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lunes, 27 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (XIII) Polita Grau



Polita Grau

Testimonios tomados del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano (Miami, 1995) y de www.autentico.org

Leopoldina Grau Alsina, más conocida por Polita Grau, es la revolucionaria por antonomasia. Fueron muchos los momentos de incontables peligros y duros reveses que encaró con estoica firmeza en cinco exilios durante los gobiernos de Gerardo Machado, Fulgencio Batista y Fidel Castro, hasta caer bajo la brutal represión de este último y sufrir 14 años de inhumana prisión.

"Cuando sólo tenía quince años, murió mi padre Francisco Grau San Martín, y mi madre Paulina Alsina Fernández, mis tres hermanos y mi abuela fuimos a vivir a casa de mi tío, Ramón Grau San Martín, médico y profesor de la Universidad de La Habana. Y a pesar de ser tan joven, observaba cómo se reunía periódicamente el Directorio Estudiantil en casa para conspirar y derrocar al presidente Machado, y fue con ellos que comencé a conspirar y trabajar por la democracia en Cuba. Me casé con uno de los conspiradores, Roberto Lago Pereda. Mi tío fue arrestado y le dieron la libertad por estar enfermo. Nos fuimos todos a vivir a Miami, y cuando planeábamos ir a Chicago a una feria, Machado fue derrocado y Rubén de León y Carlos Prío, en nombre del Directorio Estudiantil Universitario hicieron regresar a mi tío a Cuba, diciéndole que lo necesitaban. No estábamos contentos con el gobierno que había formado el embajador americano, Mr. Benjamin Summer Wells.

"A Batista yo le hice mucho daño, conspiré muchísimo en Cuba cuando el golpe del 10 de marzo de 1952. Mi tío Grau estaba por una solución política y yo estaba con Carlos Prío, por la vía insurreccional. Daba viajes a Miami, trayéndoles dinero de Prío a los muchachos de la FEU y andaba en todos esos movimientos, mientras Esteban Ventura Novo le decía a Batista: 'Presidente, hay que coger presa a Polita Grau, porque cada vez que agarro a un bandolero de ésos, me entero que Polita trasladó las armas, Polita consiguió la casa, Polita gestionó el exilio, ella está en todos lados'. Batista agarró el teléfono y llamó a mi madre: 'Paulina, me da mucha pena decirle esto, pero aquí tengo a Ventura, diciéndome que ya le es imposible restringir a Polita y cada día ella se vuelve más arriesgada. Como usted comprenderá, no puedo meter presa a Polita. Así que le sugiero que hoy mismo, a más tardar a las seis de la tarde, la mande en un avión para Miami'. Mi madre le contestó: 'Así lo haré, le agradezco su aviso'. Fíjate qué manera tan distinta de actuar. Sin embargo, Fidel Castro me metió 14 años en la cárcel y me hicieron horrores.

"Cuando llegó la noticia de la huida de Batista, el 1 de enero de 1959, todo estaba listo para el regreso a Cuba, pero Prío no las tenía todas consigo. Se preparaba un golpe para el 4 de enero y ya Tony Varona estaba en Cuba. Caramés y Aureliano Sánchez Arango estaban en camino, con barcos y armas. Pero Fidel se nos adelantó. Para llegar él solo, siempre quiso llegar solo y desgraciadamente el pueblo cubano estaba con él. Aureliano tuvo que esconderse y logramos sacar a Caramés. Yo no quise regresar enseguida a Cuba. Como estaba en el inside del golpe de Prío, me parecía terrible lo que estaba surgiendo con Castro. Comenzaron a llegar a Miami mis amigos batistianos y José Manuel Alemán me había dicho: 'Ahí te dejo la casa para todos los que lleguen y se quieran quedar, porque se la van a coger'. Y efectivamente, se iban unos y llegaban otros y se alojaban en la casa de Alemán".

En mayo de 1959, cuando terminó el curso escolar de su hija, Polita regresó a Cuba con su familia. Tan pronto pisó suelo cubano, se dio a la tarea de buscar un grupo afín a sus ideales y trayectoria. Fue así que encuentra a Tony Varona, quien encabezaba un nuevo grupo llamado Rescate, bajo la coordinación de Albertico Cruz. En eso su coordinadora femenina deja el cargo y éste es ocupado por Polita, con Albertina O'Farrill como encargada de buscar asilo. Otro colaborador era Carlos Guerrero, posteriormente encausado con Polita. Crearon una red de espionaje que centralizaba información de toda la isla y, además, escondían perseguidos, recogían dinero, transportaban alzados y buscaban asilo, entre otras tareas.

Cada provincia tenía una mujer al frente, como Queta Meoqui y María Orta. Una distinguida dama de Matanzas, María Dolores Núñez y Núñez de Beato, encabezaba su provincia. Perteneciente a una adinerada familia, nadie sospecharía que en la señora Beato palpitaba la sangre mambisa de su padre, Indalecio Núñez, que murió en los inicios de la Guerra de Independencia, y de su tío, el general Emilio Núñez. Como jefa de unidades, María Dolores lo mismo escondía perseguidos que se adentraba en el monte, a llevarle comida y dinero a los alzados del Escambray.

Muy pronto, el coronel Álvarez Margolles, Polita y otros conspiradores, comenzaron a preparar la eliminación física de Fidel Castro. Les falló el primer intento, en un entierro al que Fidel asistiría. Decidieron que mejor sería por envenenamiento.

"Ya teníamos las pastillas de cianuro, pero el muchacho que las serviría se le quedaron en su casa el día que Fidel se apareció en la cafetería del Habana Hilton y pidió un batido de chocolate. Cuando Fidel le dijo que el batido estaba exquisito, el joven le sugirió que volviera al día siguiente, para hacerle uno mejor, con un chocolate superior a ése. Y Fidel fue. El muchacho llevó las cápsulas de cianuro y las puso en el hielo. Y cuando fue a sacarlas, estaban tan adheridas al hielo que se partieron, quedando inutilizables. Nuestra frustación fue terrible, teníamos lista la casa para el escondite y el asilo en una embajada. Pero en eso surge el ofrecimiento a mi hermano Mongo, de dirigir la Operación Pedro Pan y para la cual, además de la la ayuda de la iglesia católica y sus parroquias en toda la isla, necesitaba la ayuda de todas las mujeres de Rescate. Beatriz Pérez López y Alicia Thomas, secretaria de Mongo, fueron puntales de aquella operación y eventualmente cayeron presas. Empezamos a sacar niños de toda Cuba. Con la cooperación de la KLM y la Pan American, sacamos a 14 mil menores.

"Con el G-2 frente por frente a nuestra casa, la cola para entrar se hacía por el fondo. El rumor de que el gobierno asumiría la patria potestad de todos los menores, hizo que cundiera la desesperación. Para los niños teníamos una autorización llamada Visa Waiver, que abolía el requisito de visa para entrar a los Estados Unidos. Pero esa autorización no era extensiva a los padres. Fue entonces que Israel Padilla, Borico, se las agenció con Albertico Cruz para conseguir unos cuños de visa americana para los padres que tuvieran pasaporte. Un día a la semana, Borico, Toribio Bravo y yo nos reuníamos y preparábamos de 200 a 300 pasaportes con esa visa tricolor.

"Mientras tanto, Rescate seguía haciendo cosas con la información que recogía de toda la isla. Si Cuba le compraba guaguas a Italia, pasábamos eso a los Estados Unidos y ellos le quitaban las piezas de respuesto a esa compañía y la estrangulaban. Con cada averiguación, al gobierno le empeorábamos su situación. Pero un buen día, se terminó aquello de 'Fidel Castro no se mete con los Grau'. Cogieron preso a Carlos Guerrero, que era de los viejos de 1930, de mi época, porque yo estuve infiltrada con esa generación. Carlos era un tipo serio, decente, valiente, pero nunca sabremos las barbaridades que le hicieron y lo convirtieron en un robot que delató a Albertico Cruz y a otros. Cuando llegó el juicio, dijeron que faltaba uno. Era porque Carlos Guerrero había muerto de un infarto en prisión.

"Cuando Machado y cuando Batista, si tú conspirabas te agarraban y ya. Los comunistas no. Lo rodean a uno de infiltrados por todas partes. En casa teníamos a una mujer que mi madre recogió por piedad y resultó que era del G-2. Ella tenía acceso a nuestros dormitorios y cuando yo salía, revisaba cuanto papel yo dejaba. Una vez, Carlos Guerrero trató de citarme en dos casas-contacto, pero sabiendo que él había entregado a Albertico, no fui, dije que estaba enferma. La mentira se hizo verdad, pues a mis 49 años estaba teniendo graves trastornos por la menopausia y la Dra. Díaz Villar me mandó a hacer reposo absoluto en cama. José Luis Pelleyá ya estaba preso y esa madrugada cayeron Manolo Companioni y Alberto Veitía.

"De pronto, nuestra casa fue rodeada por carros del G-2, esperando que Mongo y yo saliéramos. Pero no salimos, si querían agarrarnos, que entraran por la fuerza. Y así lo hicieron. Entraron y se llevaron a Mongo a golpes, arrastrado por el piso y sangrando de una oreja. Tío Grau gritaba de desesperación. Cuando fueron a por mí, me escapé por la cocina, en bata de casa. Allí me despedí de mi sobrina Mary Grau, de Elsa Díaz, de mi hermana de crianza María Dolores y de mi querida negra Panchita. Me llevaron en bata de casa para el G-2, que ya no estaba frente a nuestra casa en Miramar, si no en Villa Marista, en el reparto Sevillano.

"A una mujer le encargaron hacerme una requisa y cuando me quitó la ropa dijo: 'Oigan, esta señora tiene que ir para el hospital', del sangramiento que tenía. De mala gana me dieron un poco de algodón y me mandaron para la celda de castigo. Allí estaba Caridad Navarrete, la primera presa política que veía. La celda estaba casi a oscuras, pero pude distinguir su gesto, de que guardara silencio y leer en la pared un pensamiento de Aleja Sánchez Piloto. Me hizo sentir bien el saber que estaba cerca de personas que también luchaban.

"Primero estuve con Caridad y una chinita en una celda helada. Luego me llevaron a otra celda, donde estaba una muchacha tuberculosa que sacaron a los pocos días. Empecé a entender el juego de estos sinvergüenzas: pensaban que en mi casa había millones de pesos, y si sacaban a Grau y a sus sobrinos de Cuba, se quedan con el dinero. Pasamos meses discutiendo, yo que en casa no habían tales millones y ellos tratando de desprestigiar a mi familia, con cuentos sobre francachelas. Sí, era verdad que los sábados y domingos el grupo se reunía en torno a la piscina para conspirar y las viejas primas de mamá iban también, pero no eran ciertas las historias sucias que inventaban. A mí me acosaban en el G-2 y a tío Grau le hacían la vida imposible y le pedían tres o cuatro millones de pesos.

"Cuando la redada de Playa Girón, arrestaron a los hombres de la casa y los llevaron al G-2. Tío agarró sus muletas y se puso en la fila. Le dijeron 'Usted no, doctor, usted no', se indignó y les contestó que si estaban dando a entender que él no era hombre. Yo me desesperaba pensando en las necesidades que estaría pasando, porque él ya no tenía dinero. Un buen amigo le daba lo que podía. Mucho tiempo después, estando yo presa en América Libre, le daban 500 pesos al mes por haber sido Presidente de la República.

"Me tuvieron siete meses en el G-2, bajo torturas sicológicas y físicas. No hay nada peor que querer dar de cuerpo, llamar y que no te lleven al servicio. Después de repetirse varias veces esa tortura, no pude aguantar más, me agaché en una esquina de la celda e hice la necesidad. Cuando vino la guardia, protestando, le dije que si me traía un cubo de agua yo lo limpiaba. Así seguí, orinando y corrigiendo en una esquinita y la guardiana se llevaba el cubo. Jamás me llevaron al baño, eso formaba parte de las torturas. Las comidas las daban a deshora o muy seguidas o muy espaciadas, para que pierdas la noción de las horas y días. Me enseñaban fotos, para que identificara a cada preso o sospechoso que agarraban. Años más tarde, la Niña del Escambray me describió una celda bajo tierra en el G-2, muy oscura, con las paredes pintadas de negro, no la creí, porque ya ella estaba un poquito loca. Lo creí cuando mi hermano Mongo me describió una celda a donde lo llevaron: era la misma donde estuvo la Niña.

"El maltrato sicológico era tal que un día, cuando me regresaban a la celda, tras un cruel interrogatorio, cargado de calumnias sobre mi familia y de amenazas contra mí, de pronto oigo un piano y el vals Sobre las olas, que era el favorito de mamá y que por última vez tocó horas antes de morir. Eso se repitió más de una vez y yo sentía que ella me estaba acompañando. Otra experiencia me ocurrió durante uno de los traslados de la prisión de Guanajay al G-2 y en la soledad de varios meses en una celda, escucho un hombre llorando.

"Yo le había compuesto una rumbita a La Chavala, la mulata más linda de Guanajay, y la empecé a cantar para que el hombre se diera cuenta que era una mujer, una presa, la que estaba cantando y el hombre dejó de llorar. Entonces, después de la última comida, que no había manera de saber si era de día o de noche, el hombre tocaba la pared y yo empezaba a cantar. A veces él tocaba, pero estaba muy cansada del interrogatorio y no cantaba. Un día, no tocó más la pared. Se lo habían llevado. Como eran celdas de castigo, probablemente lo fusilaron. Soñaba con encontrarlo un día en la calle y decirle: Usted lloraba y yo lo consolaba con mi canto".

viernes, 24 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (XII) Albertina O'Farrill



Albertina O'Farrill

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Alberto O'Farrill y Álvarez, abogado y notario, era poseedor del último mayorazgo que ostentó su padre como descendiente del rey de Irlanda. Con la fortuna familiar en ruinas tras la guerra de independencia, se dio a la tarea de trabajar y propiciarle estudios a sus cinco hermanos. Alberto y su primo Miguel Ángel de la Campa, diplomático de carrera, establecieron su propio bufete. Eventualmente trabajaron en la Liga de las Naciones y juntos firmaron el Tratado de Paz de la Primera Guerra Mundial.

Toda la familia regresó a Cuba para el nacimiento de la primogénita, Albertina O'Farrill. Además de una esmerada educación en Cuba y Estados Unidos, Albertina creció en un ambiente refinado y culto, como una señorita de la alta sociedad que era. Nadie entonces hubiera imaginado que sus viajes y relaciones a niveles monárquicos y diplomáticos, un día servirían para salvarle la vida a cubanos ricos y pobres, en particular a miles de niños.

Cuando Fidel Castro toma el poder, en enero de 1959, Albertina era la secretaria particular del entonces ministro de Defensa, su tío y padrino, Miguel Ángel de la Campa. Había trabajo con él en el Ministerio de Estado y viajado a eventos oficiales en varios países, entre ellos México, donde vivió cuatro años y ayudó activamente a los franceses libres durante la Segunda Guerra Mundial. A su regreso a Cuba, contrajo matrimonio con el joven médico Rafael Montoro y continúa una intensa vida colmada de actividades sociales y obras benéficas, pero su trayectoria anterior y su carácter inquieto la mantienen al tanto de la política de Fidel Castro.

Un ex presidente colombiano y amigos diplomáticos, le cuentan detalles de hechos de sangre relacionados con Fidel Castro, como su participación en el Bogotazo, el asesinato del líder estudiantil Manolo Castro y el asalto al cuartel Moncada, entre otros. En sus frecuentes viajes a Washington, se reúne con grupos de cubanos y americanos, alertando del peligro que representaba Fidel Castro, tanto para Cuba como para Estados Unidos. Los rosarios colgados en los cuellos de los barbudos de la Sierra Maestra no la engañarían. No obstante y a pesar del éxodo masivo de cubanos, Albertina decide permanecer en Cuba con su madre y sus tres hijos. Las amistades enraizadas a lo largo de su existencia, en su país y en el exterior, servirían ahora para salvar vidas.

Los excesos cometidos por los líderes de aquella revolución "más verde que las palmas", teñían con sangre cárceles, calles y campos. Su esposo permanecía como embajador de Cuba en Holanda, pero la distancia termina por destruir el matrimonio. Asesorada por amigos y sacerdotes, con su corazón desgarrado, Albertina accede a poner a sus hijos a salvo, enviándolos a vivir con su padre y su nueva esposa, Katherine Caragol, mujer de extraordinarias cualidades humanas, quien se convirtió en comprensiva madre para sus tres hijos. Mientras, en la Isla, Albertina protegía a los hijos de otras madres y sus amigos diplomáticos cuidaban de ella, cada vez más involucrada en la contrarrevolución.

Desde el mismo 1 de enero de 1959, comenzó a exiliar niños clandestinamente en la operación iniciada por Pancho Finlay y su esposa Bertha de la Portilla y que luego, bajo el nombre de Pedro Pan, continuarían de forma más estructurada Polita y Mongo Grau. Gracias a embajadores de Suiza, Bélgica, Brasil y Holanda y al encargado de negocios de España, que entonces no tenía embajador, y otros diplomáticos occidentales, pudo interceder y salvar las vidas de muchos condenados al fusilamiento. Por medio del embajador de México logró que a los hermanos Grau Sierra les fuera conmutada la pena de muerte por una sentencia de 30 años.

Un antiguo pretendiente, José Enrique Cucú Bringuier, recién salido de prisión, visita a Albertina para llevarle recados de su primo preso, el abogado y diplomático Andrés Vargas Gómez, nieto del generalísimo Máximo Gómez. Tambien le lleva peticiones de ayuda de varios presos para salir del país. Albertina lleva a Bringuier a varias embajadas y a la nunciatura papal. Reverdece aquel primer amor adolescente y contraen matrimonio.

"En 1964 comienzan a caer los nuestros. Agarran a José Luis Pelleyá, Alberto Belt, Polita Grau y Magocita Calvo. Mis amigos me aconsejaban asilarme, pero traté de seguir siendo útil en la calle. El 27 de abril de 1965 caigo presa y me celebran juicio dos años más tarde, algo inaudito. Como no confieso nada, no acepto los delitos que me quieren imputar y al no poder probarme nada, me condenan 'por convicción', un crimen peor que atentar contra la vida de Fidel. Me tuvieron seis meses en la Seguridad del Estado y año y medio en la cárcel de Guanajay. El mes y medio que me tuvieron incomunicada en la Seguridad fue algo espantoso.

"Sin saber cuándo era de día o de noche, me decían que mi padre estaba preso, que mi esposo había sido fusilado, que iban a atentar contra mis hijos en Miami... Cuando me sacaban de allí para interrogatorios, parecía una loca, llevaba semanas sin bañarme, sin peinarme con los pelos parados, llena de morados en todo el cuerpo porque no eliminaba líquidos. Me llevaban al piso de los hombres donde todos los inodoros estaban tupidos para que orinara cuando no tenía deseos y viceversa. A veces orinaba, pero no podía dar de cuerpo. Contraje hepatitis, uno de los guardias me decía que me iba a pudrir, que me estaba muriendo. El único que me ayudó fue un médico de la Seguridad del Estado de apellido Márquez. Pero no lograron que hablara ni delatara a nadie.

"Mis carceleros sentían un odio visceral contra lo que ellos llamaban 'mi clase', pero poco a poco fueron dándose cuenta de que habían sido engañados. Tras 12 años de conducta intachable en la cárcel y dos más en arresto domiciliario, sin ceder a presiones, aprendieron a respetarme. Y cuando salí, yo que hablaba hasta por los codos, había aprendido a ver, oír y callar. A no compartir la causa de Cuba con quienes no la amaban, no la entendían o no la querían entender".

El confinamiento a que estuvo sometido Albertina O'Farrill durante dos años la afectó mucho. El aislamiento, la falta de higiene y atención médica y la pésima alimentación, dejarían una huella indeleble en su salud, Durante su encarcelamiento comió harina con gusanos y gorgojos, padeció glaucoma, hipertensión, envenenamiento de la sangre y un coma hepático, entre otras enfermedades. De embajadora a presa política, libro autobiográfico que recoge en detalle su extraordinaria trayectoria, es un documentado testimonio.

miércoles, 22 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (XI) Carmina Trueba



Carmina Trueba

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Nacida en Cuba, Carmina Trueba vive la Guerra Civil en España con su familia y regresa a su patria, donde su padre español era industrial y propietario de la fábrica de café Regil. Sus vivencias durante la Guerra Civil los alertó en 1959 contra el comunismo que como sombría amenaza se ceñía sobre Cuba.

Como la mayoría de los españoles trasplantados a la Isla y que se habían dedicado a enraizar familias y cosechar comercios e industrias, la familia Trueba se mantuvo alejada de involucraciones políticas. Carmina estaba recién casada, pero su esposo y su primo Domingo 'Mingo' Trueba, formaban parte de una red de espionaje respaldada por la CIA, al frente de la cual se encontraba Rogelio González Corzo. Francisco era su nombre de guerra.

Con frecuencia, Francisco llamaba a Carmina y le decía si lo podía invitar a comer arroz blanco con huevos y plátanos maduros fritos. La noche anterior a su arresto, Francisco había comido en casa de Carmina y al despedirlo, ella le preguntó qué pensaba de la revolución. Él le respondió que los americanos tenían una carta guardada y la sacarían cuando estimaran conveniente. "Mientras tanto, caeremos presos, nos moriremos de hambre o nos fusilarán", le dijo. Al día siguiente, 18 de marzo de 1961, arrestaron a Francisco, a Mingo y otros que serían juzgados en la Causa 152 de 1961. A todos los fusilaron.

"Desde que cayeron presos estuve pendiente de ellos, de las visitas a la prisión, llevarles jabas con comida. Cuando reclamé el cadáver de Mingo, también reclamé el de Francisco. Fue tan grande el shock que sufrí en el cementerio, enterrándolos, que allí mismo hice la promesa de no seguir viviendo ajena a lo que estaba pasando. Mi casa dejó de recibir visitas, como si tuviese una plaga contagiosa. Nos quedaron unos pocos y fieles amigos.

"Mi primer paso fue asilar a mi hermano Pedro y a mi marido en la Embajada de Venezuela, que era la casa de los Arcos, al lado de la Embajada de España y la casa de Honduras, que pertenecía a Venezuela y allí estuvieron hasta que embarcaron. Un cuñado mío continuó la labor de ellos hasta que escapó clandestinamente, yo lo llevé hasta la costa. Fue entonces que comencé a conspirar. Estaba obsesionada, no había piedra ni obstáculo insalvable para mí. Vivía con mis padres. Mi padre se negaba a salir de Cuba porque no había sido previsor y no tener medios para subsistir en el exterior sin ser una carga para la familia. Entonces caen presos mi primo Pepín y mi suegro. Aumentaban mis responsabilidades, mi suegra era una mujer ya mayor y era yo la que cargaba las dos jabas a la prisión.

"Después del fracaso de Playa Girón todo fue en picada. Desde la Embajada de España empecé a llevar las finanzas para ayudar a los presos. Desde Miami me enviaban el dinero y siguiendo una lista, se lo entregaba a los miembros del MRR, en algunos casos para pagar a los abogados en los juicios. Con mi cuñado comencé a trasladar aparatos transmisores de un lugar a otro, asilar perseguidos, sacar gente clandestinamente...

"Recuerdo que un día mi cuñado me encargó recoger un equipo de transmisión en el piso 11 del edificio López Serrano, a las siete de la noche. Dejé mi Mercedes al costado y al entrar al edificio llena de temor, veo un bar en la planta baja y decido tomar algo que me ayude a tener valor. Con paso firme me acerco a la barra y le pido un cogñac al cantinero. El hombre, sorprendido, me pregunta si lo quiero strike. Le dije que sí y me sirvió un Tres Copas. Me lo tomé de un sorbo, seguido de un vaso de agua. El cantinero se dio cuenta que no estaba acostumbrada a beber y me deseó que me fuera bien. Cumpliendo instrucciones, no subí directo al piso 11, me bajé en el 7 y luego subí al 11. Allí me esperaba la persona que me entregó la pesada bolsa y caminé, desnivelada por el peso, hasta el carro, donde me esperaba la persona que haría la entrega.

"Fuimos hasta Santos Suárez y pasadas las diez de la noche regresé a mi casa. A un señor lo asilamos a punta de pistola en la Embajada de Argentina, que era la casa de los Solís, frente al Carmelo. Adentro ya estaba Manolo Villamañán, quien me abrió la puerta, mientras yo pasaba de brazo con el tipo. Y digo a punta de pistola porque los que nos habían dejado en el lugar estaban vigilando, por si presentaba algún tropiezo. A este hombre no lo podían agarrar. Pasé allí la tarde y parte de la noche, como si estuviera haciendo una visita. Salí cuando la guardia había cambiado. Este hombre no olvida la fecha de su asilo y siempre se acuerda de llamarme. Esto me llega al alma, porque hay asilados por quienes muchos se jugaron la libertad y la vida y jamás han llamado a las personas que hicieron posible que se asilaran y pudieran salir sin problemas del país, ni siquiera para saber cómo están.

"Un día me visita una mujer que ahora está en Estados Unidos, pero que estando presa empieza a trabajar para el G-2, siguiendo instrucciones de la CIA. Y en una de sus salidas de la cárcel me alerta: 'Carmina, tienes que irte'. Le respondo que no sé por qué me dice eso'. Pero ella insistía: 'Tienes que irte, cuando Mongo Grau te avise, tienes que irte. Te van a venir a buscar'. Cuando el recado de Mongo llegó a mi casa, mi madre pensó que era el G-2 y dijo que yo estaba en Miami. Desde hacía un mes yo estaba en casa de los Caldevila, en la Embajada de España. Había andado con buena suerte desde lo de Playa Girón en abril de 1961 hasta noviembre de 1963, cuando matan a Kennedy. Pero en diciembre le digo a los Caldevila que me gustaría pasar la Nochebuena con mamá y papá. Al anochecer del 24 me llevaron para mi casa, yo pensando que no tendría que volver a la embajada.

"Pero el 26, de pronto entraron a la casa catorce guardias e hicieron un registro minucioso, no encontraron nada, porque todo lo tenía en la embajada. Estuve incomunicada hasta el 11 de enero de 1964, en una galera de Villa Marista, con un catre y una lata vacía de chorizos para hacer mis necesidades. El aire acondicionado a punto de congelación y las luces cegadoras por todas partes no me dejaban pensar ni saber el día ni la hora. Contínuamente me llamaban a interrogatorios, yo negaba todas las acusaciones. Por fin, un día me dicen que me van a trasladar para Guanajay tan pronto firme una declaración, pero después de tantos días encerrada, no veía absolutamente nada y me negué a firmar sin leer. Y aunque me la leyeron, dije que solo firmaba si aclaraban que me la habían leído.

"Me llevaron para Guanajay, allí esperé la celebración del juicio en La Cabaña. Me pedían 30 años, pero me los dejaron en 20. El fiscal fue Flores Ibarra, el mismo de mi primo Mingo. En Guanajay tuve la suerte de caer en una galera al lado de Sarah del Toro y de Hortensia Baquero, acusada de ser agente de la CIA. Su hijo mayor era el presidente de los Jóvenes Comunistas y otros dos hijos la iban a visitar. El esposo, Jaime Crombet, también estaba preso, por no haber delatado a Hortensia. En enero prenden a Polita y Mongo Grau y en junio me mandan al G-2, donde me retienen un año y quince días, hasta mayo de 1966. Todo con el pretexto de involucrarme en la causa de los Grau. El 25 de octubre muere mamá, el día que yo más he sufrido durante toda mi prisión, pensando en cuánto me necesitó ella y en mi padre, que ahora se quedaba solo, con mis hermanos exiliados y yo presa.

"En el G-2 me gané el cielo. Durante ese año, pude servir de consuelo a todas las presas que allí llegaban. Fueran lancheras o contrarrevolucionarias, cada caso era una tragedia. Cuando murió mamá, pedí que me llevaran a la funeraria y al entierro, para acompañar a mi padre. Me llevaron entre escoltas con metralletas. Estaba el padre Miyares y pedí que me dejaran confesar y comulgar, de entrada se opusieron, pero al final me lo permitieron, casi a dos metros de ellos. Nosotros teníamos una capillita en el cementerio. A la izquiera habíamos enterrado a Mingo y a Francisco. También enterré allí a Lolín Correoso, una presa camagüeyana, compañera mía del colegio El Sagrado Corazón. Estando en la cárcel, primero la operaron de la vagina y luego del pecho. Murió de cáncer.

"Partía el alma ver a mi padre, un viejito solo, liquidado. En sus esfuerzos por llegar a mí cuando me detuvieron, conoció a un pintor español que había estado preso con Fidel Castro en México y éste se brindó para pedir que el G-2 revisara mi caso. Después que le leyeron mis cargos, me dijo: 'Tú no eres una niña, tu eres un terremoto'. Comenzó a abrumarme, para que aceptara el plan de reeducación y trabajo, para que pudiera regresar a casa y estar con mi padre. Pero llegó un momento que todo me daba igual: mi madre muerta, mi padre solo, mis hermanos fuera... Me daba lo mismo cumplir 20 años que me llevaran al paredón.

"Me tuvieron un año y medio sembrando caña y café en una granja antes de dejarme ir para cuidar a mi padre. Derramaba lágrimas sobre aquellas maticas de café caturra, que jamás crecieron ni dieron fruto. Con aquellas botas que me quedaban enormes y pesaban un quintal. Lloraba a toda hora. El director de Guanajay decía: 'Para algunas presas el plan de rehabilitación es suave, pero para María del Carmen Trueba es un parto con cuarentena'. Olimpia Cifuentes me ayudaba a cavar los surcos cuando terminaba con los de ella.

"De Guanajay me llevaron para Guanabacoa. En Guanabacoa nací yo y en Guanabacoa teníamos la fábrica de café Regil. Pero yo nunca había visitado la cárcel. Como era un penal para presos comunes, a la entrada había un letrero que decía Odia al delito, compadece al delincuente. Aunque lo que más quiero en el mundo es volver a Cuba, jamás volveré estando allí Fidel, Raúl, Flores Ibarra y Pardo Llada. Con ninguno de los cuatro tengo arreglo".

lunes, 20 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (X) Yara Borges



Yara Borges

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Fueron muchos los que en 1959 regresaron a la patria tras casi siete años de exilio, por el golpe de estado del 10 de marzo de 1952. Entre éstos, y sin trayectoria revolucionaria previa, se encontraba una joven rubia de ojos verdes de apenas 20 años. Regresaba con una gran determinación: ayudar da los desposeídos en general y a los niños en particular. Su nombre: Yara Borges.

En 1958 sus padres la habían enviado a Miami para que estudiara inglés y frenar un poco su obsesivo proyecto ONAN (Organización Nacional de Ayuda a los Necesitados). Su ambición era que el Estado le facilitara algunos terrenos o edificios y un par de unidades móviles médicas que el entonces presidente Batista había comprado en 1953 y nunca fueron utilizadas.

Su primer objetivo era acabar con el barrio marginal de Las Yaguas y propiciarles casitas habitables a los residentes e impartirles clases de alfabetización y de oficios, que los capacitasen para labrarse un porvenir. Las unidades móviles se internarían monte adentro, donde escaseaban los caminos vecinales y brindarle atención médica a los guajiros. También, facilitarles los medios que les permitieran vender sus cosechas en los pueblos, sin tener que depender de intermediarios inescrupulosos que los explotaban.

Ya en 1955, Yara había logrado una entrevista con Fulgencio Batista y su esposa Marta Fernández, quienes accedieron a entregarle las unidades móviles. Lamentablemente, ese logro se produjo mientras eran arrestados varios de sus compañeros universitarios, quienes pudieron alertarla de que ella también sería arrestada. Aunque Yara no estaba conspirando, consideró prudente salir para Miami en 1958.

Unos días después de su regreso a Cuba, el 4 de enero de 1959, Yara se entrevistó con su amigo Armando Fleites que había bajado de la Sierra del Escambray y durante cuatro horas se reunió con Camilo Cienfuegos en el hotel Habana Hilton, quien le arregló una cita con Fidel Castro para el 15 de enero, cuando éste hablaría ante el Club de Leones. Tal como le anticipó Camilo, Castro escuchó la propuesta de Yara con extraordinario interés.

-Yara, lo que tú quieres hacer es más grande que el Ministerio de Bienestar Social.

-Seguro, Fidel, pero el Ministerio de Bienestar Social es un aparato gubernamental, subvencionado, con empleados y burocracia y lo mío es voluntario. Todo el que trabaje aquí -ya yo he hablado con ingenieros, médicos, arquitectos- dona su tiempo sin ganar un 'quilo'. Porque de lo contrario, la entrega a los demás se convierte en un medio de vida y esto hace que el nivel de ayuda se rebaje y los intereses sean diferentes.

La conversación quedó interrumpida, pospuesta para continuarla en dos semanas en la Universidad de La Habana. Pero en ese corto período de tiempo, Yara comenzó a ver cosas de la revolución que no le gustaron. A título de 'revolucionarios', los barbudos que bajaron de la Sierra Maestra destrozaban cuanto encontraban a su paso, adueñándose de las casas y los automóviles de quienes salían al exilio. La gente iba al Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados, dirigido por Faustino Pérez, y cogía toda clase de artículos y equipos, sin saber siquiera para qué servían. Comían en un restaurante y le decían al camarero: 'Que pague la revolución'.

Yara se convirtió en vigilante y juez de esos desmanes. Al ministro Enrique Oltusky le pidió un carnet que la autorizara a ordenar el arresto de estos nuevos usurpadores. Debido a su inminente entrevista con Fidel Castro y por los contactos que tenía con viejos amigos, a Yara no le sería difícil la consecución de sus planes.

Encaminó sus pasos hacia la Casa de Maternidad y Beneficiencia, regida por monjas y que albergaba a huérfanos desde recién nacidos hasta los 18 años. El director y los directivos fueron destituidos y reemplazados por la viuda de Marcelo Salado, un mártir de la revolución. Pero a esta señora no le interesaban los niños ni su nuevo cargo. Así se lo hizo saber a Yara y acordaron que ella conservaría el título y Yara tendría carta blanca para hacer su trabajo voluntario. El desorden hecho ley.

Poco después, una noche, Yara recibe una llamada que cambiaría sus planes. El hermano de una amiga suya era oficial de carpeta sin mayores méritos y lo iban a fusilar en Matanzas por una vaga acusación. Yara y su amiga llegaron de madrugada a Matanzas y ya el fusilamiento se había consumado. Al salir, llegaba un camión con nuevos acusados y un joven, señalando a uno de los recién llegados, exclama: 'No era ése que fusilaron, éste fue el que mató a mi tío'. Cuando Yara y su desesperada amiga le dijeron al oficial de mando, el capitán Rojas, cómo había podido suceder tamaña injusticia, les respondió que ellos no podían perder tiempo en hacer averiguaciones.

Poco antes de la entrevista con Fidel en la universidad, tuvo lugar el juicio a Jesús Sosa Blanco y la sentencia a muerte por fusilamiento. Aquel circo romano pone fin a las esperanzas de Yara en la revolución. Su proximidad a los dirigentes y fácil acceso a los lugares donde estaban ocurriendo las cosas, la lleva a la realidad de que Fidel Castro es un mentiroso y la revolución es una farsa.

"Cuando Fidel va a la universidad, yo había matriculado Derecho y Medicina. Por esos días se estaban eligiendo a los presidentes de las facultades. Entonces traen a Rolando Cubela, muy gracioso, con su barbita larga y su bracito en cabestrillo, un perfecto niño bitongo. Ah, pero él era el que había sido designado por la revolución como presidente de la FEU (Federación Estudiantil Universitaria). En la universidad había un Maquiavelo, Mario Quevedo. Y un muchacho muy bueno llamado Alejandro, que iba a aspirar por la Facultad de Agronomía. Pedro Luis Boitel iba a aspirar de nuevo, también recuerdo a los hermanos Blanco, Alberto Müller y otros.

"Entonces empiezo a ver la manipulación de Quevedo, que captaba a los novatos para que apoyaran la presidencia de Cubela. De pronto, me entero de que quieren cambiar los estatutos universitarios y protesto, porque lo consideraba innecesario, pero Quevedo no dejaba verlos. Una noche, mi amigo Carlitos Casasús y yo nos colamos por una ventana de la imprenta y logramos hacernos de una copia, comprobando que "cualquier estudiante podrá ser expulsado si comete un acto que se considere inapropiado con estos estatutos". Comenzaron los ataques a los que no renunciaban, como Alejandro, a quien golpearon y lanzaron escalinata abajo. Al día siguiente vino Cubela a hacer un discurso, le arrebaté el micrófono y dije que no podían cambiar los estatutos y mil cosas más.

"Vuelvo a hablar con Fidel antes de las elecciones. Hablamos en el carro, dando vueltas por La Habana durante dos horas sin parar de hablar. Yo seguía con mi letanía, con mi programa de ayuda social. Pero en eso decido comentarle lo del fusilamiento del hermano de mi amiga en Matanzas y lo que me dijo el capitán Rojas. Su reacción fue hacer un gesto como el que espanta una mosca. Sin inmutarse, me preguntó qué me parecía Cubela para presidir la FEU y le contesté que desconocía cuáles eran sus méritos en la Sierra, pero la verdad es que parecía un niño bitongo. 'No tiene carisma ni sabe lo que está pasando en la universidad', le dije.

"Entonces me preguntó si yo querría ser presidenta en vez de Cubela, que le gustaba mi forma de decir las cosas. Le contesté que no me interesaba, que de haberme interesado, me hubiera postulado. Que lo que yo quería hacer era llevar adelante mi proyecto para tratar de que en Cuba no hubiera miseria y para que los viejos y los niños tuvieran un hogar digno. Me dijo que seguiríamos hablando y me bajé del auto en la universidad, no sin antes notar que Fidel Castro era la única persona que se tomaba una Coca-Cola sin respirar.

"Nombran a Elena Mederos ministra de Bienestar Social. Ella era una buenísima persona y con una gran noción organizativa, pero no la indicada para enfrentarse a las emergencias que había que resolver inmediatamente sobre el terreno, con el guajiro en el campo o haciéndole frente a la dura realidad en las cuarterías. Me avisan de la crisis en Torrens, el Centro de Rehabilitación para Menores. El director se había ido y dejado a 600 muchachos solos. Tuve noticias de que en la Escuela de Derecho estaban impartiendo un cursillo sobre rehabilitación de menores, un tema del que yo no tenía conocimiento y me matriculé. En esos días quitan a Elena Mederos como ministra de Bienestar Social y nombran a Raquel Pérez, la esposa de Pedro Miret.

"Se hacía difícil conspirar. Los cubanos tenemos el problema de que cuando nos proponen unirnos a algo que ya está funcionando, nos lanzamos a organizar algo nuevo. Cuando existía un plan muy bien preparado para quemar las carrozas durante los carnavales, por ejemplo, un grupito estaba poniendo una petaquita incendiaria en la misma esquina y echaba a perder todos aquellos meses de trabajo. Por eso mi labor era la de de unir ciertos grupos, para evitar conflictos y también para evitar que la gente se fuera de Cuba.

"A mí me agarran el 10 de marzo de 1961, por la delación de una muchacha que estando dentro de un grupo, vio mi nombre en una lista. Mirta Álvarez era uno de sus nombres. Un caso más de falta de evidencia, pero te endilgaban cualquier cosa para justificarse: atentar contra Fidel Castro, conspirar contra los poderes del Estado, cualquier cosa. En mi juicio, con otros 26 encausados, el abogado defensor alegó en mi favor algo que había oido por Radio Swan y ahí mismo le pusieron 500 dólares de multa y un mes de suspensión, por escuchar la radio extranjera.

"Todo era tan absurdo que daría risa si no fuera tan trágico. Queriendo implicar a Olga González y a su hermano jimagua, los dos delgados y trigueños, el acusador señaló al muchacho y a Milagros Bermúdez, de piel blanca y ojos verdes, que nada tenía que ver con ese asunto. En otro momento, pedían paredón para dos jóvenes, a uno por poner una bomba y a un taxista por transportar armas, y este acusador 'estrella' señaló como taxista a uno que no sabía manejar. Fueron tantos los errores, que el propio fiscal Fernando Flores le dijo: 'Mire, compañero, mejor salga y refrésquese un poco y vuelva a entrar'.

"En la cárcel llegas a tal grado de hermandad que sientes más el dolor ajeno que el propio. En América Libre llevaron a una señora divorciada de un hombre integrado al gobierno. Tenían dos hijas, una de 7 y otra de 11 años. A la mayor le habían extirpado un riñón cuando era bebita y además era diabética. A él le dieron la custodia de las dos niñas, pero ya estaba casado de nuevo y no le interesaban las niñas. Una Nochebuena, a la niña diabética le dio un pedazo de turrón y la pequeña cayó en un coma diabético. La angustiada madre le suplicó al director que la dejara salir para ver a su hijita. El director le dijo que la llevarían a verla si dejaba de estar plantada y pasaba a rehabilitarse.

"Nunca olvidaré la cara de aquella mujer, el rostro lleno de dolor de madre, de humillación y de vergüenza cuando nos dijo que había aceptado rehabilitarse. Aceptar reeducarse, nosotras le decíamos 'virarse la camisa', porque al virar al revés la camisa de mezclilla, quedaba para afuera el tono claro de las rehabilitadas. Pasaban las horas y ella esperaba, con la camisa ya virada, mientras por las mejillas le corrían las lágrimas. Estábamos sentadas bajo una mata de mangos, esperando que viniera la carcelera y cuando ésta vino, le preguntó si le había dicho al director que ella estaba esperando que la llevaran a ver a su hijita. La carcelera contestó: 'Sí, me dijo que te llevarían, pero no te dijo cuándo'. La niña murió al día siguiente".

viernes, 17 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (IX) Doris Delgado "Japón"



Doris Delgado, Japón

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Nieta de chinos, Doris Delgado tenía un tipo exótico cuando se unió a los rebeldes que peleaban en la Sierra Maestra. Era muy menudita, pesaba solo 92 libras y llevaba una melena negra cortica. Un día, mientras descansaba en un bohío, se le acercó un periodista americano llamado Anderson que había subido a la Sierra, le tiró una foto y le dijo que parecía 'una japonesa'. Dora había sido monaguillo y cumplió misiones durante un año, ayudando al padre Francisco Guzmán, que trabajaba con el obispo de Santiago de Cuba, Monseñor Pérez Serantes. El 1 de enero de 1959 la sorprendió en el central Contramaestre, cerca de su área de operaciones con el Tercer Frente Oriental.

"Al día siguiente, el padre Guzmán iba a dar la misa en Santiago de Cuba. Allí estaban Raúl Castro y Manuel Piñeiro, Barba Roja, quien dijo que no se podía celebrar la misa. El padre Guzmán decidió que nos fuésemos para la iglesia del Colegio Dolores y me dijo: 'Mira, tú eres muy jovencita, hemos luchado y la única esperanza que tenemos es que Fidel Castro no tome el camino equivocado'. Yo era estudiante y jugadora de softball, acababa de cumplir 20 años y no me arrepentía de haber conspirado contra la dictadura anterior. Cuando el padre me dice eso, le contesto: 'Pues ya estamos virados, a trabajar, a ver si esto se endereza".

En la Sierra, el propio Fidel Castro le dio un pase para la tropa Mariana Grajales, pero ella no formaba parte de la tropa, si no del grupo de Olguita Guevara, Violeta Casals, Ricardo Martínez, Jorge Enrique Mendoza, Orestes Valera y Alicia Santa Coloma. Allí conoció a Errol Flynn, que se encontraba de visita en Cuba, tratando de hacer una película, pero la actriz Violeta Casals le puso tantos requisitos y le exigió tanto dinero que el proyecto de filmación se vino abajo. A principios de 1959, la revista Bohemia publicó una foto de Errol Flynn con ella en la Sierra Maestra. Un día, mientras preparaba arroz frito, en vez de Japón, el actor la llamó Japonesa. No fueron ésos sus únicos nombres de guerra. Cuando un año más tarde salió de Miami para infiltrarse en Cuba, el jefe de la operación, Ramón González, le dijo que como Japón y Japonesa estaban identificados con ella, para el clandestinaje se llamaría Gina.

"Ya en 1960 yo había conspirado extensamente en el giro del transporte con camioneros, porque mi cuñado tenía camiones. El padre Guzmán temía por mí y me decía que dondequiera que me escondiera, me iban a agarrar. Y a dos camioneros y a mí nos llevó a una entrevista con Mr. Smith, en la embajada americana. Al día siguiente, Mr. Smith me dijo que a mí me daba la salida, pero a los hombres no, pues alguien tenía que quedarse para tumbar a Fidel. Le agradecí sus atenciones y le dije que 'si ellos tenían que coger pa'l Escambray, yo también me iba'. Nos dieron los papeles a los tres y al día siguiente, 7 de octubre de 1960, salimos para Miami por Varadero.

"Me fui a vivir a New Jersey, y allí me inscribí en el Ejército de Liberación, pero después de hacerme las placas me dijeron que las mujeres no iban. Mis dos compañeros sí fueron a la invasión. El 31 de diciembre de 1960 volví a entrar a Cuba y el 1 de enero conocí a Bernardo Corrales, vino el alzamiento de Pinar del Río, rompimos el cerco y nos echaron encima 32 mil milicianos. El 5 de agosto de 1961 cambiaron la moneda en Cuba y la cosa estaba muy mala, no había quien te escondiera. Fui a parar a casa de mi hermana y en media hora, disfrazada y todo, me cogieron Tony Santiago y Eduardo González, pero no me asociaron con Gina, la alzada de Pinar del Río.

Cuando agarraron a los muchachos en Playa Girón, sospechaban que yo estaría allí. Me acusaron por lo del transporte y por salida y entrada ilegal al país. En el juicio en La Cabaña, en la Causa 538 de 1961, que llamaron de unidad porque incluyeron a varios grupos de acción, con la Dra. Dora Rivas como defensora, me condenaron como La Japonesa a 30 años. Ese mismo día, en ausencia, en Pinar del Río me condenaron como Gina a 20 años.

"En total me condenaron a 50 años de prisión. Inicialmente me llevaron al Confidencial del G-2, frente por frente al Malecón, y como a las cuatro de la mañana comenzaron a hacerme el papeleo. De un cuartico con rejas sacaron a las tres muchachas acusadas del incendio de la tienda El Encanto, Ada González, Dalia e Hilda Herrera y a varias personas más, y me metieron a mi sola en el cuartico. Sabían que me familia estaba afuera y me chantajeaban con eso y cada dos horas me llamaban para interrogarme. Un proceso fuerte que duró como un mes. Me llevaron para Guanabacoa y recibí la visita de la abogada Dra. Rivas.

"El 15 de septiembre me vino a buscar un carro patrullero y me dejaron en una casa donde inexplicablemente estaba yo sola. Tras varios días, empezaron a traer gente, habían apresado a muchos, Griselda Nogueras, Lydia Pino, Guillermina García La Flaca, Alicia Álvarez, María Antonia, la gente del avión... La única que yo conocía de antes era a Caridad Fernández López, que había sido bailarina de Tropicana. Empecé a desesperarme y reclamaba que me devolvieran a Guanabacoa, pero ignoraban mis protestas. Entonces grité que me iba a declarar en huelga de hambre y se me unieron todas las demás. Me devolvieron a Guanabacoa. Recuerdo que era la noche del 27 de octubre, víspera de San Judas Tadeo, y las muchachitas habían conseguido flores.

"Yo estaba en Guanajay cuando murió mi mamá. Llevaba cinco años de cárcel y durante ese tiempo solo la pude ver cuatro veces. Fue cuando estuve en la celda tapiada con Pilar Mora. A Pilar le quitaron de la pared el retrato de su hermano Menelao Mora, muerto en el ataque al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957. Formamos una tremenda fajazón y a todas nos llevaron castigadas. Cuando las que quedaban se enteraron de esto, empezaron a dar un toque de lata y a romper cosas, lo mismo hicimos nosotras cuando las castigaron y ellas.

"Fue entonces que se ahorcó Alba, una presa común. Las comunes tenían su propio pabellón y estaban clasificadas. Esta muchacha, muy fina y muy callada, era de Mayarí y le traían a su hijito de visita. Ella tuvo un problema con Irma Vargas, otra común, y como castigo mandan a Alba a servirnos la comida en la tapiada. Ella le pidió al director, un hombre joven, que no dejara que su hijito la viera con el uniforme de castigo. El día antes de la visita todavía no le había contestado, le volvió a preguntar y le dijo que le avisaría. Cuando a las cuatro de la tarde vino a la tapiada, a traernos un poco de agua, nos aconsejó que nos portásemos bien. Extrañadas, le preguntamos si la iban a trasladar y nos dijo: 'Sí, creo que sí'. Una hora después la encontraron ahorcada en su celda.

"Nuestra prisión fue muy dura. Pero lo peor fue la muerte de mi madre. Y si peleando por Cuba no puedes alzarte en el monte, es mejor estar desafiándolos en la cárcel. Recuerdo que hice una pelotica con un cordel y un pedazo de lona de un catre y cuando salíamos al patio jugábamos a la pelota con un palo. Un día, recién sacadas de un castigo, el jefe de prisiones, Manolo Martínez, nos trajo unos bates y pelotas, para congraciarse con nosotras. Le dije que no aceptaba nada de ellos, que ellos nos daban castigos, patadas, dolor... Se enfureció tanto que me iba a venir para arriba, pero el director vio la situación y lo paró. Si me llega a tocar, le parto el bate en la cabeza. Cuando estás en una tapiada es cuando entra Dios. No es que tu lo llames, entra él solo, viene a ampararte.

Únicamente así soportas golpizas, como la que nos dieron cuando respaldamos a los hombres en La Cabaña. Un guardía le iba a dar un machetazo a Teresita y yo quise parar el golpe y quitarle el machete, pero allí estaba Miguel Toledo, que me dio una patada tan fuerte en la cara que me rompió el músculo facial completo. Durante tres meses tuve la cara irreconocible, la parálisis facial me duró un año. Me desbarató la cara. La herida se me infectó y todavía lo estoy padeciendo, a pesar de los tratamientos. Ni siquiera puedo vivir con mi hermana en New Jersey porque no puedo resistir el dolor del frío en la cara. Perdí muchos dientes y los que me quedan están flojos. Entre tantas tapiadas y golpizas, esa patada fue la que desgració mi cara y mi vida".

miércoles, 15 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (VIII) Sarah del Toro



Sarah del Toro

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Casada con Amador Odio, conocido empresario y propietario de Tráfico y Transporte, Sarah del Toro disfrutaba de una vida muelle con su esposo y sus diez hijos. Fundadores del Movimiento 26 de Julio, tenían la certeza de que estaban ayudando a reincorporar a Cuba a la vida constitucional, tras el golpe de estado del 10 de marzo de 1952. El gobierno de Batista nunca los molestó, pero cuando después de 1959 comenzaron los crímenes y atropellos, Sarah y Aamador decidieron no abandonar Cuba y afrontar la situación.

"Escondimos a muchos en nuestra finca y gracias a los contactos que teníamos con todas las embajadas, conseguíamos visas y pudimos embarcar a los sacerdotes de la Iglesia de San Antonio. Pronto se dio cuenta Fidel de lo que hacíamos. Nos apresaron a los dos al mismo tiempo. Yo acababa de llegar de Miami y traía un recado para Reynol González, que era el jefe en ese momento, un señor de cuyo nombre quisiera olvidarme: 'Reynol, más vale que te vayas, mi casa de Miramar está rodeada y la han registrado'. Él me contestó: 'No, no, es que yo me embarco por la mañana y voy a comer aquí y después me voy'. Dos criados delataron el asunto al G-2 y uno de ellos, Ramiro, vino a decirnos: 'La finca está sitiada'.

"Seguí tejiendo como si nada y cuando irrumpieron en la casa, nos identificaron uno por uno. 'Quién es usted'. 'Yo soy Amador Odio'. 'Y usted'. 'Yo soy la señora'. Y Reynol respondió con su nombre de guerra: 'Antonio'. Prosiguieron a registrar la casa, especialmente una cisterna donde decían que había armas escondidas. Mi esposo les dijo que allí solo encontrarían bebidas, porque se conservaban más frescas. Levantaron las tapas de las cajas y lo comprobaron. Pero se llevaron a Reynol mientras mi esposo sacaba a la suegra por el fondo de la casa hacia su automóvil, que estaba repleto de papeles y proclamas que ella fue botando por la carretera. Todo esto a la vista de los criados, sin sospechar de que éstos eran los delatores.

"Habíamos tratado de asilar a Amador en Venezuela, el embajador y la cónsul eran muy amigos nuestros. Ella lo dejó dormir allí esa noche, porque 'ya a ese hombre (Reynol) lo arrestaron y seguramente no habla nada'. Y ese hombre habló como un perioco y embarcó a un movimiento completo. Nosotros teníamos los apartamentos de mis hijos Sylvia y César en el edificio Focsa y allí se quedó mi esposo, yo me quedé en la casa con mis hijos. A las dos semanas, el 27 de octubre de 1961, Amador quiso ver a los niños y se presentó un ejército completo en la casa y nos arrestaron a los dos. Mis cinco hijos chiquiticos se quedaron llorando y uno de los guardias que era más humano, me dijo: 'Déle un beso a los niños'. Haciéndome la inocente le pregunté: 'Ah, pero es que no voy a regresar... Y me contestó: 'Probablemente no'. Entonces Amador, el mayorcito de estos cinco, les dijo a los otros: 'Vamos, entren'.

"Me quité todas las prendas, menos el reloj, un Rolex, y se las entregué a una de las sirvientas, que se llamaba Calixta. No se me olvida el nombre porque ella se robó todas mis prendas. En cambio el G-2 me devolvió el reloj, pero con la condición de que se lo diera a un comandante, haciéndome creer que con eso el hombre iba a soltar a Amador. Era mentira, pero no me importó, si lo que tenía importancia estaba perdido. Estuve un mes aislada en el G-2. Mentiría si dijera que me dieron golpes, pero el maltrato psicológico si fue terrible. Me decían que a Amador lo iban a fusilar, a mí me entrevistaron solo una vez, mientras que a otros los entrevistaban constantemente.

"Al fin se produjo el juicio. Todos despreciaron a Reynol González. Quise ser un poco más humana y le pregunté por Teresita, su mujer. Me dijo que había tenido jimaguas. Eso fue todo lo que le hablé. A Amador lo condenaron a 30 años y a mí a 6. Amador y yo nos vimos, pero no nos permitieron siquiera saludarnos con la mano. De ahí me llevaron para la cárcel de Guanabacoa, que fue el primer choque con la realidad que me tocaría vivir. Recién llegada yo, una presa moría de parto sin recibir atención médica. Nos llevaron al mismo pabellón de las presas comunes, mujeres a quienes maltrataban sin piedad y a quienes predisponían contra nosotras, las políticas, diciéndoles que a nosotras nos daban arroz con pollo. Esto las enfurecía y nos gritaban obscenidades. Lo único bueno en Guanabacoa fue que Arturo Hevia pudo hacerme llegar algunas cartas de Amador porque a él no lo registraban.

"Pero inexplicablemente se produjo mi traslado a Guanajay. Se nos dijo que el traslado era para las rebeldes, pero nos dividieron a su manera. Me pusieron en el A por buena conducta, pues no era contestona ni desafiante, pero me llevaron para el B, luego para el C y terminé en el D, con las más rebeldes y varias idas y venidas de Guanabacoa a Guanajay y viceversa. Pero un día, trasladaron a unas muchachitas y a escondidas recibimos una carta que hablaba del nuevo lugar. 'Estamos en un lugar precioso, aunque no deja de ser una cárcel. Hay árboles frondosos y una mata de mamey que es una maravilla'. Mata de mamey que es una maravilla... Ésa es mi finca. Trasladaron a un grupo grande y el director, Ramos, que fue una buena persona, dijo: 'Muchachitas, recojan colchones y almohadas para un traslado, menos Sarah del Toro'. Cuando le pregunté por qué yo no, contestó: 'Usted va la última, no se preocupe'.

"Mi impresión al llegar a la finca es indeleble. Al bajarnos del ómnibus vino a recibirme llorando un antiguo empleado, Juanito: 'Señora Sarah', pero rápidamente lo alejaron de mí. La finca donde mis hijos jugaban... hasta los tractorcitos que Masvidal les había mandado a hacer en la Firestone los pusieron a la vista, para lastimarme. Esperanza Peña me hizo una seña y vi el enorme hueco donde Amador había escondido cubiertos de plata, vajillas, cantidad de cosas... Se lo habían robado todo. Me llevaron a la bolera, un salón inmenso al que llamábamos 'el club'. Solo quedaba el cemento, del área donde estaba el cine y los equipos de entretenimiento, solo quedaba el piso de granito. Cuando llegamos frente a mi dormitorio, en la casa principal, ya no pude más, se me cerró la glotis y hubo que traer al médico de la casa vecina. Al verme, dijo: 'Sarah se muere aquí en su finca'. Mis nervios estaban muy dañados. En Guanabacoa me llené de llagas de pies a cabeza y me diagnosticaron que era incurable. Gracias a Dios me curé, porque era de los nervios.

"La guarnición vivía en la casa, en los altos. En los bajos tenían la planta de radio. La miliciana que estaba al frente de nosotras era Flor Chala, más conocida como La Chacal de América Libre, aunque conmigo trataba de tener deferencias, pero yo no se lo aceptaba. Zenaida, otra miliciana que también tenía fama de ser muy mala, me decía: 'No me mire mientras le hablo. Su hija Sarita le escribió, tuvo un varón y está bien. A Amadorcito lo operaron de apendicitis'... Creo que les apenaba verme presa en mi propia casa, tan llena de recuerdos de mi esposo y de mis hijos y ni siquiera tener el consuelo de recibir sus cartas. Otra miliciana, que cuando hacía requisa te quitaba todo, comida, ropa, imágenes de santos, se me acercó un día y me dijo: 'Sarah del Toro, usted que tiene tanta fe en ese santo, pídale por mi hija para que no pierda el ojo, porque se clavó un paraguas'. Ese santo era Santa Teresita, cuya imagen siempre aparecía debajo de mi almohada, no sé quién me la ponía allí. Le dije: 'No, yo no se lo puedo pedir, entra y pídeselo tú. Si se lo pides con fe te lo concederá'. Entró y se lo pidió. Un mes después le pregunté por su hija. Me contestó que se le había mejorado el ojo. Le dije que le dé las gracias a Santa Teresita. Entró y a partir de ahí me traía recados de gente que estaba fuera. Santa Teresita me protegió en la cárcel.

"Un día, vino la plana mayor del Ministerio del Interior para la fiesta de las reeducadas y se inició una revuelta porque una dijo 'Miren cómo viven los ricos' y empezó a insultar. Una presa le tiró una piedra y me buscaron para que ripostara. Mi respuesta fue: 'No tiren piedras, lo que está diciendo es verdad, yo fui rica, pero repartí mucho y por eso los vecinos me respetan'. Y cuando le pregunté a Juanito, corroboró mis palabras. Pobrecito, él recogía aguacates o mangos y les decía a las reeducadas: 'Lléveselo a Sarah y en tal lugar le voy a dejar un aguacate para usted.

"El 27 de octubre me dejaron libre, pero el día antes me llevaron al Ministerio del Interior y me dijeron que si yo pensaba que iba a salir mañana, porque podemos decirle que va a un cumplir un año más. Les contesté: 'Sí, lo creo, por lo mucho que ustedes pregonan su justicia revolucionria. Y si me trajeron aquí es para que yo firme mi salida'. Las presas lloraban porque creían que no me iban a dar la salida.

"Entonces uno me llevó afuera y me dijo que él era hijo de Pascual, nuestro pintor en la Abastecedora, otro negocio que tenía mi marido. 'Soy el jefe de la Regional, cuando usted salga de aquí, vaya para la Regional a sacar su pasaporte para que se vaya enseguida. Yo nunca olvido lo que usted hizo. Ustedes recogían las cartas que nuestros hijos mandaban a los Reyes Magos y nos entregaban a nosotros los juguetes, para llevarlos a nuestras casas. Por maldad, pedí una bicicleta que estaba en la vidriera de la tienda y usted me la regaló'.

"Cuando salí en libertad, no dejaron que las muchachitas se acercaran a mí, ellas estaban trabajando en el campo. Tampoco dejaron que el carro entrara a buscarme. Tuve que ir caminando hasta encontrarlo en la carretera. Cuando por última vez miré hacia atrás, todas en silencio, alzaron las palas y azadones para despedirme".

lunes, 13 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (VII) María de los Angeles Habache



María de los Angeles Habache

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Maestra de tercer grado en el Colegio Baldor y estudiante de Pedagogía en la Universidad Católica Santo Tomás de Villanueva, María de los Angeles Habache y su hermana vivían en la Congregación Rosa Mística hasta que su familia se pudiera trasladar desde Sagua La Grande hacia La Habana. Su hermano, Eduardo Habache, residía en la Agrupación Católica y dirigía un espacio dominical de televisión titulado El Hombre y Dios.

Pero un domingo, en el programa decidieron enfocar un paralelo entre el capitalismo y el comunismo. Fue intervenido por el gobierno castrista y a la Iglesia se le advirtió que en lo adelante, el programa sería revisado antes de salir al aire. Eduardo se opuso y comenzó un hostigamiento que alcanzaría a María de los Angeles. La directiva de la Agrupación propuso a Habache que se mudara, para no comprometer a los demás, y las dos hermanas decidieron mudarse para el pequeño apartamento junto a su hermano Eduardo. Poco tiempo después se les unieron sus padres.

"La Acción Católica tenía un proyecto llamado Vanguardias Apostólicas. Los fines de semana íbamos a los pueblos y caseríos pobres cercanos a la capital, visitábamos casa por casa y en la iglesia bautizábamos a los niños. Cantábamos acompañadas por guitarras, poníamos películas para las familias y llevábamos al Dr. Ruiz Leiro para atender a los enfermos. Era una labor puramente religiosa y social. Pero las cosas comenzaron a ensombrecerse.

"Un día, le pregunté a mi amiga Teresita Álvarez si ella conocía alguien que estuviera conspirando, que me pusiera en contacto. En el balcón de su casa, en la calle Línea, le pedí a Dios que guiara mis pasos para combatir a su peor enemigo, el comunismo. Ella me presentó a Reynol González, del Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP) y me uno a su grupo estudiantil. Teresita y Reynol se habían casado clandestinamente y estaban juntos todo el tiempo, pero ella salió en estado y Reynol me pidió que fuera trabajar con la sección obrera. Yo buscaba asilo en las embajadas y me convertí en su persona de confianza. En eso conocí a Roberto Torres, que más tarde sería mi esposo. Teresita traía jimaguas y logramos convencerla de sacarla para Miami.

"El 4 de agosto de 1961, Roberto, mi novio y coordinador provincial obrero, cae preso en una redada en la que también cayó la gente de El Encanto, pero no los identificaron y se salvaron del paredón, los condenaron a 20 años. En una visita a Roberto a la cárcel supe que Reynol también estaba preso y traté de avisar a los otros. Me aconsejaron que me asilara, el movimiento comenzaba a debilitarse. Nunca había hecho sabotajes aunque participaba en el traslado y escondite de armas. Pero cuando hizo falta gente para quemar algunas tiendas, Roberto se opuso a que yo participara. A una reunión donde se iban a repartir petacas incendiarias, a mí me tenía que llevar un individuo cuyo nombre de guerra era Emilio. También era el encargado de quitarle el sello.

"A Dalia Jorge, que tenía más experiencia, le darían las petacas que demoraban menos tiempo en explotar y a mí las que demoraban más. Dalia y yo intercambiamos las petacas y gracias a ese cambio, hay algo que los castristas dejan de saber, porque sabían todo lo demás: quién te llevaba, quién te trasladaba. Dalía lo sabía todo, pero hasta que se reunió con nosotros en la casa, de ahí en adelante no supo más nada. Emilio me llevó hasta Fin de Siglo, que yo había visitado esa misma mañana para estudiar el mejor lugar donde colocar la petaca. Él le quitó el sello a mi primera petaca y cuando entré a la tienda ya estaba caliente. La segunda la puse en el tocador de señoras, calculando la hora del cierre de la tienda, para asegurarme de que no habría nadie adentro. Salí con el último timbre que salieron las empleadas. Pero a Dalia la cogieron en Sears.

"Para mí, que todo estaba preparado. Tan pronto la cogen a ella, empiezan a revisar todas las tiendas. Mis petacas ya estaban prendiéndose cuando las encontraron. Uno de los cargos más severos contra mí es que en mi casa se habían repartido las petacas y yo declaré que yo misma las había repartido, recibidas de Tony Veciana, que se había ido en una lancha y estaba a salvo. Cuando visité a Roberto en la cárcel, me dijo que le avisara a Dalia Jorge que tratara de asilarse porque estaban preguntando por ella. Le di el recado, pero Dalia rechazó la oferta de asilo: 'No, no, yo no me asilo, me voy a esconder en una finca'. Aparentemente, estuvo escondida una semana y volvió a reaparecer. Se decía que ella había sido infiltrada en el grupo, había tenido un romance con uno de los fiscales de apellido Flores y quedó embarazada. Infiltrada o no, parece que le contó todo a él y comenzaron a seguirnos.

"Mis padres no aprobaban los riesgos, pero siempre respetaron mis decisiones. Ya mi hermano estaba asilado en la embajada de Venezuela. El 15 de octubre de 1961, estando mi mamá en misa, vinieron a apresarme. Cuando dijeron que iban a hacerme un registro, les expliqué que estaba en pijama y que compartía el cuarto con mi hermana. Al preguntar cuál era mi parte, les mostré la de mi hermana, que registraron y no encontraro nada. Cuando me llevaron para el G-2 en Quinta y 14, mi madre, que era más G-2 que ellos, registró mi parte del cuarto y la encontró llena de armas y panfletos contrarrevolucionarios. Localizó a los del grupo y los alertó.

"Antes de comenzar a interrogarme en el G-2, el tipo me dijo: 'Párate y camina. Vuélvete a sentar. Te describieron tal como eres'. A mí no me gustó mucho aquello y comenzó a leer un largo mamotrero donde aparecían todos mis cargos. En mi casa se había hecho una reunión donde estaban Dalia Jorge, que iba a quemar Sears, y otros compañeros que iban a hacer otros sabotajes. Y aquel hombre me relató la reunión completica, inclusive que en el comedor estaban mis hermanos escribiendo a máquina. Alguién nos había delatado.

"Pasan varios días y me llevan a interrogatorios con los ojos vendados, dentro de un camión blindado. Creo que me llevaron a Las Cabañitas, en La Coronela, donde Reynol escribió su libro, lugar sombrío que antes había sido una hermosa residencia, ahora malolienta con todas las ventanas tapiadas. Se podía oir algo, pero nada podía verse. Sobre el piso cubierto de cenizas y colillas de cigarros, un colchón mugriento. En el techo, unos reflectores potentísimos y el aire acondicionado al máximo. Las ventanas estaban tapiadas con maderas. Había un baño y una reja para que la posta pudiera mirar hacia adentro. No te podías mover. Allí te retiran todas las pertenencias y solo te dejan lo puesto. Era un lugar de torturas. Yo oía cómo torturaban a los de al lado mío. A mí me torturaron mentalmente los psicólogos rusos, pero no físicamente. Cuando me llevaban a los interrogatorios me vendaban los ojos y me ponían cordones eléctricos en el piso y me decían: 'Cuidado, que pisas la corriente'.

"Me preguntaban cómo yo conocí a Reynol e insistían que él había hablado de mí. Yo no soltaba prenda y contestaba que él estaba casado con una amiga mía. En eso, el interrogador gritó: 'Basta ya, tráiganlo como está'. Y me escondieron detrás de un bar. Cuando le preguntaron si me conocía y oí la voz de Reynol contestando 'Sí, yo la conozco de la calle G, es amiga de mi esposa', salí de mi escondite, no podía dar crédito. La cabeza de Reynol era un balón, el cuerpo todo hinchado. Era como un sapo con una cabeza enorme. Ellos se fueron y nos dejaron solos. Manifestamos pesar por los demás, que estaban siendo torturados y Reynol me dio instrucciones que nadie se dejara torturar por no entregarlo a él, porque ya en ese instante iba a aceptar los cargos en su contra. Insistía que si él aceptaba confesarse culpable en la televisión, les conmutarían las penas de muerte a los muchachos.

"Le insistí en que yo podía cargar con las culpas, pues no me estaban torturando físicamente. No volví a ver a Reynol, pero en la pared del G-2 dejé escrito Aquí estuvo Mary Habache. Cuando subieron a los muchachos para interrogarlos, supieron que yo había estado allí. A ellos, entre otras torturas, los metían cabeza abajo en un pozo, y cuando los sacaban, medio ahogados, les preguntaban nombres, direcciones... Eso duró tres días y tres noches, manteniéndoles de pie, sin dejarlos dormir. Eran unos monstruos. A nosotros nos servían la comida en platos de lata, pero un día, al preso al lado de mi cuartico le dieron uno de loza y se cortó las venas. Aquel pobre hombre no pudo soportar más las torturas. Le metían un perro en la celda, azuzándolo para que lo mordiera. Aquel guiñapo humano gritaba. mientras daba vueltas en aquel estrecho cubículo sin poder escapar del furioso animal, y eso se repetía día tras día. Estaban, además, los 'fusilamientos' en el patio, los 'fusilaban' con salvas, una y otra vez.

"Un día, el de la posta me trae una revista italiana donde aparecía el nombre de Dalia Jorge. Otro día me llevaron a verla. Mi sorpresa no tuvo límites: su cuarto era de lujo, tenía muebles, su mamá le traía la comida de su casa, y ella tenía el pelo limpio, recogido con rolos. Era el cuarto de La Princesa frente al de La Cenicienta. Y yo, de tonta, pensé que era porque a ella la detuvieron primero. Entonces me contó que cuando la arrestaron, estuvo tres días inconsciente y que la habían violado. Le contesté que a pesar de las torturas psicológicas sufridas, a mí no me habían tocado. Luego supe que sus vómitos era del embarazo por su romance con el fiscal Flores. Dalia era muy hábil. Como ella trabajaba en la compañía de teléfonos, conocía a muchas personas, tenía acceso a mucha información y delató a mucha gente. La llevaron a juicio y nos cambiaron los papeles. A ella la quitaron de la causa de acción y sabotaje, donde me pusieron a mí, a ella la soltaron y a mí me condenaron. Como ella conocía a todos dentro del movimiento, se dedicó a mirar por un espejo e identificó a cada uno de los nuestros.

"Regresé al G-2 y de ahí me mandaron a la prisión de Guanabacoa, pero allí hicimos un plante y como castigo nos trasladaron a Guanajay. Cuando me celebraron juicio junto a todos los demás, aunque ya él estaba condenado a 20 años, trajeron a Roberto: Dalia denunció que él no se llamaba Daniel, sino Roberto Torres y dijo que era mi novio. Cuando me llamaron a declarar, custodiada por cuatro militares con armas largas, tras decir el fiscal 'Para esta chica yo pediría la pena de muerte', ante el juez, fiscales, abogados y testigos dije lo que había confesado en privado: 'Soy la única responsable de repartir las petacas y yo fui sola, nadie me acompañó'.

"A ellos no les convenía esta declaración pública, porque a mí no me iban a fusilar, pero con eso lograba que les conmutaran la pena de muerte. Ese juicio no se terminó. De Guanajay me mandaron para Baracoa, castigada. Estando allí me avisó el abogado que era un buen momento para reabrir el juicio, pero necesitaba mi consentimiento para hacerlo sin mí. Sabía que me iban a condenar de 20 a 30 años, así que rechacé el abogado. Me condenaron a 20 años, de los que cumplí diez".

viernes, 10 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (VI) Reina Peñate



Reina Peñate

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Cuando Fidel Castro tomó el poder, Reina Peñate trabajaba como operadora de computadoras en el Ministerio de Educación, y sus esperanzas de que se lograría vivir en un régimen de derechos se desvanecieron tan pronto comenzaron a funcionar los paredes de fusilamiento sin juicio previo, las arbitrarias confiscaciones de propiedades y los desmanes de los nuevos amos.

Su descontento se fue haciendo evidente hasta el punto de confiar sus afanes conspirativos en Pepito Argibay, amigo desde la infancia y ahora comandante castrista, quien era visita frecuente de la familia Peñate en el central Preston, en Oriente. Argibay fingió involucrarse en el viaje clandestino de unos jóvenes que harían contacto con grupos contrarrevolucionarios en Miami, ofreciéndose a llevarlos, conjuntamente con Reina, hasta el barco que esperaba en las costas de Pinar del Río. Quienes los esperaban eran agentes del temido G-2. Ajena a lo que habría de suceder a bordo, Reina regresó a su casa. Tras varios días sin recibir confirmación desde Miami, Reina comenzó a inquietarse e hizo contacto con otros conspiradores para implementar un plan de acción.

"Es la parte más dura de todo este proceso, la traición. Es primera vez que cuento este episodio. Cuando Argibay me recogió en su auto, fue cuando le indiqué la dirección donde tendríamos la reunión, en El Vedado. Poco antes de llegar al sitio, me dice 'Déjame parar un momento en casa de Lydia Castro'. Lydia es prima hermana mía y a su vez, media hermana de Fidel, pero no por el lado mío. Fidel no es nada mío. Alegando que tenía un recado que darle a Lydia, Argibay se bajó del carro y enseguida regresó. Comenzó a arrancar el motor y a quejarse de que el auto estaba ahogado. El carro caminaba un poquito y se paraba. Cuando pudimos llegar a la esquina donde nos esperaban los muchachos, no estaban allí. Ya los había recogido el G-2. Toda indicaría que yo los había entregado, pero al final ellos supieron toda la verdad. Cuando estuvo en casa de Lydia Castro, Argibay alertó al G-2.

"Aprovechando mi amistad con la embajadora de Panamá, comencé a gestionar mi asilo. Decidí irme y continuar ayudando desde fuera. No volví a ver a Argibay, pero él seguía de cerca mis pasos. En una incursión que hice a Calabazar el 17 de mayo de 1961, me apresaron junto con el matrimonio al que yo estaba visitando, quienes no sabían de mis actividades. Entre el G-2 de Quinta y 14, Miramar, y otra instalación similar, pasé mis primeros veintipico de días detenida, hasta que me llevaron para la cárcel de Guanabacoa.

"El juicio en el cual nos encausaron a los cuatro muchachos y a mí fue una completa pantomima. Tanto el fiscal como los otros, estaban casi dormidos, con los pies puestos sobre las mesas, indiferentes a todo, un show mal preparado. Me sentenciaron a 9 años. Guanabacoa fue la prisión preventiva y de ahí me trasladaron a Guanajay, que era la cárcel para mujeres. En el G-2 dejé mis primeras libras. El despotismo y aquella comida indigente, tirada en platos de metal, me sirvieron de introducción a lo que me esperaría en Guanabacoa antes de iniciar el recorrido por varias cárceles. En Guanajay entré al pabellón B, estuve siempre entre las rebeldes y cogí muchos golpes. Como castigo por el intento de fuga de ocho muchachitas, a 65 de las rebeldes nos llevaron para Baracoa, Oriente, donde estuvimos en condiciones infrahumanas. Pero veníamos de Guanajay, una prisión que por muy pacifista que una sea aprende a defenderse, a contraatacar, a luchar con uñas y dientes por la propia supervivencia.

"Irónicamente la llamaban América Libre, pero cuando llegamos a esa granja, a las muchachitas las avasallaban demasiado, tenían que hacer el recuento a las 5 de la mañana y a esa hora salir a trabajar. Todo era muy estricto. Pero llegamos nosotras gritando Abajo el comunismo y negándonos a salir a trabajar y empezaron las confrontaciones. Ya no podían seguir chantajeándonos con ponernos con las comunes. Estábamos bien plantadas en lo nuestro. Aún así, los abusos eran frecuentes. Cuando la pelea por el sketch sobre Fidel, Celia y el Che, para hacer reír a las muchachitas, antes de empezar la obra, Emma Rodríguez y yo estábamos cantando, cuando entró la milicia, arrancó el telón y empezó el zafarrancho de combate.

"Cuando nos dieron una fuerte golpiza, por respaldar la huelga de los hombres en La Cabaña, a Gladys Chinea le dieron unos latigazos por la espalda con cables eléctricos torcidos. A Mercy Peña le pusieron los senos negros y a La Chavalita la cara negra. Corríamos para alante y para atrás y cuando un miliciano grandísimo fue a darle a Clarita González, se me ocurrió tirarle una piedra y me dieron un palazo tal por la espalda, un brazo y una nalga que los tuve negros mucho tiempo. En la nalga se me formó un quiste que tuvieron que abrírmelo. La atención médica era pésima. Tuve una fiebre altísima y me llevaron al hospital y el médico me hizo orinar en un pomito. Lo miró a trasluz y me dijo: 'Ah, sí, tiene infección en la orina'. Y me dio una pastilla y un vaso de agua. Eso fue todo".

Con una voz tenue, a veces inaudible, Reina Peñate narró su recorrido por las prisiones castristas. Cuesta asimilar cómo una mujer tan suave, tan femenina, se convirtió en una de las presas más rebeldes contra el sistema carcelario que maltrató y humilló en lo más íntimo de su sensibilidad a estas valerosas cubanas, en un desmedido esfuerzo por deshumanizarlas y convertirlas en no personas.

miércoles, 8 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (V) Cary Roque



Cary Roque

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Una viva muestra del peso que cargó sobre sus hombros la juventud cubana es Caridad Roque. Con solo 19 años de edad, trabajaba como locutora y actriz en CMQ Radio, actriz de telenovelas en CMQ Televisión y en la exitosa obra teatral Los Malditos. Además, estudiaba periodismo en la escuela Márquez Sterling. Como tantos otros jóvenes de su generación, Cary creyó honestamente que la revolución traería a Cuba un estado de derecho, sin golpes militares y con un absoluto respeto a la Constitución de 1940.

Poco le duró la ilusión. Casi desde el primer día, comenzó a ser testigo de la violencia desatada dentro de la propia CMQ. Se sintió defraudada por la revolución, pero aún más por las represalias contra quienes querían desligarse del sistema. El director de la escuela de periodismo, el Dr. Quintana, fue destituido y reemplazado por Carlos Rafael Rodríguez. Los alumnos que no simpatizaban con el nuevo régimen fueron depurados y se les prohibió acercarse a la escuela. Algo similar sucedía en la CMQ.

A diario, las también actrices Violeta Jiménez, Raquel Revuelta y Maritza Rosales presionaban a todas las demás para que se inscribieran en las recién estrenadas milicias. "Cuándo vas a unirte a las milicias, Cary. El domingo hay guardia", preguntaban con marca insistencia. Un día, en tono conminatorio, Violeta Jiménez la emplazó: "Estoy hablando contigo, Cary Roque, cuándo vas a ser miliciana?". A lo que Cary ripostó: "Nunca, porque yo no nací para andar con un fusil arriba, yo tengo una carrera, una educación y me gustan los pantalones como ropa de sport, no como uniforme". El círculo se cerraba más.

Cary había prometido a su madre no involucrarse en actividades contrarrevolucionarias y trataba de mantenerse alejada. Pero las promesas se las lleva el viento cuando hay que tomar decisiones mayores. Conoció a Margot Roselló y de inmediata se produjo identificación política entre ellas. Margot y su hermana Mercedes conspiraban con el Movimiento de Recuperación Revolucionaria (MRR). Cary comenzó a conspirar en acción y sabotaje.

"El 17 de abril de 1961 Margot y yo nos encontrábamos en la clínica Sagrado Corazón con Mercedes, quien había tenido un embarazo extrauterino. La casa de Mercedes, al lado del Parque Zoológico, era el cuartel general de operaciones, de ahí salían armas para el Escambray. Desgraciadamente, nuestro grupo fue infiltrado por un muchacho llamado Pepe Silva, a quien Mercedes defendía. Silva trabajaba en la Base de San Antonio de los Baños y tenía un contacto que nos suministraba granadas y armas. Nos denunció a todos y denunció la casa.

"En la clínica, Mercedes nos pidió que nos fuésemos para la casa porque Betty, su niña, estaba sola con la tata. Qué sorpresa nos llevamos. Allí estaba escondido un sobrino de Mercedes, fugado de la cárcel de Santa Clara. Y dentro de la casa todos estaban presos. La tata de la niña, asomada a la ventana de la cocina, nos abría los ojos, indicándonos que algo andaba mal, pero no nos dieron chance. Saltaron sobre nosotras con armas largas y al grito de 'Cogimos a las que esperábamos' nos apresaron. Hasta el abuelo de las Roselló, con las medallas de veterano de la Guerra de Independencia en su pecho, cayó preso.

"Tras permanecer ocho horas detenidos en casa de Mercedes, de madrugada nos llevaron para el MINFAR (Ministerio de las Fuerzas Armadas), donde nos esperaba Barba Roja, como le decían a Manuel Piñeiro y junto a él, Pepe Silva. Margot y yo nos miramos y pensamos: 'Bueno, se confirma lo que tanto dijimos y Mercedes negaba: Pepe nos ha denunciado'. Años más tarde, supimos que lo habían fusilado por robar armas para venderlas. Caer presas el 17 de abril, con todos los cuadros de la resistencia listos para cuando llegara la invasión, nos tomó por sorpresa, nos agarró desarticulados y sin información.

"Barba Roja me lanzó a la cara un montón de fotos tomadas por Pepe Silva durante un trasiego de armas, instándome a confesar que las mujeres en las fotos éramos Mercedes y yo. Yo hasta llevaba puestos los mismos espejuelos que en una foto, pero lo negaba una y otra vez. Fueron momentos muy duros. Fusilaron a muchos sin juicio. Por suerte, el esposo de Mercedes ni sabía que ella estaba conspirando, así que el infiltrado no pudo delatarlo. El pobre hombre estaba lívido al saber lo que estas tres mujeres venían haciendo en su casa y a sus espaldas. Así y todo, estuvo preso varios meses y salió loco.

"En aquellos días de Bahía de Cochinos, el paredón no dejó de funcionar. La consigna era 'Paredón, paredón, para saya y pantalón'. Todo preso que tú te encuentres hoy en Miami y que estuvo en La Cabaña en aquella época, te contará cómo llegaban a las galeras y decía: 'Tú, tú y tú, Fulano, Mengano y Zutano', sin juicio ni nada. Pero igual sucedía en cualquier estación de policía y en el MINFAR. A Mercedes la arrestaron en la clínica. Le querían quitar los sueros, transfusión y demás, pero su médico se les encaró y les explicó que ella estaba muy grave, tras haberla operado por un embarazo extrauterino. Dijo que la mantuvieran bajo custodia, pero que no la movieran. A Margot y a mí, por separado, nos llevaron para el G-2.

"Aquello era terrible, en un solo cuarto habíamos más de 70 mujeres. Me encontré con una conocida, Juanita, que trabajaba en la CMQ. A su esposo le ocuparon una planta de radio, logró escapar, pero la agarraron a ella. Allí comencé a conocer a quienes con los años se convertirían en mis hermanas. Gloria, mi verdadera hermana, trabajaba en la Pan American y la sacaron para Miami, no volví a verla en veinte años. Después de un mes en el G-2, junto con un grupo me trasladaron para una casa tapiada, a unas dos cuadras, creo que había sido la residencia de uno de los dueños de la tienda El Encanto. La habían subdividido en celdas, con dos literas en cada una. A mí me tocó compartir mucho tiempo con María del Carmen Muñoz y Grau, una muchacha muy inteligente que logró salir en libertad. Era de la Juventud Católica, de la Universidad de Villanueva y el Directorio, pero nunca lograron ubicarla y la soltaron. Ahí conocí a Reina Peñate y a Noelía Ramírez, a quien apodaríamos La Preciosa.

"Durante dos meses y medio estuve bajo interrogaroios constantes, de día y de noche, a veces me sacaban y me dejaban sola horas y horas, en un salón helado. El peor de los interrogadores, el más sinvergüenza, era Idelfonso Canales. Me presionaba mucho, amenazándome con fusilar a mi padre si yo no hablaba. Mis padres no sabían de mí desde el 17 de abril, seguro me daban por muerta. Pero Saturno se come a sus propios hijos y al igual que a Pepe Silva, a Canales lo fusilaron por traficar con dólares. Un día me dejaron ver a mis padres durante 15 minutos. Mi madre estaba destruida de los nervios y mi padre era un anciano: en un mes se había puesto blanco en canas. Le habían robado la vida. A su pregunta, les confesé que yo era culpable y que estaría presa por muchos años. No volví a ver a mis padres hasta que me trasladaron para Guanabacoa.

"El 22 de septiembre de 1961 se dictó nuestra sentencia en un juicio con Pelayito Paredón de juez y Flores Ibarra de fiscal, una combinación clave para la pena de muerte, que se la pidieron a 18 hombres y las condenas más severas para Margot y Mercedes Roselló y para mí. Fue un juicio desgarrador, con la sala atestada de familiares que gritaban cuando dictaban sentencia de muerte. Al finalizar el juicio, procedían a la apelación, a nosotras nos rebajaron las condenas a 20 años. Nos habían sentado en orden alfabético y a mi lado quedó Ángel 'Polín' Posada Gutiérrez, joven lleno de vida, revolucionario y ex capitán del Ejército Rebelde, para quien pidieron pena de muerte.

"Su esposa Norma Albuerne, presa y con tres meses de embarazo, quedaba en primera fila. Él me tomó la mano y apretándomela fuertemente me dijo: 'Lo único que voy a pedirte, Cary, es que la cuides y que mi hijo nazca en un país libre'. En ese juicio condenaron a muerte a Aldo Vera estando prófugo, al comandante Gonzalo Miranda, de la Marina de Guerra Revolucionaria le conmutaron la pena de muerte. Muchos venían del Movimiento 26 de Julio, era una conspiración netamente salida de las filas de la revolución. Era un juicio de mucha fuerza, por estar involucradas las tres armas, el Ejército, la Marina y la Policía. Importantes personalidades y varios embajadores estaban presentes, como el de Inglaterra. Tras cada sentencia de muerte, el preso quería abrazar por última vez a sus hijos, a su esposa, sus padres...

"Cuando terminó el juicio, los familiares se tiraron arriba de los que iban a fusilar y los policías, los cascos militares, a culatazo limpio nos golpeaban a todos. Los nuestros nos halaban para que no nos metieran en la jaula. Cuando a empujones nos montaron en la jaula para llevarnos a la cárcel de Guanabacoa, los familiares le cayeron atrás, mientras se oían los gritos de los que iban a fusilar. Horrible, horrible. Éramos 110 acusados y casi 400 familiares. Nunca olvidaré la cara de mi padre apretándose los puños y mordiéndose los labios, cargado de impotencia.

"En un nuevo traslado de Guanajay para Guanabacoa, nos pusieron con un grupo de las comunes, Ya habían reformado Guanabacoa y tenía un muro. La parte de atrás estaba repleta de las comunes y nosotras éramos 30 y pico en la galera 4. En la 5 estaba sola, separada, La Niña del Escambray. Todos los días hacían recuentos.

Un día cuando al fin había logrado baño, me estaba bañando cuando un miliciano me gritó que saliera para el recuento. Yo le dije: 'No, yo no puedo salir desnuda, por lo tanto, cuéntame desde aquí si quiere y si no, no me cuentes'. A los tres días nos llamaron a una corte disciplinaria. Llegaron cuatro milicianos al patio y nos hicieron un juicio por indisciplina y nosotras lo rechazamos, no lo admitimos. Aquello terminó a piñazos. Entró la guarnición y a ocho nos mandaron para las tapiadas: Gladys Hernández, Riselda 'La Chavala' Martínez, María Magdalena 'Maruca' Álvarez, María Amalia Fernández del Cueto, Teresita Vidal, Dora 'Japón' Delgado, Olguita Morgan y yo.

"Una tapiada de Guanabacoa es como una bartolina, con una hermética plancha de hierro por puerta, tiene un muro como cama de piedra y en el piso un hueco con dos planchitas de concreto, llamadas 'patines', para poner los pies, agacharte y hacer tus necesidades, cuando puedes y las ratas no te saltan desde el hueco para morderte. Del techo cuelga una cadena para soltar agua sobre ese hueco y es el mismo hueco donde cae el agua para bañarte, cuando te dan agua. Estando allí con Teresita Vidal se tupió el hueco aquel, salió el excremento y nosotras pidiendo a gritos que nos sacaran de aquella podredumbre que ya nos llegaba a las rodillas. Nos tuvieron así 48 horas, nos sacaron y nos llevaron para otra tapiada donde estaba Gladys Hernández. Nos turnábamos para dormir en la cama de piedra y las otras dos nos poníamos en cuclillas junto a la pared, porque no había espacio para sentarnos en el piso y estirar las piernas.

"Las celdas tapiadas de Guanabacoa tienen una peculiaridad sobre las de otras cárceles: son soterradas. Están bajo tierra, a mucha profundidad y sin ventilación, con una humedad indescriptible, por eso las llaman Los Pozos. Estuvimos un mes completo. Cuando cumplimos el castigo y nos regresaron a la galera, María Amalia me confió que tenía un plan de fuga. Se lo dijimos a las del grupo nuestro, Mary Martínez Ibarra, Japón y La Chavala. María Amalia tenía un contacto, una miliciana, para pasarle una segueta dentro de un colchón. Todo funcionó a la perfección. Durante una semana segueteamos los barrotes de la ventana sobre la cama de Japón, y para que no se oyera el ruido, las muchachitas cantaban o hablaban en voz alta. Entonces, ya en plan de fuga, nos trajeron a Aida Valdés Santana, que era de la microfracción, grupo de la vieja guardia comunista, molesto con la línea unipersonal con que gobernaba Fidel Castro. Nos llamó la atención que en vez de llevarla con Hilda Felipe y su gente a una cárcel especial, nos la plantaran, para que ella contara cómo pensábamos, cómo vivíamos.

"Entra la miliciana y nos dice: 'Aquí tienen a una presa que no es igual que ustedes porque ella es comunista arrepentida y por eso está aquí'. Aida aclaró su posición y le dijimos: 'Nosotras creemos que los comunistas te trajeron para acá pensando que íbamos a comerte por una pata porque eres comunista, pero aquí hay un respeto absoluto al derecho de cada como ser humano. Tienes tu espacio, pero aquí hay leyes, aquí no se chismea con ellos, no se habla con el verdeolivo. O tu eres plantada o te tienes que ir'. Pero teníamos la fuga metida por el medio. Yo me senté frente a Aida Valdés Santana y se puso más blanca que una vela. Le dije: 'Mira, tu ves esa ventana? La estamos segueteando. Nos vamos cinco y el resto lo sabe. Llevamos juntas muchos años y no desconfiamos unas de otras. Si esto se sabe es por ti y tu cabeza rueda por el polaco (el hueco)'. Se llenó de pánico, si la llamaban para ir al médico se negaba a ir sola, pedía que la acompañara otra presa, para tener testigos de que ella no hablaba.

"Yo sí creo que ella era del G-2, pero no delató la fuga. Eventualmente la sacaron de entre nosotras y la pusieron en la otra galera con La Niña del Escambray y Polita Grau, que ya había llegado. La Niña tuvo a Aida entre ceja y ceja desde el primer momento y a pesar de su hermetismo, tuvo con ella una fuerte bronca y alertaba a Pola: 'Te la han echado para conocer cosas de tu causa que el G-2 no pudo averiguar'. Fue una presa común, una negrita llamada Ileana Ruiz Terry, la que nos ayudó en la fuga, amontonando arena bajo la ventana por la cual nos tiraríamos desde la tercera litera. Al ser la más alta y delgada del grupo, salí la primera, descolgándome por una sábana para ir recibiendo a las otras en la caída. Como La Chavala era gordita, dos tendrían que subirla al techo.

"El primer guardia estaba borracho como una uva porque se había vaciado una botella de ron. Cuando Mary Martínez se agarró al techo, esa parte estaba rota, cayó sobre un cable de 220 que le quemó la nariz, le partió la boca y la lanzó por el aire contra el pavimento. El choque hizo parpadear las luces y esto alertó a los guardias. Japón era la única que ya estaba sobre el techo y pudo haberse fugado, pero al vernos imposibilitadas de seguirla, no quiso brincar el muro. Empezaron a tirarnos fuerte durante varios minutos, nuestras compañeras les gritaban Asesinos, asesinos... De nuevo para las celdas tapiadas. Para colmo de males, cogimos piojos. Japón y yo nos pelamos al rape con unas tijeritas. Si daban visita era cada seis meses, si daban jabas eran cada seis meses también".

lunes, 6 de abril de 2015

Las primeras presas políticas cubanas (IV) Vivian de Castro



Vivian de Castro

Testimonio tomado del libro Todo lo dieron por Cuba, de Mignon Medrano, Miami, 1995.

Viviana Fernández Rodríguez, popular actriz de radio y televisión de la CMQ, tenía una extensa trayectoria profesional en México, donde era admirada y públicamente conocida como Vivian de Castro. Madre de dos hijos, la llegada de Fidel Castro al poder fue fuente de honda preocupación en su vida. Buscó asesoramiento político entre personas más experimentadas que ellas, como el Dr. Alvaro de Villa, destacado intelectual y autor teatral.

Vivian comenzó a conspirar con varias organizaciones y casi sin darse cuenta, accedió al pedido de una colega, China Lee, de ocupar su lugar y subir al Escambray para entrevistarse con los insurrectos que tenían dificultades con el suministro de los armamentos. Su asociación con grupos del clandestinaje le había permitido visitar casas donde estaban escondidas armas que podrían hacerse llegar a los alzados. Se convirtió en una mujer arriesgada. Era vistosa, de palabra fácil, reconocida por el público: ante las autoridades no tenía el perfil típico de una clandestina.

Era el contacto ideal para no levantar sospechas. Tras un breve incidente que demoró su reunión con un joven que la acompañaría y que posteriormente fuera fusilado, el 3 de ooctubre de 1960 logró subir al Escambray y entrevistarse con Osvaldo Ramírez, líder de la operación. Para protegerla, Ramírez le dio el sobrenombre de 'Margarita'.

Producto de una delación, súbitamente, el grupo es emboscado, en lo que se conoció como "el primer cerco del Escambray". Acosados por una abrumadora mayoría, que incluía personal fresco traído de La Habana, se desata una violenta batalla, muchos alzados logran huir y otros son capturados. Vivian trata de adentrarse en la montaña con algunos alzados, pero alguien la agarra por el pelo y la obliga a esconderse. De los apresados, cinco son fusilados, incluyendo a Osvaldo Ramírez. Vivian es arrestada en Topes de Collantes.

La envían al hospital local, donde la mantuvieron varios días aislada, durmiento en el suelo, sin asearse y recibiendo una mísera comida al día. Después la llevan a la cárcel de Santa Clara y tras un violento interrogatorio que duró dos días, la encarcelan con presos comunes. A los dos días la llevan a juicio , junto con casi 200 hombres. La sentencian a 15 años. Al día siguiente, acompañada por un militar y otra presa, la trasladan a la prisión de Guanajay.

"Cuando me agarraron, a los guajiros les grité que yo era una artista y me identifiqué. Aquello corrió como la pólvora para disgusto de mis captores que comentaban: 'Ya todo el mundo sabe que Vivian de Castro fue apresada y eso no nos conviene'. Nunca se confirmó que había otra mujer. Me lo contó un guardia que me estaba cuidando y me dijo: 'Usted sí es bonita, la otra que está presa es fea'. Nunca la llevaron a juicio, quizás como era desconocida la desaparecieron. No sé qué hicieron con ella. Ya en Guanajay me concedieron la primera visita. Le pedí a mis padres y hermanos que sacaran a mis hijos de Cuba. Mi hijo mayor, de 12 años, se iría con su padre a México, donde vivía hacía años. Él era cubano, compositor y director de orquesta. El pequeño, de 5 años, quedaría al cuidado de mis padres y hermanos. Mi hermana me consideraba un 'pájaro de mal agüero' y se negaba a aceptar que yo pasaría largos años presa. Llegar a Guanajay y mirar aquellas ventanitas repletas de mujeres con las cuales tendría que compartir muchos años de mi vida tuvo un impacto imborrable en mí.

"Allí encontré amigas afines y otras no tan afines, pero todas nos ayudamos y nos mantuvimos unidas en la mala. Comulgáramos o no con ciertas actitudes, todas nos respetamos y nos respaldamos. Teníamos una cosa muy importante en común: el amor a la patria, el amor a la libertad. En mi grupo inmediato estaban Ana María Rojas, la Dra. Isabel Rodríguez, Lydia Herrera, Sinesia Drake, Esther Ferro, Mechito Rodríguez, María Isabel López, La Gallega, que vive en Australia y fue como una hermana para mí. Párrafo aparte es Pola Grau. De ella tengo un recuerdo muy especial, porque me dio valor y una gran lección estando juntas durante un castigo en Guanajay.

"Yo no era pobre paupérrima, pero nunca fui rica. Pola sí fue una mujer rica y hasta vivió en el Palacio Presidencial, cuando fue primera dama como sobrina del presidente Grau. Un día, sentadas frente a frente, nos entregan un plato de harina llena de gusanos, no había quien se la tragara. Las lágrimas me caían dentro del plato. Y Pola, que había comido en los mejores restaurantes del mundo, con la cabeza en alto y sin mirar el plato se tragaba una cucharada tras la otra. Fueron 10 años de castigos crueles, a veces unos más largos que otros, como el que duró tres años, entre el traslado a Baracoa y al regreso, el encierro en celdas tapiadas".

Cuando sale de la cárcel, se encuentra que su madre ha muerto, su padre está casi ciego y su hermano se ha apropiado de la casa y todas las pertenencias de ella y de su hermana. Le dice que Fidel se la había regalado, que ella ya no tiene nada. Sin hogar y sin familia, acepta irse a vivir con Ramón Rey (ex preso hijo de españoles a quien había conocido en prisión) y sus padres. Pero con la condición de no casarse en Cuba, para no complicar sus respectivas salidas del país.

Vivian llega a Miami en 1977 y sufre el rechazo de sus hijos. Y la salida de Rey de Cuba no se produce hasta abril de 1979 y cuando llega a Miami parece un espectro. En el aeropuerto, Rey le pregunta quién está primero, sus hijos o él. Ella le responde: "Te ganaste el primer lugar, porque mis hijos me han abandonado". Pero el distanciamiento y las constantes recriminaciones de los hijos atormentan a Vivian hasta el borde del suicidio. Con un valor extraordinario, ella es la que rompe los lazos y renuncia a todo vínculo con sus hijos. Es entonces cuando comienza a rescatarlos.

Los años de cárcel fueron años de maltratos y sufrimientos para Vivian, pero para sus hijos fueron tiempos muy duros también, sin su madre, con una familia fragmentada, sin orientación. Poco a poco, Vivian y su hijo mayor residente en México con su esposa e hijos, han emprendido un largo camino de comprensión y respeto mutuo.