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viernes, 29 de abril de 2016

Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia


No es posible evadir el lugar común: es ésta una historia acerca de la amistad y del amor. De amistad honrada desde la más temprana juventud hasta la longevidad, sin hacer caso al rumbo que tomaron las vidas de cada uno de ellos, ni los avatares imponderables de la sociedad en que han vivido. De amor reverenciado a un género musical y a los que, como ellos, también lo hicieron suyo, a una música que se convirtió para ellos en razón de vida. Nadie se explica la energía que despliegan, el entusiasmo que exhiben, ni la sonrisa perenne con que parecen conjurar todos los inconvenientes. Para ellos no hay distancia demasiado lejana, dolores que les paralicen, ni obstáculos que, por cotidianos, no puedan sortear.

En el curso de los más de sesenta y cinco años que han vivido como grupo, ningún acontecimiento político, social o personal pudo amilanarles. Ellos mismos lo aseguran a coro: es la música, el baile, el jazz, lo que los mueve y lo que les ha mantenido unidos y bailando a través de más de medio siglo. Por mucho que se trate de prefigurar una imagen, siempre sorprenderá verles llegar con sus mejores galas, aun en tiempos azarosos, y sostener con firmeza la mano de su pareja a la hora de sacarla a bailar para enseguida asumir la vivencia del baile con todo sentido del ritmo que acompaña siempre al virtuosismo implícito en los standards de aquellas Big Bands de la era del swing, que es lo que más les gusta bailar.

Son Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia. De la agilidad, precisión y virtuosismo casi acrobático en algunos de ellos, ¡ni qué decir! Verles en la improvisada pista es una experiencia única. El tap genuino de Papito; el 'feeling' casi intelectual que Julián le imprime a sus originales pasos a través de una actitud muy suya; la grácil agilidad y el ritmo inderrotable de Mayi... Los tres son fundadores; y de aquel grupo primigenio, los que han sobrevivido hasta hoy son casi todos ya octogenarios, como Elsa Padrón, que en un momento crucial de su vida defendió su derecho a seguir bailando jazz. O como Juan Picasso, quien a pesar de sus problemas de locomoción, asombrara cuando se decidía a salir a bailar como un muchachón sin años. Por eso todo resulta aún más increíble.

Es errado pensar que se trata de una mera atracción turística. Absolutamente. Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia constituyen un fenómeno singular en la historia musical cubana: el elemento aglutinador ha sido el jazz, asumido a través de la expresión corporal y danzaria, como experiencia colectiva en tanto bailadores y degustadores de lo mejor de la música norteamericana en la era del swing y los años iniciales del bebop. Sus integrantes fueron primero que todo, fanáticos melómanos y bailadores de los ritmos cubanos y portadores, en su época de esplendor, de un modo de bailar y de asumir la entrega musical de los más afamados conjuntos y orquestas populares de las postrimerías de los años 40, 50 y hasta los 60. Bailaban también con Arcaño, con la Melodías del 40, con Jorrín, con la Orquesta América, con la Aragón, con el Conjunto Casino, a los que seguían a todas partes, aunque algunos seguían siendo religiosamente fanáticos del swing y la música americana.

Comenzaron a reunirse a finales de la década de 1940 y primeros años de la década de 1950 para 'patinar' en la explanada de la Avenida de las Misiones, que discurre delante del antiguo Palacio Presidencial. Allí en una de las esquinas que desembocan en la Avenida, estaba -y todavía está, pero con nueva fisionomía- el bar Lucero, famoso entonces entre la muchachada por amplificar los programas de radio y hasta los discos que giraban en su muy moderno tocadiscos. Lo suyo era bailar, pero también demostrar lo actualizados que estaban en lo que a música norteamericana se refería y en esto, la radio jugó un papel esencial.

La radio fue vital para ellos en el descubrimiento de la música norteamericana y en el conocimiento de la música cubana en general. “Era accesible a las posibilidades de todos, nos contaba Lázaro Montero. El aparato de radio se le compraba a los polacos a plazos, se pagaban 0.25 centavos a la semana. Oíamos todos los programas de música americana: Bing Crosby, Frank Sinatra, Nat King Cole, Benny Goodman. Todo swing.”

En especial escuchaban los programas que en varias radioemisoras transmitían música norteamericana: El Club del Swing -donde por primera vez músicos cubanos tocaban jazz en vivo- y Sinfonía del Jazz, en la CMQ de Monte y Prado; el programa de jazz de la Mil Diez; Jazz Club en CMBQ Radio Ideas Pazos; Swing and Melody, en CMBZ Radio Salas, y otros. Las ondas radiales traían otros espacios para el jazz, cuando aún era swing lo que sonaba, como la muy popular Radio Kramer, que transmitía en inglés.

La radio fue en los inicios la conexión con el mundo sonoro que preferían, pero el cine les aportó otra experiencia a nivel sensorial: el descubrimiento visual de un mundo hasta ese momento sólo representadas a partir del imaginario personal, y la revelación para sí mismos de que querían y podían emular la tremenda originalidad y virtuosismo a aquellos negros norteamericanos que serían para siempre sus ídolos irreemplazables. El cine fue el impulso definitivo. Siempre que el bolsillo lo permitía, iban una y otra vez a la sala oscura, en cines de barrio donde la entrada costaba poco menos de 15 centavos: allí vieron hasta el cansancio uno de sus filmes preferidos: Stormy Weather, de 1943, y se asombraron con la rítmica creatividad de Bill Robinson, el estilo acrobático y vital de Nicholas Brothers y el hilarante performance de Cab Calloway al frente de la orquesta del Cotton Club en Stormy Weather.

Los muchachos los imitaban no sólo en sus proezas danzarias, sino hasta en la forma de vestir y caminar. Las muchachitas asumían las maneras y el estilo de Lena Horne. Ver a Louis Armstrong en Cabin in the Sky, también de 1943, a Gene Kelly, Glenn Miller, Nat King Cole, Frank Sinatra... fue algo más que una fiesta de los sentidos, resultaron verdaderos descubrimientos. En los bares del puerto -Lázaro Montero recordaba el Two Brothers, La Flota, Navys, Sailor- la mayoría actualizados en música gracias a la afluencia de buques de Estados Unidos, los muchachos conseguían comprar o cambiar discos de sus músicos y cantantes preferidos, a la vez que confrontaban con los marineros estadounidenses que habían zarpado del puerto de New Orleans los nuevos pasillos y evoluciones. Sin llegar a ser auténticos 'hipsters', los chicos que bailaban jazz iban mucho más allá en su adoración por la cultura, la música y el american way of life que sus ídolos representaban.

Abraham Peñalver Beltrán, Papito (Guanabacoa, 1928) desde entonces es un furibundo apasionado del tap y cuando pasa junto a las ruinas venerables del famoso teatro Campoamor rememora las siluetas danzantes de The Nicholas Brothers, a quienes vio en persona, escapado de su casa, como parte del público que abarrotó el coliseo habanero durante las únicas presentaciones en Cuba de los virtuosos bailarines. En ese momento se dio cuenta de que el tap sería la verdadera razón de su vida y con los años, se convirtió en un profesional del estilo. Ya con cerca de 90 años, Papito se ha encargado de que los jóvenes no dejen morir el tap y desde hace tiempo se ha convertido en maestro, lo mismo en Guanabacoa que en Santa Amalia, de los que han decidido retomar el legado de sus sonoros zapatos.


Casi todos los jóvenes seguidores del jazz, el swing, el tap y la música americana en aquella época, procedían de hogares humildes. Algunos lograron estudiar y graduarse de la Escuela de Artes y Oficios, otros de la Escuela Normal para Maestros de La Habana, los menos en la Academia Nacional de Bellas Artes de San Alejandro y acaso un par de ellos, con orígenes cercanos a la clase media baja, ingresaron en la Universidad de La Habana y se hicieron ingenieros. Muy temprano, la mayoría tuvo que procurarse un oficio, que le permitiera no sólo vivir, sino asegurarse la diversión en tiempos donde en ciertas zonas de la ciudad los precios estaban al alcance de trabajadores de bajos ingresos.

Pero no pudieron ver a Nat King Cole en Tropicana, ni a Sarah Vaughan en Sans Souci. Mucho menos a Cab Calloway en Montmartre. Sólo Lázaro Montero y Roberto Toirac que tenían oficios mejor retribuidos, pudieron ir a Tropicana. Gilberto Valdés Zequeira, entonces integrante del cuarteto Los Cavaliers -contratados por una corta temporada para animar algunos momentos en el bar del Sans Souci- cuenta que tuvo la suerte de compartir con la Vaughan y con su baterista Roy Haynes. Para los demás, el acceso era impensable por sus orígenes y sus economías. Juan Picasso recordaría haber visto fugazmente a la Vaughan en una fiesta de santo en un barrio de La Habana.

Vinculados a algunas de las figuras primigenias del movimiento del feeling y a su bohemia, muchos de Los Bailadores de Santa Amalia fueron testigos de sus primeros pasos del movimiento, en tanto formaron parte de aquel grupo donde unos iniciaban un nuevo modo de componer y cantar canciones, con la influencia que se recibían de la música y los músicos norteamericanos, y otros acudían entusiastas a escucharles y apoyarles. “Con el feeling y a través de sus músicos conocimos el bebop, como un momento de desarrollo en el jazz”, apuntaba Lázaro Montero.

Lázaro, Mayi, Gilberto Valdés, Julio Bequé, Jesús Terry y muchos otros del grupo eran asiduos al Gato Bar, un minúsculo recinto que ocupaba el número 416 de la calle Zanja, entre Belascoaín y Gervasio -hoy inexistente en su función de entonces-, en la misma barriada donde vivían varios de los muchachos del feeling y donde José Antonio Méndez hizo su primera presentación, y eran visita casi perenne, guitarra en mano, César Portillo de la Luz, Jorge Mazón, Luis Yáñez, Armando Guerrero y el propio José Antonio. Para Lázaro Montero, el Gato Bar tuvo una importancia crucial en la historia de Los Bailadores: “No sólo porque allí pudimos conocer a muchos músicos que compartían nuestros gustos, sino también porque en el Gato pudimos compenetrarnos más. Las muchachitas también iban a compartir, y el interés no era sólo bailar, sino también escuchar música.”

Gilberto Valdés Zequeira recuerda: “Los llamados muchachos del feeling y los jóvenes bailadores de swing (muchos de los cuales pertenecían a ambos grupos) eran habituales del Gato Bar, cuyo dueño acostumbraba a avisarnos cada vez que recibía nuevos discos para que acudiéramos a escucharlos y, si eran bailables, a bailarlos.” En puntos céntricos, pero cambiantes, los muchachos y las muchachitas se reunían para salir tras la música que querían escuchar y bailar: a veces se reunían en la esquina de Prado y Neptuno, muy cerca también de Fornos y Los Parados, dos populares bares-cafeterías a donde acudían muchos músicos y artistas. Pasearon su gracia y elegancia por las sociedades de negros y mulatos, como el Isora Club, el Sport, la Unión Fraternal, el Buenavista Social Club, Los Jóvenes del Vals, el salón de baile de Prado y Neptuno, y Los Jardines de la Polar y de La Tropical.

“Bailábamos en La Tropical. Comprábamos un barrilito de cerveza y nos regalaban de contra uno de maltina y el hielo. Nos gustaba mucho ir al salón que promocionaba la Maltina de La Tropical, a bailar con Chappotín. Estaba el otro salón que llamábamos Bajo las estrellas, por el decorado de su techo", rememora Lázaro, quien entonces le había hecho trabajos de tapicería y carpintería a Blanco, el dueño de La Tropical, con lo que muchas veces garantizaba el acceso preferente. Ellos, los muchachos del jazz ya muy tarde, se iban solos a continuar bailando y gozando en los cabarets y bares de mala muerte de la Playa de Marianao, después que a las diez de la noche, dejaban a “las muchachitas” en sus respectivas casas. Para ellas entraba en vigor su particular toque de queda.

Otras veces, cuando sabían que alguno de ellos podía tener acceso al último disco salido al mercado -como era el caso de Tony Suárez Rocabruna- se movilizaban y llegaban hasta su casa, en amigable asalto. Otras veces se veían en La Bodega de Celso, en San José y Gervasio, muy frecuentada por músicos y jazzfans donde, como era usual en la época en este tipo de establecimientos, además de expender víveres, se ponían traguitos, se picaba algo mientras se escuchaban en la victrola los últimos discos que su propietario, un jazzfan empedernido, había hecho traer desde Estados Unidos. Algo similar ocurría en el Bodegón de Goyo, en la esquina de Retiro y Clavel, en el barrio de La Victoria, en la que el hijo del dueño viajaba con frecuencia a Miami y tenía una espectacular colección de discos de 45 rpm. “Bailamos mucho, siempre, con Glenn Miller, Tommy Dorsey, escuchando a cantantes como Nat King Cole, Ella Fitzgerald, Billie Holiday”, rememoraba Lázaro Montero.

Los muchachos y muchachas que hoy son los venerables bailadores que admiramos, trazaron y recorrieron la ruta de los sitios del jazz en la capital siempre teniendo como cuartel general, el lugar donde estuviera viviendo Gilberto Torres Montiel (La Habana 1926- 2006). Líder indiscutible, de oficio tabaquero torcedor en la fábrica donde se hacían los tabacos Romeo y Julieta, con una capacidad aglutinadora que sobrevivió a su muerte, Gilberto no reparó nunca en dedicar una parte de sus modestos ingresos a lo que hiciera falta para que el grupo se mantuviera como quería: bailando. Sus amigos, jóvenes primero y adultos camino a la tercera edad después, lo seguían a cuanta iniciativa promoviera.

Leonardo Acosta, en su imprescindible obra Un siglo de jazz en Cuba, destaca con justeza el aporte de muchos de los que hoy se conocen como Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia a la formación y auge del Club Cubano de Jazz (CCJ), como fue el caso de Roberto Toirac, Lázaro Montero y el propio Gilberto Torres. Y subraya el patrón establecido por Torres, y luego replicado en el CCJ, cuando instauró y animó un modelo de encuentros en la sociedad de negros y mulatos Juan Gualberto Gómez, en el municipio de Regla, y que se convertían en descargas de jazz, “con la particular característica de que eran bailables. Se celebraban los domingos por la tarde, tal como se haría después en el Club Cubano de Jazz”. Toirac sería un puntal esencial en la organización del CCJ del que llegó a ser vicepresidente y , que, al decir de Acosta, “tuvo su cuartel general en el taller de Toirac.” El grupo acudía a los jam sessions y presentaciones de músicos norteamericanos traídos a Cuba por el CCJ, como Philly Joe Jones y otros. El propio Acosta, autoridad cimera del jazz en Cuba, ha reconocido el papel de Torres y lo ha señalado como “incansable bailador él mismo, que ha seguido tres decenios oyendo y bailando jazz”.

En aquellos años tempranos de los 60, eran asiduos al jazz club Descarga, en Cayo Hueso, y también al Habana 1900, en la calle O, en El Vedado. Avanzando los 60 y hasta bien entrados los 70, llegaron años complejos para el jazz y la música norteamericana o simplemente, en inglés, en Cuba. De pronto, con el ambiente liberador y de justicia que trajo el triunfo revolucionario de 1959, surgieron paradojas extremistas que durante cierto tiempo y en determinados ambientes, estigmatizó esa música y la convirtieron en el sonido del enemigo. Se cerraron clubes, cabarets y hasta bares, y las sociedades a las cuales iban a bailar cambiaron su sentido y dejaron de ser lo que habían sido. El grupo transitó por períodos de confusión e incertidumbre: dejaron de reunirse, sólo algunos se encontraban esporádicamente en el portal de la casa del fotógrafo Azcuy; en Guanabacoa en casa de Papito; en la casa de Paulina Ugarte, en las cercanías de El Canal del Cerro y en el Reparto Arroyo Apolo.

A inicios de los 70 iban al antiguo Johnny’s Dreams, en Miramar, ya convertido en Río Club, y casi único reducto nocturno para el jazz. Pero Gilberto Torres no olvidó quién era, aunque nunca pudo imaginar que los años por venir le reservarían un rol aún más importante en la permanencia de este grupo de entusiastas y apasionados de pies ligeros. Hasta que decidió encontrar un lugar en Santa Amalia, donde vivía entonces, y luchar por obtenerlo: justamente el local de la antigua bodega El Embullo, colindante con su modesta y reducida casa, sito en la Martí No. 270 entre Arnao y Santa Amalia, en la misma esquina donde confluyen las calles Martí y Santa Amalia, frente al parque principal de la barriada.

Ningún sitio quizás pudo ser más simbólico del vínculo de estos hombres con la música cubana: en Santa Amalia vivieron músicos relevantes, desde Doña Irene, creadora de la primera orquesta femenina, a finales del siglo XIX; Bebo Valdés, su hijo Chucho siendo muy niño, y los hermanos Barreto (Guillermo, el gran baterista, Roberto, Robby, clarinetista, y Alejandro Coco, en la trompeta). También en Santa Amalia vivieron Roberto Alvarez, pianista del Conjunto Casino, el director orquestal y pianista Rafael Ortega; el saxofonista y arreglista René Ravelo, y muchos otros, sin contar los jóvenes, como el saxo y clarinetista Germán Velazco, el trompetista Julio Padrón; el trombonista Juan Carlos Marín, quienes viven orgullosos de su pertenencia al musical barrio habanero de Santa Amalia, perteneciente al municipio Arroyo Naranjo.

Nunca se sabrá cuántas canciones, sones, guarachas, mambos, chachachás que hoy son verdaderos clásicos del repertorio cubano, nacieron en las modestas casas amalianas. En las décadas 1940-1950, la popular barriada era visita obligada de otros grandes, que acudían lo mismo en busca de un tema musical, inquiriendo un arreglo, o simplemente, para disfrutar en fiestas y encuentros memorables. Sostenido por esta historia legendaria, Gilberto Torres hizo su gran contribución a Santa Amalia: volvió a reunir al grupo, al convertir su modesta, pero cálida casa en el sitio de Los Bailadores de Jazz, que ahora completaban su nombre con el del barrio que les acogía. Sin reparar en distancias, aquel grupo de amigos renovó su entusiasmo, ése que reservaban convencidos de que que nada los detendría, que vendrían tiempos mejores para la música que amaban, y convirtieron la casa de Gilberto en una marca musical: La Esquina del Jazz.

Tuvieron que sortear obstáculos desagradables y turbias percepciones autoritarias, pero la Peña del Jazz, como también la llaman, se mantuvo contra viento y marea, hasta que tras la grisura de una época no tan corta como se hubiese deseado los grandes músicos cubanos que cultivaban el jazz fueron derribando barreras y haciendo un espacio al género, desde posiciones genuinamente musicales. Cuando en 1979 el multinstrumentista y showman Bobby Carcassés crea el Festival Jazz Plaza, habría también un lugar allí para Los Bailadores… Dizzy Gillespie fue la figura más prominente que participara en este evento, en sus ediciones de 1985 y 1986 y hasta Santa Amalia fue a ver a los ya cincuentenarios bailadores de Jazz, quienes le impresionaron tanto, que los invitó a bailar en su concierto en el teatro Karl Marx. Allí rindieron homenaje a su coterráneo el gran Chano Pozo, bailando Manteca, acompañados por Gillespie y su improvisada banda de respaldo.

A La Esquina del Jazz en Santa Amalia llegaron nombres que siempre habían sido objetos de adoración para el grupo: Dizzy Gillespie, Carmen Mc Rae, Roy Hardgrove, Arturo Sandoval, Chucho Valdés, Juan Formell y muchos otros, y todos los jazzistas y amantes del género que han pasado por La Habana, han ido a Santa Amalia, o han compartido con Los Bailadores que cada vez con más frecuencia desafían el tiempo sobre diversos escenarios. Cuando hace poco menos de un mes los vimos bailar en el Teatro Mella junto con la Preservation Hall Jazz Band, de New Orleans, asistimos a un suceso de extraordinaria emotividad, algo que debió ocurrir hacía mucho tiempo.

A William Torres Díaz, el hijo de Gilberto, la influencia norteamericana le llegó más directa con sello generacional por la vía del rap. Rapear le apasionaba y lo hacía no sólo en Santa Amalia, cuando ya se encaminaba a formar también su grupo, pero al morir su padre, supo que tendría que hacer algo diferente, pero imprescindible, y tomó el relevo cuando decidió que aquella casa, donde había vivido con sus padres, continuaría siendo La Esquina del Jazz. William ha sabido continuar en su aspecto práctico el liderazgo de Gilberto, desde un admirable respeto a su legado y a la obra cultural que día a día desde hace más de medio siglo han construido sus amigos bailadores de jazz.

Tras él, a La Esquina del Jazz han llegado muchos jóvenes atraídos también por su historia y la música inmortal que representan los mayores. Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia continúan su infatigable performance, que seduce todavía a varias generaciones de bailadores y jazzfans. Su historia inspiró a la realizadora cubana Gloria Rolando, que la recogió en su documental Nosotros y el Jazz filmado en 2004, cuando aún vivía Gilberto y otros que ya no están, lo que constituye un inapreciable documento sobre la historia de este singular grupo.

Otros cineastas han hallado motivaciones para tener a Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia en sus obras: los españoles Fernando Trueba, Javier Mariscal y Tono Errando incluyeron a tres parejas de ellos en su filme musical de animación Chico y Rita, a partir de una historia cubana. Otro español, Manuel Gutiérrez Aragón, en 2009 dirigió Música para vivir, documental que recoge recuerdos e imágenes de Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia. Esteban Insausti también ha contado con ellos para Club de Jazz, cinta en proceso de producción.

La autenticidad de este grupo y la lealtad a un género han hecho de ellos el paradigma viviente de la libertad que le distingue: la única atadura es el jazz, admirado con una condición atemporal, pero al mismo tiempo en su desarrollo inagotable. El jazz ha sido parte inalienable de sus vidas, y como tal, portador de una madurez que han logrado concretar en su vivir, al disfrutar alegrías y encarar momentos duros y difíciles. A quienes hemos compartido con ellos de manera reiterada, nos asombra su filosofía de vida, ésa que les permite disfrutar cada instante mientras bailan como si el momento fuese único e irrepetible.

La vida parece ser para ellos como cada pieza que danzan, con un principio y un fin previsible, y del mismo modo en que no hay tristeza cuando la música se detiene, así despiden también con tranquilidad y veneración al amigo que le ha tocado partir y al que volverán a recordar con alegría y jocosidad en el próximo encuentro donde volverán a bailar, como si estuviesen todos juntos otra vez. El baile y ellos, individualidades tan carismáticas como el grupo mismo, son el imán que atrae a todos a esa esquina dde Santa Amalia, frente al parque. Los que hemos seguido con asiduidad a Los Bailadores, los que nos hemos nutrido admirados de su filosofía de vida y de su alegría paradigmática, sabemos que nunca dejarán de bailar… mientras quede uno.

FUNDADORES SOBREVIVIENTES

Noemí Suárez Echarte, Mayi
Elsa Padrón Sola
Julián Zuaznábar Pintado
Abraham Peñalver Beltrán, Papito
Lázaro Miraban Betancourt
Roberto Cabrera González
Jesús Terry Rodríguez
Wilfredo Sotolongo Cossío
Norma Landeau
Neyda Zuaznábar
Teresa Orta
Adamari
Gilberto Valdés Zequeira
Jackie de la Nuez

FUNDADORES FALLECIDOS

Gilberto Torres, creador
Carlos Carrillo
Roberto Ureña
Ezequiel Cárdenas
Carlos Fernández
Dandy Crawford
Wilfredo Samá, El Fello
Frank Goiry
Roberto Toirac
Alberto Muñoz
Héctor Cruz
Ramiro de la Cuesta
Roberto Manzano
Gabino
Demetrio
Julio Bequé
Paulina Ugarte
Dora Samá
Alicia Laza
Justina Justiniani
Juan Picasso
Lázaro Montero Fragoso

Cuando este trabajo ya estaba terminado y esperaba por su publicación, llegó la noticia del fallecimiento de Lázaro Montero Fragoso, a los 84 años de edad. Lázaro fue mi mayor colaborador en la investigación y redacción de esta historia. Fue él quien aportó los nombres de sus fundadores e integrantes actuales, pues con celo había recopilado todo aquello que consideró podría contribuir a preservar la historia de Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia.

A Lázaro Montero, mi gratitud reiterada y mi homenaje póstumo, y a todos los Bailadores de Santa Amalia, a William Torres y a su familia, también con agradecimientos, va este pequeño tributo.

Rosa Marquetti Torres
Desmemoriados. Historias de la música cubana
3 de febrero de 2016.

Nota: En Desmemoriados, fotos que vale la pena ver.

Video: Los Bailadores de Jazz de Santa Amalia bailando con la Preservation Hall Jazz Band, en la inauguración del Festival Jazz Plaza 2015, en el Teatro Mella de La Habana.

miércoles, 27 de abril de 2016

Gabo, otro que bien baila


Gabriel García Márquez un muchacho colombiano, al que el destino y la herencia familiar le tenían reservada una plaza de telegrafista en Aracataca, se pudo salvar de la música mecánica de la clave Morse y de los desconcertantes textos de los telegramas: "Te quiero. Voy jueves".

Lo que ocurre es que, en la medida que pasa el tiempo, allá solo en el cielo de Macondo, la magia que dejó en la tierra y las contraseñas que enseñó para el invento y la exageración, permiten que, a cada rato, se le agreguen a su biografía ya cerrada nuevos oficios en los que hubiera podido o querido triunfar en la vida.

Hace un tiempo, y a partir de una frase en la que él mismo decía que se sentía capaz de cambiar toda su obra literaria por la posibilidad de escribir un buen bolero, se le hizo la cruz como a un cantante frustrado y se llegó a decir que se había dejado el bigote para parecerse al bolerista caribeño Bienvenido Granda y que persiguió a Armando Manzanero para que le enseñara a redactar uno de esos poemas que se bailan.

En un simposio celebrado sobre su vida y su obra en Austin, Texas, en el que participaron decenas de escritores, periodistas, familiares y amigos, la mexicana Elena Poniatowska presentó al autor de Memoria de mis putas tristes como un gran bailador de cumbia.

La premio Cervantes 2013 lo recuerda en unas fiestas que organizaba Carlos Fuentes en Ciudad de México como un jovencito delgado y nervioso "con un rayo de angustia que atravesaba sus ojos" y que bailaba despreocupado porque no era el centro de la fiesta. Era un tipo que vivía en pensiones, que no había escrito Cien años de soledad y se presentaba en aquellos saraos de los años 60 a tirar unos pasillos del baile colombiano.

La escritora dijo que después de que García Márquez se encerrara a escribir y terminara su gran novela debió de enviar los manuscritos a la Editorial Sudamericana de Buenos Aires en dos paquetes, porque no tenía dinero para mandarlos de un golpe y debía varios meses de la renta de la casa y varias cuentas en la carnicería.

Elena Poniatowska aseguró que si su amigo el bailarín de cumbia no hubiera tenido urgencia de escribir para comer, no existiría Cien años de soledad, una obra que dio a los lectores de América Latina "una aureola de radiaciones que antes solo conocían los santos de la Iglesia. Ningún libro de autoayuda ha logrado el cambio de hábitos ni de fe en sí mismo como esta novela".

Rodrigo García, uno de los hijos del escritor, había dicho poco antes que su padre "hubiese querido ser director de cine", pero se tuvo que conformar con escribir guiones. Dijo que el Gabo tuvo la posibilidad de dirigir una película, pero, "por suerte, fracasó".

Así quedan las cosas: García Márquez podría haber sido bolerista, bailarín y director de cine. Vendrán más oficios.

Raúl Rivero
El Mundo, 3 de noviembre de 2015.

Foto: Gabriel García Márquez. Tomada de El Mundo.


lunes, 25 de abril de 2016

¡Tata, métele uña!



A Federico Arístides Soto en Nueva York le decían Manos de Oro. Pero universalmente fue conocido por su nombre artístico, Tata Güines, fundador de un estilo único en la tumbadora.

El 4 de febrero de 2016 se cumplieron ocho años de la desaparición física de un hombre que revolucionó la forma de tocar los cueros, colocando golpes sueltos en la melodía como nunca antes se había escuchado. Mientras él se ganaba al mundo tocando, las nuevas generaciones de cubanos no teníamos conciencia de su arte y que dejó en la descarga Pa gozar. Todo un clásico cuando se habla de jazz latino.

Tata es venerado en Güines, su pueblo natal, hoy uno de los once municipios de la provincia Mayabeque, al sur de La Habana. Cuentan quienes le conocieron, que en una procesión en honor a la virgen de Santa Bárbara, salió antes que el cura vestido de rojo y blanco.

Algunos vecinos todavía recuerdan que sus primeras tumbadoras fueron dos latas vacías, una de chorizos y otra de leche condensada. Por sus venas corría la música: su padre tocaba el tres y durante mucho tiempo dirigió el Sexteto Partagás. Allí debutaría el Tata.

En la década de 1940 toca con Arcaño y sus Maravillas. En 1953 lo hace en otra orquesta famosa, Fajardo y sus Estrellas, con quien viaja a Nueva York, donde triunfa y es apodado Manos de Oro.

La influencia del jazz en los tres años que pasó en Estados Unidos (tenía su cuartel general en el hotel Waldorf Astoria), fue decisiva en su forma de hacer música. Tata regaló su virtuosismo a un exigente y y renombrado público entre los que se encontraban estrellas como Carmen Miranda (1909-1955), Antonio Gades (1936-2004) y Alicia Alonso (1921).

En aquella época, dentro o fuera de la isla, tocó con grandes de la música cubana como Cachao (1918-2008), Machito (1908-1984), Chico O'Farrill (1921-2001)y el gran pianista Frank Emilio Flynn (1921-2001), con quien hizo historia en el Quinteto de Música Moderna.

"Tata, métele uña", se podía escuchar en sus conciertos, con Frank Emilio o con el pianista Ernan López Nussa, con quien también compartió escenarios en los últimos años de su vida.

"Yo me dí a la tarea de modernizar las tumbadoras, la tarea de colocar los golpes sueltos en un tema. Porque los golpes sueltos los haces cuando el cuerpo te lo pide, pero con mucho respeto a quien está soleando. Tocar con las uñas no me costó tanto trabajo, se trataba de sacar un sonido nuevo", le explicó Tata a un periodista.

Y le contó que "se me ocurrió en el cabaret Montmartre, en un tema que se llamaba La chancleta, donde se hacía la clave con una chancleta de palo para que sonara a madera. Luego los hacía yo con las uñas. A partir de entonces me decían: ¡Tata, métele uña!

Liz Beatriz Martínez Vivero
Agencia Cubana de Noticias, 4 de febrero de 2016.

viernes, 22 de abril de 2016

Dandy Crawford, el penúltimo showman cubano


No fue famoso, ni popular. Apenas disfrutó de giras internacionales, pero se mantuvo fiel a aquello en que creía, cantando la música que le gustaba, la que había defendido desde siempre, haciendo lo que entendía se le daba mejor, y dicen que lo asumía con un profesionalismo paradigmático.

Quizás haya sido uno de nuestros primeros showmen, aunque apegado al estilo de aquellos cantantes y bailarines afroamericanos de la era del swing, a quienes tuvo como modelos inmediatos en sus inicios. Apenas grabó discos, pero su nombre aparece en algunas referencias fundacionales de más de un hito importante que merece ser recordado.

Cantante, animador y bailarín, al llegar a este mundo le fue dado un nombre, que ningún desprevenido reconocería en él: Armando Rodríguez Cárdenas. Muchos pensaron, con seguridad, que sería uno de los tantos pichones de jamaiquinos con apellidos que denotaban ese supuesto acervo genealógico, pero lo cierto es que, al parecer, no había nada que lo remitiera a ese origen: había nacido en La Habana el 27 de octubre de 1921.

Desde muy temprano, todavía adolescente, ya se sentía atraído por la música que llegaba desde los Estados Unidos. No se sabe cómo aprende inglés y cómo llega muy pronto a recrear sus canciones preferidas del repertorio norteamericano. Así se produce su entrada al mundo artístico en la década de 1940 en las emisoras Radiodifusión O’Shea; en Radio Mambí, acompañado al piano por el compositor Orlando de la Rosa, en un programa dirigido por José Antonio Alonso, y en la RHC Cadena Azul con el grupo American Swing, del pianista Luis Mendoza, en el que figuraban Gustavo Mas, el también tenorista Emilio Peñalver, el baterista Evelio Quintero y los trompetistas Alejandro 'Coco' Barreto y Raúl Hernández (Cootie Williams). Con este grupo se presentaba también quien sería la primera cantante cubana de jazz: Delia Bravo.

En el programa El Club del Swing, que se transmitía los miércoles desde los estudios de la radioemisora CMQ, en Monte y Prado, acompañado por una Big band dirigida por un pionero del jazz en Cuba, Armando Romeu, entre otros números, Dandy interpretó Lady Be Good, de G. Gershwin, en una grabación de 1945, y Candy, de Kramer-David-Whitney, en registro fechado el 13 de junio de 1945.

Otras grabaciones de Dandy Crawford ese mismo año, también en CMQ, están disponibles en You Tube gracias al buen hacer de mi amigo René Espí, quien también pudo rescatarlas de la desidia. Se trata de Blue Skies, de Irving Berlin (video que encabeza este post), Kalamazoo, Warren Gordon, con el acompañamiento de una orquesta dirigida por Félix Guerrero, y Honey Luckle Rose, respaldado por la orquesta de Armando Romeu.

En 1949 ya integra como cantante la orquesta del cabaret Tropicana, que dirigía Armando Romeu, y permaneció un tiempo más en esa formación después que Víctor Correa, empresario del gran centro nocturno, decidió eliminar a Romeu y lo hizo sustituír por el director cubano-español Adolfo Araco. Volvería años después a la pista del cabaret bajo las estrellas. Pero probablemente mucho antes, ya Dandy, con esa pasión que sentía por la música norteamericana y sin saber que estaba siendo parte de un hecho fundacional, era inseparable de algunos muchachos que no llegaban a los veinte y con los que compartía idénticos gustos.

Solían frecuentar los bares del puerto para encontrarse con los marineros que desde New Orleans, venían en tripulaciones de paso por La Habana y traían aquellos discos que perseguían sin tregua los que luego serían “los muchachos del feeling”. Dandy estuvo muy vinculado, desde sus inicios, al movimiento del feeling y es en aquellas reuniones que hoy pueden llamarse descargas, donde comenzó a incursionar en el scat vocal, según Leonardo Acosta, fue el primer cantante cubano que logró hacerlo. “Es cierto que el bebop, incluso en su vertiente cantada (scat vocal) tiende a convertir la voz humana en un instrumento, lo que no sucede en el feeling, y sin embargo de este movimiento surgieron los dos primeros cantantes de scat de Cuba: Dandy Crawford y Francisco Fellove, que fue el creador de un scat con fraseo cubano”, remarcaría Acosta.

De aquellos inicios, contó el compositor y cantante Ángel Díaz, uno de los fundadores del movimiento del feeling: “Cuando yo tenía 16 ó 17 años, era amigo de Luis Yáñez y de Dandy Crawford, y nos íbamos al puerto en la Habana Vieja para oír jazz. Allí bailábamos, y escuchábamos a Dizzy Gillespie, Billie Holiday, Benny Goodman, porque en todos los bares del puerto -estoy hablando de los años 30 y 40- habían victrolas, y los marineros norteamericanos bajaban… Nosotros queríamos bailar boogie-woogie y jitterbug (baile muy popular en Estados Unidos en aquella época, se bailaba con gran energía y haciendo acrobacias al ritmo de las Big bands). ¿Por qué la palabra feeling? Porque cuando nosotros bailábamos en casa del saxofonista Bruno Guijarro, en Pogolotti -Luis Yáñez, Dandy Crawford, Humbertico y yo- nosotros habíamos escuchado en dos o tres canciones, que decían 'feeling, feeling'. Le preguntamos a Dandy Crawford, que sabía inglés qué quería decir 'feeling' y él respondió: sentimiento. Entonces empezamos a usar esa palabrita: Tú tienes feeling, tú no tienes feeling...”



Se gestaba entre esos jóvenes un nuevo modo de componer y cantar canciones, donde la letra daba paso a textos más cercanos a la poesía y la música, a partir de la riqueza del bolero, denotaba complejas armonías y las cercanas influencias del jazz. Dandy no era compositor, pero con su voz y estilo, fue entusiasta y asiduo participante en aquellas descargas que organizaban los muchachos de feeling (José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz, Jorge Mazón, Angel Díaz, Rosendo Ruiz Quevedo, Luis Yáñez, Armando Peñalver y muchos otros), en especial las “descargas de jazz y son” que organizaba la compositora y pianista Isolina Carrillo, y que frecuentaban la cantante Paulina Alvarez, el saxofonista Virgilio Vixama y el contrabajista Alfredo León. Allí, en el grupo de los creadores del feeling, junto a Francisco Fellove, quien luego en México acabaría por ser El Gran Fellove, iniciarían un modo de cantar, un fraseo inusual que los definiría como los primeros en Cuba en hacer scat vocal, no en un entorno específicamente jazzístico, pero sí fuertemente influenciado por el jazz.

Dandy continuaría en el entorno de aquel grupo filinesco y por ello, se le vería como cantante principal, a finales de 1949, de un grupo ocasional que se formó para presentarse en una fiesta durante la celebración del 31 de diciembre en la Community House, una sociedad de norteamericanos residentes en Cuba, junto a José Antonio, en la guitarra eléctrica; Rosendo Ruiz Quevedo, guitarra acústica; Frank Domínguez, piano; Isauro Hernández, contrabajo; Leonardo Acosta en el saxo alto; Francisco Fellove, congas y voz (en las guarachas y los mambos) y Luis Yáñez en las maracas, güiro y claves, así como en los coros. Dandy tenía a su cargo los boleros y las canciones en inglés. Después permanecieron como grupo un tiempo más, con las lógicas altas y bajas.

En julio de 1954, viaja contratado a la República Dominicana, para presentarse en varios centros nocturnos de Santo Domingo. En enero de 1956 vuelve a Tropicana para formar el elenco de los shows Fantasía Mexicana y Noches del Trópico, junto a los estelares bailarines Ana Gloria y Rolando, Leonela González y Henry Boyer, la soprano Xiomara Alfaro, el Cuarteto D’Aida (en su formación original), coincidiendo con el debut de Nat King Cole en el afamado cabaret, y teniendo entre sus distinguidos espectadores a los actores Marlon Brando y Joan Crawford y su entonces esposo Alfred Steele.

El siguiente año, 1957, le traería a Dandy su primera y única oportunidad cinematográfica, al ser aceptado en el numeroso elenco del filme mexicano Yambaó, rodado en Cuba por el realizador germano-mexicano Alfredo B. Crevenna y con la famosa vedette cubana Ninón Sevilla en el rol protagónico. Ese mismo año aparece en el programa televisivo Jueves de Partagás, del circuito CMQ, donde comparte cartel nada más y nada menos que con Rita Montaner.

Son los años de su actuación en el cabaret Sans Souci como cantante del grupo dirigido por el pianista Frank Domínguez, y formado por César Portillo de la Luz, Gastón La Serie y Alfredito León, entre otros, en tandas alternas con el Cuarteto D’Aida. Después se presentarían también, en formato similar, en el cabaret Montmartre y más tarde en el club Sherezada. En octubre de 1958 Dandy vuelve al Sans Soucí, pero esta vez en el elenco de una revista de ambiente haitiano montada por Víctor Alvarez, junto a Martha Jean Claude y otros, donde también demostraba su dominio del francés. Viajó también a Haití, Colombia y Estados Unidos, llevando su arte escénico variado y colorido, y su excelente voz a sitios nocturnos de esos países.

No abandona el jazz, sigue vinculado a los músicos y sus avatares, y es de los primeros en acudir a las descargas de jazz que organizaban en Tropicana los músicos de su orquesta de planta apoyados por otros que iban a descargar y cuyos nombres hoy forman parte de la historia del género en Cuba: Bebo Valdés, Armando Romeu, Fernando El Negro Vivar, Leonardo Acosta, y muchos otros. En 1956 el apuesto cantante y actor afroamericano Harry Belafonte publica su tercer álbum de estudio bajo el título Calypso (RCA-Victor LPM-1248), que se convertiría en su segundo álbum en alcanzar el primer lugar en la lista Top Pop Albums de la revista Billboard y donde permanecería por 31 semanas consecutivas. Comenzaría así la gran popularidad del calypso, que el carisma de Belafonte ayudaría a expandir. A su fama en Cuba contribuyó también su presencia en Island in the Sun, como actor y compositor -junto a Irving Burgie- del tema que da título al filme, dirigido por Robert Rossen, junto a Dorothy Dandridge y Joan Collins, aunque lo más popular en Cuba, a donde la voz de Belafonte llegó con la usual rapidez de entonces.

Pues bien, ¿en Cuba quién si no Dandy Crawford podía asumir el reto del nuevo ritmo foráneo? Como era habitual en él, replicó con creatividad el canto y el ritmo de Belafonte de modo excelente. En 1959 ante la popularidad del calypso, Julio Gutiérrez vuelve a demostrar su ductilidad para asimilar los nuevos ritmos de moda, cuando crea la formación Julio Gutiérrez y sus Cuban Calypsos, y por supuesto, ahí está Dandy Crawford como voz solista. Con esta formación realizó sus únicas grabaciones de estudio. Tres números los cantó en inglés: Banana Boat, Jamaica Farewell y Matilda, Matilda, y tres en español: Nora, La pulguita y Ron con Coca Cola. Canciones que si bien se alejan completamente del jazz, permiten a Crawford mostrar su capacidad para asimilar otros géneros.

Como saldo significativo de la década de 1950, además, Crawford había transitado por los escenarios de los más importantes cabarets del país: el Casino Nacional, Montmartre, Zombie Club, acreditando lo que caracterizaría su carrera musical: ser un cantante de cabaret. Cuando a fines de los 50 se crea el Club Cubano de Jazz, ahí está Dandy, presto a incorporarse a sus actividades y descargas. A partir de 1960 la carrera musical de Crawford le lleva a los clubs que, emulando a los grandes cabarets aunque con un sello propio, se multiplicaban por la ciudad desde finales de la década anterior.

En julio de 1960 trabaja una temporada en el club La Gruta, en 23 y O, en la céntrica Rampa con Esther Montalván y las Hermanas Cano, como siempre, con un repertorio internacional en inglés, francés y portugués, y motivando positivas opiniones de la prensa especializada. También ese año participa en la descargas programadas en el Hotel St. John’s, compartiendo pista con Doris de la Torre, Elena Burke y Frank Domínguez, Pacho Alonso, el duó Renée y Nelia, Felo Bergaza, Ela O’Farrill y otras figuras de la onda feeling. En enero de 1961 se le podía ver y escuchar en el Club Le Mans, recién inaugurado un mes antes, junto a Pacho Alonso, y otros populares artistas. En el Cabaret Nacional, con Fernando Álvarez, Pío Leyva, Anisia y Rolando, Amparito Valencia, Berta Pernas. Y en el cabaret del hotel Habana Libre participa en la descarga Constelación de Estrellas, en homenaje a Humberto Anido, junto con Gina León, Juana Bacallao, Tata Güines y el Cuarteto de Meme Solís, entre otros.

En 1961 actúa en producciones de envergadura como Me voy pa’l Brasil, en el Casino de Capri (hoy Salón Rojo) con Los Bucaneros, Gina León, Tony Escarpenter. En el escenario rivaliza con Juana Bacallao en situaciones hilarantes. De su desempeño en este espectáculo, diría la prensa: “Dandy ha sido sorpresa para todo el mundo. Estaba preterido, virtualmente eclipsado, pese a sus estupendas aptitudes histriónicas. Su labor lo pone a la cabeza de todos los cantantes revisteriles del año artístico.” Al finalizar 1961, en el balance que anualmente realizaba la revista Show, es elegido el mejor cantante en ese estilo. La pista del Capri vuelve a recibirle en octubre de 1962 al figurar en el elenco del recordado espectáulo La Caperucita se divierte, al lado de Juana Bacallao, Maggie Prior y el Cuarteto de Meme Solís. El periódico Revolución lo señala como cantante destacado en un show durante 1961.

Muchos hoy recuerdan el excelente y divertido tándem que conformara con la Bacallao. En 1963, Revolución lo selecciona entre los artistas de cabaret más destacados, junto a Elena Burke, Marta Strada, Juana Bacallao, con mención para Myriam Acevedo, Las Capella y Los Bucaneros. Poco más de año y medio después, en diciembre de 1964, regresa al gran cabaret, la producción Gina a lo Riviera, en el Copa Room del hotel Riviera, con Gina León, como figura estelar, y Juana Bacallao, Las D’Aida y Los Papines en el elenco. En octubre de 1966 se presenta en el Cabaret Nacional, en Prado y Neptuno, y en agosto de 1967 se le podía escuchar en el entonces famoso bar Pico Blanco del Hotel St. Johns, junto a Moraima Secada y otros. En septiembre de 1971 canta de nuevo en el Copa Room del Riviera con Los D’Enríquez, Bobby Carcassés, Los Geovani, Las Hermanas Valdivia y Las Capellas. En noviembre de 1972 se le puede ver en el Rincón Azul con Ezequiel Cárdenas y otros.

En su blog Detrás del pentagrama, el músico cubano Omar Alfonso Reyes Canto recordaba así a Dandy Crawford:

-Exactamente en el año 1975 tuve la oportunidad de acompañar a este formidable artista en el show que noche a noche se presentaba en el salón Libertad del emblemático Hotel Nacional de Cuba. Desde un principio, en los mismos ensayos del show, me di cuenta de que estaba ante un verdadero profesional de la música; además de que algunos músicos que con anterioridad ya habían trabajado con él, así como algunas personas que en distintas funciones laboran en el cabaret, le conocían, daban fe de ello. La presentación estelar de Dandy era al final del show. Cantaba en portugués, francés, inglés y por supuesto, en español.

-El repertorio que interpretaba, en cuanto a géneros musicales a saber, era exquisitamente variado, lleno de un colorido internacional, donde los ritmos fluctuaban entre baladas, sambas, bossanovas, bolero-feelings, guaguancó descargas, guarachas, chachachas, sones... Pero debe mencionarse mencionar de que toda esa panorámica musical que él exponía en sus shows, estaba apoyada por magistrales arreglos musicales.

-De sus formidables interpretaciones, recuerdo una en específico, que nosotros los músicos disfrutábamos acompañar. Era una de las bellas páginas musicales que el gran compositor, arreglista y director de orquesta René Touzet había concebido unos pocos años atrás: No te importe saber, con un arreglo espectacular en jazz de la gran maestra Enriqueta Almanza. Un estilo único que Dandy interpretaba magistralmente y que al final cobraba un aire de guaguancó que Dandy bailaba al compás de los giros e improvisaciones del bongosero de nuestra orquesta.

También en la década de 1970, como uno de sus últimos trabajos en el gran cabaret, Dandy fue figura importante en la producción Se cambia, se cambia, en el ya Salón Rojo del Capri, bajo la dirección de Olga Navarro, compartiendo cartel, entre otros, con los mimos Olga Flora y Ramón, y de nuevo con Juana Bacallao. El cierre de muchos centros nocturnos en dos ocasiones distintas, a finales de la década de los 60 y en los inicios de los 70, privó a muchos artistas de su medio natural de expresión, al limitar sus posibilidades de trabajo.

Fue el caso de Dandy Crawford quien, como se aprecia, desarrolló la mayor parte de su carrera, por no decir toda, en cabarets y centros nocturnos. Esta situación fue solventándose de un modo otro, pero algunos desde posiciones de poder enfrentaron el cabaret a los proyectos que se encaminaban para elevar la cultura popular, estigmatizándolo y limitando con ello, la identificación de figuras de valía musical con esos escenarios, como sí había ocurrido en años anteriores. Tal antagonismo, la subvaloración de sus reales posibilidades y las renuncias lógicas que le siguieron, están en los orígenes de una verdad: el cabaret, como hecho artístico, nunca volvería a tener la relevancia que le había caracterizado en décadas anteriores.

Para colmo, el de los showmen en la tradición de Broadway, nunca fue un estilo de amplio reconocimiento popular en Cuba, y más bien disfrutó de sus días de gloria únicamente en los escenarios de cabarets y night clubs. Con poco más de 50 años, Dandy ya no podría reinventarse y así, como ocurrió con su medio natural, asistió a la desaparición de un estilo: el de los showmen al estilo norteamericano que le inspiraron y que él imitó con el acierto que siempre le fue reconocido, recorriendo un camino de géneros que lo llevara desde el swing hasta elcalypso, pasando por los géneros cubanos más raigales.

Y de ese modo, los días se le hicieron más breves y las noches perdieron el encanto que para él tuvieron siempre; regresó todos los días cada vez más temprano a su Cayo Hueso, hasta que las luces se apagaron y los escenarios desaparecieron para siempre bajo sus pies. Como sus compatriotas Francisco Fellove y Amado Borcelá, más conocido por Guapachá, exponentes únicos del scat vocal en Cuba, Dandy Crawford tampoco fue popular. Nunca logró el favor general del público, ese ansiado “pegarse”, y debió contentarse con los aplausos que recibió casi siempre en los principales cabarets y night clubs que inundaron La Habana hasta bien entrados los años 60.

Armando Rodríguez Cárdenas, o mejor Dandy Crawford falleció en La Habana, el 9 de noviembre de 1998.

Rosa Marquetti Torres
Desmemoriados. Historias de la música cubana,
27 de noviembre de 2015.

Foto: De los años 40, con algunos de los primeros jóvenes habaneros seguidores del "feeling". A la derecha, con sombrero, Dandy Crawford, a su lado, vestida de blanco, Panchita Swing, que debe haber sido una gran bailadora de ese ritmo. Detrás, una muchacha llamada Marita. A la izquierda, Ángel Díaz, y detrás de él, Luis Yáñez. También aparece un sobrino de Dandy, entre otros. Tomada del blog Desmemoriados. Historias de la música cubana, donde pueden verse más fotos de Dandy Crawford.

miércoles, 20 de abril de 2016

Calixto Callava: rumbero, cantante y compositor



Dicen y no sin razón que lo mismo podía crear una melodía de amor que una encendida rumba. Tal fue el caso de Calixto Callava, compositor de no pocas rumbas, sones y boleros. El también cantante nació el 14 de octubre de 1930 en el barrio de Belén, La Habana.

Por eso no resultó casual que desde pequeño se inclinara por el pentagrama, pues la barriada donde también se crió ha sido cuna de famosos rumberos famosos.

Desde muy joven, Calixto admiró a Chano Pozo, a quien veía diariamente transitar por las calles de su barrio. El notable percusionista le inspiraría después dos rumbas: Chano en Belén y El callejón de los rumberos, una de sus composiciones más famosas. Las dos sintetizan el sentimiento fraterno que el legendario percusionista despertara en un habanero llamado a trascender en la música cubana convertido en un mítico rumbero.

Aunque Calixto Callava dio renombre a la rumba como compositor, desde muy joven trabajó como estibador en el puerto de La Habana. La dura faena le permitió subsistir y en aquel ambiente se inspiró para escribir muchos de sus temas. En el puerto, Callava se unió al legendario Pancho Quinto y otros amantes de la rumba. Juntos formaron en 1961 el grupo de Guaguancó Marítimo Portuario, con el cual alcanzaron premios y triunfos en festivales de aficionados.

En 1986 el grupo se reorganizó para dar lugar a Yoruba Andabó, agrupación que también tuvo entre sus fundadores a Calixto Callava. Con Yoruba Andabó no solo cantó: en el repertorio se incluyeron varias rumbas de su autoría, como El congo, Guaguancó sabroso, Mi puchunga de amor, Inútil espera, Tagüiri y Tiembla la tierra. El primer disco de Yoruba Andabó lo tituló El callejón de los rumberos, la emblemática rumba de Callava.

En 1950, Calixto viaja a México en busca de fama. El entonces joven compositor hizo el viaje como polizón, escondido en la bodega de un barco. Ya en tierra azteca, la realidad disipó sus sueños. Deambuló por cabarets y tocó puertas que no se le abrieron. La nostalgia y el infortunio allí vividos lo hicieron regresar a la isla.

Pese a las dificultades, en su memoria quedaron muchas imágenes gratas y eso lo alentó a escribir tres canciones dedicadas al país que le negó los laureles: México, distrito federal, Mande, usted y México, qué grande eres, guaracha que Celia Cruz grabó con la Sonora Matancera.

Calixto es autor de un famoso bolero: Lo añoro, popularizado por Vicentico Valdés y la Sonora Matancera. Fue inspirado en una experiencia amorosa de su juventud: Callava solía reunirse con amigos en un bar-restaurante de la barriada de Colón. Todos los días, alrededor de las cuatro de la tarde, pasaba una muchacha que atrajo su atención, pero como ella no reparaba en él, el compositor decidió propiciar un encuentro. Cuando éste se produjo, le improvisó unos versos y como ella tampoco le hizo caso, le dijo: “No importa, algún día yo tendré una como tú”. Sorprendida, la joven y le regaló una sonrisa. La musa que le inspiró Lo añoro se convertiría en madre de varios de los hijos del rumbero, fallecido el 16 de diciembre de 1990.

Calixto Callava falleció a los 60 años, el 16 de diciembre de 1990. Entre los sones que nos legó se encuentran La tumba brava y El retozón, los dos interpretados por Roberto Faz y su Conjunto, y Tumba Yaya, del cual la Sonera Ponceña hizo una versión. Es igualmente autor de Lo bailo solo, incluido en el repertorio de Pello el Afrokán cuando el ritmo 'mozambique' causaba furor en Cuba. Una de sus últimas canciones fue Canta la ceiba, baila la palma real, grabada nada menos que por Los Van Van:


Grisel Chirino Martínez
Radio Cadena Habana, 8 de enero de 2016.
Video: Yoruba Andabó en El congo, de Calixto Callava (quien lo subió a You Tube al parecer desconocía el nombre del autor y puso DR).

Ver también: La familia Aspirina. Y leer: Cancionero rumbero

lunes, 18 de abril de 2016

Daniel Santos, el anacobero de La Habana




En el estudio de RHC-Cadena Azul, el locutor Luis Villader, ganaba el primer aplauso, previo a la salida del cantante. Algo aturdido por los acordes musicales y la ovación del público, el presentador comete un error que estaba lejos de imaginar, definiría al mito.

Como siempre, comenzaba su actuación con la canción Anacobero, del autor puertorriqueño Andrés Tallada, el presentador confunde los términos: “Con ustedes el Anacobero, Daniel Santos”.

Daniel entra danzando, dando nota de la pincelada caribeña, cuando invita a una dama al escenario. Al instante, todas las muchachas quieren subir a bailar con él y se forma ese alboroto en proporción hormonal inusitada, del cual sólo sabemos las cubanas.

Según los códigos lingüísticos de la Sociedad Secreta Abakuá surgida entre los esclavos africanos en Cuba, Anacobero en la jerga del ñáñigo, venía a sonar al común de los mortales como el “diablo”. De su inquietud, después supo La Habana, porque esta vida es un misterio.

Daniel Santos estuvo entrando y saliendo por quince años de la Cubita de sus amores. “Gozando y jodiendo”, dicho por él. Pero, cómo explicar que justo cuando decidió volver a La Habana, la muerte le arrebató el propósito.

Ya en septiembre de 1946, la prensa cubana daba cuenta de sus andanzas. Y no fue por gusto que vino a dar acá, de cuantos lugares había para triunfar o gozarse la vida.

Allá en “el Nuevayol” como solía nombrarlo, conoció a varios músicos cubanos con los que simpatizó y cuando le tocó “decirle adiós a los muchachos”, para servir en una contienda ajena, sostuvo una animada correspondencia con su “madrina de guerra”, la cancionera manzanillera, Toty Lavernia, la estilista del bolero. Al Japón fue a dar un retrato de Toty en una revista habanera. La simpatía entre ellos fue instantánea, al enterarse por la propia publicación, que ella interpretaba muchas de las composiciones que él acostumbraba a cantar.

¡Siento un bombo mamita! Ciertamente Cuba le llamaba. Ya sabía que era un cabaret andante. Daniel creyó, fervientemente, que las mujeres más lindas y los centros nocturnos más espectaculares, estaban aquí. Era su sabor, decía, la ilimitada profundidad de la lujuria.

Por eso, la Habana fue su escenario natural, su casa, su base. No podía vivir sin este aire del Malecón que respiraba al salir de un programa de radio, con cuantas mujeres posibles, los socios al acecho para la parranda o dispuestos para las guaperías.

En las primeras publicaciones aparece con su brazo entorchado en gasa, como consecuencia del terremoto que lo sacudió en la República Dominicana, en días anteriores.

“Ya había alcanzado la posición ambicionada desde muchacho. Yo fui con la orquesta de Pedro Flores y allá estuve dos meses con mis paisanos. Era una artista exclusivo de la Decco y tenía muchos discos grabados. Recibí muy buenas ofertas para Santo Domingo, antes de venir a La Habana a actuar por la RHC-Cadena Azul”, dijo a la revista Bohemia, a su llegada.

Se lanzó a explorar las emisoras cubanas, que para entonces proyectaban desde Cuba, a las mejores voces de Latinoamérica y el mundo. Pero no fue hasta que se unió a la orquesta Sonora Matancera, que alcanzó la cúspide, cuando “uno hizo al otro”.

La escandalosa vida de Daniel Santos, unida a su popularidad incuestionable, inscribió en la memoria editorial, como en la de sus contemporáneos que aún lo veneran, inolvidables episodios. Unas veinticinco mil cartas de apoyo, impidieron que -en el momento de sus “mayores excesos”- la Asociación de Artistas de Cuba lo expulsara del circuito y del país.

Igualmente, la veneración del tristemente célebre presidente, Carlos Prío Socarrás, lo libró a medias de una de sus incursiones por la Cárcel del Príncipe. Allí nace la melodía y letra de El preso, que ningún sesentón olvidaría.

Transcendió como un hombre de su época, bohemio, parrandero, machista y consecuente con su origen de clase.

Porque Daniel Santos, como nacionalista puertorriqueño, también supo identificarse con el naciente proceso de cambio que se gestaba en Cuba. De ahí surge su inolvidable obra, que todos los días 26 de Julio ponen en la TVC, sin que ningún joven sepa, que ése es el boricua. Son las estrofas de un himno que exhorta “ayúdalos a vencer”.

Lo escribió sobre una servilleta en Venezuela, al conocer por la prensa sobre la supuesta muerte de Fidel en la Sierra Maestra. Así se llama la canción. La grabó clandestinamente en Nueva York y vendió personalmente los discos para ayudar al Movimiento 26 de Julio. Mantuvo también el apoyo a la Revolución cubana incipiente. De todos esos tonos estaba hecho el Anacobero.

No le resultó indiferente a nadie. Los más importantes músicos lo buscaron, compartieron escenarios, bares y cantinas. Las mujeres que lo amaron, aún suspiran. Ésa, es otra historia. Sólo se reconoce un hijo nacido en La Habana de su matrimonio con la cubana Eugenia Pérez.

Además de con La Sonora Matancera, con quienes alcanzó la cima de su popularidad en La Habana grabó con la Orquesta Los Jóvenes del Cayo. Los testimonios de sus sobrevivientes, como de otros artistas contemporáneos, se atesoran como parte de una investigación cultural demostrativa del vínculo histórico entre Puerto Rico y Cuba.

Daniel Santos hizo época con sus interpretaciones de las más emblemáticas obras de Isolina Carillo, Jesús Guerra y Pablo Cairo, entre otros autores cubanos. Y dio a conocer, con notable éxito, sus propias composiciones musicales, del cual se acumula una obra inmensa.

Hoy, cuando aún resultan tímidas las deferencias a su existencia, Cuba se suma al homenaje por su centenario.

Por On Cuba Magazine, 6 de febrero de 2016.

Nota.- Este texto forma parte de un libro inédito titulado Daniel Santos La Habana que hay en mí. La autora trabaja también en un guion cinematográfico, basado en su propia obra. Para la realización audiovisual se encuentra buscando financiamiento.
Video: Escena de El ángel caído, de 92 minutos de duración. Dirigida por Juan J. Ortega y con Rosita Quintana y Rafael Baladón en los roles centrales, la cinta fue filmada en 1948 en los estudios Churubusco de México y Plaza de La Habana y estrenada el 16 de junio de 1949 en el cine Mariscala, en la capital mexicana. En El ángel caído, Daniel Santos canta y baila con la Quintana, la guaracha Tíbiri Tábara, de Pablo Cairo. Les acompaña la Sonora Matancera, con el pianista Lino Frías, uno de los personajes del mito de la Sonora Matancera. Entre 1937 y 1960, la Sonora participó en ocho películas.

viernes, 15 de abril de 2016

La cocina y la música cubana



¿Qué relación existe entre Reynaldo González, Premio Nacional de Literatura, el arte de la cocina y la música cubana? La clave para desentrañar el nexo entre estas variables aparentemente desconectadas la encontré en la 25 Feria Internacional del Libro de La Habana, del 11 al 21 de febrero de 2016.

Hace dos años, el Proyecto Cocina y Cultura Alimentaria se introdujo como una opción más dentro del programa del evento literario, con el objetivo de ampliar la cultura culinaria y nutricional de la población.

A las 11 de la mañana del viernes 12 de febrero, se inauguraba el pabellón Degustando la palabra, con la exposición fotográfica Guantanamera, cocina guantanamera, de Alain L Gutiérrez, quien declaró que al comenzar el proyecto desde la imagen sobre el universo culinario cubano, "el primer sitio que me inspiró fue Guantánamo. La riqueza cultinaria de esa provincia, los sabores únicos de su cocina, los productos naturales y la manera de usarlos fueron incentivos para hacer un recorrido por la zona".

Media hora después tenía lugar la conferencia La charanga en los fogones, de Reynaldo González. Después de un receso, a las 2 de la tarde, otra conferencia; Estilos de alimentación, por Tito Armando Núñez, autor del blog Alimentación Ecológica.

A las 3 y media, Páginas a fuego lento. Recetas de Lezama, libro de Félix Contreras. En una sala aledaña, se presentaba Cocina en la religión afrocubana y coctelería en los orishas, con la participación de Niove Díaz, María Caridad Melgares y Daniel Novoa, y el videoclip Del altar a la mesa, realizado por el Conjunto Folklórico Cuba Dance.

Me detengo en la conferencia La charanga en los fogones, ofrecida por Reynaldo González. Apasionado por la música y estudioso del trasfondo cultural y sociológico de la cocina cubana, González hizo una selección de veinte temas musicales que han trascendido dentro del pentagrama nacional no solo por sus cualidades sonoras, sino también por la popularidad que le ha concedido abordar recetas criollas o elementos de la cocina cubana.

La muestra comenzó 'echándole salsita', con el famoso son de Ignacio Piñeiro que no faltaba en el repertorio de su Septeto. Luego le seguirían, entre otros temas, El bodeguero, de Richard Egües, uno de los hits de la Orquesta Aragón, al igual que Los tamalitos de Olga, de José Antonio Fajardo; La cazuelita, de Hermenegildo Cárdenas; El panquelero, Abelardo Barroso; Frutas del Caney, de Félix B. Caignet, son inmortalizado por el Trío Matamoros; Sorpresa de harina con boniato, son montuno compuesto en 1960 por Marta Valdés, popularizado por Pacho Alonso y sus Bocucos, y Chivo que rompe tambó, de Moisés Simons y que nadie ha interpretado como Bola de Nieve (Simons es autor también de El manisero).

Lejos de ser una presentación común, fue una especie de conferencia cantada. Con la guía y los comentarios del escritor, quien tarareó y movió brazos y pies al ritmo de estribillos como "chicharrita, chicharrones, mariquitas, papita frita", del Pregón de los chicharrones, de Gastón Palmer, uno de los grandes éxitos de Los Guaracheros de Oriente:

insertar video del Pregón de los Chicharrones: https://www.youtube.com/watch?v=X3qhIAg3RDI

Por Lilien Trujillo Vitón
Radio Cadena Habana, 16 de febrero de 2016.
Video: Miguelito Cuní con el Conjunto de Félix Chappotín canta El carbonero, guaracha de Iván Fernández. Imágenes de la película Son o no son, de la cual no encontré ninguna información en internet.

miércoles, 13 de abril de 2016

Adiós, tamales, compañeros de mi vida...


Los tamaleros y tamaleras están abandonando tan necesario y salvador oficio porque un tamal se presta lo mismo para formar parte de un homenaje festivo, cuya presencia es tan indispensable como la propia música, que para solucionar una de esas comidas donde uno se rompe la cabeza indagando dónde está y quién es el plato fuerte, con gran probabilidad de que esa mezcla sazonada envuelta en hojas de la propia mata sea la protagonista de la mesa, con poco o nada en su interior.

Han comenzado a desaparecer como esos personajes cinematográficos, caen en una tembladera que los va engullendo lentamente. Los pregones se van apagando como el que va cráter abajo sin eco alguno. Los tamalitos de Olga tienen 99 papeletas de volver a pasar a la historia.

La tembladera como metáfora de un alza también de los precios del maíz ofertado en los mercados agropecuarios, que de cinco pesos cubanos la libra ha ido subiendo hasta seis, siete y ahora ocho. Mañana, tal vez, nueve o diez.

”Oye tú, eso es criminal, tengo que dejar el negocio porque las cuentas no dan, y nadie va a querer pagar un tamal por más de cinco pesos. Es que son tan descarados que hasta el tierno lo están ligando con el seco”, refiere la vecina del barrio que los confecciona para no pocos clientes, la cual merece estar en el cuadro de honor del Programa de Naciones Unidas para la Alimentación.

La fuerza telúrica del alza de los precios, también se ha llevado consigo a la malanga. Pocos platos han subido tan rápido de precio en los restaurantes privados (los estatales se lo piensan tres veces) como las tan socorridas frituras de malanga.

Malanga y maíz, dos botones de muestra de una crisis sin solución definitiva que no puede traer nada bueno de cara al futuro inmediato porque sabido es que con la comida no se juega.

Mientras tanto, algo tan parecido a qué fue primero, si el huevo o la gallina. Dicho más claro. Si aumentar la producción para elevar los salarios, o subir éstos ante la carestía de la vida. Un círculo vicioso, un dolor de cabeza y testicular para economistas que se respeten.

Tal vez si las autoridades cubanas decidieran bajar en algo los límites de ganancia en esos precios tan celestiales en las tiendas recuperadoras de divisas, tuviéramos algo parecido a una aspirina en espera de una solución quirúrgica al caso en cuestión, tan parecido a ese dicharacho popular de que Songo le dio a Borondongo, Borondongo a Bernabé, Bernabé a Cuchilanga... y así sucesivamente.

Es que no tiene perdón de Dios que los tamales también vayan a la lista de desaparecidos y que tengan razón los que aseguran que la vida es un tango.

Aurelio Pedroso
Progreso Semanal, 10 de marzo de 2016.

lunes, 11 de abril de 2016

El cerdo en cinco recetas saludables



A finales de 2015, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, perteneciente a la Organización Mundial de la Salud, señaló posibles relaciones entre el consumo sostenido de la carne roja y procesada con diferentes tipos de cáncer. No es para alarmarse con exageración hasta renunciar totalmente a tan preciado plato.

Dentro de una dieta equilibrada y saludable, el Instituto Americano para la Investigación del Cáncer recomienda no eliminarla completamente sino no consumir más de 18 onzas (510 gramos) de carne roja a la semana dentro de una alimentación balanceada y saludable con el fin de disminuir o neutralizar este riesgo.

El consumo moderado de carne roja no se asocia con un aumento significativo en el riesgo de cáncer colorrectal o de otro tipo. Cuando se comen cortes de este tipo de carne sin grasa y de forma prudente, se considera parte de una dieta saludable. La carne de cerdo está incluida dentro de las carnes rojas. Y es muy difícil hacer renunciar totalmente a su consumo de un día para el otro a las personas, sobre todo en Cuba. La cuestión, entonces, es asesorar lo mejor para la salud en este tipo de tan gustada carne.

Con el cerdo, al igual que con otros alimentos, el asunto es seleccionar y controlar la cantidad de carne a consumir y la manera cómo se cocina, para evitar que se convierta en un problema de salud. Se tiene noticia de cómo los primeros cerdos domesticados llegaron a Norteamérica en el año 1539 y muy rápidamente se convirtieron en un alimento básico de la población.

Para los consumidores actuales, cuidadosos de su salud y de su silueta, el corte sin grasa o magra del cerdo puede ser una selección proteica saludable como pudiera ser el pollo. En estos momentos se ha mejorado su genética, alimentación y sistemas productivos logrando en la actualidad una reducción de la grasa en un 30 por ciento en diversas partes del mundo.

El corte más saludable y con menos grasa del cerdo es el lomo preferiblemente asado y específicamente el lomo ultramagro. Pero también está la costilla de solomillo y las chuletas de costilla. Además de sabrosos, cumplen con las normas alimentarias del USDA (Departamento de Agricultura de Estados Unidos) relativas a la carne magra, por tener menos de diez gramos de grasa por porción. Pero a la hora de cocinarlos, se debe tener en cuenta que los cortes magros de cerdo son de rápida cocción y por eso en la cocina se debe estar muy atento cuando los coloquemos en la candela.

En los cortes existen dos tipos de grasa. Una de ellas es la grasa intramuscular. Su cantidad varía según el corte y la actividad realizada por ese músculo. La otra grasa es la externa. El 70 por ciento de la grasa de este apreciado animal se encuentra por debajo de su piel y es el tocino. Toda esta grasa debe ser eliminada completamente antes de comprar y cocinar la carne.

Según el corte seleccionado y la correcta eliminación de su grasa se pudiera consumir cerdo con bajo contenido graso dos veces a la semana dentro de una dieta variada y saludable. La carne de cerdo aporta un 60 por ciento de grasas insaturadas, específicamente las monoinsaturadas, necesarias y beneficiosas para nuestro organismo

Por no ser un rumiante, los cerdos no generan las peligrosas grasas trans, presentes en la carne de vaca. En relación al colesterol, la carne magra de cerdo, sin aportar demasiadas calorías, tiene un contenido moderado de este elemento en el orden entre 40 y 60 miligramos por bistec de 100 gramos, similar al resto de las carnes magras como pollo o cordero.

La carne magra o sin grasa del cerdo contiene todas las proteínas esenciales de elevado valor biológico, además de hierro, vitaminas y minerales, similar al de otras carnes. Es cinco veces mayor su aporte en vitamina B1 o tiamina al ser comparada con el resto de las carnes. También contiene un elevado contenido en potasio y bajo en sodio.

De la forma antes dicha, este tipo de carne puede ser saludable e incluible dentro de un plan de alimentación adecuadamente equilibrado para ser consumida una o dos veces por semana alternando con otras carnes donde no debe faltar la de pescado. Y, por supuesto, adquiriendo una carne biológicamente sana debido a su correcto procesamiento y a una adecuada e higiénica conservación y manipulación. Esto no se aplica a los embutidos elaborados a base de cerdo, como el jamón, los chorizos, el salchichón y otros derivados de cerdo. Todos ellos son altos en colesterol y en grasas saturadas.

Se debe tener en cuenta que una alimentación saludable implica la incorporación de todos los grupos alimentarios como son los cereales preferentemente integrales, frutas y verduras, legumbres, lácteos descremados, aceite vegetal (principalmente oliva extra virgen), huevos y carnes de aves y pescados en proporciones adecuadas. Se recomienda limitar o eliminar los comestibles procesados ricos en azúcar, grasas o alimentos refinados. Si se cumplen estas orientaciones, se puede consumir carne de cerdo con la conciencia tranquila y el corazón contento.

Cómo cocinar saludablemente chuletas de solomillo de cerdo

Los cortes magros de cerdo, cuando se desea variar el plato, son una buena alternativa al pollo y puede usarse como sustituto de muchas recetas, una o dos veces por semana. Una porción (3 onzas) magra o sin grasa de cerdo contiene menos de 200 calorías y aporta casi la mitad de la cantidad diaria recomendada de proteínas. Al cocinar chuletas de cerdo de una forma saludable, se puede crear una comida de muy buen sabor y ajustada a las metas de una alimentación saludable.

Instrucciones

1- Se retira toda la grasa visible o grasa externa de la carne. Esto reducirá tanto calorías como gramos de grasa en las chuletas de cerdo, haciéndolas automáticamente más saludables. Esto disminuye la cantidad de calorías contenidas en la grasa así como el colesterol presente en las chuletas.

2- Sazonar las chuletas con hierbas y especias en lugar de sal, salsas grasientas o empanizados, así le dará muy buen sabor al plato, y al mismo tiempo disminuirá el consumo de sodio y grasa con sus calorías. Muchas hierbas y especias realzan el sabor de las carnes y las mantienen húmedas y jugosas.

3- En lugar de freírlas o empanizarlas, las chuletas de cerdo se deben asar o preparar como carne estofada. Usar sartenes antiadherentes es otra inteligente forma de reducir la cantidad de grasa para cocinar y aportará un producto terminado más saludable.

4- Las chuletas se deben acompañar con arroz integral, frutas y vegetales al vapor que aportarán algo de dulzura y suavidad al sabor de la carne. Las cebollas o las papas también ligan bien con las chuletas y pueden mejorar los sabores del cerdo.

5- Todas las buenas intenciones se perderán si se colocan en la mesa unas chuletas de carne magra de cerdo cocinadas de maneras saludables, pero acompañadas con alimentos que no lo son.

6- Una porción de chuletas de carne magra de cerdo es de 3 onzas. Hay que asegurarse de no servir una gran chuleta equivalente a varias porciones. Para llenarse a plenitud de manera saludable, consumir los platos acompañantes.

Lomo de cerdo con salsa de zanahoria

Ingredientes

- ½ libra de lomo de cerdo.
- Una pizca de sal.
- Pimienta al gusto.
- 3 ó 4 zanahorias medianas.
- 1 cebolla mediana.
- 2 ó 3 cucharadas de aceite de canola o de oliva, preferentemente extravirgen
- 1 taza de caldo de pollo guardada en el refrigerador y después de haberle retirado la grasa flotante con una cuchara al otro día por la mañana.
- Cilantro al gusto.

Preparación

Condimentar la carne de cerdo y colocarla al horno en una bandeja aceitada. Pelar y rallar la zanahoria y pelar y cortar la cebolla.

Luego, colocar el aceite, la zanahoria y la cebolla en una cacerola y después, añadir la taza de caldo desgrasado. Dejar cocinar a fuego lento y, por último, agregar la pimienta y el cilantro antes de pasar por la batidora.

Una vez que estén listas las dos preparaciones, cortar la carne en rebanadas e incorporarles la salsa cremosa por encima.

Chuletas de cerdo al tomillo (para dos personas)

Ingredientes

- 2 chuletas de cerdo.
- Aceite de oliva, preferentemente extravirgen.
- Una pizca de sal.
- Un limón mediano.
- Pimienta molida.
- Tomillo.
- Vegetales al gusto para acompañar.

Preparación

Salpimentar las chuletas y embadurnarlas con el aceite de oliva. Espolvorear el tomillo. Colocar las chuletas en la sartén a fuego lento. Picar bien los vegetales y aliñarlos con el limón. Agregar 1 cucharada de aceite a la sartén.

Cuando comprobemos que la carne está cocinada a nuestro gusto, la podemos servir.

Bistec de lomo de cerdo con piña a la plancha

Ingredientes

- 12 onzas de bistec de lomo de cerdo.
- 1 naranja agria.
- ½ cucharadita de jengibre rallado.
- Una pizca de sal.
- Pimienta y orégano al gusto.
- 1 ½ cucharadas de ajo en pasta.
- 3 ó 4 rodajas de piña.

Preparación

En la tabla de picar, ponga el bistec de lomo de cerdo y córtelo a todo lo largo en 3 ó 4 lonjas, eliminando la grasa externa. Acomode las lonjas de bistec en la tabla, unas al lado de las otras. Sazónelas a su gusto con pimienta y orégano. Luego, con las manos bien lavadas, restriegue el ajo en el lado de la carne que ya fue sazonado. Agregue la mitad del jengibre y luego bañe la carne con la mitad de la naranja agria. Nuevamente con las manos, esparza el jugo restante de la naranja agria por toda la superficie de la carne. Se viran las lonjas y se repite el proceso.

Colocarlas en un recipiente tapado y ponerlas a macerar en el refrigerador desde la noche antes o una o dos horas antes de cocinarlas. Utilizar una sartén antiadherente y poner a fuego alto. Cuando el sartén este bien caliente acomode las lonjas una a una en el sartén asegurándose de tocar el fondo con toda la superficie de las lonjas. Sellar los jugos de la carne por un minuto, y luego voltearla para que se selle del otro lado. Finalmente, deje cocinar a fuego alto, volteando de vez en cuando para no quemarlas.

El tiempo de cocción dependerá del grosor de las lonjas, recordando que la carne de cerdo se debe cocinar muy bien. Por eso se siguen volteando las lonjas hasta completar la cocción. No se debe dejar la carne mucho tiempo de un solo lado, pues se puede secar y perderá su agradable textura. Dorar las rodajas de piña en la sartén.

Una vez la carne esté bien cocinada, sacarla del sartén, ponerlas en una fuente, bañarlas con una salsa de su preferencia y decorarlas con las rodajas de piña por encima.

Medallones de cerdo estilo mexicano

Ingredientes

- 1 libra de pierna de cerdo sin grasa externa.
- 4 hojas de lechuga fresca.
- 1 cebolla morada finamente picada.
- 2 tomates en rodajas.
- 4 huevos.
- ½ taza de harina de maíz tierno.
- 1 cucharadita de cilantro finamente picado.
- Aceite vegetal o de oliva, preferentemente extravirgen.
- 1 aguacate mediano maduro para hacer el guacamol.
- Una pizca de sal.
- Pimienta al gusto.

Preparación

Cortar la pierna en medallones eliminando la grasa, salpimentar al gusto y dorar por ambos lados.

Para el guacamol, aplastar la masa del aguacate con ayuda de un tenedor, agregarle tomate y cebolla picaditos, pimienta y unas gotas de zumo de limón o de vinagre, para evitar la oxidación del aguacate. Hacer cuatro tortillas de un huevo cada una

Mezclar el guacamol con el cilantro y esparcir esta crema sobre la tortilla de manera uniforme. Colocar encima de las tortillas las hojas de lechuga, el tomate en rodajas restante y un poco de maíz tierno cocido.

Cortar los medallones en tiras finas y ponerlos sobre la tortilla. Si lo desea, añadir un poco más de guacamol, enrollar las tortillas y servirlas calientes.

Tomado de Cocina de Cuba, sección que el Dr. Alberto Quirantes Hernández publica semanalmente en Cuba Ahora, en esta ocasión el 24 de febrero de 2016.


Foto: Bistec de cerdo a la plancha, ensalada y yuca con mojo. Uno de los platos ofrecidos en La Proa, restaurante privado en 60 y 3ra., Miramar. Foto tomada de la web AlaMesaCubana.

viernes, 8 de abril de 2016

Ñame con bacalao


Ingredientes:

2 libras de ñame (puede sustituirse por malanga o yuca)
Aceite de oliva o manteca de cerdo
1 libra (500 gr.) de bacalao desalado y sin espinas
1 cebolla grande bien picadita
3 cucharadas de vinagre
1/2 pimiento rojo cortado en tiras finas
1/3 taza de leche de coco
3 dientes de ajo machacados
1 cachito de gengibre fresco rallado (opcional)
1 cucharadita de curry (opcional)
Pimienta y sal a gusto
5 cucharadas de aceite de oliva

Preparación:

Se pela y lava el ñame, la malanga o la yuca y en una olla con agua con sal se cuece durante 12-15 minutos. Mientras, se corta la cebolla y se pone con el vinagre. En un sartén con dos cucharadas de aceite, se sofríen los ajos, el gengibre y la pimienta. Se le añade la cebolla, sin el vinagre. Se sofríe de 3 a 4 minutos.

Se añade el bacalao desmenuzado y el pimiento. Todo se mezcla y se deja unos 4-5 minutos. Se añade la leche de coco y el curry. Se comprueba si está bien de sal y de aceite y se deja unos 8 minutos y después se apaga el fuego. Aparte, con el ñame cocido se hace un puré añadiendo aceite o manteca.

Receta y foto tomadas del blog Aprendo y cocino.