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jueves, 16 de febrero de 2017

Arnaldo Ramos Lauzurique (V) A seis años de la 'revolución energética' de Fidel Castro


Cuando en mayo de 2005 se desató una crisis energética -más bien eléctrica- a consecuencia de largos años de deficientes mantenimientos, utilización excesiva de petróleo crudo y obsolescencia de las Centrales Termoeléctricas, la solución, como siempre procedió de Fidel Castro, al que se le ocurrió la fantasiosa Revolución Energética, con la introducción generalizada de Grupos Electrógenos y la venta obligada de equipos electrodomésticos a cambio de la entrega gratuita de los antiguos. Según planteó, las Centrales Termoeléctricas serían sustituidas paulatinamente por los Grupos Electrógenos y los ciclos combinados de gas acompañante.

Fidel Castro pretendía un ahorro horario de un millón de kilowatts (Kw) en 2006, pero en lugar de ello, en ese año, la producción se incrementó en un 7,3%, desde 15 341,1 gigawatts-hora (gwh) en 2005 a 16 468,4 gwh en 2006, y continuó ascendiendo hasta llegar a 17 573,6 gwh en 2010, para un aumento del 14,6% sobre 2005.

El consumo de todo tipo de combustibles para generar electricidad fue, según planteó el entonces ministro de Economía y Planificación, Marino Murillo, en la sesión del 18 de diciembre de 2010 de la Asamblea Nacional del Poder Popular, de 337,3 toneladas por gwh, muy superior a las 210 toneladas por gwh que supuestamente debían gastar los Grupos Electrógenos con los cuales se pretendía sustituir mayoritariamente las Centrales Termoeléctricas, lo cual significó que la Revolución Energética, en lugar de representar un ahorro de combustible, lo incrementó enormemente.

El consumo residencial se elevó de 5 010,0 gwh en 2004 a 6 707,1 gwh en 2010 y el consumo promedio mensual por hogar de 139,4 kwh en 2004 a 159,7 kwh en 2010; para un incremento del 14,6%; y como además, las tarifas eléctricas sufrieron alzas en dos ocasiones, en noviembre de 2005 y noviembre de 2010, la factura de electricidad para una vivienda promedio creció de $16,88 mensuales en 2005 a $27.88 en 2010, para un 65,2% de elevación. Aunque para los consumidores mayores de 200 kwh y más aún, para los que consumen más de 350 kwh, el incremento fue mucho mayor.

La generación con los Grupos Electrógenos que era de sólo el 1,1% del total en 2004 fue creciendo hasta alcanzar el 24,9% en 2009, pero en 2010 comenzó a declinar y solo representó el 22,4 %. En términos absolutos, la producción de los Grupos Electrógenos se redujo de 4 401,8 gwh en 2009 a 3 939,5 gwh en 2010, para un 10,5 % de decremento.

Pero el mayor desatino de la Revolución Energética de Fidel Castro fue obligar a la población a cocinar con electricidad. Se distribuyeron 2,5 millones de hornillas eléctricas a los núcleos que cocinaban con kerosene o gas licuado de petróleo -el 71,4% de los hogares- lo cual fue una de las causas fundamentales que contribuyó a incrementar la generación total y en especial el consumo residencial.

Transcurridos seis años desde que comenzó esa fallida iniciativa, son numerosas las quejas de la población por el incremento de la factura eléctrica y las dificultades con las reparaciones de las hornillas, que sometidas a un régimen de trabajo para las cuales no fueron creadas, se rompen frecuentemente, con el agravante de la falta de piezas de repuesto.

Un ejemplo de ello lo constituye una jubilada que el 11 de marzo se quejaba al diario Granma, acerca de las numerosas partes y piezas de su equipo que había tenido que cambiar, al cual, por tercera vez, se le había roto la resistencia y no la había. Además tampoco le entregaron la parte de la reserva de gas que debía corresponderle en esa contingencia y expresó: “Antes, con tres botellones de gas de 100 libras yo cocinaba para mi familia durante todo el año. Hoy gastamos un promedio de 1 500 kw de electricidad anual sólo en cocinar…” (lo que significa un gasto de 125 kwh mensuales).

El 18 de marzo, abundando en lo planteado por esa jubilada, un especialista del ramo entregó un documento escrito al propio diario, haciendo una comparación técnico-económica entre la cocción con gas licuado de petróleo y con electricidad, que demostraba que el primero era mucho más económico, no solo para la economía familiar, sino también para la nacional. Y concluyó recomendando volver a la utilización del gas licuado de petróleo en lugar de la electricidad.

Pero nadie se atreve a darle marcha atrás a la disparatada iniciativa de Fidel Castro y las cosas continúan iguales, pese al criterio generalizado en contra.

Por suerte, cualquier guajiro inculto tiene mucho más sentido común que Fidel Castro. Y desde los más intrincados montes cubanos, personas que no están dispuestas a vivir en la oscuridad, el atraso y los apagones aportan sencillas y eficientes iniciativas. Entre ellas está, la cuchufleta, un artefacto que utilizando un viejo dinamo automotor, un hilito de agua, catalina y pedales de bicicleta, la fuerza humana y otros artículos en desuso, es capaz de dotar de suficiente electricidad a una vivienda para su iluminación y hacer funcionar un refrigerador, un televisor y otros aparatos.

A modo de una aventura radial se podría promover esta creación guajira con el lema: “Donde la oscuridad aceche, cuando el apagón amenace, allí estará la cuchufleta, el alumbrón al rescate”.

Arnaldo Ramos Lauzurique
Blog Desde La Habana, 27 de abril de 2011.

lunes, 13 de febrero de 2017

Arnaldo Ramos Lauzurique (IV): Ay, Mamá Inés, ¿hasta cuándo sin café?


Al cumplir 7 años, después de darle un beso y un regalito, la mamá le dijo al niño que tenía dos noticias, una buena y otra mala. El pequeño, ya acostumbrado a afrontar los avatares de la satrapía, le pidió que le diera la mala noticia primero. La mala, le dijo, es que a partir de hoy te quitan el litro diario de leche asignado (30 litros al mes), y la buena es que te van a dar 115 gramos mensuales de café mezclado, que contiene 57,5 gramos de sucedáneos (chícharos ) y 57,5 gramos de café Robusta (variedad de inferior calidad, la de mejor calidad es la Arábica, con mayor sabor y aroma).

El régimen informó que a partir de mayo de 2011, la cuota mensual de café que se distribuía en los primeros días del mes, se cambiará por café Robusta mezclado con chícharos.

Como se excluyeron de la cuota los niños de 0 a 6 años -unos 852,800 según estadísticas oficiales de 2009- entonces, de los 11 millones 241,161 habitantes del país al cierre de 2010, el paquetico mensual de 115 gramos lo recibirán unas 10 millones 388,400 personas, que hacen un total de 14,336 toneladas de café mezclado.

En la nota oficial se indica que aún con el ahorro que significa cambiar una parte del café por chícharos, permanecería un subsidio de 190 millones de pesos (equivalentes a 7,6 millones de dólares), que sumados al pago de 4 pesos en moneda nacional por cada paquete mensual de 115 gramos para esos 10 millones 388,400 consumidores que lo recibirían, totalizaría un equivalente de 27 millones 545,700 dólares, que al precio informado por el régimen de 390 dólares la tonelada de chícharos y 2,904 dólares la de café, significaría una importación para ese fin de 5,603 toneladas de chícharos y 8,733 toneladas de café Robusta, lo cual implicaría que la mezcla a ofrecer estaría compuesta de un 39,08% de chícharos y 60,92% de café.

Sin embargo, en el paquete de 115 gramos que ya se comenzó a entregar se indica que contiene un 50% de sucedáneos (chícharos), por lo cual para cubrir la cuota de 14,336 toneladas de café mezclado habría que importar 7,168 toneladas de café Robusta e igual cantidad de toneladas de chícharos, lo que totalizaría, a los precios ya expresados, 23 millones 611,392 dólares, que comparado con el gasto de la población para comprarlo, de 27 millones 545,700 dólares, significaría que el subsidio sólo sería de 3 millones 934,308 dólares, equivalentes a 98,4 millones de pesos y no 190, como dice la nota oficial.

El sobre contiene indicaciones acerca de cómo manipular la cafetera al colar el engendro, quizás en previsión de roturas y hasta explosiones masivas de éstas, las cuales no están diseñadas para un producto de esa naturaleza. Es interesante resaltar, que mientras el chícharo se vende en forma liberada a la población a un precio de 3,50 pesos la libra, el contenido en el café mezclado lo adquirirá a 16 pesos la libra, equivalente a 1,391 dólares la tonelada, tres veces y media superior al precio del mercado mundial.

Se había informado que Cuba en 2011 importaría 17 mil toneladas de café por 45 millones de dólares, por lo que el precio previsto era de unos 2,647 dólares por tonelada y no 1,740 dólares por tonelada como se sobreentiende de la información del régimen, lo que implicaría que para cubrir el incremento de precios de la cuota de 11 millones 241,161 habitantes, y que ascendía a unas 15,513 toneladas, solo se requerían 13,6 millones de dólares adicionales y no 27 millones como se desprendería de esa nota.

Aunque solamente en 2011 se importaran las 7,168 toneladas de café necesarias para mezclar la cuota de la población, todavía estarían disponibles para otros fines unas 6 mil o 7 mil toneladas de producción nacional, de las que una parte se destina para su venta en divisas en paquetes de diversos tamaños, de los cuales la población compra preferentemente el de 250 gramos a un precio de 3,40 CUC, que equivale a 0,0136 dólares por gramo (13,600 dólares por tonelada), por lo que bastaría que el 64% de las 3,5 millones de familias cubanas comprara un paquetico de 250 gramos al año -en total 2 millones 235,294 sobrecitos- para cubrir los 190 millones de pesos (7,6 millones de dólares) que el Estado alega tiene que subsidiar. Pero para compensar los 98,4 millones de pesos (3,9 millones de dólares) a los que realmente asciende el llamado subsidio bastaría con que esa compra la hiciera solamente el 59% de los hogares.

No caben dudas, por tanto, de que la población está subsidiando a ese subsidio, ya que las compras por divisas son mucho mayores, pues el sobre de 115 gramos que recibe una persona al mes alcanza sólo para colar 3 o 4 veces en una cafetera de 6 tazas, y únicamente alcanzaría para tomar una taza diaria durante 18 ó 24 días como máximo.

La información aquí ofrecida no es exacta, pero sí lo suficientemente documentada para caracterizar los resultados de esta medida, que se suman a la ya amplia sucesión de decisiones impopulares dictadas en los últimos tiempos en la isla.

El buchito tradicional de café es una costumbre ancestral en Cuba y en tiempos de penurias, como ahora, su carácter estimulante ayuda a paliar las deficiencias alimentarias. De ahí que esta medida haya traído entre la población mucha más inconformidad y comentarios que las otras malas noticias que llueven últimamente.

Además, no es posible engañar a nadie tratando de sugerir que hubo una rebaja de precios al venderse el mezclado a 4 pesos en lugar de 5, que se pagaba por el no mezclado, porque hasta 2005 ese sobre de café mezclado se vendía a 24 centavos.

Por cierto, hay que aclarar que el café que se estaba vendiendo como puro era una mezcla de 30% de café Arábica y 70% de café Robusta. Cuando Bola de Nieve cantaba “ay mamá Inés, todos los negros tomamos café”, además no estar mezclado el café, era Caracolillo, una variedad de sabor más intenso y de la cual hoy sólo puede disfrutar una minoría en Cuba.

Arnaldo Ramos Lauzurique
Blog Desde La Habana, 15 de mayo de 2011.

Video: A la actriz y cantante argentina Libertad Lamarque (1908-2000) y a los bailarines los 'oscurecieron' para que interpretaran y bailaran Ay, Mamá Inés, de Eliseo Grenet.

jueves, 9 de febrero de 2017

Arnaldo Ramos Lauzurique (III) El dilema de la libreta de abastecimiento


El régimen cubano, como el enamorado indeciso, se la pasa deshojando la margarita entre la disyuntiva de mantener o eliminar la libreta de racionamiento.

Mientras, patrocina una seudopolémica en los medios nacionales, donde pocas veces hay un análisis documentado, utiliza sus canales para saber lo que piensa la gente. Y la realidad es que el grueso de la población no quiere oír hablar de la eliminación del ya vetusto documento, vigente desde marzo de 1962.

La actitud popular pudiera parecer paradójica, ya que "la libreta" como se le denomina, es ante todo un efectivo medio de control y pareciera que, como el perro, reclama plañideramente su dogal antes de salir de paseo.

Pero es que "la libreta" ofrece una parte de la alimentación a bajos precios. Y no se puede olvidar que el 83 por ciento de la población, unos 9,3 millones de personas que nacieron después de 1958, o que tenían hasta 9 años en esa época, no conocen otra forma de comercio y distribución de alimentos.

La eliminación del racionamiento podría traer tensiones sociales agudas, adicionales a la ya tensa atmósfera económica y social imperante y lo más probable es que el régimen opte por dejar las cosas como están. La indecisión es la peor de las decisiones y a la larga se comprobará.

Según cifras oficiales, en 2007 la población consumía 3,288 kilocalorías (Kc) per cápita diarias, de las cuales 449 correspondían al consumo social, fundamentalmente obtenidas en comedores obreros, a muy bajos precios y ahora amenazados de desaparecer. Del resto, 2,839 Kc, el 58 por ciento (1,655 Kc) se ofrecían por la cuota normada a un costo mensual de 37 pesos. Y el 42 por ciento (1,184 Kc) debían adquirirse a precios liberados por un importe estimado de 132 pesos, en total 169 pesos.

Para expresarlo más claro, por la cuota normada, la población obtenía el 58 por ciento de los nutrientes, con el 22 por ciento del dinero que destinaba a ellos, mientras el 42 por ciento comprado en los mercados, en moneda nacional y en divisas, representa el 78 por ciento del gasto.

Quiere ello decir, que de eliminarse la libreta, si permanecen las condiciones presentes, los gastos de la actual cuota normada se elevarían cinco veces para una persona al mes: de 37 a 185 pesos, que representaría un incremento de 148 pesos. Y el gasto total mensual en alimentación para una persona sería de 169 a 317 pesos.

Para la población, estos 317 pesos per cápita mensuales en alimentos, sumarían al año 42,743 millones pesos, que habría que comparar con sus ingresos totales. Los ingresos totales de la población al año, alcanzan un estimado de 53,868 millones de pesos, compuestos por 25,625 millones en salarios, 4,140 millones en otros ingresos de los trabajadores, 3,950 millones en pensiones, 1,203 millones de asistencia social, 2,950 millones que sería el equivalente de los estímulos en divisas y 16,000 millones como equivalente de las remesas familiares, salarios en divisas y otros emolumentos de intelectuales, técnicos, etc.

Con un gasto en alimentos de 169 pesos mensuales per cápita, la población gastaba en total al año 22, 787 millones de pesos, el 42 por ciento de sus ingresos, un nivel ya muy elevado. Con la eliminación de la libreta gastaría 42,743 millones de pesos, el 79 por ciento, un nivel que ya podría calificarse de sofocante. Ese análisis no tiene en cuenta los distintos estratos de la población, que se pueden clasificar en tres tipos de grupos familiares.

Grupo 1.- Los que dependen exclusivamente de salarios, pensiones, estímulos y otros ingresos, sólo en moneda nacional (CUP) que comprenden aproximadamente 2 millones 226 mil núcleos familiares de los 3,5 millones existentes, y unos 7 millones 145 mil 600 personas, para un 64 por ciento de la población. Los ingresos promedios mensuales de este tipo de núcleo son aproximadamente de 819 pesos, que equivalen a 255 pesos por persona, por lo que se verían imposibilitados de adquirir los alimentos necesarios por 317 pesos, al no existir libreta y sin poder acceder al resto de artículos y servicios necesarios para la vida. Este sería el grupo más vulnerable, y abarca casi dos tercios de la población.

Grupo 2.- Comprende unos 574 mil núcleos familiares, con alrededor de 1 millón 842 mil 500 personas, que cubre el 16 por ciento de la población, el cual, además del salario y otros ingresos en moneda nacional, dispone de estímulos en divisas. El ingreso mensual de este tipo de núcleo sería de 1, 229 pesos que sería de 383 pesos por persona, por lo que tendría un excedente por persona de 66 pesos sobre los 317 necesarios para adquirir alimentos. Las personas de este grupo tendrían que sacrificar una parte de los nutrientes para cubrir mínimamente otros gastos.

Grupo 3.- Incluye a quienes además del salario y otros ingresos en moneda nacional, reciben remesas en divisas desde el exterior, salarios en divisas por trabajos en corporaciones o en el turismo, o disfrutan de propinas y otros emolumentos en divisas, por ser artistas, escritores, médicos, profesionales, atletas u otros. Abarca 700 mil núcleos familiares con alrededor de 2 millones 247 mil personas, para un 20 por ciento de la población. Su ingreso promedio es de 2,646 pesos, que significa 824 pesos por persona, suficientes para cubrir sus gastos corrientes.

Concluyendo, de eliminarse la libreta, el 64 por ciento de la población se vería en una situación desesperada, otro 16 por ciento se encontraría en un estado muy apretado y sólo el 20 por ciento podría afrontarlo. Pero la situación necesariamente no tiene que ser así, porque los altos precios actuales tienen como base el bajo nivel de la oferta y el gobierno lo sabe, conoce las causas y pretende resolverlo sin ceder posiciones.

Ninguna nación en el mundo ha mantenido por tanto tiempo -48 años- un racionamiento. Después de la Segunda Guerra Mundial los países de Europa Occidental no tardaron mucho en eliminarlo. En los países socialistas de Europa, incluida la URSS, no llegó a la mitad de la década de los 50. China, con sus más de 1,300 millones de habitantes, no tiene racionamiento. El caso más reciente, Vietnam que salió de la guerra con Estados Unidos en 1975, y que a partir de 1979 tuvo que guerrear un año con los “camaradas” chinos, ya a finales de la década de los 80 había eliminado el racionamiento.

Los comunistas chinos y vietnamitas tienen una fórmula probada contra el estancamiento: la economía socialista de mercado. El guiño le debería resultar claro al régimen cubano: “Hay que ceder algo para conservar el país”.

Los asiáticos entendieron que unos cuantos cabezones, sentados en sus buroes, ni con ábacos, calculadoras electrónicas, ni las más poderosas computadoras, pueden sustituir el poder regulador del mercado, ni reaccionar automática y rápidamente ante las variaciones de la oferta, la demanda, los ingresos, las preferencias del consumidor, ni las contingencias que constantemente tiene que enfrentar la economía.

En lugar de ello, el régimen cubano ensaya una caricatura de reforma. Entrega tierras en usufructo, atestadas de marabú, para que esos finqueros produzcan lo que el Estado establezca, a los precios que éste fije para su entrega al propio Estado en cantidades predominantes. Las tímidas reformas no pueden cambiar la situación del campo cubano, incrementar la oferta de alimentos, ni lograr una disminución de los precios.

Tampoco se puede incrementar la producción agrícola sin resolver otros problemas de la economía. Es necesario resolver la debacle financiera del país y eso no se logra reduciendo al mínimo las importaciones necesarias, ni con una costosa e inoperante sustitución de importaciones, es necesario llevar a altos niveles las exportaciones, incrementar las inversiones foráneas e incentivar la actividad privada.

Sólo así se podrá incrementar la producción, el volumen de insumos para la industrias, la agricultura y el transporte, y la oferta de artículos nacionales e importados para la población.

Pero el régimen no quiere. Al testamentario (Raúl Castro) le da miedo, terror y espanto contradecir la última voluntad del moribundo (Fidel Castro). Lenin decretó que el socialismo derrotaría al capitalismo porque lograría una superior productividad del trabajo y eso es exactamente lo que no ocurrió.

Chinos y vietnamitas han tenido que ceder a la obstinada realidad, con los peligros que esto entraña para el sistema comunista, porque la economía de mercado, implica propiedad privada y ésta produce propietarios que no tardan en reclamar su cuota de participación en el poder.

Mantener el equilibrio del comunismo, con la economía de mercado, es caminar por una cuerda floja, que puede requerir de vez en cuando un sangriento Tiananmen, pero no queda más remedio, parecen compartir chinos y vietnamitas. La máxima dirigencia troglodita cubana prefiere, como se dice en Cuba, jugársela al “pegao”, es decir, el todo por el todo, que equivale a la larga al fracaso total.

Pareciera que todos estos comentarios se alejan de la cuestión inicial, la eliminación o no del racionamiento, pero todo forma parte de lo mismo. O el régimen inicia una apertura seria, o la población pierde su infinita paciencia, algo que ya está ocurriendo.

Se discute sobre la “libreta”, pero todos saben que no se trata solamente de eso, se trata de... Ya ustedes saben.

Arnaldo Ramos Lauzurique
El Mundo, 6 de junio de 2010.

Foto: Libreta de racionamiento. Tomada de Infobae.
Nota.- Arnaldo terminó de escribir este trabajo el 31 de mayo de 2010, un día antes de ser trasladado de la cárcel Nieves Morejón, en Sancti Spiritus, a la prisión 1580 en La Habana. Para escribirlo, al igual que otros textos redactados en sus siete años de presidio, utilizó utilizado la única información que en las cárceles cubanas permiten a un preso político: periódicos y revistas oficiales (TQ).

lunes, 6 de febrero de 2017

Arnaldo Ramos Lauzurique (II) La canción del desengaño


"Como un barco al garete en mar embravecido, como un renegado con la fe perdida. Herido el corazón, perdida la ilusión", a todas horas se escuchaba la voz del inefable Orlando Vallejo en la radio y victrolas de Cuba en los años 50. Ahora ese bolero no evoca reminiscencias, expresa la realidad contemporánea.

La fe y la ilusión perdidas del cubano actual, el barco al garete que es la Cuba de hoy, sin rumbo en un mundo proceloso que busca soluciones a sus problemas ambientales, sociales y económicos.

En esas circunstancias, irrita más que angustia, observar las prolongadas declaraciones de Chávez y las delirantes monsergas de Fidel Castro, autoproclamados defensores de los pueblos, agorando graves calamidades si no se adopta la receta mágica de sustituir el capitalismo por un nuevo socialismo que no acaban de definir, después de que el otro se derrumbara como las torres gemelas, no por un agente exterior, sino por un proceso cancerígeno interno.

Estos agoreros pasan por alto que la humanidad aún aprovecha infinitamente la energía que la Tierra recibe del Sol para mover la economía y para crear las calorías que alimentan a sus miembros, suficiente para 5 mil millones de años más. Lo más apabullante sobre ese nuevo socialismo lo expresó Raúl Castro en su discurso de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el 1 de agosto de 2009, cuando propuso para no se sabe cuándo, el durante siete años postergado VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, prometido para 2009, hasta que se pueda definir qué tipo de socialismo construir, medio siglo después de que Fidel Castro proclamara el carácter socialista de su régimen.

Ello resultó tan desconcertante como cuando una década atrás Fidel Castro expresara: “Ahora sí vamos a construir el socialismo”, que asombró principalmente a sus seguidores, convencidos así que llevaban muchos años perdiendo el tiempo. Chávez nunca ha podido definir concretamente su socialismo del siglo XXI y su ministro de Finanzas, el ex guerrillero Alí Rodríguez Araque en una mesa redonda en La Habana, el 13 de marzo de 2009, lo intentó de una forma simplista al conceptuarlo como “sistema de relaciones humanas que tiene como valor supremo el trabajo”, algo que es válido para cualquier formación social de bípedos pensantes, desde los tiempos de la australopiteco Lucy.

Evo Morales, que hace un gran esfuerzo en sus discursos, por traducirse a sí mismo del aymara al español, propone un socialismo apegado a la Pachamama, tal como la creó Viracocha, con ponchos, hojas de coca y llamas incluidos. Rafael Correa, en una disertación en La Habana, fue más cauto y sólo se limitó a distanciar su socialismo del fracasado y desprestigiado modelo estalinista.

Concluido 2009, la decorada nave cubana, en un mar encrespado, con un neoplásico timonel en estado catatónico, cada vez con menos frecuentes estados de lucidez, y al mando un senil y torpe grumete, busca carenar en el puerto de La Guaira, teniendo cerca mejores fondeaderos.

El PIB (Producto Interno Bruto) de Cuba en 2009 se incrementó en 1,4% sobre 2008, pero teniendo en cuenta que en el primer semestre se incrementó en sólo 0,8%, significa que el segundo semestre -el de menos producción agrícola y muy pequeño peso en la producción azucarera- se incrementó al menos en un 2%. La estructura del PIB en los últimos años es la siguiente:



El pequeño crecimiento del PIB ya resulta poco creíble, por el hecho de que se logró con una disminución de unos 5 mil 600 millones de dólares en importaciones de bienes, que significa una reducción notable en adquisición de materias primas, combustibles y otros medios de producción. Otro aspecto que hace increíble estos resultados es que, mientras el PIB creció en un 1,4%, los servicios lo hicieron en una 4%, por lo que la actividad productiva debió forzosamente disminuir en un 10,1%, lo cual se suma a un decrecimiento del 9,4% en 2008, por lo que lleva tres años decreciendo de forma absoluta y muchos años más disminuyendo su participación en el PIB.

En 2000 representaba el 31,0% del PIB, casi la tercera parte y en 2009 se redujo al 16,4%, menos de una sexta parte, lo cual constituye una verdadera hipertrofia. Los voceros económicos del régimen alegan que Cuba se ha convertido en una sociedad de servicios, pero esa presunta sociedad de servicios deja bastante que desear en esas actividades, a la vez que restringe contínuamente los bienes materiales.

Arnaldo Ramos Lauzurique
Nota.- Primera de siete partes de un exhaustivo análisis sobre la situación económica cubana que Arnaldo Ramos Lauzurique redactara en la prisión Nieves Morejón, Sancti Spiritus, a principios de 2010. Las seis partes restantes pueden leerlas en este blog.

Foto de Elio Delgado Valdés, del reportaje Peregrinación al Santuario Nacional de San Lázaro, publicado el 17 de diciembre de 2016 en Havana Times.

jueves, 2 de febrero de 2017

Arnaldo Ramos Lauzurique (I) Adiós a un disidente ejemplar


Cuando en 1996 comencé a escribir como periodista independiente en Cuba Press, ya Arnaldo Ramos Lauzurique no laboraba como economista en la Junta Central de Planificación y se había convertido en opositor del castrismo.

Junto a otro economista, amigo y compañero, Manuel Sánchez Herrero, en 1991 se integra al Partido Socialdemócrata Cubano que dirigió Vladimiro Roca Antúnez. Luego, al lado de la también economista Martha Beatriz Roque Cabello, los tres participan en la fundación del Instituto de Economistas Independientes de Cuba.

Los integrantes del Grupo de Trabajo de la Disidencia Interna más conocidos eran Martha Beatriz, Vladimiro Roca Antúnez, René Gómez Manzano y Félix Bonne Carcassés, pero entre sus más cercanos y fieles colaboradores estuvieron Sánchez Herrero y Ramos Lauzurique. Ellos pusieron su granito de arena en la redacción de La Patria es de Todos, el documento de más alcance nacional e internacional redactado por un grupo opositor en la Isla.

La Patria de Todos se lanzó en junio 1997 y apenas un mes después serían violentamente arrestados los cuatro miembros principales (Martha, Vladimiro, René y Félix). El 1 de marzo de 1999, en el Tribunal de Marianao, tendría lugar el juicio, uno de los grandes shows represivos montados por Fidel Castro y el Departamento de Seguridad del Estado (DSE). El juicio se celebraba dos semanas después que el monocorde parlamento, presidido por Ricardo Alarcón, aprobara la Ley de Protección de la Independencia Nacional y la Economía de Cuba, más conocida por Ley Mordaza y que por disentir, justifica condenas de veinte años o más de privación de libertad.

Con distintas penas, los cuatro fueron condenados, aunque el único que cumplió íntegramente los cinco años de su sanción fue Vladimiro (le pasaron la cuenta por haber sido hijo del líder comunista Blas Roca Calderío, ex secretario general del Partido Socialista Popular). Calladamente, acorde a sus respectivas formas discretas de ser, Arnaldo y Manuel continuaron, como pudieron, la labor del Grupo de Trabajo de la Disidencia Interna.

En aquella época, Arnaldo vivía con sus dos hijos y su esposa, Lydia Lima Valdés, en una casa de planta baja cercana al antiguo Estadio del Cerro. Cuba se encontraba en 'período especial' y Arnaldo, para sobrevivir, compraba maní crudo en algún agromercado, lo tostaba y envasaba en cucuruchos. Y a pie se iba, a venderlos en las afueras del Zoológico de la Avenida 26, Nuevo Vedado. Manuel ya tenía su salud bastante deteriorada, por un cáncer de próstata. En 1985, cuando aún trabajaba la Juceplan, permaneció un año arrestado, acusado de 'desacato'. ¿El motivo? Un libro que Sánchez Herrero escribió sobre las similitudes de Benito Mussolini y Fidel Castro.

Pero los dos, y esto lo sé por mi madre, la periodista Tania Quintero, que fue muy amiga de Arnaldo y de Manuel, además de mantener su incólume su oposición al régimen, a menudo se reunían para analizar conjuntamente el panorama económico, político y social de Cuba en el contexto internacional. "Algunas tardes, en 1998, tuve el privilegio de conversar y debatir largamente con Arnaldo y Manuel. Nos encontrábamos en casa de Elena, hermana de Martha Beatriz, en la calle Neptuno. Había tremenda escasez, pero Elena siempre se las arreglaba para brindarnos una merienda y café. Y más de una vez no nos dejó irnos sin antes habernos ofrecido un plato de chícharos acabados de hacer y un trozo de pan, entonces un lujo".

Por falta de dinero, Arnaldo caminaba a pie toda La Habana, su salud era buena. A Manuel el cáncer se lo llevó el 15 de mayo de 1999. Por sus bolsillos vacíos, Arnaldo y Tania no pudieron encargarle una corona, pero fueron a su modestísimo velorio, en la funeraria de Zanja, la funeraria de los pobres. Se sentaron en sillas que permitían ver la puerta de entrada de la funeraría y detectar la presencia de oficiales de la policía política vestidos de civil.

"En eso, me cuenta Tania, vimos llegar a Odilia Collazo, supuesta opositora que dirigía un supuesto partido pro-derechos humanos. Ella y una mujer que le acompañaba, se dirigieron hacia la hilera de sillas donde estábamos Arnaldo y yo, nos saludaron, fríamente les respondimos y al ver que se sentaron a nuestro lado, Arnaldo y yo inmediatamente nos paramos y nos fuimos". Tanto Manuel como Arnaldo y Tania (y también Raúl Rivero), siempre sospecharon de que Lili, como le decían, era 'chivatiente'. Y no se equivocaron: en abril de 2003 la propia Seguridad del Estado se encargó de destapar que ella era una agente infiltrada en las filas de la disidencia. La Collazo logró engañar a varios diplomáticos -entre ellos algunos de la Sección de Intereses de Estados Unidos- y también a cubanos del exilio de Miami.

En 2002, Martha Beatriz organizó una de las agrupaciones opositoras que, en mi opinión, más interés tuvo por vincularse a la gente y su realidad: la Asamblea para Promover la Sociedad Civil en Cuba. La secundaron Gómez Manzano, Bonne Carcassés y Arnaldo Ramos, quien siempre fue una especie de mano derecha de Martha, porque era una persona disciplinada y organizada, con gran habilidad en la búsqueda de información y extremadamente minucioso a la hora de redactar cuadros estadísticos, informes o artículos.

La Asamblea tuvo una vida corta, le dieron el tiro de gracia cuando el 20 de marzo 2003 detuvieron a Martha Beatriz y a una veintena de opositores de la capital y provincias que llevaban varios días ayunando, entre ellos un joven de la raza negra nombrado Orlando Zapata Tamayo. Siete años más tarde, el 23 de febrero de 2010, Zapata Tamayo moriría a consecuencia de una prolongada huelga de hambre.

Arnaldo no participaba del ayuno; su tarea, en ésa y otras ocasiones, era organizativa, logística. El 17 de marzo de 2003, el día antes que Fidel Castro -aprovechando que la prioridad de los medios internacionales era la invasión de Estados Unidos a Irak-, decidiera desatar el más brutal operativo contra la disidencia y el periodismo independiente en la Isla, Arnaldo y Tania coincidieron en el pequeño apartamento de Jesús Yánez Pelletier, en la calle Humboldt, al doblar del hotel Vedado. Esa mañana se había convocado a una rueda de prensa con los ayunantes y entre los presentes, dos supuestas opositoras que formaban parte de la Asamblea para Promover la Sociedad Civil: Aleida Godínez y Alicia Zamora y quienes en abril de 2003 serían 'quemadas' como agentes del DSE.

De aquella mañana, Tania recuerda que a un vendedor de periódicos, en Infanta y San Lázaro, Arnaldo le había comprado un ejemplar de Granma. "Y me muestra un artículo o editorial, no recuerdo bien, y me comenta que ese escrito le daba espina, que algo gordo estaba tramando el régimen contra la disidencia". Veinticuatro horas después, Castro ponía en marcha la feroz oleada represiva que ha quedado conocida como Primavera Negra de 2003. Entre los 75 detenidos se encontraba Arnaldo Ramos, a punto de cumplir 61 años.

Los casi ocho años que pasó injusta y cruelmente encarcelado, le pasaron factura a su organismo. Pero no a su fortaleza de espíritu como ciudadano, economista y opositor. En los tres reclusorios donde estuvo, en Sancti Spiritus, Holguín y los últimos seis meses en La Habana, se sumó a ayunos y protestas, tanto de los reos políticos como de los comunes. Pero lo más importante: en todo ese tiempo no dejó de leer, analizar y escribir.

En tres o cuatro ocasiones, a través de su esposa o de familiares de otros presos, le hizo llegar escritos a Tania Quintero, para que ella los mecanografiara y los diera a conocer en el exterior. No eran simples hojas de libretas escolares escritas a mano. Eran análisis sobre la situación socioeconómica y política de Cuba. Textos que iba redactando en la penumbra de la celda. Anotaciones que iba haciendo tras leer de la primera a la última página de la prensa oficial, la única permitida en los presidios cubanos. Por eso para Arnaldo era tan importante que su familia, además de la jaba de alimentos no perecederos para subsistir en infrahumanas condiciones, le llevara ejemplares, aunque fueran atrasados, de los periódicos Granma, Juventud Rebelde, Trabajadores y la revista Bohemia.

En noviembre de 2010, Arnaldo Ramos fue excarcelado y lo entrevisté para el periódico El Mundo. En el apartamento donde ahora vivía, pude ver las cajas donde durante años archivó los periódicos y revistas que solía leer entre líneas y extraer datos que le permitían descubrir la verdadera situación económica del país. "Cuando me detuvieron, el 19 de marzo de 2003, eran cerca de las 9 de la mañana y la Seguridad del Estado estuvo cinco horas requisando papeles y documentos", me contó en aquella entrevista, de la cual reproduzco los dos primeros párrafos:

"Llegó a su casa un sábado. Luego de 7 años y 8 meses tras los barrotes de una celda y el chirrido de candados chinos, el economista Arnaldo Ramos Lauzurique, 68 años, a las 6 y 30 de la mañana de su primer domingo en libertad, se sentó en el parque situado frente al modesto piso donde reside, en la barriada de Centro Habana.

"Deseaba contemplar el amanecer, respirar aire puro y ver a la gente sencilla cargando jabas para sus compras domingueras. Quería sentirse un hombre libre. Luego de dos horas de meditación, el sol comenzó a calentar la mañana y el ruido de los fiñes con sus bates, pelotas, patines y balones de fútbol rompió su hechizo personal.

Entonces inició la que siempre fue su rutina diaria. Hacer la cansina cola para comprar la prensa oficial en un estanquillo cercano. Es una de sus manías. Recolectar los diarios cubanos y archivarlos en caja".

De este mulato habanero que nació el 27 de mayo de 1942, vivió en un solar y se forjó a sí mismo, superando toda clase de penurias y prejuicios, logró hacerse economista, casarse con una mujer que también consiguió estudiar y graduarse de médica y especializarse en radiología, tener dos hijos y nietos y formar una sólida familia, me quedo con los escritos suyos que se localizan en internet y en numerosos blogs y sitios digitales.

Pero, sobre todo, me quedo con el extraordinario ser humano que Arnaldo fue. Con su increíble memoria, sencillez y modestia. Tenía más preparación y talento que la mayoría de los opositores que le rodeaban, sin embargo, siempre se mantuvo en un discreto segundo plano. Una humildad que le hace falta al actual movimiento opositor, donde abundan los disidentes que han cogido el gusto a los selfies, los titulares y el protagonismo.

Arnaldo Ramos Lauzurique falleció en La Habana el 3 de noviembre de 2016.

Iván García
Diario Las Américas, 4 de noviembre de 2016.
Foto de Arnaldo Ramos tomada del Facebook de Martha Beatriz Roque Cabello.

lunes, 30 de enero de 2017

El Partido Unido de las Señoritas Alegres



Ingresé a la Escuela de Letras en 1968, con apenas 17 años. Me recuerdo caminando por la Avenida G arriba, toda nerviosa ante ese emporio de la intelectualidad (sí que lo era, hasta los monstruos como la Dra. Elena Calduch y los humillantemente sumisos como Roberto Fernández Retamar, eran 'scholars' a la altura del profesorado de las mejores universidades del mundo).

Respecto a las viejas comunistas de tradición como la Dra. Vicentina Antuña, entonces directora de la Escuela, Isabel Monal (nunca era más brillante que cuando daba una clase totalmente borrachita, se inspiraba, a pesar de que la llamaban Isabel Manual, era, o es, una persona afable y comprensiva) y Mirta Aguirre, a veces cruel, especialmente con los homosexuales, algo que nunca he entendido por qué siendo ella lesbiana. Pero era sin duda una profesora, poetisa y ensayista de altura.

En esa época la Escuela, como le llamábamos, tenía también el privilegio de José Antonio Portuondo, Pepé, que era tan buen profesor de Estética como de enseñar a hacer frijoles negros; Beatriz Maggi, mi mentora y amiga íntima, Luisa Campuzano, Federico Álvarez (un español/mexicano que enseñaba como ningún otro Teoría y Práctica de la Investigación Literaria), la Dra. García Sardiñas que sabe más de gramática española que los de la RAE, Norma González, que nos torturó con Historia de la Lengua Inglesa, con caracteres rúnicos y todo cuando aquello del Beowulf.

Se me olvidan otras figuras de la intelectualidad cubana, lo que no se me olvida es la excelencia de los instructores graduados, como la desaparecida Marta Eugenia Rodríguez, de una erudición que quisieran muchos profesores que he conocido aquí. Dejé para último, por incunable, a Sam Goldberg, un judíoamericano gruñón, sencillo, insoportable y mi otro mentor, de una erudición y excelencia pedagógica muy sui generis, sin par. Años después adopté su estilo de profesor... sin sus excentricidades. De eso puede dar testimonio Frank Vales, el rector del Instituto de Traducción e Interpretación donde los estudiantes eran apenas unos años menores que la mayoría de nosotros. Esa será otra crónica de mis mejores recuerdos.

Me quedé en cuando iba G arriba; al entrar al entrañable vestíbulo de la Escuela, no me fijé en la muchedumbre del primer día sino en un enorme banco de caoba donde había unos estudiantes más viejos que yo. Tiempo después sabría que ese banco era testigo de todo, desde declaraciones de amor, chismorreos y especialmente lugar de janguear de los habituales, los cuales no menciono porque he de respetar la privacidad de “los tipos del banco”; los cinco estudiantes de Licenciatura en Inglés también usábamos el banco entre turno y turno, si había espacio. Bueno, el elevador, que tenía elevadorista estaba repleto. Como una escolar sencilla subí al aula.

Las primeras clases eran con todas las especialidades juntas y éramos un montón, pero enseguida fui como un imán a quienes serían mis amigos hasta hoy, Iván Pérez Carrión y Laura Meneses, Picky, nieta peruana de Albizu Campos. El fenecido y recordado Alejandro Expósito, tan titiritero como siempre, lo primero que hizo fue encender un cigarro para que todos supieran que en la Universidad se podía fumar. También caté, como Mío Cid, aquellas personas que debía evitar.

Por qué no me dejaron entrar el año anterior. Había hecho una entrevista excelente (para entrar a la Escuela había que pasar una entrevista cultural y política). En mi panel estaba Mirta Aguirre. Con su voz de fumadora vieja me espeta:

-¿Cuántas espadas tenía el Cid?

Yo me quedé hecha una piedra, pero no sé de qué rincón de mi memoria salió:

-Dos, la Tisona y la Colada.

Cuando me enteré que no me habían admitido, con 16 años, ni corta ni perezosa le pedí una entrevista a José Miyar Barrueco, Chomy, entonces Rector de la Universidad de la Habana. Me recibió enseguida. Tras escuchar mi catilinaria me dijo muy zumbón que en realidad lo que yo debía estudiar era Derecho.

-Rector, yo le pedí esta entrevista para saber las razones por las que no fui admitida.

-Bueno, te las voy a decir todas, parece que andas en un grupito de serias desviaciones ideológicas, incluso se hacen llamar el Partido Unido de Señoritas Alegres (como una burla al PURS, siglas del Partido Unido de la Revolución Socialista).

Aquello era una absoluta calumnia inventada por alguien que hasta hoy no sé quién fue ni por qué quiso destruirme de tal modo. Sí sé que debe haber tenido una mente muy sucia por haber inventado aquella cochinada. Chomy me creyó y me sugirió que volviera a solicitar el ingreso el curso próximo. Así lo hice y fui aceptada.

Pues bien, todo transcurría de maravilla, nos estaban formando como sólidos intelectuales (el que no daba la talla se tenía que ir, las notas lo decían todo). Tanto las clases en común, como las de la especialidad eran de quedarse hipnotizada, discutir, disentir, y aprender. No nos importaba mucho que, salvo los privilegiados, todos estábamos vestidos a lo Mao, con camisa y pantalones de trabajo, botas o kikos, como le decían al clazado plástico.

En las especialidades teníamos el privilegio de ser a lo sumo cinco, y tres en francés entre los que se encontraban David González y Rafael Hernández -este último se ha reciclado y especializado en Estados Unidos. Las especialidades eran Inglés, Francés, Ruso, Lenguas Clásicas e Historia del Arte. Hubo cinco locos que estudiaron Latín y Griego y que nos hacían a todos las tareas de los insoportables cuatro semestres del Latín, que de las pocas cosas que me acuerdo es galina clamat (la gallina cacarea). En ese grupo estaba el entrañable Amaury, un guajiro con ansias de erudición y vocación pedagógica que tradujo y cantaba en latín Cuán dulce fue el beso.

No voy a hablar de los trabajos productivos, tendría que hacer una novela; solo algunas anécdotas inolvidables, como por ejemplo, cuando después de almuerzo nos sentábamos debajo de una mata Iván, Carlos Victoria, Abel Prieto y yo, a gusanear por lo alto, ¡ni Mas Canosa nos ganaba! O la Gran Orgía de la Facultad de Humanidades en un Tres por Uno (recordarán que era ir un fin de semana al mes al campo). Una noche estaba con nosotros un equipo del ICAIC que no alcanzo a comprender por qué querían filmar aquel 3 X 1.

De pronto se va la luz y sucede lo que yo hasta hoy pienso que fue un suceso de histeria colectiva. De pronto, sin alcohol, o con muy poco, no recuerdo, todo el mundo comienza a emparejarse, y hacer el amor allí mismo o en los cañaverales; soy una testigo muy creíble porque yo estaba casada y no sentí ningún interés de entrar en aquel suceso. Antes bien me dediqué a divertirme, desde ver quién se emparejaba con quién o con alguien del ICAIC o reírme de Talía Fung que, cual cangrejo, estaba encaramada en una litera, chillando que aquello iba a tener consecuencias. No las tuvo. Aquello cayó en el mayor silencio.

La Escuela era una maravilla, exigente y divertida. No se me olvidan las escapadas a G y 23 a tomar un brebaje inmundo que llamaban café. Pero en Cuba las maravillas no duran. Llegó la Ofensiva Revolucionria. Tras una asamblea que duró toda una noche y que no puedo reproducir porque fue surrealista: no recuerdo de qué los inquisidores de Ciencias Políticas nos acusaban a los afeminados y extravagantes de 'la Escuela Fina', algo de diversionismo ideológico y por ahí.

Hubo encartados que fueron expulsados sumariamente como el querido Carlos Victoria y Desquirón, debe haber habido más, y otros, entre quienes nos encontrábamos Abel Prieto, Helmo Hernández y una servidora fuimos llamados ante un Tribunal de la Inquisición. No sé cómo Helmo salvó el pellejo, pero quedó bien tembloroso; a Abel lo salvó ser hijo de papá; lo que sí recuerdo mi breve entrevista de inquisición. Los Torquemadas eran David González y Rafael Hernández.

-Blanca, esta entrevista es porque se dice que tienes problemas de desviaciones ideológicas.

-¿Cómo ustedes dos precisamente se atreven a hablarme de desviaciones si Esther Pérez, esposa de David, se acuesta con Rafael y tú lo permites, David. Si es necesario dar explicaciones, pido una asamblea y las doy en público. Ahí terminó la inquisición. Fueron brutos. Si otros hubieran sido los inquisidores a lo mejor no hubiera terminado la universidad.

Pues pasó el tiempo y pasó un águila por el mar. A pesar de aquel trago amargo, seguí disfrutando cada día cómo me iba formando y la excelencia de la educación que recibía, y también todo lo que nos divertimos, que eso tampoco lo olvido: no creo que ninguno de aquella promoción lo haya olvidado. A los que fueron HP, mai non troppo, los acepto, y mantengo con ellos formales relaciones electrónicas, punto. Me gustaría encontrarme con Amaury, que sé que por su excelencia ocupa un alto puesto en Educación Superior. ¡Se lo ganó!

Me gradué, seguí en contacto con mis amigos, sabía de otros, como El Santo Niño de Atocha, perdón, Carlos Galiano, por su programa televisivo. Volví a la Escuela que dejó de ser para siempre donde yo estudié. Se retiraron los grandes intelectuales, la educación cayó por el suelo. Seguí adelante triste, pero aceptando la realidad. Y “hoy recuerdo con tristeza lo solo que está mi mundo”.

Blanca Acosta
Cubaencuentro, 22 de junio de 2016.
Foto: Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Tomada de Cubaencuentro.

jueves, 26 de enero de 2017

Los condenados de la Microfracción



En la isla de Fidel Castro, el cubano que no ha aceptado el pensamiento único del tirano, ha sido reprimido con el ostracismo, el destierro, la cárcel o el asesinato. Marxistas, liberales, socialistas, trotskistas, comunistas, democratacristianos y anarquistas, entre otros, han poblado las prisiones castristas, donde la tortura ha estado institucionalizada desde hace más de medio siglo.

El 25 de enero de 1968, pocos días después de cumplirse el noveno aniversario del triunfo de la Revolución, en un pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, el único partido permitido, Raúl Castro expresó: "A mediados de 1966, concurre información de varias vías, todas confiables, que nos hacían suponer la existencia de una corriente de oposición ideológica a la línea del Partido. No provenía precisamente de las filas enemigas, sino de gente que se movía dentro de las propias filas de la revolución, actuando desde supuestas posiciones revolucionarias".

Con ello comenzaba oficialmente la mayor represión sufrida por los comunistas cubanos en toda su historia: 36 hombres y 3 mujeres fueron enjuiciados.

Eurípides Núñez, quien fuera dirigente sindical comunista durante cuarenta años, apareció sin vida en su celda de la sede principal de la policía política, la tristemente célebre Villa Marista.

Al profesor universitario Javier de Varona le atribuyeron haberse dado un tiro. Carlos Rentaría fue el tercer comunista "suicidado". Estas muertes nunca fueron dadas a conocer al pueblo.

En un juicio sumarísimo, similar a los realizados en los procesos de Moscú de la década de 1930, una treintena de marxistas cubanos fueron condenados a privación de libertad.

El viejo dirigente comunista Aníbal Escalante Dellundé fue condenado a quince años de prisión, la misma sanción que recibió Fidel Castro por asaltar el cuartel Moncada. El estalinista Aníbal Escalante falleció el 11 de agosto de 1977, después de haber sido sometido a una sencilla operación intestinal.

El escritor y diplomático comunista Edmigio López Cantillo fue condenado a doce años de prisión.

Arnaldo Escalona Almeida, abogado de profesión, militó durante cincuenta años en los diferentes partidos comunistas que se organizaron en Cuba. Fue uno de los fundadores del periódico Hoy. Durante décadas, Arnaldo Escalona fue el principal abogado de los comunistas cubanos y le solicitó al tribunal castrista que le permitiera asumir su propia defensa, petición que le fue denegada. Sin embargo, Fidel Castro sí pudo asumir su propia defensa en el juicio por los sangrientos hechos del asalto al cuartel Moncada.

Arnaldo Escalona Almeida fue condenado a ocho años de prisión. Su esposa, Hilda Felipe, también era una vieja militante comunista. En la década de 1950, junto a Martha Frayde, Vicentina Antuña, Victoria Rodríguez, Natalia Bolívar, entre otras, fundó el movimiento Mujeres Oposicionistas Unidas, organización que luchó en las calles cubanas contra la dictadura de Fulgencio Batista.

Hilda Felipe sufrió igualmente la represión de los hermanos Castro. Estuvo cinco años en la cárcel, tres de ellos en arresto domiciliario. “Me detuvieron dos veces. La primera vez estuve 90 días en Villa Marista, en una celda oscura sentada en el suelo, porque no había ni una silla. Allí fui sometida a interrogatorios. Yo no dije quienes iban a mi casa ni nada. Además, descubrí que ellos no sabían tanto. La gente delata por un problema psicológico, ellos no saben tanto como te hacen creer.

"Entonces me mandaron para la casa, pero en mayo de 1968 me volvieron a detener. Fidel dijo que yo tenía la cabeza caliente. En total estuve dos años en prisión y tres en arresto domiciliario. En Isla de Pinos estuve 13 meses. Allí la prisión fue muy dura. Nos tenían en un lugar remoto y aislado, a 70 kilómetros de Nueva Gerona. Primero nos llevaron para un gran almacén abandonado, donde las ratas caminaban por los alambres. En ese lugar violaron a una mujer", contaría después Hilda Felipe.

Relación de todos los condenados de la Microfracción

15 años de prisión: Aníbal Escalante Dellundé.

12 años de prisión: Octavio Fernández Bonnis, Inaudis Kindelán Reyes, Ramiro Puerta Quiroga, Edmigio López Castillo, Luciano Argüelles Botello, Emilio de Quesada Ramírez, Ricardo Boffil Pagés y Félix Fleitas Posada.

10 años de prisión: Orlando Olivera Sardiñas, Francisco Pérez de Armas, Orestes Valdés Pérez, Hugo Váquez Medina, Ricardo López Castillo, Higinio Casuso González, Ángel Gutiérrez Paz y José Caballero Campos.

8 años de prisión: Manuel Ramírez Nodarse, Francisco Brito Rodríguez, Renay Hernández Rodríguez, Raúl Fajardo Escalona, Alfredo Batista Sánchez y Arnaldo Escalona Almeida.

4 años de prisión: Inocente Martínez Bravo, Hildo Madam Real, Ramón Chávez Fornaris, Manuel Martín Lavadoy Luis M. Martínez Sáenz.

3 años de prisión: Reynaldo Puig Verdeja, Arturo García González, Miguel Machado D'Wolf, Leovigildo Duiago Reyes, Giraldo Victoria Suárez y Lázaro Suárez Suero.

A dos años de reclusión domiciliaria fue condenado Marcelino Menéndez Menéndez. A disposición de la jurisdicción militar fueron puestos Ángel M. Pérez de Armas y Orlando Arrastía Fundora. Posteriormente, por esta misma causa fueron procesados Rafael Gutiérrez y un militante del PSP de apellido Collazos.

Tomado del blog Profesor Castro, del post titulado Izquierdistas 'suicidados' o encarcelados en Cuba.


lunes, 23 de enero de 2017

Memorias al rojo vivo (III y final)


Debido a un manuscrito crítico sobre el centralismo de Estado predominante en el país, había sido encarcelado y condenado a 8 años de cárcel por “propaganda enemiga” bajo acusación de “revisionista de izquierda”. Luego había conocido en la prisión Combinado del Este a Ricardo Bofill, antiguo miembro del Partido Socialista Popular (PSP), condenado anteriormente en la famosa causa de la Microfracción. Ahora, en octubre de 1983, en su tercera prisión por sus denuncias enviadas a la comunidad internacional, me había ofrecido sus recursos para sacar una información sobre el caso de un compañero incomunicado en las peores condiciones y habíamos firmado ambos con nuestros nombres verdaderos el documento que luego circularía en el exterior del país y que llevaba, como apéndice, la noticia de la existencia en Cuba del primer comité de derechos humanos.

Inmediatamente envió un mensaje a la prisión de Boniato a Elizardo Sánchez, y luego se comunicó con Gustavo Arcos Bergnes, asaltante del Cuartel Moncada, incomunicado en Los Candados, calabozos de los sótanos del edificio 3 donde estábamos recluidos. Gustavo era uno de los hombres más idealistas y puros de la historia insurreccional. Había quedado cojo por una bala en la columna durante el ataque al Moncada, fue fundador del Movimiento 26 de Julio en Las Villas y uno de los principales organizadores de la expedición del Granma, en la que no se le permitió embarcar por su defecto físico y quedó al frente del movimiento en México. Desde ese país enviaría cargamentos de armas a la Sierra Maestra. Tras la caída de la dictadura fungió como embajador de Cuba en Bélgica. Pero sus discrepancias con el nuevo modelo instaurado en Cuba lo llevaron por dos veces a prisión. En los años 90 hasta su muerte, se convertiría en la figura más emblemática del Movimiento de Derechos Humanos en Cuba.

En muy pocos días, un pequeño grupo de media docena de hombres constituiría el núcleo original de donde surgiría, con los años, el amplio diapasón de organizaciones del movimiento disidente integrado por miles de hombres y mujeres en todo el país. La represión no se hizo esperar. Bofill fue incomunicado casi inmediatamente y toda la guarnición militar en un operativo devastador en todo el piso 4, habitado por presos políticos, arrasó con bolígrafos, lápices, plumas, cuadernos, libros y hasta el más mínimo pedazo de papel, lo cual nos dejó arrinconados y reducidos casi a nada, entre la represión policiaca y una población penal que nos veía como causantes de su actual infortunio.

La versión gubernamental sobre los llamados disidentes, o como se diría luego en la calle, “la gente de los derechos humanos”, sería la de “elementos contrarrevolucionarios” alentados y pagados por el imperio para socavar los cimientos de la Revolución. Pero al menos puedo afirmar, categóricamente, que los que comenzamos en prisión ese movimiento, no sólo no recibíamos paga de nadie, sino que estábamos prácticamente desnudos y a merced de la represión de la policía política. Nada teníamos que ganar excepto la satisfacción de ayudar a quienes no tenían cómo defenderse de los atropellos, y nada que perder, excepto una celda de la que habríamos estado dichosos de no volver a ver jamás.

Los propios agentes de Seguridad del Estado infiltrados en las filas disidentes saben muy bien que ese movimiento no puede ser juzgado en blanco y negro, que no es un bloque monolítico y que como en todas partes, hay todo tipo de personas con una gran variedad de posiciones ideológicas. Las motivaciones eran diversas. Una gran mayoría había apoyado en sus inicios el proceso revolucionario y muchos de ellos pensaban que los ideales democráticos y libertarios por los cuales se había luchado habían sido traicionados y se había impuesto, en su lugar, una nueva dictadura. Confundían el guión con la puesta en escena. Si la realización práctica había sido un desastre, entonces había un vicio de origen en la teoría, y no sólo Marx se equivocaba sino todos los teóricos socialistas. En consecuencia, habían dado el bandazo hacia el otro extremo. Se consideraban neoliberales y admiraban a la Thatcher y a Reagan. Unos pocos en cambio, creíamos que esa escenificación nada tenía que ver con el guión al que se atribuía sino a otro muy diferente. Las iniciales discusiones sostenidas entre Bofill y yo en la cárcel, serían el germen de la contradicción ideológica posterior del movimiento disidente.

Sin embargo, un movimiento de derechos humanos, por su naturaleza, no es de izquierda, ni de derecha, ni de centro, sino de arriba, esto es, está por encima de todo el esquema unidimensional de las referencias políticas. Lo que nos unía a todos era, justamente, el carácter universal del ideal de derechos humanos. Todos luchábamos por un estado de derecho, aunque algunos de nosotros queríamos ir más allá, hacia un estado de satisfacción plena de los derechos. Después de un largo período de incomunicación, Bofill fue excarcelado, pero como no sabíamos si en realidad había salido directamente al extranjero, realizamos una votación entre los miembros del Comité en el Combinado, a la sazón doce miembros, y fui elegido como “presidente interino”.

En realidad pronto supimos que estaba en su casa de Guanabacoa y no demoraría mucho en agrupar a algunos antiguos compañeros de la Microfracción. Elizardo Sánchez, ya liberado, era parte de este grupo. En realidad quedarían creadas tres secciones del Comité: la que dirigía yo en prisión, limitada sólo al Combinado del Este, la que dirigía Bofill en las calles, limitada todavía a la ciudad de La Habana y otro grupo en el exterior del país, integrado fundamentalmente por mujeres, donde estaba mi hermana, dirigido por Hilda Felipe, ex miembro del PSP y esposa del líder comunista Arnaldo Escalona, también microfraccionario, quien años después moriría en Miami sin abjurar jamás de sus ideales de justicia social.

Inmediatamente comenzó a darse en prisión algo así como la maqueta o ensayo de lo que se produciría más tarde en todo el país. Siguiendo el ejemplo del Comité y bajo su influencia, comenzaron a constituirse distintos grupos según los diferentes intereses e inclinaciones: uno de escritores, Asociación Disidente de Artistas y Escritores de Cuba (ADAEC) que creó una revista mensual clandestina, El Disidente. Escrita a mano, se confeccionaban tres o cuatro ejemplares por número, circulaba de mano en mano y llegó a tener 64 páginas, un record en toda la historia del presidio político. La Junta de Autodefensa de Religiosos Perseguidos (JARPE), realizaba sus cultos diarios con gran número de prisioneros. Y finalmente un grupo de lucha cívica, la Liga Cívica Martiana, crearía la revista Aurora, con menos páginas que El Disidente, pero con mayor número de ejemplares circulando no sólo en la prisión, sino también en las calles y algunos, incluso, llegando al exterior del país. Decenas de presos se integraron a estas actividades de una u otra forma, pero yo era partidario de mantener al segmento del Comité de la prisión, como un núcleo selectivo y establecí como norma imponer a cualquier aspirante un período de prueba de seis meses. Como algunos fueron liberados, nunca pasaría de doce miembros efectivos.

Mi idea entonces era que si se creaban en todo el país grupos semejantes, podía llegar a darse un renacimiento de la sociedad civil cubana con una autorganización de la población para impulsar pacíficamente los cambios hacia una sociedad participativa y autogestora. Ya se sabe, por supuesto, al cabo de más de veinte años, que aunque luego las cosas tomaron un rumbo parecido, el resultado no sería el esperado, pero no porque la idea no fuera buena, sino por otras circunstancias que yo no había previsto entonces.

Adoptamos, igualmente, una nueva metodología. Cuando se presentaba alguna situación arbitraria que merecía ser denunciada, no la dábamos a conocer de inmediato al extranjero, sino que pedíamos hablar con las autoridades. Cuando un preso acudía a nosotros quejándose de algún abuso, les planteábamos el problema y ellos, para evitar que el hecho trascendiera, regularmente lo resolvían, por lo que ya no había necesidad de denunciarlo. Lo ideal era que se hubiera procedido siempre de esa forma y tengo entendido que por un tiempo así procedería Elizardo Sánchez. Incluso pensábamos que las autoridades, no sólo de la prisión sino incluso del país, debían agradecernos que realizáramos aquel trabajo de detectar y notificar todo lo que en el país estaba marchando mal y que indisponía a mucha gente.

¿Quién perjudicaba más a la dirigencia? ¿El que denunciaba el hecho o el que lo cometía? Sin embargo, había males que eran muy difíciles de corregir porque intentar hacerlo iba contra los intereses de una burocracia corrupta. Cuando las autoridades del penal vieron que íbamos adquiriendo gran influencia entre la población penal, cortaron la comunicación.

Por entonces se produjo una ruptura entre Bofill y Elizardo Sánchez, quien se separó y creó la Comisión de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional. El hecho provocó escisiones tanto en la sección de La Habana como en la del exterior. Como los ánimos estaban caldeados, para evitar lo mismo con la sección del presidio, tuve que hacer una concesión. Algunos compañeros redactaron un texto de adhesión al grupo de Bofill donde se satanizaba a Sánchez como agente de Seguridad del Estado. Yo no estaba de acuerdo con esos términos, pero quedé en minoría diez contra dos. Los que perdimos accedimos a firmarlo, pero haciendo constar en documento aparte nuestro desacuerdo. El tiempo nos dio la razón, pues ninguna de las acusaciones pudieron probarse y finalmente la causa real de la ruptura había sido simplemente una discrepancia de métodos, la misma que me llevaría a separarme a mí mismo dos años después.

Durante los años 1987 y 1988 la actividad de derechos humanos había tomado tal fuerza que el caso se llevó a la Asamblea General de Naciones Unidas, numerosos periodistas y representantes de organizaciones internacionales de derechos humanos viajaban a Cuba para solicitar vernos. Algunos lograron entrevistarnos y se permitió entonces que Amnistía Internacional, la Cruz Roja Internacional y algunos miembros de Human Right Watch, visitaran algunas prisiones y entrevistaran a algunos de los miembros del Comité en el Combinado. Mi caso, en particular, suscitó el interés en muchos círculos de izquierda fuera del país. Intelectuales como Noam Chomsky, Paul Sweezy y Margaret Randall, pidieron mi liberación, así como varios intelectuales y militantes de izquierda de América Latina.

Varias veces me habían sacado de mi celda para ser entrevistado por algunos de esos periodistas, pero en una de esas ocasiones me encontré con dos hombres que luego comprendí no venían con esa función, sino simplemente a traerme un mensaje del entonces Ministro del Interior José Abrantes. El recado era escueto, pero tajante: jamás se me daría la libertad a menos que decidiera salir del país. Lo tomé muy en serio, pues conocía varios casos de presos recondenados con nuevos encausamientos, algunos de los cuales habían muerto en prisión.

Por eso, cuando fueron a comunicarme que estaba incluido en una lista de presos cuya liberación solicitaba el Cardenal O’Connor de Nueva York, acepté realizar todos los trámites migratorios. Para septiembre de 1988 se esperaba la llegada a Cuba de una Comisión de Naciones Unidas que tenía prevista una visita al Combinado del Este. Un mes antes, en la tarde del 4 de agosto, fui sacado de una celda, vestido de civil y llevado en un jeep hasta Río Cristal donde se realizaron los últimos trámites legales.

Cuando en la medianoche salí de allí en un ómnibus hacia el aeropuerto de Rancho Boyeros, ya estaba legalmente fuera de Cuba.

En 1989, al año siguiente, varios oficiales del Ministerio del Interior fueron condenados a prisión, entre ellos el propio Abrantes, quien no saldría jamás con vida de la cárcel.

Ariel Hidalgo
Blog Concordia, 10 de febrero de 2010.
Foto de Gustavo Arcos Bergnes tomada del blog Cuban Exile Quarter.

jueves, 19 de enero de 2017

Memorias al rojo vivo (II)



En un manuscrito que había ido tomando forma de libro, a fines de los 70, había llegado a la conclusión de la necesidad de una segunda revolución. Consideraba que los medios de producción habían pasado de unas manos a otras, pero no a las de los trabajadores, sino de capitalistas y terratenientes al Estado centralizado con el encumbramiento de una nueva casta de burócratas. No se trataba simplemente de corregir el rumbo, sino de dar un timonazo tan radical como fue el proceso inicial que transformó la gran propiedad privada en estatal. Mas la cuestión no era ya centralizar, sino descentralizar, no se trataba ya de estatizar ni de privatizar, sino de convertir las riquezas realmente en propiedad social, delegando todos los medios en los trabajadores de base para que éstos los controlaran directamente sin intermediarios burocráticos.

Tras mis desacuerdos con las prácticas de repudiar a los que en 1980 decidían emigrar, fui expulsado de mi cátedra de Marxismo, sometido a un registro de Seguridad del Estado en mi domicilio con la consecuente ocupación del manuscrito fui arrestado y entrevistado en Villa Marista por un oficial que se me daba a conocer como Mayor Ricard, con quien discutí mis diferencias y me informó que quedaría definitivamente expulsado del Ministerio de Educación. Para mi sorpresa, fui liberado a los tres días.

Inmediatamente destruí todos los escritos que pudieran considerarse críticos del sistema y comencé a trabajar en labores de construcción junto con muchos de mis antiguos alumnos que aún allí, paleando arena y gravilla, seguían llamándome Profe. A lo largo de más de un año recibí las visitas de uno que otro “amigo” que venía a hacerme alguna propuesta de operaciones ilícitas. Las rechacé todas, por supuesto, a pesar de mis precariedades. Nadie podría incriminarme en una causa común como un delincuente “vulgar” a pesar de que la inmensa mayoría del pueblo participaba en tráficos ilícitos.

Pero no estaba tampoco dispuesto a resignarme a permanecer diez o quince años en la construcción esperando el día venturoso en que se produjese un gesto de conmiseración de quienes yo consideraba más culpables que yo. Reinicié los apuntes de mis ideas y no me abstuve de exponerlas verbalmente a todo aquel que consideraba en condiciones de asimilarlas. Finalmente, en el amanecer del 19 de agosto de 1981 reaparecieron en mi vivienda para hacer un nuevo registro, ocuparon los nuevos escritos y me llevaron nuevamente a Villa Maristas.

Ya no vería al Mayor Ricard sino a un teniente que no le interesaba debatir ideas sino saber quienes más conocían la naturaleza de ese manuscrito y si existían copias. No le dije que había logrado salvar una copia enviándola a mi familia en Estados Unidos. Allá se publicaría años después con un título que posteriormente yo consideraría inadecuado: Cuba, el Estado Marxista y la Nueva Clase, inadecuado porque llegaría a considerar que lo que existía en Cuba y en los demás países del llamado Campo Socialista no era la materialización de los ideales de Carlos Marx, sino más bien los de Hegel, quien había considerado al Estado como la encarnación de Dios en la tierra y por tanto estaba supuestamente destinado a absorber todas las instituciones de la sociedad civil. “La acción del Estado consiste en llevar la Sociedad Civil, la voluntad y la actividad del individuo, a la vida de la sustancia general, destruyendo así, con su libre poder, éstas subordinadas, para conservarlas en la unidad sustancial del Estado”.

No hubo en Villa Marista discusiones teóricas. Sólo en el último interrogatorio, cuando le dije que no perseguía el regreso de Cuba al capitalismo, me preguntó airado: “¿Qué es lo que quiere usted entonces para Cuba?” Y respondí: “Pues una sociedad donde los obreros de cada fábrica, los dependientes de cada comercio, los empleados de cada banco y los maestros de cada escuela, puedan elegir libremente a las administraciones de sus respectivos centros”. Me miró con ojos muy abiertos y me gritó: “¡Usted está loco, completamente loco!” Y al día siguiente me envió para un manicomio.

No era una sala psiquiátrica cualquiera aquella del Hospital Psiquiátrico de La Habana, más conocido como Mazorra, sino un espacio cerrado con muros y barrotes a donde llevaban a los reclusos con problemas mentales de todo el país. Esa convivencia con tantas personas desquiciadas, convictas por asesinatos, violaciones y otras barbaridades sin que ninguna autoridad se atreviese a entrar allí, era lo que hacía de la Sala Carbó Serviá un verdadero infierno. Un par de veces me sacaron para hacerme algunos tests mentales y el diagnóstico fue “trastorno de la personalidad”, nada grave, por lo que a los diez días fui enviado a la Fortaleza de La Cabaña.

La Cabaña era entonces una prisión de tránsito, donde los presos nuevos esperaban ser llevados ante un tribunal. Pero en mi caso no esperaron al juicio. Al poco tiempo trasladaron a once presos considerados como los más bravos por sus protestas y huelgas de hambre. Yo, que jamás había protestado ni había ayunado un solo día, era uno de ellos. Ninguno de los otros diez podía entender por qué yo había sido incluido en ese grupo. Nos llevaron a la prisión Combinado del Este, pero no a una celda normal o a una galera cualquiera con los demás presos políticos, sino incomunicados en un área especial.

El recibimiento no fue nada agradable. Una columna de guardias nos esperaba a la entrada de una edificación de una sola planta para desnudarnos y escoltarnos hasta cada una de nuestras respectivas celdas a donde sólo nos permitían llevar nuestra ropa interior y una toalla. El Destacamento 47, con 99 celdas tapiadas, sin camas y sólo una llave de agua y un agujero para las necesidades, era el lugar a donde llevaban a los condenados a muerte y a reos muy peligrosos que no podían convivir con otros sin riesgo de “hechos de sangre”. Algunos llevaban allí dos o tres años en total aislamiento.

Cuatro rejas había que abrir para llegar al interior de una de esas celdas sin contar las puertas de madera que a lo largo de los tres pasillos ocultaban a la vista de quienes los caminaran, los calabozos tapiados con planchas de hierro. Como era un edificio rectangular, a diferencia de los demás edificios en forma de U, uno de los once, Jacinto Fernández, que en otro tiempo había sido fundador de lo que entonces fue el DIER, antecedente de Seguridad del Estado, lo calificó como “Rectángulo de la Muerte”, nombre con el que se conocería luego en las denuncias internacionales.

Aquellos cubanos que jamás hayan estado internados en una prisión de su país desconocen una arista muy importante de su realidad social. Aunque existen, como en todas partes, personas honradas y sensibles entre oficiales y carceleros, había también personas corruptas y abusivas, solo que por las características particulares de una prisión, el abuso de poder es más marcado y frecuente. Sin embargo, el Destacamento 47 parecía reservado exclusivamente para ser custodiado por el segundo tipo de hombres, y en general, en cualquier lugar de la prisión donde se realizaran aquellos actos vergonzosos, como golpizas, por ejemplo, daba la impresión de que eran conocidos y tolerados desde los altos mandos.

El gobierno cubano siempre negaría la existencia de violaciones de derechos humanos en sus cárceles, y ni siquiera reconocería que habían existido cuando años después procesara y condenara a varios altos oficiales en el famoso caso del 89, la mayoría de los cuales se sabía, habían sido responsables indirectos de muchos de aquellos actos, como si no fuera lógico que al aceptar de hecho que aquellos oficiales, habiendo practicado la corrupción y el abuso de poder mientras gozaban de tanta autoridad en el Ministerio del Interior y en particular en Cárceles y Prisiones, no se reconociera también la posibilidad de que aquellas violaciones se hubiesen cometido. En el Destacamento 47 era raro el día que no escucháramos personas corriendo por los pasillos, gritos, sonidos de los golpes y lamentos de las víctimas.

Durante muchos años, ya en libertad, cualquier carrera estrepitosa que escuchara por algún pasillo cercano, me sobresaltaba y me alteraba. Debo reconocer, no obstante, que en mi caso particular, durante mis años en el Combinado del Este jamás me pusieron una mano encima, ni siquiera en la época en que se conocía de mis actividades sistemáticas de denunciar aquellos hechos. Hubo siempre un trato mutuo de respeto entre mis carceleros y yo.

A los 21 días de incomunicación nos entregaron algunas de nuestras pertenencias, como libros, cuadernos y plumas y nos juntaron de dos en dos en cada celda. Me tocó por compañero Jacinto Fernández, acusado de espía por sacar información de violaciones de derechos humanos por vía diplomática. El 25 de diciembre me llevaron en un carro jaula al tribunal para el juicio y pude ver por primera vez a mi esposa, aunque desde lejos. Me acusaban de “revisionista de izquierda”, se leyeron algunos fragmentos para demostrarlo y sugirieron que yo estaba sembrado el veneno en mis alumnos con mis ideas. Luego me llevarían la sentencia a mi celda. Se me condenaba a ocho años de cárcel por propaganda enemiga, “y en cuanto a sus obras, destrúyanse mediante el fuego”.

¿Por qué tanto ensañamiento? ¿Por qué se me aislaba sin explicarme nunca la razón y se ordenaba quemar todas mis obras? El manuscrito no había sido distribuido por las calles; una copia enviada al extranjero cuando consideré inminente mi detención, nunca fue publicada, ni antes de ser arrestado, ni mientras estuve en prisión; y el original fue encontrado en una gaveta de mi escritorio.¿Dónde estaba, pues, la propaganda enemiga por la que era juzgado? La razón sólo podía ser una: Hasta entonces la dirigencia cubana podía enfrentar cualquier crítica de “derecha” e incluso de izquierda, siempre que se fundamentara en presupuestos sociológicos tradicionales. Para esa dirigencia bastaba simplemente con oponerles una lógica diferente, ajena por completo a los parámetros “burgueses”. Pero no le era fácil contrarrestar una crítica basada en su propia lógica y que por tanto estremecía desde la misma ideología marxista los cimientos argumentales de la lealtad al oficialismo entre sus propias filas.

El libro, por tanto, no se había escrito para ser leído en el exterior por personas con una formación cultural totalmente ajena a esa realidad, sino dentro del país, por militantes del Partido y de la Juventud Comunista, por académicos oficialistas, por militares y dirigentes de organizaciones progubernamentales. Se trataba, en pocas palabras, del primer trabajo crítico del sistema estatal centralizado de la nueva Cuba desde una óptica marxista, donde se demostraba el surgimiento de una nueva clase social dominante a partir de la definición leninista y donde se ponía de manifiesto que en el nuevo sistema la ley económica era la apropiación, por parte de los burócratas designados desde las altas instancias, de parte del plusproducto para ser intercambiada mediante el trueque tácito. Con palabras más llanas, “te resuelvo hoy para que tú me resuelvas mañana”. En conclusión, se demostraba que el modelo establecido en Cuba nada tenía que ver con socialismo ni con marxismo.

Un día logró llegar hasta muy cerca de mi celda un preso que decía haber oído de mí y quería conocerme. Su nombre era Elizardo Sánchez Santa Cruz. Había sido profesor de la Universidad de La Habana, pero había sido cesanteado bajo acusaciones de inclinaciones sinoístas. Luego, aquella noche, hablamos de celda a celda, casi a gritos y según dijo iba a ser trasladado a la prisión de Boniato en Santiago de Cuba. Me pareció un hombre inteligente y de elevada cultura política. A la mañana siguiente ya no estaba allí.

Un día nos mandaron a salir con nuestras pertenencias y nos enviaron a las galeras de presos políticos. Habíamos permanecido en el Destacamento 47 un año y veinte días. Sólo uno de los once permaneció allí, Jacinto. Unido a los demás presos de lo que se conocía como “nuevo presidio político”-el que había surgido con posterioridad al indulto del 78-, comencé a realizar varias actividades: impartiendo clases a los menos instruidos, asistiéndolos como auxiliar de enfermero y participando en un taller literario. El sistema penitenciario permitía la visita de instructores literarios que organizaban concursos. Un cuento mío resultó ganador frente a otros competidores del Combinado del Este. Supuestamente debían llevarme a la Prisión Occidental de Mujeres para competir a nivel nacional, pero Seguridad vetó mi participación a pesar de que el cuento nada tenía que ver con política.

Se ha propagado la creencia de que el movimiento de los derechos humanos en Cuba nació por los años 70 tras la liberación de los condenados en la llamada causa de la Microfracción, principalmente de ex militantes del Partido Socialista Popular. Pero independientemente de esos posibles antecedentes, el movimiento surge realmente, ya organizado, en octubre de 1983 en la propia prisión del Combinado. Un día de ese mes fue llevado al piso que ocupaban los presos por motivos políticos, uno de aquellos microfraccionarios, Ricardo Bofill, recientemente encarcelado en su tercera causa, esta vez por enviar misivas de denuncias a organismos internacionales. Las firmaba a título personal con su propio nombre y me decía que lo seguiría haciendo desde la cárcel de ese modo, a diferencia de lo que hasta entonces se hacía en el presidio de usar sólo seudónimos para evitar la represión.

Bofill consideraba que era indispensable dar la cara para que los documentos tuvieran credibilidad. Aunque decirme aquellas cosas parecía como una invitación, porque decía tener contactos para sacar los escritos de la prisión y luego enviarlos al extranjero, no me decidí en los primeros momentos. Pero en mi conciencia me pesaba la suerte del compañero que había dejado atrás en el Destacamento 47 en pésimas condiciones sin que yo hiciera nada por su suerte. Por eso, finalmente, acepté sus servicios. No sólo me ofreció sus contactos, sino que incluso se dispuso a redactar conmigo la denuncia.

Al finalizar la carta dirigida a la opinión pública internacional, firmamos los dos con nuestros nombres e inmediatamente después, para mi sorpresa, escribió debajo estas palabras: “Comité Cubano Pro Derechos Humanos”, y agregó, al lado de su nombre y el mío, los títulos respectivos de “presidente” y “vicepresidente”. No le di importancia a aquello, no anoté la fecha como un día memorable. Para mí era sólo un acto humanitario que hacía por un amigo. Pero sin saberlo, aquel documento fue noticia en muchos medios: un grupo defensor de los derechos humanos había nacido por primera vez en Cuba.

Ariel Hidalgo
Blog Concordia, 27 de diciembre de 2009.

Foto: Ricardo Bofill, durante el homenaje que en diciembre de 2015, le hiciera la ciudad de Miami. Tomada de El Nuevo Herald.

lunes, 16 de enero de 2017

Memorias al rojo vivo (I)


Mi familia, que había participado activamente en la lucha contra la dictadura, se desilusionó desde los primeros años con el curso tomado por el proceso revolucionario y partió al exilio. Yo, impedido de tomar el mismo rumbo por la edad militar, fui llamado a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). Luego estuve tres meses fugitivo, fui atrapado y encarcelado. Y cuando la UMAP fue disuelta y fui liberado, me encontré prácticamente solo. Hasta mi novia, con quien tenía planes de boda, había partido.

En todo ese tiempo había leído y reflexionado mucho. Me había entusiasmado aquella gran proeza de la campaña de alfabetización y veía muy positivo que los servicios de atención médica y educación extendidos hasta los lugares más recónditos del país, se hubiesen puesto al alcance de todos. Por otra parte, lo que más me molestaba era la imposición de un modelo cultural unidimensional donde determinadas manifestaciones artísticas, religiosas o filosóficas eran censuradas, o incluso estilos de vida, mirados con menosprecio. Si te gustaba la música americana, o eras religioso, o usabas el cabello largo o pantalones estrechos, te calificaban de “pequeñoburgués”.

Me sentía como un ateniense entre espartanos, o como un científico renacentista en medio de amenazas inquisitoriales. Y a pesar de todo tomé la determinación de permanecer en el país. Consideraba que había que luchar por lo que uno creía y que el proceso podía corregir en la marcha todo aquello que consideraba como desviaciones y errores, pero que había que hacerlo desde dentro. Y me integré de lleno a las organizaciones de masa y al trabajo educativo.

Siendo en los años 70 secretario general del sindicato en mi núcleo de trabajo de escuelas obrero–campesinas de Marianao, La Habana, pude comprobar que el papel de las secciones sindicales, agrupadas en la CTC, era casi exclusivamente el de movilizar a los trabajadores en las diferentes tareas y actos convocados por el Partido, o como se decía entonces, “poleas de transmisión del destacamento de vanguardia”.

Era lógico pensar que si los trabajadores eran finalmente los dueños de fábricas, bancos, comercios y centros de servicios como se decía en discursos, círculos de estudio, conferencias y por todos los medios de difusión, no había que defenderlos ya de sus antiguos patrones capitalistas. Sin embargo, yo escuchaba constantemente entre mis alumnos quejas que reflejaban evidentes contradicciones entre las administraciones y los operarios de los diferentes centros laborales.

Por entonces, estudiaba Licenciatura en Historia en la Universidad de La Habana, publicaba artículos historiográficos en varias revistas sobre el movimiento obrero y el desarrollo de las ideas sociales y políticas en Cuba, y mi libro Orígenes del Movimiento Obrero y del Pensamiento Socialista en Cuba se incluía como bibliografía suplementaria en casi todas las carreras de letras en las universidades del país, por lo que estaba muy familiarizado con las diferentes doctrinas y propuestas socialistas y anarquistas de los albores de la República, algunas bajo la influencia de revolucionarios españoles, en particular de Madrid y Barcelona.

Pero sobre todo me habían llamado la atención las referencias de José Martí -numen de varias generaciones de revolucionarios cubanos-, acerca de estas ideas, en específico su crítica al ensayo La Futura Esclavitud de Herbert Spencer, quien condenaba la tendencia de la sociedad hacia un sistema caracterizado por “el despotismo de una burocracia organizada y centralizada”. A diferencia del inglés, sus reflexiones no las hacía desde un plano de adversario ideológico liberal, sino de alertar sobre posibles peligros de una sociedad “socialista”, como el probable encumbramiento de una casta de burócratas y el surgimiento de una nueva forma de servidumbre para el ciudadano. “De ser esclavo de los capitalistas…-advertía- iría a ser esclavo de los funcionarios”. Luego volvía a referirse a esos peligros en carta a su íntimo amigo Fermín Valdés Domínguez, a quien elogiaba por sus simpatías hacia los movimientos de lucha por la justicia social, pero añadía que, no obstante, “los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa”.

En 1979, mientras estudiaba un post-grado en Filosofía Marxista impartía la misma asignatura en el 12 Grado del preuniversitario Manolito Aguiar. Las preguntas que surgían, tanto entre mis alumnos como entre mis condiscípulos, me llevaron poco a poco a un replanteamiento sobre lo que en verdad estaba ocurriendo en el país y fui sacando mis propias conclusiones. El dueño de una fábrica, de un comercio o un banco, no es un asalariado, y si lo fuera, sus principales ingresos no le llegan de salario alguno sino de las utilidades y es él el que determina quién administra su propiedad. Pero en el caso de los trabajadores cubanos, ¿cómo concebir un propietario cuyo único derecho es recibir de su empresa un exiguo salario, y ni siquiera tiene la facultad de elegir a sus propios administradores?

Por el contrario, se ve sometido a una administración impuesta desde altas esferas y que por tanto tiene facultades y poderes de la que él carece. Aplicando la definición leninista sobre clases sociales de “grandes grupos humanos que se diferencian entre sí por el lugar que ocupan con respecto a los medios de producción”, se me revelaba con claridad la diferencia entre ambos grupos. Los trabajadores eran, nominalmente, los propietarios, pero lo determinante no era la propiedad, sino la posesión directa sobre esos medios y esa posesión la ostentaba otro grupo humano.

¿Cómo habíamos llegado a esa situación? Como en el capitalismo los trabajadores no podían por sí mismos lograr el control de las riquezas, necesitaban de un Estado revolucionario encargado de expropiar a las clases poderosas, pero una vez que esos medios pasaban a manos de ese Estado, éste requería de un ejército de funcionarios capaces de asumir el papel que antes desarrollaban capitalistas y terratenientes para hacer que dichos medios se pusieran en función de los trabajadores, y una vez que estos funcionarios asumían ese control, se generaban nuevos intereses y nuevas relaciones de producción. Independientemente de la buena o mala voluntad de la máxima dirigencia, una vez creado ese nuevo estamento, ya era incapaz de controlarlo, porque aún cuando oficialmente estuviera bajo la fiscalización del gobierno y del Partido, estos dos últimos pertenecían a la esfera de la superestructura política, mientras que esa burocracia era parte de la nueva base económica, y como en última instancia la base determina sobre la superestructura y no a la inversa, ese gobierno y ese partido eran incapaces de detener la corrupción y las arbitrariedades de esa burocracia, por muchas fiscalizaciones, auditorías e investigaciones que realizara para detener desvíos y faltantes de productos de un inmenso tráfico clandestino. Podían destituir a diez, cuarenta o cien funcionarios, pero en general, no podían prescindir de decenas de miles que en conjunto conformaban ese poderoso sector.

Esto implicaba la necesidad de una segunda revolución, pero esta vez muy diferente, porque si antes se habían expropiado a miles de grandes propietarios privados, ahora se trataba de uno solo, el Estado; o dicho de otra forma, el Estado, que hasta ahora había sido depositario de riquezas pertenecientes al pueblo, debía delegar esas funciones en los colectivos de base. El pueblo debía convertirse, de propietario formal en propietario real.

Los apuntes fueron tomando forma de libro y aún no tenían título –aunque sabía que la palabra Estado era clave- cuando en 1980 se desataron la crisis de la Embajada del Perú y el éxodo masivo del Mariel. A mí particularmente me repugnaron los excesos de los que entonces fui testigo: turbas que secuestraban en plena calle a personas que habían decidido vivir fuera del país para colmarlos de improperios y ensañarse en ellos, algunas veces casi hasta el borde del linchamiento público, y el asedio o allanamiento de sus hogares sin importar que dentro hubiesen niños o ancianos. Aquellos hechos no me hubieran impactado tanto si no hubiera sido porque en la mayoría de los casos se realizaban con la tolerancia y hasta el beneplácito de las autoridades cubanas, algo que violaba, incluso, leyes fundamentales de la propia Constitución Socialista aprobada cuatro años antes.

Supuestamente, yo debía, como profesor de una asignatura política, encabezar los actos de repudio contra profesores o alumnos de mi centro que tomaban la determinación de emigrar, decisión que yo consideraba un derecho legítimo aún antes de leer la Declaración Universal de los Derechos Humanos de Naciones Unidas. Muy por el contrario, me solidaricé con algunos de mis vecinos que yo sabía eran personas decentes. Para mí el hecho de que hasta hace poco se hubieran recibido con tanta condescendencia a las personas exiliadas en los primeros años y ahora se tratara como a criminales a quienes tomaban la misma determinación, no tenía ni pies ni cabeza.

El resultado fue mi expulsión, no sólo de mi cátedra como profesor, sino también de la Universidad como estudiante, e incluso mi salida definitiva del Ministerio de Educación. A todo esto siguió un registro de mi vivienda durante varias horas por agentes de Seguridad del Estado -algo muy traumático para mi esposa y mi pequeña hija-, la ocupación del manuscrito y mi detención en el centro de Villa Maristas.

Pero no fui procesado y mi detención duró sólo tres días. En ese momento mi libro sobre el movimiento obrero se estudiaba, incluso, en la Escuela Nacional del Partido. No hacía mucho había sido galardonado por la Universidad de Panamá debido a mi ensayo José Martí y las Pretensiones de Predominio Yanqui sobre el Istmo de Panamá. Y aunque no se me había permitido viajar a ese país para recibir el premio, había sido honrado con un acto en el teatro Mella como el más destacado miembro de la sección de Literatura de la Brigada Hermanos Saiz junto a los dos galardonados de las secciones de Pintura y Música y habíamos recibido las felicitaciones de los más prominentes figuras de la cultura cubana, como Nicolás Guillén, Onelio Jorge Cardoso y Roberto Rodríguez Retamar entre otros.

Durante tres días seguidos, un militar con grado de mayor que se hacía llamar Roberto Ricard mantuvo conmigo una discusión bastante sosegada sobre mis diferencias. En general parecían alarmados de que yo hubiera realizado la crítica del sistema político cubano aplicando la propia metodología marxista. Le dije que no creía ser el único, sino, todo lo más, el primero, y que detrás de mí, más tarde o más temprano, vendrían otros muchos.

Ariel Hidalgo
Blog Concordia, 14 de diciembre de 2009.

Foto: Ariel Hidalgo durante la presentación en 2014 de su libro El más grandioso de todos los secretos. Tomada de Eriginal Books.