas a la industria azucarera.

Agustín Goytisolo paricipaba en la vida social y en la élite política de la ciudad. Después de haber amasado una fortuna regresó a España y se estableció definitivamente en Barcelona, junto a su mujer, hijos, chofer y jardinero. Dejó los negocios al cuidado de su hijo Agustín Goytisolo Digat, pero no fue lo mismo. El Goytisolo emprendedor murió en Barcelona en marzo de 1886.

En los puertos cubanos era conocido José Andrés Galdiz, capitán del barco Isabel-Eleuterio. José Andrés hacía la ruta desde España, Trinidad y Cuba. Eran cuatro hermanos marinos oriundos de Ea. Uno de ellos, llamado Juan, se hizo famoso por ganar una apuesta en el puerto de La Habana a un catalán. El armador del barco se llamaba Ramón Solaegui, esto ocurría en diciembre de 1860.

En su novela Señas de identidad, el escritor Juan Goytisolo, menciona el antiguo esplendor de sus antepasados: "En todos los dormitorios de la casa, recibos de liquidaciones y balances bancarios que venían de La Habana, Nueva York y París". Eso fue antes de la guerra hispano-americana y la disgregación de la familia. De cuando había "una pomposa sala del consejo de administración, con una amplia mesa de trabajo, rodeada de sillones vacíos y el retrato de Alfonso XII".

En el libro se puede ver una foto del paquebote Flora, que fuera propiedad de la entonces próspera y rumbosa familia. También, borrosas postales de Cienfuegos, plazas desiertas, iglesias blancas y palmeras en los paseos. Una estación de ferrocarril y un variopinto grupo de guajiros, apostados en el tren de caña en el que podía leerse la inscripción: Mendiola y Montalvo. Las labores de la zafra azucarera ,la fábrica, los barracones y una plaza cuadrilonga despejada y limpia. Álvaro, el hidalgo pobre nacido en una provincia asturiana, astuto traficante, especulador de mirada cruel y altiva, delgados labios y torcido bigote en forma de manubrio.

O la imagen de la bisabuela resignada y muda, vestida de luto, esposa desengañada e infeliz. Suplantada en el lecho por las esclavas negras. Sin más refugio que la práctica melancólica de una religión consoladora y el cuidado de sus hijos conforme a las normas y preceptos de una moral tiránica, austera e inflexible. Esos hijos, cinco lustros después,obesos y calvos, prematuramente envejecidos y aplastados por el peso de sus enormes responsabilidades. Herederos de la fortuna ya que no del talento, virtuosos y egoístas, devotos y avaros. El abuelo Álvaro y la interminable procesión de tíos. La separación de la familia, las consecuencias de la guerra hispano-americana...

Ahí estaban, los nobles hijos de Vizcaya que no olvidaban a su patria amada y se esforzaban por tributarle recuerdos imperecederos, que colman de dicha a su país y apoyan la construcción del ferrocarril vizcaíno. Desde la rica y populosa La Habana hicieron entrega de 30 millones de reales y aún se esperaba más de ellos.

También había noticias terribles sobre dramas marinos. El bergantín Don Juan se dirigía a África, no sabemos sin con el objetivo de hacer el tráfico inmoral de negros. El barco iba pilotado por un plenciano llamado Goyarrola, el contramaestre se llamaba Goicoechea apodado Plata era de Olaveaga y otro joven que no sabemos su nombre. Algunos días después de haber salido de La Habana se sublevó la tripulación, asesinando al capitán Goyarrola y al contramaestre de la manera más salvaje que se puedan imaginar. En 1880, del puerto de Santander salía un vapor correo de línea regular, con destino a La Habana y Puerto Rico. Se llamaba Comillas y llevaba correspondencia, una carga con frutos coloniales, 132 pasajeros y 276 soldados, un confinado y cinco deportados.

Mención aparte merece la familia Castaño Capetillo.

Eran siete hermanos: Nicolás, el mayor, bautizado el 6 de diciembre de 1836; su hermano Patricio, tres años menor que él; las hermanas Reyes, Josefa, Juana María y Dolores y el benjamín José que nació el 8 de enero de 1856. El padre se llamaba Pablo Castaño y la madre Rosaura Capetillo. Los dos habían nacido en Sopuerta, hoy un municipio de la provincia de Vizcaya, País Vasco, él en 1808 y ella en 1817. El padre era un modesto labrador, con algo de tierra y desempeñó el cargo de comendador en su pueblo. Hasta el año 1653, el apellido Castaño se localizaba en Galdames, luego pasa a Bilbao, vuelve a Galdames y pasa definitivamente a Sopuerta. El apellido Capetillo tiene su casa solar en Balmaseda, en el barrio de Llantada, y también en Sopuerta.

Si damos crédito a la historia oral trasmitida de padres a hijos, no se sabe si fueron los dos dos hijos mayores, o primero Nicolás y luego Patricio, los que decidieron marcharse de su pueblo ante las buenas perspectivas de futuro en América. Ahorrando, pudieron comprar pasajes en un barco con destino a México, pero debido a una tormenta se desviaron a Cuba. Se cuenta que iban descalzos y llevaban las alpargatas en la espalda para que les duraran más.

La noticia de la llegada a Cuba es clara y está reflejada en la historia de ese país: Nicolas del Castaño y Capetillo llegó a Cienfuegos, Cuba, hacia 1849 o 1850. Solo y sin recomendaciones entró de dependiente en una bodega del señor Esteban Cacicedo nombrada La Diana. Blanco y gordo, Nicolás salía poco a la calle, pues los nativos se burlaban de él por su aspecto físico. Con esfuerzo y sacrificio, reunió un pequeño capital de 2 mil pesos, que le permitió convertirse en vendedor ambulante en la Sierra de Cumanayagua, al este de la Bahía de Cienfuegos. Se estableció en la Calzada Dolores y fundó una fábrica de velas y una pequeña tienda mixta. Pero todo lo perdió en un incendio que casi lo arruina.

En 1860, Nicolás ya un próspero comerciante de azúcar y forma sociedad con el asturiano Antonio Intriago Toraño y que se convirtió en la más importante de aquella época,dedicándose al comercio del menor y por mayor.

Un sobrino de Nicolás, hijo de su hermano Patricio, se casó con Adela Intriago, la hija del asturiano. Así se estrecharon los lazos familiares y económicos entre las dos familias, reforzándolos extraordinariamente.

El 9 de junio de 1877 se formó la razón social Castaño e Intriago S. y C., que existía desde el año 1863, pero ahora de una forma ya oficial. Para la importación y exportación hacen grandes inversiones en la industria azucarera, compran el ingenio Silverita en Padre Casas y el central Dos Amigos en Manzanillo.

La casa matriz y la sede de los negocios radicaba en la calle Santa Clara esquina Santa Isabel, en Cienfuegos, desde donde se manejaban los hilos comerciales y financieros. Fueron evolucionando y desarrollando nuevos negocios. En 1882 forma parte de la sociedad en comandita Cardona, Hartasánchez y Compañía. La sociedad formada pertenecía a Castaño e Intriago y tenía un capital social de 175 mil pesos de oro y 119 mil pesos.

Gabriel Cardona Goñalones era de origen catalán y su capital de 22 mil pesos. Los otros dos socios eran asturianos: Manuel Hartasánchez Romano y Vicente Fernández Toraño. La sociedad Castaño e Intriago invirtió con fuerza en la industria azucarera. También tenían partición en otros lugares de la isla,relacionados con la producción de azúcar.

El socio Antonio Intriago muere el 27 de mayo de 1886 y la sociedad se disuelve el 26 de mayo de 1890. La empresa llegó a tener un capital social de un millón 400 mil pesos de oro. Hubo una división de los bienes por parte de los herederos del asturiano y del vasco Nicolás Castaño Capetillo, entre otros, fincas urbanas en Cuba y Madrid; fincas rústicas; participaciones en ingenios azucareros; créditos a cobrar; barcos y representaciones en empresas de vapores. También poseían una venta de materiales de construcción y un almacén de madera y aserradero que desde 1860 los llevaba su hermano Patricio, quien en todos los negocios, permanecía en un segundo plano, un poco a la sombra de los negocios de su hermano Nicolás.

Otra de las empresas en las que participó Nicolás Castaño Capetillo fue la del alumbrado de Cienfuegos, que fuera financiado por Augusto Font, firmando el acuerdo el 13 de junio de 1890. En 1903 el central San Agustín fue adquirido por Nicolás Castaño para liquidar las deudas de la familia Goytisolo. Era una de las fincas más importantes de la época y estaba ubicada en Santa Isabel de las Lajas.

El central Andreita tenía vías férreas, locomotoras y producía millones de arrobas de caña. En el Constancia, uno de los centrales azucareros más grandes del mundo, Nicolás estaba asociado con los hermanos Apesteguía. Posteriormente pasó a manos de los americanos y pasó a llamarse Constancia Sugar Company. Por sus movimientos y relaciones financieras con las más importantes firmas nacionales y extranjeras, a Castaño se le llegó a considerar el 'príncipe de las letras bancarias'.

Antes de la primera guerra mundial, Nicolás Castaño hizo gran acopio de azúcar mientras su hermano Patricio lo hacía de manteca. Desde Cuba salían barcos al viejo continente con miles de sacos donde se leía "Castaño". El cataclismo azucarero de 1920 no les afectó: su fortuna salió intacta. El ilimitado crédito de don Nicolás fue un manto protector para muchas personas. Mantuvo relaciones con toda la élite comercial de la época: Intriago, Acisclo del Valle, el catalán Gabriel Cardona, el navarro Domingo Nazábal y los santanderinos Esteban Cacicedo y Laureano Falla. Las uniones matrimoniales con los Cacicedo, Falla, Gutiérrez, Nazábal, propiciaron la creación del clan más fuerte de Cuba en los albores del siglo XX.

Nicolás Castaño Capetillo murió a los 90 años, el 27 de enero de 1926 en Cienfuegos. Su vida la dedicó al comercio y la industria, logrando extender sus negocios por la isla. Hasta el final de su existencia, fue un hombre modesto y trabajador que jamás perdió sus hábitos. Nunca quiso aceptar cargos ni honores de ninguna clases. Durante la guerra de la independencia de Cuba se mantuvo al margen. A los 60 años de edad, Nicolás se había casado en Cuba con Amparo Montalbán Hernández y de esa unión tuvieron seis hijos: Rosaura, Carmen, Josefa, Concha, Nicolás y Pablo que murió de sarampión con cuatro años.

La muerte de Nicolás no implicó el cierre de sus negocios. La familia heredó un importante patrimonio que su hijo Nicolás Castaño Montalbán y sus yernos lo acrecentaron hasta el año 1959. Con la llegada de Fidel Castro y la revolución cubana, la familia quedó en una situación económica delicada.



Patricio Castaño Capetillo falleció en Sopuerta, País Vasco, el 5 de noviembre de 1915. Le habían otorgado la Gran Cruz de la Orden Militar y era presidente honorario de la colonia española en Cienfuegos. Patricio se casó también con una cubana, Caridad Padilla, nacida en Cienfuegos en 1848 y con ella tuvo dos hijos, Adela y Nicolás

A finales de 1880 en el padrón municipal de Bilbao figuraban su mujer y los dos hijos, vivían en la calle Correo No. 4, 4to. piso. Habían llegado a Bilbao hacia el año 1876. Patricio había preparado con tiempo el regreso a su patria vasca, dejó a su hermano Nicolás en la isla y repatrió su capital a España. Fue condecorado por el ejército español por méritos en combate, prestó sus servicios en caballería durante los primeros años de la guerra de Cuba.

Patricio siempre tuvo una relación muy estrecha con Bilbao y en particular con Sopuerta, su pueblo natal. Mandó construir un edificio en el ensanche de Bilbao de hormigón armado, obra del arquitecto Federico Ugalde que se terminó en 1914, un año antes de morir. Fue un mecenas y benefactor de su pueblo, donó dinero para la torre de la iglesia de San Pedro de la Baluga en Sopuerta. Hombre religioso, entregaba donativos a la iglesia. Mantuvo una relación estrecha con el Vaticano, que le ofreció un título nobiliario que él rechazó.

Patricio Castaño Capetillo fue de los primeros automovilistas que hubo en Bilbao con "chaffeur", a principios del siglo XX. Tenía permiso para oficiar misa en su capilla privada de Sopuerta, su pueblo, al cual económicamente ayudó para la canalización del agua. Su hijo, Nicolás Castaño Padilla, estudió en la prestigiosa Universidad de Eton, en el Reino Unido, y por su agraciado aspecto le decían 'monono'. Su esposa, Adela Intriago, era muy jovencita cuando se casaron, ella venía de una adinerada familia, con muchos negocios y socios de los Castaño.

Adela falleció a la edad de 16 años, de fiebre tifoidea, después de dar a luz a una niña llamada María de las Mercedes Castaño Intriago y que fuera criada por Caridad Padilla, su abuela cubana, y una institutriz inglesa..

Nicolás Castaño Padilla se mantuvo viudo durante mucho tiempo, hasta que se casó con Matilde Montalvo. La boda celebrada en La Habana, no estuvo exenta de escándalo porque una ex-amante despechada, por celos, intentó asesinarle y una bala rozó la oreja de Nicolás. Después de su segundo matrimonio, siguió con los negocios familiares: comercio, importación y exportación, consignatario y carenero de buques, entre otros diserminados por toda Cuba.

Su hija, María de las Mercedes del Castaño Intriago, se casó con Agustín Maruri Guillo, un gran aficionado a la fotografía y que llegara a ser director del Club Fotográfico de Cuba. El matrimonio huyó de Cuba en 1959, poco después de Fidel Castro entrara en La Habana y antes de que el gobierno revolucionario tomara medidas drásticas, como impedir la salida del país a cualquier cubano. Incluso parejas de españoles con hijos nacidos en Cuba tuvieron serios problemas para sacar a los hijos de la isla. María de las Mercedes y Agustín se establecieron en Madrid y en 1965 deciden mudarse a Bilbao, a su casa de la calle Marqués del Puerto esquina Arbieto, y se hacen cargo de sus propiedades en Bilbao y Sopuerta.

Ya en Bilbao, el matrimonio Maruri-Castaño con sus dos hijos, Rodolfo y Agustín, quien se había casado con Natalia Machado. Maruri intenta recomponer y arreglar el patrimonio familiar luego de muchos años fuera del País Vasco.

Doña Mercedes,señora de cabellos blancos de aspecto bondadoso y con un dulce acento cubano, murió en su casa de Bilbao a los 102 años, en la misma casa cuyos sótanos sirvieron de refugio durante la guerra civil.

José Castaño Capetillo, el más joven de los varones, también estuvo en Cuba con sus hermanos. De él se sabe muy poco. El clima cubano no le asentó a su salud y pronto se marchó a España. Perteneció a la Junta Consultiva del Círculo de la Unión Mercantil Hispano-Americana. Se casó con Facunda Cardona y Forgas y tuvieron un hijo llamado José. Facunda era hija del asturiano Cardona Hartasánchez, quien fuera industrial y comerciante en Cuba. José Castaño Capetillo murió el 21 de octubre de 1938 y un año después, el 20 de junio de 1939, falleció en Madrid su mujer, Facunda Cardona y Forgas.

Por su parte Reyes, Josefa y Dolores, las hermanas Castaño Capetillo, eran tres mujeres de "armas tomar" y muy "marimandonas". Cuando Patricio volvió de Cuba se trajo un criado negro llamado Rafael y vivía en su finca de Sopuerta. Un buen día, las hermanas quisieron darle un baño purificador, con la intención de 'blanquearlo'. Ante el nada placentero panorama nada el criado huyó despavorido. Las hermanas siempre estaban clamando contra él, le decían "Cubano haragán, que no trabajas". Se publicó un bando de búsqueda y captura: Se busca sirviente negro propiedad de la familia de Patricio Castaño.

El criado había nacido en La Habana en 1868, se llamaba Rafael Padilla, era hijo de esclavos, se quedó huérfano a la edad de 8 años y fue vendido como peón agrícola a la madre de un comerciante portugués. A los 14 años huyó de la casa y se dedicó a vivir de sus trapicheos. Se desconocen más detalles, pero entró a trabajar en la casa de don Patricio Castaño Capetillo, quien decidió adoptarlo y llevarlo con él a Bilbao.

El famoso clown inglés Tony Grice, alias Footit, lo descubre deambulando por las cercanías de la ría bilbaína. Tony solía viajar para actuar en las fiestas locales, con los circos Parish y Alegría, éste último propiedad de Micaela Alegría que en 1904 solía instalarse en la calle Rodriguez Arias. Quedó impresionado por su vigor físico y su arte como bailarín, lo contrató en su compañía y terminó trabajando con él de partenaire en algunos de sus números.

Rafael Padilla decidió ser conocido por el nombre artístico de Chocolat. Su número más famoso era montado en una mula salvaje que siempre acababa lanzándole fuera de la pista. En 1886 Foofit y Chocolat actuan juntos en el Circo Medrano de París, fundado por el payaso español Gerónimo Medrano. En 1899 los hermanos Lumiére recogen su actuación en una película. El triunfo le llega a Foofit y Chocolat a partir de 1906 en el Folies Bergère. A Chocolat lo había importalizado Toulousse-Lautrec en 1896, en un cuadro donde aparece bailando en el Irish Bar (más sobre Chocolat en el post publicado en este blog el jueves 20 de abril de 2017).

Texto y fotos tomados de El blog de César Estornes*.

* El autor consultó documentos en la Hemeroteca Nacional de Madrid y en la Hemeroteca Diputación Foral de Bizkaia. También obtuvo información del artículo Ante la tumba de un clown, de E. Gómez Carrillo, publicado en ABC el 30 de octubre de 1921. Y en su blog dejó constancia de su agradecimiento a Agustín Maruri Machado por su desinteresada y generosa ayuda.

Fotos: En la primera, Reyes, Josefa y Dolores, las tres hermanas Castaño Capetillo, de pie el hermano Patricio y sentado, José, el hermano menosr. En la segunda, la residencia de Patricio Castaño Capetillo, que fuera expropiada por la revolución y si no la han trasladado, era la sede de la Embajada de Vietnam en Cuba.


jueves, 20 de abril de 2017

Chocolat, el primer payaso negro, fue un esclavo nacido en La Habana


Metido en aquella gran tina con agua y jabón, aquel niño que con el tiempo llegó a rendir París a sus pies con el nombre de Monsieur Chocolat, aunque entonces sólo tenía 11 años y una historia de esclavitud a sus espaldas, temblaba y temblaba mientras tres mujeres vascas de mirada adusta le frotaban con ahínco con un cepillo queriendo blanquear su piel.

La escena tenía lugar en la mansión de don Patricio Castaño, un rico indiano que había hecho fortuna en Cuba con el comercio y las plantaciones azucareras y había vuelto a la comarca de las Encartaciones vizcaínas para asentarse en Sopuerta.

Don Patricio había traído al negrito como criadillo para su anciana madre, doña Rosaura Capetillo, quien le trataba bien y hasta le cogió cariño. Y así andaba el pequeño Rafael hasta que las tres hermanas del rico indiano -Reyes, Josefa y Dolores- le metieron en la dichosa tina y le cepillaron hasta hacerle sangrar. Harto y despellejado, el sirviente dijo basta y se escapó.

De poco sirvió que la familia Castaño emitiera un bando de busca y captura sobre su negro fugado. La requisitoria no prosperó al ser Rafael un hombre libre, dado que en España la esclavitud se había abolido en 1837 y él llevaba tiempo pisando la tierra de los vascos.

La fuga le llevó en una primera parada a la ciudad próxima de Bilbao, donde realmente arranca su gran aventura. Allí nació el nuevo hombre que pasaría a la historia como el primer payaso negro. Pero eso aún tardó. En sus primeros días como liberto, el mozo cubano sobrevivió laborando en lo que pudo.

Las escasas fuentes documentales que le mencionan dicen que lo hizo de minero, como cargador en los muelles y bailando en los cafés de la villa, en clara premonición de lo que habría de ser su exitoso destino. Fue precisamente en un café donde, cercano a los 16 años le descubrió el clown inglés Tony Grice, por entonces enrolado en la Compañía Ecuestre del Circo Alegría que actuaba durante las fiestas de Bilbao en el mes de agosto.

Asombrado por la fuerza y la vitalidad del mozalbete cubano, Grice no dudó en su proposición: "¿Quieres trabajar en el circo, quieres venir conmigo? ¿Quieres vestir ropa de lentejuelas? ¿Quieres recibir bofetadas falsas y abrazos sinceros?".

La respuesta fue sí y Rafael acompañó a Grice a cambio de comida, techo y algunas monedas. Inicialmente ejerció como criado de su mujer, la catalana Trinidad Díaz, conocida como "la Dama de los diamantes" y, más tarde, al descubrir su fuerza y la agilidad de sus movimientos -herencia de su infancia cubana y de esos "bailes de tambores" con los que los esclavos se aliviaban en los días festivos-, Grice lo hizo su aprendiz en la troupe circense que viajó a Madrid, donde a Grice se le conocía bajo el sobrenombre de El Rubio.

Al año siguiente, en octubre de 1886, Grice, el payaso portugués Tonyto y Rafael viajan a París para actuar en el Nouveau-Cirque, y será allí donde el cubano se verá bautizado con el apodo de Monsieur Chocolat, como en la capital francesa denominaban las personas de raza negra. Ejerciendo como cuartos trasero de un estrafalario caballo de tela, del que Tonyto movía la cabeza y Grice conducía con el látigo, el trío triunfó con su pieza El maestro de doma, tomando luego Rafael el protagonismo de una pantomima que tuvo un gran éxito, La boda de Chocolat (1887).

Cuando tres años más tarde el talento de Tony Grice se vio eclipsado por el gracejo emergente de otro payaso británico, Georges Footit, por lo demás excelente jinete y acróbata, el director del Nouveau-Cirque, Raoul Donval, aconsejó a este último que formase pareja con Chocolat. Juntos se atrevieron incluso a parodiar la Cleopatra de la gran Sarah Bernhardt, que un tanto enfadada acudió a verles para acabar rendida ante su vis cómica.

Hacia 1890 formaban ya pareja artística como Footit y Chocolat, ejerciendo el primero de listo y autoritario "carablanca" y el segundo de "augusto" que recibe las bofetadas si bien de vez en cuando se toma la revancha y revierte la situación. Fue a partir de entonces cuando las actuaciones de los restantes payasos del mundo se vertebraron en base al tándem carablanca-augusto que pervive hasta nuestros días. Una fórmula exitosa que acompañó al dúo durante 20 años convirtiendo a Chocolat en una gran estrella.

Asiduo de la bohemia parisina, Chocolat trabó amistad con Toulouse-Lautrec, quien en 1896 le inmortalizó en un dibujo a tinta china en el que aparece bailando durante una de aquellas interminables juergas nocturnas habidas en el parisino Irish Bar. Una escena a la que, por cierto, Gene Kelly rendirá honores en una de las inolvidables escenas de Un americano en París, película estrenada en 1952.

Rico y famoso, Chocolat era la imagen publicitaria del jabón La Hêve y del chocolate Félix Potin, lo que no le hizo envanecerse y olvidar su niñez mísera. Tanto él como su pareja de espectáculo, Footit, mantuvieron una destacada vena filantrópica que durante muchos años les llevó a realizar visitas periódicas a los hospitales infantiles de París, iniciativa que los médicos en aquella época juzgaron altamente terapéutica.

Nunca olvidó Chocolat de dónde venía. Había nacido como Rafael, esclavo en La Habana de 1868. Del millón cuatrocientos mil habitantes que por entonces poblaban la isla caribeña, unos 765 mil eran de origen europeo y los restantes, negros esclavos y personas libres de color. Según parece, Rafael fue pronto separado de sus padres, esclavos en una plantación, y de quienes no conservará recuerdo alguno, si bien en su confusa y a veces contradictoria memoria aparece la figura de una gruesa negra habanera que le adoptó y a la que más tarde recordará con su madre de leche.

Plagada de bellas mansiones, teatros y hoteles donde se celebraban bailes de lujo, La Habana era buena muestra de aquella Cuba considerada "la colonia más rica del mundo". Ajeno a tanta abundancia, Rafael vivía en sus calles como un pillete más. Hasta que un día llamó la atención de un comerciante español que paró la pelea que el bravo negrito mantenía con otro niño que le había insultado.

Admirado por la fortaleza y el genio de Rafael, aquel caballero tocado con gran sombrero gris de plantador, bastón de caña y vistoso reloj de bolsillo preguntó al niño por sus circunstancias, visitando luego a su madre adoptiva, a la que -de hacer caso a las memorias con inequívoco tufillo racista que escribiera en 1907 Franc-Nohain- le compró por 18 onzas de oro (equivalente al sueldo de cuatro meses de un funcionario de la época).

El comerciante no era otro que el vizcaíno Patricio Castaño Capetillo, antaño uno de esos pobres emigrantes españoles que tan bien definiera el reverendo Abiel Abbot al decir "que empezaban con una tienda de seis u ocho pies cuadrados, vivían de pan y ascendían con paciencia, ahorro y trabajo hasta la riqueza y, a diferencia de los yanquis, nunca fracasaban". Llegado a Cuba hacia 1850, Castaño se hizo escandalosamente rico a la sombra de su hermano mayor, Nicolás. Dueño de aserraderos, comercios, terrenos e ingenios azucareros, don Patricio se casó en Cienfuegos con Caridad Padilla, y más tarde, entre 1875 y 1880, queriendo preservar a su familia de los avatares derivados del proceso indepentista cubano, viajó de vuelta a Bilbao con su mujer, sus hijos Adela y Nicolás y el fámulo Rafael.

El comienzo del siglo XX sorprendió a aquel sirviente afortunado en la cima del éxito. Juguete de la buena sociedad, mimado por la bohemia parisina de la Belle Époque, buena prueba de su popularidad nos la da el hecho de que, hacia 1900, los hermanos Lumière filmasen seis de sus actuaciones en el Nouveau-Cirque, contándose entre ellas las famosas Guillaume Tell y La mort de Chocolat.

En 1902, Footit y Chocolat continuaron trabajando juntos en la primera revista que se montó en el Folies Bergère, enrolándose luego en una gira del Nouveau Cirque que les llevó por toda Francia sin encontrar el éxito buscado. Comenzaba para ellos una lenta decadencia. Se separaron en 1910, pues Footit quería trabajar con su hijos Thomas, George y Harry, mientras que Chocolat decidió formar pareja artística con su hijo Eugène, actuando como Tablette y Chocolat en numerosos circos ambulantes en los que su nombre ejercía de reclamo.

Nunca nada ya fue igual. Tras su separación, ni Footit ni Chocolat volvieron a conocer los éxitos de antaño. Al inglés le faltaba el contrapunto del cubano, y en una época en la que los diarios franceses se escandalizaban por las noticias de los linchamientos de negros a manos del Ku klux klan, no era políticamente correcto presentar en escena a un hombre negro siendo objeto de golpes y sevicias por parte de un hombre blanco.

En su cuesta abajo, tanto Footit como Chocolat cayeron en el alcoholismo. A Chocolat le sostuvo entonces su mujer, Marie Heccquet, con quien vivía desde 1895 tras divorciarse esta de su anterior marido, con quien tuvo un hijo que prohijó Rafael. La convivencia del cubano con una mujer blanca levantó un gran escándalo, al ser la suya una de las primeras parejas mixtas de Francia. El matrimonio tuvo una hija, Suzanne, que murió de tuberculosis a los ocho años, acentuando el declive del primer payaso negro de Francia.

Monsieur Chocolat falleció el 4 de noviembre de 1917, a las 10 y media de la mañana. Murió repentinamente de un ataque al corazón en la habitación de su hotel en Burdeos, donde trabajaba (formando pareja con los hijos de Footit) en el Circo Rancy bajo el sobrenombre de Patodos, según informó Le Petit Parisien.

Enterrado en la fosa común reservada a los indigentes, en su acta de defunción, y por indicación de los testigos, el funcionario inscribió al finado como Rafael Padilla, lo que indicaría que éste había adoptado el apellido de la esposa cubana de su antiguo amo, Patricio Castaño, si bien durante su vida se le conoció comúnmente como Rafael Chocolat.

Tras su deceso, su viuda vio cómo se le negaba tal condición (recordemos que Chocolat no tenía apellidos ni constaba en los registros ciudadanos). Reconvertida en costurera de circo, trabajó haciendo los trajes de diversos payasos hasta su fallecimiento ocho años más tarde.

Sumergida en el olvido, la figura de Chocolat resurgió en 2012, gracias a la publicación de su biografía, escrita por el historiador francés Gérard Noiriel (Chocolat, clown nègre), a cuya estela siguió en 2016 un biopic de Rochsdy Zem (Chocolat) interpretado por Omar Sy en el papel protagonista.


José Antonio Díaz
El Mundo, 1 de diciembre de 2016.


lunes, 17 de abril de 2017

"Mi hijo fue el nieto incómodo del che"


Músico, diseñador, fotógrafo, escritor, viajero, poeta, cronista y editor, Canek Sánchez Guevara (La Habana, 1974–Ciudad de México, 2015) fue un cubano-mexicano que defendió su libertad a toda costa.

Vivió entre La Habana, Barcelona, Francia y México, cargó la cruz de ser el nieto mayor de Ernesto Che Guevara. Sin embargo, marcó distancia crítica con la revolución cubana. Su libro 33 revoluciones (Alfaguara, 2016) es un develamiento literario póstumo muy significativo de la literatura cubana.

Canek Sánchez Guevara, hijo de Hilda Guevara Gadea y del mexicano Alberto Sánchez Hernández, falleció en la Ciudad de México el 20 de enero de 2015, después de una complicada cirugía del corazón que no pudo superar.

Escurridizo de los flashes publicitarios y de las notas de prensa sensacionalistas, le incomodaba que lo identificaran como el nieto del Che: “Solo soy un egoísta que aspira a ser un hombre libre, un egoísta que sabe que el egoísmo nos pertenece a todos y que éste ha de ser solidario si se quiere pleno: en otras palabras, mi libertad es válida si la tuya también lo es, si mi libertad no aplasta tu libertad ni la tuya a la mía”, dijo en una ocasión.

33 revoluciones es una novela breve que aborda los desencantos de una generación de cubanos que nunca profesó abierta simpatía por el régimen castrista ni creyó en sus ofrecimientos. Frustraciones que han concurrido en un viaje arriesgado en el que la vida está de por medio: muchos jóvenes optan por los azares del océano en forzada emigración de apuesta desafiante: las profundidades del estrecho de Florida acogen en su manto las desilusiones. Ese viaje, muchas veces, también es una coincidencia con la orfandad de las decepciones.

El protagonista, un cubano común, quien ha decidido lanzarse al mar en una balsa inducido por la desesperación, camina en las páginas de este relato siguiendo el ritmo de una suerte de danzón que un disco de vinilo reproduce a 33 revoluciones por minuto: fonograma que entona el mito de una ‘Revolución’ que se repite a sí misma: consignas, metas, promesas, discursos, adoctrinamientos… Canek Sánchez Guevara entrega una prosa de cadencia cifrada en briosa conjugación narrativa.

“Canek llevaba siempre varias libretas: en ellas apuntabas ideas, bocetos de sucesos, gestos de personajes. Era muy curioso, muy inquieto. Se encerraba horas enteras a escribir. Era obsesivo, podía concebir un relato íntegro en pocas horas”, comenta Alberto Sánchez Hernández, padre de Canek, quien presentó en la XXX Feria Internacional del Libro de Guadalajara, celebrada en 2016 en México, la edición española de 33 revoluciones.

El volumen integra la novela breve 33 revoluciones y ocho relatos más. ¿Cómo se conformó la selección del material?

-Cuando Alfaguara decide editarlo nos pide otros textos. Revisamos los archivos de Canek, su computadora, sus libretas, y complementamos el volumen con esos relatos que guardan relación directa con 33 revoluciones. El texto había sido muy bien recibido en Francia. Estamos hablando de relatos que tienen su origen, más o menos, en el año 1997: ideas para una novela y cuentos, que cobran forma definitiva años después en distintos países. Le interesaba perfilar personajes cubanos dentro del entorno social surgido en las circunstancias del Gobierno revolucionario.

¿Cómo fue el proceso para dar a conocer estos trabajos póstumos de su hijo?

-Amigos cercanos que sabían de las manías de mi hijo, y yo mismo, nos abocamos en la tarea de promover para su publicación estas historias, lo cual ha dado como resultado que ya se está gestionando la edición en Italia, por ejemplo. Alfaguara publica 33 revoluciones para México, España y países de Sudamérica, así como Grecia, Holanda, Dinamarca, Noruega y Turquía.

¿El título es de Canek o de los editores?

-Cada palabra publicada es de mi hijo. No se ha metido la mano en nada. Todo ha sido seleccionado de los papeles que dejó. El título evoca a los discos de vinilo que existían hace años. Hay un juego ahí con los 33 breves capítulos que conforman la novela y asimismo el hastío que acosa al protagonista. Porque todo el sentido de la novela está edificado desde la sensación que está viviendo el protagonista. Disco rayado que da vuelta y vuelta sobre lo mismo. La verbalización de los sucesos, en que siempre se oculta una vida muy desventurada, todo está justificado con consignas repetitivas: disco rayado que asfixia a los personajes y los conmina a un final trágico.

¿Y el Canek cronista que publicó durante muchos años en revistas mexicanas, y también el poeta?

-Publica en 1996 el poemario Diario del Yo. De las vivencias de sus viajes nacen las crónicas Diario de motocicleta, escritas entre 2005 y 2012 que da a conocer aquí en publicaciones periódicas y salen a la luz en forma de libro en 2016 en la editorial española Pepitas de Calabaza. Tenía interés por la música: era admirador de John Cage y escuchaba mucho jazz de vanguardia, free jazz y rock duro. Su visión, su espíritu impaciente, lo llevó a explorar la fotografía y también el diseño.

¿Conocía usted de antemano los textos de su hijo?

-Leí la primera versión de la novela hace años, me la enseñó él: compartía conmigo sus relatos, sus escritos, sus ensayos y sus ideas, éramos muy cercanos. Pero Canek la fue puliendo con el tiempo y terminó por ser una obra más breve que la primera, quitando lo que le pareció redundante, e incluso algunos personajes, elementos con los que construyó otros relatos. Era muy exigente con su trabajo. Aquello que yo leí se transformó en esta breve novela de gran concisión y de mucha efectividad narrativa.

¿Cómo era Canek en la intimidad, en la vida diaria?

-Mi hijo fue un hombre alegre, risueño, muy reflexivo. No porque sea su padre, pero fue una gran persona, muy modesto en sus actos cotidianos. Como escritor no le interesaba la fama, no aspiraba a escribir libros de impacto, su intención no era escribir un best seller. Siempre eludió la fama: todo el mundo habla del nieto del Che Guevara, pero quiero que con sus libros se reconozca a Canek Sánchez Guevara por lo que siempre fue, un escritor, un artista inquieto con mucho amor por la vida y una gran nostalgia por su Cuba natal

Dicen que no le gustaba que lo relacionaran con el Che. No daba entrevistas y no le interesaba ser protagonista ni cabeza de la disidencia cubana.

-Sí, es cierto, no le interesaba presentarse como el nieto del Che, huía de los reflectores, su posición era crítica con respecto a la Revolución cubana, pero como un cubano más. No le gustaban los protagonismos.

-Una vez en la escuela, en La Habana, la directora del plantel quiso presentarlo como el nieto del Che. Canek la miró y le dijo: “Sí, mi abuelito mexicano el papá de mi papá”. Fue me parece, en todo caso el nieto incómodo del Che. No fue un disidente de acciones, fue un contestatario del gobierno de Fidel Castro desde un convencimiento de que en Cuba no hay democracia ni libertades políticas.

Carlos Olivares Baró
Cubaencuentro, 9 de enero de 2017.
Foto: Alberto Sánchez, padre de Canek Sánchez Guevara. Tomada de Cubaencuentro.


jueves, 13 de abril de 2017

Leonardo Sorzano Jorrín, el profesor de inglés más conocido de Cuba


Quienes antes de 1959 estudiamos inglés en Cuba, en el primer año tuvimos como libro de cabecera el de Leonardo Sorzano Jorrín. Después de Recordando los Centros Especiales de Inglés en La Habana, de Zilia L. Laje, publicado en este blog el lunes 10 de abril de 2017, consideré justo rendirle un modesto homenaje al hombre que en la etapa republicana fue muy conocido y valorado -y aún lo sigue siendo- por los profesores y alumnos de idioma inglés a lo largo y ancho de la isla. Tania Quintero

Leonardo Sorzano Jorrín nació en París, Francia, el 2 de octubre de 1878. Sus padres fueron Julio Sorzano Ashburton y Margarita Jorrín Moliner, los dos provenientes de familias cubanas muy arraigadas en el país.

Su abuelos paternos fueron Francisco Sorzano Mantilla, un abogado de renombre en Santiago de Cuba, y Clara Ashburton, quienes solo tuvieron un hijo, Julio, el padre de Leonardo. Sus abuelos maternos fueron José Silverio Jorrín Bramoso, abogado y alumno predilecto de José de la Luz y Caballero en el Colegio Carraguao y Serafina Moliner Alfonso. Ellos tuvieron dos hijos: Margarita, la madre de Leonardo, y Gonzalo, el úico tío que tuvo.

Leonardo tuvo tres hermanos: Josefina, Margarita y Julio. Con su primera esposa, Elodia de Cárdenas Echarte, tuvo seis hijos: Silverio, Margarita, Silvia, Julia, Serafina y Elodia. De su segundo matrimonio, con Ofelia Coca Guell, no tuvo hijos.

La enseñanza primaria la cursó en escuelas de Nueva Inglaterra, Estados Unidos, y la secundaria en Washington DC. En 1899 obtuvo el título de Bachelor of Arts en la Universidad de Georgetown, una institución jesuita. El título de Doctor en Derecho lo recibió en la Universidad de La Habana en 1906.

Desde muy joven, Sorzano Jorrín trabajó como abogado y notario en bufetes habaneros y posteriormente, por oposición, obtuvo una plaza de catedrático de Lengua Inglesa en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana. Desarrolló así una vida profesional intensa en dos campos: como abogado y notario público y como profesor de inglés.

Durante la primera intervención norteamericana en Cuba, su dominio del idioma inglés le permitió cooperar eficazmente con Alexis E. Frye, Superintendente General de Escuelas, y con Abbie Phillips, Inspectora General de Inglés, en todo lo relacionado con la enseñanza de esta lengua en la Isla.

Leonardo Sorzano Jorrín, sin embargo, llevó a cabo una difusión de la enseñanza del inglés como lengua extranjera, que rebasó cualquier trabajo llevado a cabo hasta entonces. Su objetivo era enseñar un inglés que respondiera a las necesidades de comunicación específicas del cubano medio, que brindaba servicios, aspiraba a alcanzar un puesto en alguna de las numerosas empresas norteamericanas que abrieron negocios en el país, o al ciudadano que simplemente buscaba conocer más sobre Estados Unidos, su historia, sus monumentos, su educación y su cultura.

Su conocimiento de las dos realidades, la norteamericana y la cubana, le permitió comprender que los textos hasta ese momento utilizados como referencia para el estudio del inglés en la Isla no respondían a las situaciones del contexto cubano, sino que estaban concebidos para una realidad diferente: la norteamericana.

Sorzano Jorrín actualizó lo que ya era conocido desde el siglo XVII por la obra de Juan Amos Comenius, quien había expuesto las técnicas para la enseñanza de las lenguas extranjeras: el uso de la imitación en lugar de la explicación de reglas, la combinación de la práctica de la lectura con la expresión oral y la necesidad de hacer la enseñanza más significativa a partir del uso de láminas. Fue el primero en diseñar y utilizar láminas para la enseñanza del inglés, que hoy formarían parte de lo que conocemos como teaching aids (medios de enseñanza), lo cual es imprescindible en el proceso de enseñanza de cualquier idioma y, en general, de cualquier disciplina.

A comienzos del siglo XX surgió el Método Directo en la enseñanza de las lenguas, basado en el presupuesto de que el aprendizaje de una lengua extranjera debía ocurrir de igual manera que el de la lengua materna. El Método Directo tuvo mejores resultados en aquellas escuelas privadas europeas que empleaban a profesores nativos de la lengua extranjera, pero también en Cuba con los diálogos creados por Leonardo Sorzano Jorrín con sus famosos personajes Tom y Mary en situaciones contextualizadas.

También fue el primer profesor en Cuba en conocer y aplicar el Método Directo. Sin embargo, sus diálogos y sus textos respondían al contexto específico cubano y no desdeñaba, cuando era necesario, el uso de la lengua materna, en un grado mínimo, haciendo énfasis también en la memorización de poemas, cuentos y otros textos que entrenaban la memoria.

El profesor Sorzano, siempre precursor, utilizaba lo más avanzado y efectivo de cada método. En efecto, utilizaba, aunque no excesivamente, los ejercicios que hoy se conocen como drills de repetición y los diálogos, tal como sucede todavía, respondían, unos a situaciones hechas y otros a situaciones que serían consideradas en la actualidad como de uso libre del idioma o free production. Prestaba atención tanto a lo formal como a la calidad de los contenidos de los diálogos. Su novedad consistía en la selección del vocabulario con relación a su frecuencia de uso y la enseñanza científica y sistemática de la pronunciación.

Desde 1906, Leonardo Sorzano Jorrín perteneció a la Asociación Fonética Internacional (IPA), con sede en la University College, de Londres. En 1936 sustituyó al australiano William Phill en el Consejo Ejecutivo. Desde ese año, Cuba estuvo representada en esa asociación. Por tal razón, fue el primero en introducir en el país la enseñanza y la puesta en práctica de la fonética y de la fonología, ciencias ahora siempre presentes en la formación del profesional de las lenguas extranjeras.

Sorzano Jorrín publicó varios artículos en la revista especializada en francés, Le Maître Phonétique y también en la notable revista de Lingüística estadounidense American Speech. Participó en la confección de la revista The Teacher, que circuló mucho en Cuba en las décadas 1940-1950. Con medios propios imprimía en su casa El Boletín del Estudiante de Inglés, que se enviaba a diferentes centros educacionales del país.

Antes de que se extendiera el uso de las cintas magnetofónicas en la enseñanza de la lengua inglesa y a todas las entonces llamadas lenguas modernas, el profesor Sorzano utilizó en Cuba, incluso con antelación a los Estados Unidos, las tecnologías más avanzadas de su época para este propósito: la radio, el cine, las cintas magnetofónicas; grabó discos y dio clases de inglés por radio. En 1946 viajó a los Estados Unidos con la intención de filmar películas, hizo las pruebas correspondientes, pero su muerte en La Habana en 1950 impidió llevar a cabo el proyecto.

En cuanto a sus textos, que suman unos 36 volúmenes, pueden hallarse ediciones originales, y segundas y terceras ediciones, aumentadas y corregidas. Para cada texto existía una guía del maestro, con clases modelos y clases prácticas y ejercicios. Escribió un manual del maestro que en la actualidad tiene una vigencia extraordinaria.

Fue, además, un promotor de la enseñanza del idioma inglés en Cuba. Gracias a sus esfuerzos constantes y a su capacidad organizativa, promovió en los cursos de verano, instituidos por la intervención norteamericana, la superación de los maestros de inglés. Invitó a profesores de inglés de Estados Unidos y de Inglaterra, a impartir en Cuba cursos de Literatura, Metodología y Práctica de la Lengua. Estableció la enseñanza de inglés con fines específicos y organizó cursos de superación para profesores cubanos en países de habla inglesa, con el propósito de mantener actualizados a los profesionales en los cambios que se suscitaban en este idioma.

La obra de Leonardo Sorzano Jorrín es el reflejo de consagración de un maestro que fue a su vez un teórico y un profesional con un gran sentido práctico.

Texto, foto y bibliografía tomados de En Caribe, Enciclopedia de Historia y Cultura del Caribe.

Bibliografía

Sorzano Hernández, Mercedes: La enseñanza del inglés en Cuba antes de 1959, disertación de Mercedes Sorzano Hernández, hija de Leonardo Sorzano Jorrín, en la Facultad de Lenguas Extranjeras, Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona, La Habana, 1978.

Fonseca Peña, Orestes: La contribución de la obra educativa de Leonardo Sorzano Jorrín a la enseñanza del idioma inglés en Cuba, Facultad de Lenguas Extranjeras, Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique José Varona, La Habana, 2009.

Notas al margen.- Su abuelo paterno, José Silverio Bramosio, abogado de profesión, protegió la instrucción pública y propagó la agricultura científica en Cuba. En 2005, Ramón Fernández Larrea le dedicó una carta. Un nieto de Leonardo Sorzano Jorrín por línea materna, José Ramón Villalón Sorzano, teólogo, filósofo y profesor, nacido en La Habana el 2 de diciembre de 1929, residía en Ponce, Puerto Rico. En este texto, en la primera foto pueden ver a Leonardo Sorzano Jorrín cuando en 1910 participó en las regatas de Varadero. Ver portada de la Gramática Elemental Inglesa editada en La Habana.


lunes, 10 de abril de 2017

Recordando los Centros Especiales de Inglés en La Habana


Según una avanza en edad, va retrocediendo más en las memorias de la niñez. Y a mí ahora por la madrugada me invaden los recuerdos y me desvelan. Como no tengo que levantarme por la mañana a una hora determinada para ir a trabajar, a veces me levanto antes del amanecer y me pongo a escribir.

Hace unos días me daban vuelta en la memoria las amiguitas que fueron vecinas mías en Santos Suárez entre los 5 y 10 años de edad, que vivían en la calle Correa y al doblar, en San Benigno. Hoy me ha venido a la mente las clases de inglés. Son poco más de las 4:30 de la madrugada y decido levantarme y ponerme a escribir.

A los 8 años, cuando cursaba el 4to. grado en la Escuela Municipal Alfredo M. Aguayo (más sobre la Aguayo en los posts publicados en este blog el jueves 27 de febrero y el lunes 2 de marzo de 2017), mi maestra de inglés fue Josefina Cadenas, quien nos enseñaba el curso primario El inglés en acción, de Leonardo Sorzano Jorrín (ver post que el jueves 13 de abril de 2017 en este blog dedicaramos a Sorzano Jorrín) y el primer año, con fonética: Tom, Mary, Mr. Blake, Mr. White y la Widow Wilson.

A los 11 años matriculé en el Centro Especial de Inglés No.12, situado en Calzada de 10 de Octubre 711 entre Quiroga y Colina, Santos Suárez. Las clases, de lunes a viernes, eran de 6 de la tarde a 7. La maestra de 2do. año de inglés fue Luz A. Cremé, de pelo castaño oscuro rizado, que vivía en un segundo piso, sin elevador, por la calle Águila, en el centro de La Habana. La de 3er. año se llamaba Lydia Dennis, norteamericana, gruesa, rubia de pelo lacio, que resaltaba poco, solía usar vestidos con florecitas, el aula quedaba en la planta baja.

En 4to. año, la maestra era Mercedes del Río de Montané, casada con un dentista que tenía su gabinete en la calle San Lázaro. Una tarde de otoño dio la clase sin luz -no recuerdo si por Halloween o se habría ido la electricidad- sosteniendo una linterna debajo de la barbilla. Cantamos Stormy Weather y Vereda tropical.

El centro ocupaba una casona colonial. Tres de las aulas en las cuales tomé clases quedaban en la planta alta y daban a un balcón largo descubierto en forma de herradura. El libro de primer año de Sorzano Jorrín que usé, creo que prestado por una vecina de frente a casa, tenía escrito en la primera página Bobby Collazo, no sé si habría pertenecido al compositor y pianista. Había otro libro en uso, me parece que del método de John Hamilton. Aprendimos los nombres de piezas de ropa, comidas, muebles del comedor, partes de la casa, la estufa, lavamanos, modismos... Memorizamos el poema Bed in Summer, del escocés Robert Louis Stevenson.

Era primera vez que asistía a clase con varones. Vencí mi timidez, adquirí un poco de sociabilidad e hice varias amigas. En el portal sin baranda, cuando llegábamos temprano, antes de que empezaran las clases, copiábamos poesías. Recuerdo una bastante ridícula titulada La carta. Cuando estaba lloviendo nos sentábamos en la escalera. Varias compañeras me firmaron el libro de autógrafos, entonces de moda.

En el 4to. año cambiaron el libro del método de Leonardo Sorzano Jorrín para otro que tenía la palabra Digest en su título y contenía una lección sobre los gitanos, que decían descender de los egipcios. En ese curso ingresó otra alumna también nombrada Zilia, lo que causó confusión, Zilia Sáinz, que vivía en San Benigno 446 casi esquina a Zapotes, frente al parque.

De esas clases recuerdo a Ada Morán, Otilia Fernández Vásquez, de ojos grandes, hija de españoles, que vivía en Santa Irene y estudiaba en el plantel Concepción Arenal, Dalia Entralgo, Idalia Pino, delgada, a cuya fiesta de quince asistí, en la calle Mangos; Conchita Cotera, Ohilda Reyes Andrade, Agustín Ramos, poeta y locutor de radio, Lino Sanz, Hilda; la Egea, hermana del actor Eduardo Egea; Reynaldo, muy inquieto; Araminta Suárez, de pelo muy largo; Angélica Socorro, que estudiaba en el Instituto de la Víbora; Rolando Fernández, cuya hermana asistía a Aguayo.

Conservo una fotografía con otras tres compañeras en el portal alto de la casa de al lado, con un vestido verde aqua de chaqueta, y otra borrosa con varios compañeros ante el portal del centro. La directora del Centro era Adolfina Núñez. Daban clases también de 7 a 8 y de 9 a 10 de la noche. Las clases de inglés eran gratuitas.

Teníamos una asociación de alumnos, Liberty’s Torch Association, el emblema era una mano sosteniendo una antorcha, el lema English is knowledge, knowledge is power, un himno con la música del himno de la Infantería de Marina de los Estados Unidos, una biblioteca, Franklin D. Roosevelt Library, y una revista mensual, Happy Jingle. Los Centros Especiales de Inglés tenían su himno, A Song of Good Will, y una revista inter-académica. Otros centros utilizaban el método de Louis G. Alexander.

En el local donde a partir de las 6 de la tarde daban clases de inglés, por el día funcionaba la Escuela Pública No. 87. Tres años y medio después de haber terminado el curso, pasé por la escuela y se había derrumbado el techo del portal, debido a un accidente de ómnibus alguien me dijo. Le tiré una foto a la fachada antigua con el portón y ventanal.

El 10 de septiembre de 1929, por el Decreto Presidencial 1705, se crearon cuatro Centros Especiales de Inglés en La Habana y dos meses después, cinco centros más. Las clases eran alternas de 5 de la tarde a 8 de la noche en tres turnos de una hora cada uno con cuarenta alumnos por grupo. Con posterioridad estos centros se crearon en toda la república (tomado de Organización Escolar, Tomo II, página 87-88, 1971, Revista Mendive, publicación científico-pedagógica). Según el Directorio Telefónico de La Habana, de abril de 1958, el Centro Especial de Inglés No. 6 radicaba en Calzada 908 entre 6 y 8, Vedado. Teléfono: 30-3900.

Zilia L. Laje

Foto: Junio de 1940. Alumnos del primer año de inglés de una de las escuelas dedicadas a ese idioma que antes de 1959 existían en Santiago de las Vegas, municipio a 29 kilómetros al sur del centro de La Habana. En primera fila, con traje, el profesor Norberto Más Sierra. Tomada del blog Santiago de las Vegas en Línea.

jueves, 6 de abril de 2017

Recordando la Escuela Primaria Superior No. 16 Domingo F. Sarmiento


La Escuela Primaria Superior No.16 llevaba el nombre del presidente argentino Domingo Faustino Sarmiento. Radicaba en la calle Enamorados No. 215 entre Flores y Serrano, en la barriada de Santos Suárez, La Habana.

La sesión de la tarde funcionaba de 1 a 6. La dirección ocupaba la primera pieza, que habría sido la sala de la edificación original y tenía dos ventanas grandes que daban al portal, contiguo a la acera. La directora era la Dra. Clara Luz Sifontes. Había cuatro aulas, dos de 7mo. grado, una de 8vo. grado académico y otra de 8vo. comercial. Ninguna tenía ventanas y el calor en los meses de mayo a septiembre era asfixiante.

El primer día de clases fuimos objeto de novatadas, imitando a las que hacían en los Institutos de Segunda Enseñanza que entonces había en Cuba. Todavía no teníamos los uniformes de reglamento. Yo llevaba un vestido de saya y chaqueta color aqua y, advertida, me puse la chaqueta virada al revés. Los alumnos de 8vo. grado nos tiraron pintura. La esposa de mi primo materno, Lalita, fue quien me hizo los uniformes reglamentarios: saya azul prusia con tirantes anchos con el monograma EPS bordado y blusa blanca de mangas largas. Me negué a dejar hacerme un permanente más, pues me tenía el pelo quemado y reseco. Para mejorar mi cabello empecé a usar Tricófero de Barry (loción capilar creada en el siglo XIX, muy popular en Cuba antes de 1959 y que en otros países se sigue usando porque nutre y fortalece el cuero cabelludo, cura la caspa y evita la caída del cabello).

En 7mo. grado era el número 22 en la lista de asistencia. Ya no era la más chica de la clase. Ocupábamos la segunda aula. A las libretas, con letra gótica, les puse el nombre de la asignatura en la primera página, les dibujé una cara en tinta y las forré con papel de estraza. La maestra de historia, muy disciplinaria, nos llamaba por el apellido. En un examen tuvimos que escribir sobre la conquista del Perú, Francisco Pizarro y el inca Atahualpa, y la de México, Hernán Cortés y el azteca Moctezuma. La maestra de geografía era hermana de la de historia, pero más indulgente.

La profesora de gramática, de torso amplio, vivía en la calle San Indalecio. En su clase leímos el cuento Naufragio del libro Corazón de Edmundo De Amicis. Aprendimos el apócope de obediente y el antónimo de despedir. La maestra de física era delgada, el color de su piel me recordaba la guayaba, tenía el pelo castaño rizado. Ella nos explicó los cambios de estado de la materia, la sublimación del yodo, "la materia no se crea ni se destruye, solamente se transforma". Thamyris Cardelle López le obsequió una flor queriendo dárselas de maduro. Vicente Valdés, el maestro de matemáticas, parecía ser protestante, hablaba de la biblia, criticaba el catolicismo. Muy vagamente, de la clase de anatomía recuerdo los cuadros sinópticos de los sistemas óseo, nervioso, sanguíneo, digestivo... No recuerdo si teníamos o no clases de biología. ¿Las plantas monocotiledóneas y dicotiledóneas eran de entonces? En las clases de economía doméstica y trabajos manuales hice un álbum de fotografías, forrado en papel aterciopelado marrón con un cordón dorado y papel de diseño marmóleo verde, que todavía conservo. También confeccioné una pantalla de lámpara para mesa de noche, con placas de radiografía blanqueadas con cloro, cartulina azul claro y alguna calcomanía.

Teníamos clases de música, cantábamos el himno del 20 de Mayo, el Himno Invasor, La Bayamesa. Su letra no la he olvidado: ¿No te acuerdas, gentil bayamesa/ que tú fuiste mi sol refulgente/ y risueño en tu lánguida frente/ blando beso imprimí con ardor? La profesora de educación física se llamaba Petronila Gutiérrez; en el patio lateral hacíamos carreras y siempre ganaba una alumna gruesa llamada Amada o yo. Una compañera, Miguelina Prado Franquiz, que vivía mas lejos, paraba en mi casa camino a la escuela, para ir conmigo, pero yo casi siempre me demoraba y la hacía llegar tarde, y dejó de pasar a buscarme. A veces oía el inicio del programa de Chicharito y Sopeira del radio de alguna casa, mientras me apresuraba calle abajo por Flores.

Mi amiga inseparable en 7mo. grado fue Josefina Toledo Rodríguez, de tez blanca y pelo lacio muy negro. Era dos días mayor que yo, se sentaba en el pupitre delante de mí y vivía en la calle San Leonardo. Hablábamos tanto que nos apodaron Periquito y Guacamayo. Una vez nos llevaron al Zoológico.... de excursión, no para el aviario, jajaja! Tengo fotografías de aquel día. En un acto por el Día de las Madres tuve que leer una composición. Los dos alumnos que mejor nota sacábamos éramos Luis Lara Hayado, alto, al que apodaban Caña Hueca, y yo. Un día, sin una gota de modestia, Luis me dijo: "Tú eres el orgullo de las hembras y yo el de los varones". Recuerdo a Concha Chicola Suárez, alta, que vivía en la calle Zapotes; Gil Mateo de Acosta Alvarez, rubio; Caridad Cardentey, Carmen Simeón González, Carmen Ramón de Paz, Antonia González, que tenía las uñas muy largas, Mercedes Martínez Andreu, Marlene, mexicana, Jesús Quintana y Joaquín Raboso, primos. En ese curso quedé en primer lugar.

Hice un dibujo con tinta china de unos alumnos con el uniforme de la escuela y salió publicado en el suplemento dominical País Gráfico del periódico El País. Escribí cuatro poesías, pero solo recuerdo dos. Yo medía 5'4 de estatura. Había pensado matricular en la Escuela Normal para Maestros, en San Joaquín entre Pedroso y Amenidad, en El Cerro. Quería hacerme maestra, pero al finalizar el 7mo. grado, durante las vacaciones de verano, cuando tenía 13 años, me di cuenta de que no tenía paciencia para enseñar y decidí cursar 8vo. grado comercial e ingresar en la Escuela Profesional de Comercio de La Habana, sita en Ayestarán y Néstor Sardiñas y hacerme contador, para lo cual mi madre tuvo que redactar una carta de autorización (en un próximo post, algunos recuerdos sobre la Escuela Profesional de Comercio de La Habana).

Volviendo a la Escuela Primaria Superior. El maestro de rudimentos de comercio era delgado, un poco desgarbado. No se permitía borrar o tachar, cuando se cometía un error, había que escribir "digo". Las prácticas de mecanografía las realizábamos en dos máquinas antiguas que tenían en el pasillo. Ese corredor lo utilizaban los varones como taller de carpintería. El 8vo. comercial quedaba en la cuarta aula. En la clase de dibujo comercial, la maestra abría un periódico sobre el escritorio y no lo bajaba ni miraba a los alumnos durante toda la clase. Y nosotros nos escápabamos del aula y regresábamos poco antes de sonar el timbre. Dibujé un anuncio de cosméticos y en caligrafía escribí los nombres de actores de cine, en letra redondilla, que no nos enseñó ella: la aprendí de una vecina.

La maestra de inglés se llamaba Belén Pardo. En ese momento, ya había recibido dos años de clases en el Centro Especial de Inglés No. 12, en Calzada 10 de Octubre, en el horario de 6 a 7 de la tarde. 6 a 7, y estaba cursando el tercer año de inglés (más en el post titulado Recordando los Centros Especiales de Inglés en La Habana, en este blog, el lunes 10 de abril de 2017). De las clases de español recuerdo las conjugaciones, el tiempo pretérito pluscuamperfecto del modo subjuntivo, la forma perifrástica; los análisis analógico, sintáctico, prosódico y ortográfico; el ejemplo ilustrativo de cacofonía "en el balcón con Conrado". Leímos Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra y se analizó la oración en el capítulo 35, "Todos reían sino el tendero". Leímos el romance anónimo Álora, la bien cercada: Alora la bien cercada/ tú que estás cerca del río,/ cercóte el Adelantado/ una mañana en domingo/ de peones y hombres de armas/ el campo bien guarnecido.

También leímos la poesía La niña rara de J.M. Blanco Belmonte: Detrás de su vaca roja/ que al verde pradillo va,... y siempre que torna a casa/ y siempre que al prado va/ la niña cierra los ojos/ con resolución tenaz/ y a ciegas cruza la playa/ de la niebla entre el cendal,... el mar me robó a mi padre/ ¡y yo no quiero ver el mar! "¿Dónde está Dios?" Esa luz más elocuente/ que mi labio te dirá/ que hasta en el eco infantil/ de la palabra fugaz/ con que por Dios me preguntas/ la esencia de Dios está... Un poema que yo pensaba era de Sor Juana Inés de la Cruz. La novela Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde de la Paz la leímos más tarde, en la clase de español en el segundo año de la carrera de contador mercantil en la Escuela Profesional de Comercio, y estudiamos la frase "un sí es no es".

De mis ex colegas en la Escuela Primaria Superior Domingo F. Sarmiento, recuerdo a Rolando, apodado Escobillón, que vivía en San Leonardo; a Orozco, Virginia Cárdenas, Emilio, Daisy Ugalde, Pedro Iglesias García... En época de exámenes, a principios de diciembre, fines de marzo y fines de mayo, podíamos irnos temprano cuando terminábamos la prueba. En el mismo local, por la mañana funcionaba una escuela elemental, con un kindergarten al fondo, por las tardes la Superior y por las noches el Centro Especial de Inglés No. 14, donde estudió el guitarrista Eduardo Espígul.

Solamente 15 alumnos (14 hembras y un varón) participamos en la ceremonia de graduación conjunta de todas las escuelas superiores de la capital, en el Palacio de Convenciones y Deportes, que tal vez algunos no recuerden o no sepan que el primer palacio deportivo que hubo en La Habana quedaba en Malecón y Paseo, donde actualmente se encuentra la Fuente de la Juventud, frente al Hotel Riviera. La instalación fue construida a mediados de 1944, por el arquitecto José Pérez Benitoa, durante la primera presidencia de Fulgencio Batista y Zaldívar. Fue concebida para la celebración de peleas de boxeo y partidos de baloncesto y voleibol (debajo del tabloncillo había una piscina).

Construirlo allí fue una falta total de perspectiva del desarrollo urbanístico de La Habana y en 1955, bajo el segundo mandato de Batista, tuvo que demolerse para continuar el Malecón desde G hasta la Calle 8 del Vedado. Pero mientras permaneció en el lugar, se presentaron circos famosos como el Ringling Brothers y King American Circus y espectáculos de patinaje sobre hielo, entre otros. Los datos sobre el Palacio de Convenciones y Deportes fueron tomados del blog Memorias de un cubano.

Volviendo a la ceremonia de graduación. Nosotras fuimos de blanco, también Gil, el único varón. Mi vestido era largo y tenía una berta de satín blanco. En el acto me tocó sentarme al lado de una antigua alumna de Aguayo, Dulce María Figueroa, que me recordaba. Quedé en segundo lugar del curso, a unas centésimas de puntuación del primer lugar. Cuando al cabo de nueve años volví a la escuela, que para entonces se había mudado para la calle Carmen No. 27 entre 10 de Octubre y Párraga, en La Víbora, a solicitar un certificado para la Escuela de Ciencias Sociales, la nueva directora, la joven doctora Dominica Del Amo, me permitió mirar los libros. Descubrí un error en la suma de las notas: mi promedio era 91.72, ella rectificó la anotación en el libro y emitió un certificado rectificado. Había obtenido el primer lugar al finalizar el 8vo grado comercial en la Escuela Primaria Superior No. 16 Domingo F. Sarmiento.

Zilia L. Laje
Foto: Domingo Faustino Sarmiento. Tomada de Un guerrero de la batalla intelectual.
Notas de la autora.- Los maestros de matemáticas y rudimentos de comercio de la Escuela Primaria Superior No. 16 eran hombres y usaban traje. Las maestras de gramática, historia, geografía, anatomía, economía doméstica y español eran blancas y la maestra de inglés era rubia de ojos azules. La Escuela Primaria Superior No. 2, la que yo había creído que me correspondía asistir, quedaba en Pocito No.101 esquina Buenaventura, Lawton.

El 23 de febrero de 1953, Raúl Ferrer Pérez fue nombrado maestro de 6to. grado de la Escuela Pública No. 7 de varones, que radicó en la misma dirección de la Escuela Primaria Superior a la cual asistí, en Enamorados No. 215 entre Flores y Serrano, Santos Suárez. En 1950, en un acto con maestros y autoridades de educación, fue nombrada Escuela Pública Adela Azcuy Labrador como puede verse en este video. La escuela primaria que actualmente allí radica sigue llevando el nombre de la ilustre pinareña Adela Azcuy Labrador.

En la Universidad de La Habana matriculé, por la libre, dos asignaturas de Administración Pública en la Escuela de Ciencias Sociales. Adquirí las conferencias mimeografiadas, encuadernadas en la librería universitaria, pero las encontré insuperablemente aburridas y nunca me presenté a examen.

lunes, 3 de abril de 2017

Recordando la Escuela Pública No. 118


Por esa foto, publicada el 24 de febrero de 2008 en el blog Desarraigos Provocados supe que la casa donde estuvo la Escuela Pública No. 118, en Estrada Palma entre Cortina y Figueroa, Santos Suárez, fue convertida en un policlínico, pero no sé si sigue teniendo esa función.

La foto a continuación es de 1944, soy la segunda de izquierda a derecha, sentada delante, con el lazo blanco y el cerquillo de lado porque tenía un remolino y mi mamá insistía en hacerme así el cerquillo.

En esta otra, de 1945, soy la tercera de izquierda a derecha, sentada delante, ya con el cerquillo recogido y un lazo que parece de rayas o cuadros.

En la Escuela Pública No. 118 cursé el primero y segundo grados. Los grados de tercero a sexto los hice en la Escuela Municipal Alfredo M. Aguayo, que quedaba enfrente.

En la Escuela 118 aprendí a leer, la maestra era una señora alta, gruesa, de unos 50 años, dulce y cariñosa. Se llamaba Ángela y le decían Angelita. Era amiga de mi madre, creo que estudiaron juntas el magisterio.

Angelita tenía el aula de primer grado, bastante numerosa, dividida en dos grupos, los más adelantados y los que presentaban más dificultades. Ella seleccionó cuatro niños del grupo de los adelantados, entre los cuales yo me encontraba, para ayudar a los atrasados. Para la fiesta de fin de curso, los de primer grado hicimos una representación y las hembras nos movíamos como si fuéramos muñecas.

En segundo grado tuve una maestra que era hija o nieta de Martín Morúa Delgado, periodista y político matancero que participó en la Guerra Chiquita. No recuerdo su nombre, pero sí su figura: una mulata alta, distinguida, muy elegante. De poco hablar, era una buena y cariñosa maestra.

La escuela tenía un patio interior donde nos reuníamos todas las mañanas y de allí pasábamos a las aulas. Los viernes en ese patio se celebraba el Acto Cívico y las fechas patrióticas.

Nosotros vivíamos en la calle General Lee 454 entre Línea del Ferrocarril (hoy Vía Blanca) y Pasaje Oeste. Mi hermana Magaly también era alumna de la Escuela 118. Todos los días, las dos íbamos a pie hasta el colegio. Entonces se vivía sin los temores de hoy.

Una tarde, cuando salíamos de la escuela y caminábamos hacia la casa, vimos gente alegre en las calles, haciendo la señal de la V con los dedos, y nosotras sin entender lo que pasaba. Hasta que llegamos a la casa y nos dijeron que era la señal de Victoria porque se había terminado la guerra. Claro que seguimos sin entender, pero no seguimos preguntando. Más tarde supe que ese día, el 9 de mayo de 1945, había terminado la Segunda Guerra Mundial.

Mi madre fue maestra de escuela primaria durante 30 años. Terminó el magisterio ya casada y con dos hijas, y consiguió una plaza en una escuela a la que nadie quería ir pues quedaba en El Gavilán, un reparto de indigentes, que pertenecía a Arroyo Apolo y hoy forma parte de Víbora Park. La escuela se llamaba Juan Gualberto Gómez. Allí impartió clases hasta que abandonó Cuba en los años 60. La mayor parte de los alumnos iban descalzos, con sacos de yute amarrados a la cintura. Algunos eran hijos de delincuentes, niñas que antes de asistir a clases tenían que limpiar casas, cuidar a sus hermanos...

Mamá dejó Santos Suárez, donde nacimos, y se mudó para acercarse a la escuela. Se había divorciado de mi padre y se le hacía muy difícil todo. Fuimos a vivir a La Lira, en el actual municipio habanero de Arroyo Naranjo. Casi todos los días, se sentaba a la mesa, a comer con nosotros algún alumno o alumna pobre.

Recuerdo también cómo mi madre tenía que comprar sus propios materiales didácticos, que preparaba fuera de su horario de clases. Ella pagaba la suscripción a una revista argentina llamada Billiken, que utilizaba para apoyar su labor educativa. O cómo ponía al alumno más indisciplinado a que cuidara de la disciplina. Cuando se enteraba de que uno había robado, lo nombraba responsable de los pocos materiales escolares conseguidos y muchas otras iniciativas similares.

En La Lira nosotras no teníamos nombres, éramos "las hijas de la maestra", y mi mamá era respetada y querida por todos. Con el pasar de los años, fue maestra de muchos de esos niños que iban con los sacos de yute amarrados a la cintura y más de una vez, oí a un padre decirle al hijo: "Mira, tienes que respetar a la maestra, ella fue mi maestra y en muchas ocasiones pude comer algo gracias a ella".

Gladys Zamora
Fotos: Tomadas del blog Desarraigos Provocados.
Nota de Tania Quintero.- Le pedí a Gladys Zamora más datos sobre ella y su familia y esto fue lo que me contó:

Mi nombre completo es Gladys Zamora Díaz, hija de Isabel Díaz Versón y Manuel de J. Zamora Zamora. De ese matrimonio, el primero de mi madre, éramos cuatro hermanos: tres hembras y un varón dos años mayor que yo, que murió cuando tenía 7 años. Yo fui la hija más pequeña.

Mi madre tuvo cuatro hermanos: Salvador Díaz-Versón , periodista y escritor, desde muy joven destacado en la lucha contra el comunismo; Reinaldo Díaz-Versón, cuyo primer matrimonio fue con una de las dueñas del Instituto Edison, Isabel María Rodríguez, que después se iría a vivir a los Estados Unidos, y María Díaz-Versón, doctora en Pedagogía, que cuando se graduó en la Escuela Normal para Maestros de La Habana, ejerció en escuelas rurales, en diferentes escuelas públicas de la capital. En la última que trabajó era la directora, si mal no recuerdo era la Escuela Pública No. 62, en 10 de Octubre entre Avenida de Acosta y O'Farrill, Víbora*. Mi tía María murió joven, a la edad de 40 años.

En el orden de mayor a menor, le seguía mi madre, Isabel, quien desde que se graduó en la Escuela Normal, ejerció en la Escuela Pública No. 35 Juan Gualberto Gómez, en la calle Alegría, reparto El Gavilán, Arroyo Apolo. Cuando el ciclón de 1944 azotó la capital, la escuela se destruyó, era de madera y no sé qué tiempo demoró que la construyeran nuevamente, esa vez de mampostería. Hay una historia que no recuerdo muy bien, que se hizo una campaña a favor de la reconstrucción apelando directamente al Ramón Grau San Martín cuando fue Presidente de la República.

Después de mi madre estaba el hermano menor, Carlos Díaz Versón, también periodista. Mis tíos, Salvador, Reinaldo y Carlos unieron los dos apellidos: Díaz y Versón con un guión: Díaz-Versón. Reinaldo, cuando se fue a vivir a Estados Unidos, se convirtió en Reinaldo Versón ya que aquí no se usan dos apellidos.

Toda mi familia materna siempre fue anticomunista. Sin embargo, mi padre, que también fue periodista, desde muy joven se afilió al Partido Socialista Popular (entonces no existía el Partido Comunista como tal en Cuba) y fue una de las razones por las que mis padres se divorciaron. Cuando yo nací, ya mi padre no vivía en la casa. Como ves, soy de una familia en la que predominan maestros y periodistas.

Era una jovencita cuando obtuve el diploma de secretariado comercial. Más tarde me gradué de bibliotecaria. Tuve dos hermanos más de dos matrimonios posteriores de mi madre. El año pasado terminé, hasta donde pude, la genealogía de mi familia. Resumien do mis datos: nací en Santos Suárez, no sé la dirección, pero hasta los 7 años seguí viviendo en ese conocido barrio de la capital. Después de los 7 años vivimos en diferentes direcciones en Arroyo Apolo, hoy una barriada de Arroyo Naranjo, municipio habanero que colinda con los de 10 de Octubre y Boyeros. Mi madre quiso acercarse a la escuela donde trabajaba ya que en ese momento tenía cuatro hijos.

Me casé a los 16 años y tuve una hija, entonces vivía en la Calzada de Managua No. 62. Me divorcié y después volví a casarme y de ese segundo matrimonio tuve dos hijos. Mi primera hija fue prisionera política en la Isla, después de 2 años en la cárcel fue amnistiada, bajo un acuerdo entre Estados Unidos y Cuba, de liberar 4 mil presos políticos bajo la condición de que Estados Unidos les diera visa. Cuando salió de Cuba tenía una niña de 7 años a la que el gobierno cubano no permitió salir. Desafortunadamente, mi hija falleció durante un parto en Estados Unidos, pero lograron salvar la criatura. Era un niño y ésa es otra historia.

(*) Cuando en 1979 mi madre, mis dos hijos y yo nos mudamos para la calle Carmen entre 10 de Octubre y San Lázaro, cuadra que anteriormente perteneció a la barriada de La Víbora, pero actualmente pertenece a Lawton, otra popular barriada habanera, recuerdo la escuela pública donde la tía de Gladys fue directora, en 10 de Octubre entre O'Farrill y Avenida de Acosta. No mucho tiempo después, creo que porque resultaba pequeña e incómoda, trasladaron a los alumnos hacia otras escuelas cercanas, algunos para el antiguo Instituto Edison, en Poey entre Carmen y Patrocinio. La vivienda se la entregaron a una familia numerosa, cuya jefa de núcleo era una mujer negra, delgada, muy activa y revolucionaria. Si mal no recuerdo se llamaba Etelvina y en 1979 tendría unos 60 años (TQ).